Fragmento:
Tuvieron meses perfectos y febriles, iluminados por truenos y secretos. Él la tocaba como quien teme que el otro se disuelva al menor susurro. Ella respondía a su ansia con una ternura preñada siempre de una amenaza: nadie más sabría nunca de él, ni siquiera su reflejo.
Duración: 09:00
Aquella noche en que Marguerite volvió a la mansión Hawthorne, la niebla cubría los jardines como un sudario y los tapices de la escalera parecían silbar antiguos secretos. Gunnar había jurado no volver a verla. Más aún: había sellado, hacía ya una década, la puerta del ala norte solo para olvidarla, para preservar —o creía él— la cordura. Pero los recuerdos tienen garras, y los peores de ellos acechan justo en el borde de lo real.
Aquellas manos pálidas llamaron a su ventana con el tictac rítmico de los inocentes —los muertos no hacen ruido, Gunnar, ya lo sabes— pero ahí estaba ella: Marguerite, de pie bajo el gélido resplandor de la luna, con su vestido de terciopelo recogiendo la escarcha en el dobladillo, los labios tiritando con palabras que no llegaban a formarse. Su primera reacción fue cerrar las cortinas, en vano tratando de tapar el temblor que le recorría la espalda. Recordó cada caricia, cada promesa inconclusa. Y también el incendio.
Nunca debió amarla. Marguerite llegó en la primavera más fría, como una sombra buscando refugio, cargando secretos bajo la piel. Sus ojos traían historias de otro siglo, mucho más dolorosas que su juventud aparente. Gunnar era hombre acostumbrado al misterio: el penúltimo Hawthorne, guardián de bibliotecas llenas de grimorios, poseedor de talentos inexplicables que servían a la familia desde que el primer antepasado firmó aquel pacto atroz.
Los dos lo sabían: la llama que crecía en ellos no tenía nombre entre las pasiones humanas. Era un hambre que mordía incluso cuando se besaban. No era solo amor. Había noches en que Gunnar sentía que Marguerite no solo deseaba poseerlo, sino devorarlo, drenando cada recuerdo hasta dejarlo vacío.
Tuvieron meses perfectos y febriles, iluminados por truenos y secretos. Él la tocaba como quien teme que el otro se disuelva al menor susurro. Ella respondía a su ansia con una ternura preñada siempre de una amenaza: nadie más sabría nunca de él, ni siquiera su reflejo.
Los celos de Gunnar empezaron pequeños. Dio en preguntarse a qué le sonreía Marguerite cuando creía que él dormía; luego no soportaba verla reír con los sirvientes. Cierta tardía mañana la encontró hablando largamente con Vincent, el muchacho de las caballerizas. Marguerite no había hecho excepto preguntar por la salud de una yegua, pero Gunnar vio la oscuridad ciñéndole el pecho, una soga invisible y dolorosa. El miedo a perderla caló tan hondo que fue cediendo, poco a poco, el control de su herencia sobrenatural a las bajas pasiones: sus pensamientos podían doblegar la luz, alterar el sueño de los animales y espiar tras cerraduras sin moverse del sofá.
Así fue como descubrió la otra naturaleza de Marguerite. Ella bailaba sola en la sala roja, mientras la luna brillaba obscena por los ventanales. Bailaba desnuda, la carne tan blanca como la porcelana, y de sus pies surgían sombras, tentáculos de niebla trenzados con fuego azul. Una noche, descifró las palabras de un sortilegio que susurraba a un espejo: se prometía a sí misma que sólo Gunnar podría poseerla, y a la vez lo condenaba a nunca poder huir de ella.
En la primavera del incendio, Gunnar perdió la razón. Paseaba horas por los pasillos, convenciéndose de que Marguerite le mentía, de que su sonrisa prometía infidelidades inconcebibles, de que no era humana sino una criatura ancestral llegada para despojarle de todo. Temía incluso a sus propios celos, que lo orillaban a invocar maldiciones que su mente apenas rozaba. La noche en que la enfrentó, Marguerite tenía los ojos inundados de amor y de ira. Discutieron bajo la escalera de la galería oeste, y cuando un rayo iluminó la estancia, Gunnar vio el verdadero reflejo de Marguerite en el cristal: alas de cuervo, colmillos de jade, y una cicatriz que ninguna deidad podría borrar.
Él aún recuerda el calor devorador, la madera estallando y el humo blanco encima de los sueños. Marguerite desapareció entre llamaradas, sin un grito. Nadie supo cómo, pero el ala norte ardió durante tres días, y desde entonces, cada madrugada, el piano de la sala roja entona su vals ausente.
Volvamos a la noche del retorno. El corazón de Gunnar no había olvidado, pese a los años. Cerró los cortinajes, se armó con el único crucifijo heredado de una abuela piadosa, y rezó palabras que no creía. Pero la voz de Marguerite penetró la bruma:
—Gunnar. He cruzado la niebla porque no puedes negarme.
Lo supo cierto: era tanto una súplica como una amenaza. El amor que compartían era indeleble, indecoroso e imposible.
Salió al vestíbulo tambaleando, el crucifijo apretado, y sintió en la garganta la hiedra de la obsesión.
Ella lo esperaba junto al desmoronado rosal. Iba tan pálida como el primer día; pero esta vez, su sombra se alargaba hasta abrirse bajo sus pies como un portal húmedo del que ascendía el olor de la tierra mojada. Gunnar sintió la desesperación de un hombre que se sabe presa de sus deseos, con el alma encadenada a un ente que lo reclamaba más allá de la muerte.
—¿Por qué has vuelto? —su voz fue grave, rota—. ¿No ves que no puedo soltarte, pero tampoco vivir contigo?
Marguerite se acercó apenas un paso, su piel vaporosa, los ojos devorando cada línea de su rostro.
—Porque tú nunca quisiste dejarme ir. Porque mientras sientas celos, mientras tu amor se retuerza de hambre por mí, estaré aquí. No me llamaste con rezos, Gunnar. Me trajeron los gritos de tu deseo.
—No tienes derecho —él bajó la voz, abrumado, sabiendo que mentía incluso al acusarla—. No puedes tomarme de nuevo. No si me destruyes de nuevo.
Ella sonrió, dejando asomar sólo una pizca de colmillos de obsidiana.
—El amor, Gunnar, no destruye. Lo hace tu miedo. Lo hace tu ansia de poseerme como una joya robada al infierno.
La vigilia y la duda lo vencieron. Cayó de rodillas bajo la bruma. Marguerite avanzó y él olió la humedad ancestral en su aliento —vio, bajo la tela azul del vestido, ramas, raíces y cicatrices. Esa no era la mujer que amó, sino algo más antiguo, encarnando la obsesión inmemorial de la memoria humana: tenerlo todo, conservarlo siempre, sin permitir la marcha ni de los vivos ni de los muertos.
—¿Me dejaste morir para no sufrirme más, Gunnar? ¿Fuiste tú quien encendió aquel fuego? —Marguerite posó su mano espectral en la sien de él, y por un instante, el pasado resucitó: la discusión ardiente, su rabia transformando el aire en fuego, Marguerite atrapada por su propio conjuro, rogándole ser amada, rogándole ser libre—. Tu amor fue mi condena, pero también mi carne y mi nombre.
Él sollozó. Había querido protegerla. Había querido poseerla. Quizá había deseado ambas cosas con la misma vehemencia insana.
—¿Qué eres ahora? —musitó, tropezando con el deseo y el horror.
—Lo que fuiste tú al amarme. Sombra y carne, hambre y tormento. Mi celda y mi refugio.
Se acercó hasta que su aliento se mezcló con el de él. Las raíces de su sombra empezaron a treparle los tobillos, filosas, tiernamente letales. Gunnar no sintió dolor, sólo una pasión rota que volvía: el ardor abrasador, el resplandor líquido en las venas, el pavor de saberse amado más allá de la frontera de la razón.
Marguerite lo besó, y la niebla giró alrededor. Los labios de ella no eran fríos, sino intensamente ardientes, palpitantes con la memoria de todos sus encuentros y todos sus celos. Vio, dentro de su mente, las noches de éxtasis en la sala roja; vio también las futuras: infinitas y devoradoras, más allá de la muerte, condenados a amarse y dañarse en un ciclo incansable.
Las ramas de sombra le subían por los muslos, la pasión era un aguijón y un bálsamo. Gunnar se abrazó a ella, incapaz de soltarla, incapaz de redimirse. Jadeó su nombre cuando la oscuridad de Marguerite hundió raíces en su pecho. Sin dolor, sólo el estallido orgásmico de una posesión que trascendía.
Se amaron bajo la luna de los resucitados, en un torbellino de odio y ternura. Marguerite le arrancó los celos con la boca y se los devolvió en caricias. Gunnar la penetró una y otra vez, en cuerpo y espíritu, mientras la niebla cubría el mundo, hasta hacerle gritar los nombres de dioses extintos.
En el clímax, cuando los cuerpos se fundieron en una sola criatura, Marguerite lamió su lágrima y susurró:
—Ahora sí eres mío, para siempre. Porque mi hambre sólo responde a tus deseos.
Y así, bajo el amparo inmortal de la bruma, Gunnar comprendió el precio de un amor más allá de la muerte. No habría paz, no habría olvido; sólo la dulce condena de amarse hasta licuar la carne y la sombra, incapaces de soltar al otro.
Pensó en la libertad, en los días luminosos fuera de ese hechizo. Pero cerró los ojos y solo pidió otra vez: "No me dejes jamás". Marguerite le sonrió, satisfecha, y el mundo, asfixiado de deseo y de celos, volvió a girar entre las ruinas de la vieja casa Hawthorne. Y siguió amaneciendo, pero para Gunnar y su espectro no habría ya otra aurora que la del deseo sin fin, atado para siempre bajo la piel de la niebla.
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