Portada del relato El jardín de la medianoche
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


Él sonrió apenas, una sonrisa que no revelaba todavía ninguna intención. “Este lugar rara vez recibe visitas nocturnas. La mayoría prefiere no tentar a los fantasmas.”

Duración: 08:50

El jardín de la medianoche
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

La noche no era ni cálida ni fría, sino un suspiro húmedo sobre la piel, como si la bruma del crepúsculo intentara arrancar su soledad. Adriana apretó entre los dedos el dobladillo de su abrigo azul marino mientras cruzaba el parque detrás del monasterio viejo, un rincón de la ciudad al que solo los valientes se atrevían a acercarse después del atardecer. Sus botas repiqueteaban sobre la gravilla, cada paso resonando en el silencio expectante de los álamos. Había algo hipnótico en salir así, a merced de la noche, buscando respuestas para preguntas que no sabía formular.

Las farolas titilaban envueltas en halos, tan pálidas como lunas cautivas. Adriana caminaba sin rumbo fijo, corriendo los dedos por los setos húmedos, su bolso cruzado apretado contra el pecho. Le resultaba casi absurdo tener miedo aquí, pero la sensación de ser observada, a medio camino entre la ansiedad y una curiosidad profunda, la mantenía alerta.

Esa noche, la ciudad parecía un calidoscopio roto: luces, sombras y murmullos que nunca terminaban de tomar forma. Recordó la voz de su abuela hablándole de los espíritus que caminaban libres entre el día y la noche —y sonrió—. Era demasiado racional para creer en cuentos, pero sí se permitía un grado de hechizo personal cuando el mundo diurno se rendía a las sombras.

A su derecha, un sendero apenas visible emergía del ramaje, una invitación velada. Lo había visto antes, pero nunca de noche. Sintió el impulso de adentrarse, sorprendida de su propio atrevimiento. El camino torcía algunas veces entre los troncos y pronto la envolvió un silencio más profundo, casi líquido. Luego, de improviso, percibió un tenue olor a lirios, imposible en esa estación del año.

El jardín oculto se abrió a su paso, protegido del resto del parque por arbustos entrelazados. Se detuvo un momento, admirando aquel espacio secreto, donde la vegetación parecía vibrar bajo la luna. Allí, un banco de hierro forjado aguardaba junto a una fuente de piedra, casi tragada por la maleza.

Un sobresalto la hizo girar; entre las ramas, una figura emergía como tallada de la sombra: un hombre, alto y de rostro anguloso, ojos de un azul espectral que parecían capturar cada rayo de luna. Vestía oscuro, con un abrigo largo que rozaba el suelo, y cada línea de su porte irradiaba una autoridad antigua. Adriana no pudo moverse; era como si la propia noche lo hubiese materializado.

“Perdón, no quise asustarla”, habló él, la voz baja, como un rumor de agua corriendo por piedras antiguas.

“No… no se preocupe”, replicó Adriana, apretando su bolso. “No pensé que hubiera nadie a estas horas.”

Él sonrió apenas, una sonrisa que no revelaba todavía ninguna intención. “Este lugar rara vez recibe visitas nocturnas. La mayoría prefiere no tentar a los fantasmas.”

“No creo en fantasmas”, replicó ella, forzándose a mostrarse resuelta.

“Eso es porque no los ha conocido”, murmuró él, y sus ojos parecieron hundirse todavía más en la penumbra lunar.

Durante un largo minuto se miraron, midiendo distancias invisibles, desarmándose uno al otro sin prisa. Adriana, poco a poco, sintió cómo la tensión cedía, sustituida por una creciente fascinación que bullía bajo su piel.

“Me llamo Adriana”, ofreció finalmente su nombre, como una llave entre extraños.

“Y yo soy Elian”, respondió el hombre. Se acercó despacio, con la elegancia de un felino y la cautela de quien teme asustar una presa escurridiza. “¿Le gusta pasear a estas horas? Hay quienes dicen que la noche es el dominio de los sueños incumplidos.”

“Me gusta la tranquilidad”, admitió Adriana. “Y la curiosidad… puede más que el miedo.”

Entonces Elian la invitó a sentarse en el banco. Parecía conocer ese rincón como nadie. Un silencio cómodo surgió entre ellos, lleno de insinuaciones y preguntas mudas.

“Tengo la impresión de que este jardín… no es lo que parece”, se atrevió a decir Adriana.

Él la observó largamente, como leyendo cada matiz en su rostro. “Hay ciertos lugares que no obedecen al tiempo ni a las reglas humanas. Aquí, la realidad y el deseo a veces se confunden.” Y con esas palabras, Elian extendió la mano, tocando apenas el dorso de la mano de ella, lo justo para medir su reacción.

Adriana sintió un calambre delicioso y un escalofrío que le corrió por la espina dorsal. Había calor humano, sí, pero también una energía sutil, casi eléctrica, que no era de este mundo.

“¿Y qué busca usted en la noche, Elian?” La pregunta flotó, cargada de algo más que simple curiosidad.

Elian pareció dudar, pero se inclinó hacia ella, bajando la voz un tono.

“Busco compañía, amiga. Y busco… redención. Los antiguos sabemos que solo los vivos pueden cumplir ciertos deseos. Hay cosas que uno no alcanza a entender hasta que ha perdido casi todo.”

Adriana tragó saliva, sintiendo que algo más pesado que el aire la envolvía. Dio un paso mental hacia él, dispuesta a aceptar lo inexplicable. “Dígame, entonces, ¿qué es usted?”

Elian sonrió de verdad, y en la curvatura de sus labios Adriana vio promesas, secretos y tristezas profundas. “Soy… una memoria que se niega a desvanecerse. Un ser atrapado en la frontera de la luz y sombra. Siento deseos, aún, aunque la muerte me los prohibiera. ¿Puede usted comprenderme sin miedo?”

“Creo que puedo intentarlo”, susurró Adriana. Sintió cómo el velo de la lógica resbalaba de sus hombros, entregándose a ese hechizo. Podía sentir su propia sangre burbujeando con la certeza de lo prohibido: el deseo de rozar lo irreal, de perderse en el abrazo de alguien que no debía existir.

La luna caía sobre ellos como un testigo inmisericorde. Elian apoyó la mano sobre la pierna de Adriana, la piel de él tan fría que le hizo estremecer, pero al mismo tiempo irradiante de un calor invisible, de la nostalgia del contacto humano. Bajó la cabeza y, en un gesto que parecía tan ancestral como el tiempo, pidió permiso taciturno con una mirada.

Adriana asintió apenas y sintió como Elian, muy lentamente, rozaba sus labios con los de ella. El primer beso fue como sumergirse en el tiempo mismo: un roce de electricidad, un vértigo de placer y miedo, una caída hacia lo irremediable.

Se deshicieron pronto en caricias, lentas al principio, explorando los límites de cada centímetro de piel, de cada frontera entre dos mundos. Elian susurraba palabras en lenguas olvidadas, compromiso y deseo, mientras sus manos aprendían la forma de Adriana. Sobre el banco de hierro forjado, la pasión creció sin control, un deseo contenido durante décadas, liberado finalmente en la carne y el espíritu.

La ropa fue cediendo bajo la urgencia de sus manos: botones, cierres, telas que parecían desvanecerse ante lo inevitable. Adriana se vio a sí misma temblando bajo la luna, abierta solo a la marea de él, su boca descubriendo piel helada y susurros apenas contenidos. Elian la acunó entre sus brazos, guiando sus movimientos con una paciencia sensual que parecía antigua. Los cuerpos se buscaron, se fundieron, y por un instante Adriana sintió que flotaba en el corazón mismo del misterio.

El placer fue distinto a cualquier otro: no solo físico, sino teñido de la energía de la noche, de la magia que rompe la realidad. Elian susurró su nombre, prometiéndole lo inalcanzable: la eternidad breve de un encuentro imposible, la fusión de dos soledades en un mismo latido.

Cuando todo hubo terminado, Adriana quedó recostada sobre su pecho, escuchando un pulso que parecía provenir más del mundo de los sueños que del real. Elian jugó con un mechón de su cabello y, al mirarla, sus ojos brillaban húmedos de gratitud y alivio.

“¿Ahora qué?”, preguntó ella, consciente de que algún pacto había sido sellado en esa unión.

“Ahora… me queda esta noche. El alba me lleva de nuevo al otro lado. Pero tú me has devuelto algo que creí perdido… el simple milagro de sentir.”

Ella lo abrazó con fuerza, sabiendo que la pérdida sería inevitable, pero también que el recuerdo de esa noche la acompañaría siempre.

“¿Puedo verte de nuevo?”, le susurró con la esperanza temblando en su voz.

Elian la besó por última vez, un roce que era un adiós y una promesa.

“Cuando pasees por la frontera de la noche y tu deseo sea más fuerte que tu miedo, allí estaré.”

Adriana despertó poco después, quizás dormida, quizás no, sobre el banco de hierro forjado. La bruma del alba se enfocaba sobre el jardín, ya común, ya vulgar, y Elian no estaba. Pero el perfume de los lirios flotaba todavía sobre su piel.

Volvió a casa sabiendo que ya no caminaría nunca más sola por la noche. Porque él la acompañaría siempre, invisible y real, guardián y amante, en cada umbral donde se cruzan la sombra y la luz.

Y con cada paso, entre deseo y milagro, Adriana aprendió que a veces el amor es un misterio, y el encuentro, un don de la oscuridad.

Copyrights © 2025 Complicidad.es. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.