Portada del relato Sombras entre los Pétalos
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


—¿Por qué vuelves? —quien preguntó fui yo, con la voz temblorosa, porque había reconocido en sus ojos la misma soledad que me habitaba.

Duración: 11:39

Sombras entre los Pétalos
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

No recordaba cuándo había empezado a desear aquello que no podía tener. Ni cuándo el deseo pasó de ser una visión apenas perceptible a una necesidad que hervía en mi pecho cada vez que la veía. A veces creo que habitaba la nostalgia antes de que realmente llegara ella a mi vida, como si todo lo que era se estuviera preparando para recibirla, para rendirse a ella―incluso si ni ella ni yo podíamos tocar el mundo del otro más que en sueños, o en aquel espacio extraño y crepuscular entre lo real y lo muerto.

Se llamaba Valeria, y una vez fue humana, como yo, aunque en mi caso la palabra “humano” deteriora un poco cada día; los años pesan distinto después de una pérdida. Nos encontramos por primera vez un 3 de noviembre, en el jardín trasero de la casa donde crecí. No sé si era la fecha lo que la llamaba, o la costumbre que tienen los muertos de caminar por la tierra cuando los vivos los recuerdan. Aquella mañana recogía las flores secas de la madre que ya no estaba, intentado rescatar lo poco que el tiempo no había borrado. Las flores de mamá siempre morían tras días de resistencia, marchitas pero extrañamente bellas, con los bordes encurvados como si guardaran todavía el último suspiro del perfume.

Entre las dalias resecas y los gladiolos crujientes, Valeria apareció. Al principio, pensé que era una ilusión de la luz o el cansancio, hasta que me habló.

—¿Por qué guardas lo que está muerto? —preguntó, y la pregunta no era amarga, sino curiosa, vulnerable por demás.

La miré. El sol de otoño atravesaba su vestido azul desteñido, y al fijarme pude ver, en su silueta, los destellos dorados de las hojas caídas. Sus ojos no tenían sombra.

—Porque no puedo deshacerme del pasado —le respondí, y mi voz me pareció ajena—. Porque temo que, si lo hago, dejaré de recordar lo que fui.

No sé cuánto tiempo permanecimos en silencio, pero sentí que mi propia sustancia era despojada, hoja a hoja, hasta quedarme tan desnudo como el rosal helado junto a nosotros. Ella se sentó a mi lado, apenas rozando la hierba húmeda. Olía a tierra y lluvia, a dulzura enmohecida, pero sobre todo, olía a olvido.

No era la primera vez que la veía. Los encuentros anteriores habían sido breves, sueños en la frontera del amanecer, imágenes bellas y terribles, como fragmentos de otra vida—o quizás ecos de una vida que nunca tuve. Cada vez, el mismo detalle: Valeria siempre sostenía una flor seca entre los dedos.

Aquella mañana, sin querer, la ofrecí un gladiolo marchito. Ella lo aceptó, lo olió y lo guardó dentro del libro que llevaba en la mano.

—¿Por qué vuelves? —quien preguntó fui yo, con la voz temblorosa, porque había reconocido en sus ojos la misma soledad que me habitaba.

Valeria apoyó su cabeza en mi hombro. Un escalofrío me recorrió. No tenía la calidez de la carne, pero tampoco era fría del todo. Era la tibieza de la memoria.

—Quizás vuelvo porque tú me llamas cuando sueñas. Porque buscas a alguien entre tus escombros y, a veces, esa persona soy yo.

Aquel día fue el primero en que hablamos largo rato, entre confesiones a media voz y risas ahogadas. Descubrí que ella, en vida, también amaba la música, y tocaba el piano en la iglesia abandonada al fondo del pueblo. Que amaba las cerezas en primavera y el tacto de las sábanas recién lavadas. Pero, sobre todo, me habló de su miedo. “Temo olvidarme de mí misma”, me dijo. “Temo que el tiempo me desarme todavía más; que un día nadie se acuerde ni siquiera de mi nombre, y entonces desaparezca de verdad.”

La escuché en silencio, sintiendo que su dolor era también el mío. Cuántas veces había sentido el extremo frío de la soledad, el filo invisible que nos separa a los que aún respiramos de los que ya no lo hacen. Sin embargo, esa tarde, cada palabra compartida era una raíz nueva creciendo entre los restos de otoño—un puente entre mis fantasmas y los suyos.

Fue Valeria quien, semanas después, me llevó hasta la iglesia. El edificio estaba cubierto de hiedra y sombras largas. El rumor del viento agitaba las hojas que tapizaban la nave central. Ya nadie rezaba allí, pero al cruzar la puerta, sentí una presencia palpable, como si los rezos olvidados aún buscaran abrigo en los muros.

—¿Puedes oírlo? —preguntó ella—. Es como música, ¿verdad? Pero si te concentras, entre las notas hay un silencio más profundo.

Me senté a su lado frente al desvencijado piano. La madera estaba astillada, pero los restos de teclas aún brillaban en la penumbra. Cuando Valeria posó los dedos sobre ellos, la sala vibró extrañamente. No era música humana. Era el sonido de lo que no muere del todo, incluso cuando todo lo demás se ha vuelto polvo.

Ella comenzó a tocar, y cada nota parecía trazar una línea fina de luz entre nosotros. Quise rozar su piel, hundir mis dedos en su cabello, pero me contuve. No sabía si aquel contacto podría romper el hechizo o condenarnos a un nuevo exilio.

La música de Valeria hablaba del paso del tiempo, de las heridas abiertas, del amor guardado como una flor entre las páginas de un libro antiguo—fragante, pero destinado a quebrarse si lo tocas con demasiada vehemencia. Sus ojos, mientras tocaba, estaban cerrados y podían haber sido los míos. En ese instante supe que habíamos estado solos demasiado tiempo, esperando quizás que alguien encontrara en nuestras ruinas alguna belleza que justificara el dolor.

Cuando la última nota se deshizo, el aire se llenó de un silencio tan denso que casi dolía.

—¿Te atreverías a quedarte? —preguntó Valeria. No era una pregunta sencilla, porque la vulnerabilidad en su voz la hacía tan real, tan tangible, que tuve que esforzarme para no llorar.

—¿Cómo podría? —murmuré—. Soy de carne, tú de recuerdo. Suspiré. Pero haría cualquier cosa para seguir escuchando tu música.

Vi la chispa de esperanza encenderse en sus ojos, y por un momento el mundo pareció menos frío, menos insalvable.

Durante semanas nos encontramos en el límite de la noche y la vigilia, entre notas de piano y flores secas intercambiadas como promesas. Aprendí que había maneras de tocarla: con la voz, con la presencia, con la verdad desnuda de quien ya no quiere ocultar que teme al olvido más que a la muerte.

Le hablé de mi madre, de la forma en que guardaba las flores secas para no perder los días felices. Le hablé de mi propio terror: el miedo a amar algo tan intensamente, que perderlo sería como morir dos veces.

Valeria me escuchaba y, en sus ojos, reconocía mi propia fragilidad. Una noche, mientras la luna caía suavemente sobre las ruinas de la iglesia, le confesé que deseaba más. Quería abrazarla, sentir su peso en mis brazos, unir mi vida con la suya aunque solo pudiera ser por un instante.

Ella tomó mi rostro entre sus manos y su tacto fue un estremecimiento, como la corriente fría de un río en el invierno.

—¿Y si te arrastro a mi mundo? —susurró, temerosa—. ¿Y si la sed de ti me arranca lo poco que queda de tu carne?

Cerré los ojos. Su proximidad me embriagaba, y su miedo era mi miedo. Pero, aún así, la besé. O quise besarla: un roce de aire, de promesa, de deseo contenido. Sentí lágrimas, o algo parecido a ellas, resbalar por mi mejilla. Valeria también lloraba, y entonces, por un momento, no fuimos del todo distintos.

Un día le llevé una flor seca de las que mi madre solía guardar, apretada entre las páginas de un diario. Era una rosa tan vieja que sus pétalos parecían retazos de papel dorado. Valeria la acarició con ternura infinita.

—Aquí están todos tus recuerdos —dijo, y sus dedos dejaron una huella más tibia de lo habitual.

—¿Qué sucederá cuando la última flor se deshaga? —quiso saber, y su voz era la de una niña huérfana.

—Entonces te pediré que me enseñes a recordar sin objetos —le prometí—. O quizás, cuando llegue ese día, ya no me duela lo perdido.

Los días y noches perdieron sus bordes para nosotros. Nos encontrábamos en los sitios donde la realidad era más fina: la iglesia, el jardín, el espejo polvoriento del desván. Siempre traía conmigo la fragilidad de la carne; ella, la levedad de los recuerdos.

El invierno avanzó, y cada vez sentí más vívidamente la separación de nuestros mundos. Cada encuentro me arrancaba un poco más del presente, de los amigos que intentaban alcanzarme, de las responsabilidades que iban acumulándose como polvo en los estantes. Aprendí a mentir—que dormía bien, que comía a mis horas, que mi corazón no se iba por las grietas entre las cosas vivas y las muertas.

Fue una noche de febrero cuando Valeria llegó al límite de su miedo y me confesó su mayor secreto.

—He intentado olvidar, algunas veces. He intentado dejar de volver, dejarte ir, para protegerte de lo que somos. Pero aún así, insistes… Y temo que si sigo llamándote, si sigues viniendo, algún día dejes de existir aquí. Que te desvanezcas, como las flores secas.

Sentí un temblor. Era miedo y deseo mezclados, la certeza de que cualquier sacrificio era posible cuando uno ha estado demasiado solo.

—Prefiero perderme a no haberte conocido —susurré. Y era cierto, porque hay amores que se llevan como un farol dentro del pecho, y aunque la felicidad nunca dure, basta con que exista ese fuego, incluso a riesgo de que consuma lo poco que queda.

El último día de invierno fue diferente. Sentí, al despertar, que algo en el aire había cambiado. Me dirigí a la iglesia y la encontré allí, tan hermosa y vulnerable que quise capturarla entre mis brazos. Pero Valeria no sonreía.

—He encontrado la manera de hacerte un lugar en mi mundo —dijo, y su voz era una melodía temblorosa—. Pero pagarás un precio: tu vida aquí se detendrá. Olvidarás poco a poco tus raíces, tus heridas. Quizás dejes incluso de notar si estás vivo o muerto.

Una ternura dolorosa me desbordó.

—¿Tienes miedo?

—Mucho. —Me miró con los ojos grandes y antiguos, llenos de amor y pena.— Pero también quiero. A veces la sed de amar es más fuerte que la de existir.

No dije nada. Di un paso hacia ella y, por primera vez, sentí que el mundo real retrocedía, que la frontera entre los vivos y los muertos cedía bajo mi decisión.

Aquél fue nuestro pacto, sellado no con promesas, sino con vulnerabilidad absoluta, con la certeza de ir de la mano a una oscuridad nueva, juntos. Abracé a Valeria. Ella temblaba y yo temblaba. Le susurré: “Llévame contigo. Si hemos de perdernos, que sea en tu mundo.”

Después, todo fue música: notas de piano y suspiros, la calidez de una flor seca desvaneciéndose entre dos cuerpos que se buscan aunque sepan que el roce puede romperlos.

No sé cuánto tiempo ha pasado desde entonces. A veces recuerdo los jardines, el aroma de los días felices, el tacto rugoso de los pétalos muertos. Pero sobre todo recuerdo la promesa de no olvidar y la delicada misericordia de amar más allá de la carne, más allá del miedo.

En algún rincón de ese lugar donde los recuerdos persisten, seguimos tocando una melodía que nadie más escucha. Allí, donde la flor seca nunca termina de quebrarse, seguimos vivos, vulnerables y enamorados, repitiendo la certeza más antigua del mundo: que el amor, por efímero que sea, siempre deja una huella en la piel del tiempo.

Copyrights © 2025 Complicidad.es. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.