Portada del relato Sombras a Medianoche
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Fragmento:


La noche de su vigésimo séptimo cumpleaños, una tormenta atormentaba los vitrales con tambores de lluvia y dedos de viento. Azalea, sentada en la galería superior, evitaba la fiesta de la planta baja y el piélago de rostros indiferentes. Observaba el jardín, donde la maleza reinaba intacta desde hacía décadas, y sólo encontraba consuelo en la monótona caída de la lluvia.

Duración: 08:35

Sombras a Medianoche
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Texto de ajuste de pausa.

La noche se extendía como un tul negro sobre la ciudad, salpicando las calles de un terciopelo líquido que absorbía los sonidos y devolvía tan sólo ecos del viento. En la penumbra, la vieja mansión de los Hawthorne erguía sus torres como lanzas, defendiendo secretos más allá de la muerte, secretos que ni el tiempo ni el olvido habían osado arrancar.

Azalea Hawthorne nunca había creído en fantasmas, y sin embargo, era la heredera principal de una casa tan llena de ellos que sus muros casi rezumaban historias no contadas. La llamaban la Dama de la Tiniebla en los círculos sociales, aunque no era más que una muchacha solitaria, atrapada entre los pesares que arrastraba su familia y la indolencia de una sociedad brillante en apariencia y vacía en el fondo.

La noche de su vigésimo séptimo cumpleaños, una tormenta atormentaba los vitrales con tambores de lluvia y dedos de viento. Azalea, sentada en la galería superior, evitaba la fiesta de la planta baja y el piélago de rostros indiferentes. Observaba el jardín, donde la maleza reinaba intacta desde hacía décadas, y sólo encontraba consuelo en la monótona caída de la lluvia.

La soledad era su único amante hasta ese momento. Pero en el rincón más oscuro del pasillo, junto al antiguo retrato de Lord Adrian Hawthorne —ese antepasado infame por su belleza y su crueldad— vio titilar una sombra. Parpadeó, atribuyéndolo al juego de la luz, hasta que la sombra cobró forma, se deslizó hacia ella y adoptó, con un estremecimiento eléctrico y sutil, una presencia real.

Era un hombre. O, mejor dicho, la ilusión de uno: alto, delgado, tan hermoso que parecía un pecado encarnado. Un aura plateada lo envolvía, un destello apenas perceptible en sus cabellos oscuros, y sus ojos azules contenían tormentas que eclipsaban la que rugía fuera.

Azalea se paralizó. Él le habló con una voz profunda, como si saliera del centro de la tierra.

—No temas, Azalea. No vengo a robarte nada que no quieras entregar.

¿Lo estaba soñando? ¿Se habría dormido entre las penumbras y los susurros de la noche? Pero la piel le hormigueaba; sentía cuán presente era esa figura, más cierta que cualquier recuerdo, más real que los latidos de su propio corazón.

—¿Quién eres? —preguntó, y supo con súbita certeza que ya lo sabía.

Él se deslizó más cerca, casi rozándola, y su contacto —la frescura que irradiaba— la electrizó hasta la raíz del cabello.

—Adrian. El infortunado, el desterrado, el amante desleal y el condenado. Pero aún tengo voz para nombrarte, Azalea, y tiempo para desear tu perdón.

Ella lo miró a los ojos y en ellos no encontró ni la crueldad de las leyendas ni el vacío de un espectro. Había fuego, un deseo helado, algo que la llamaba en un lenguaje más antiguo que el miedo.

—¿Mi perdón? —musitó ella.

—Y tu amor, si pudieras dármelo. He cruzado mares de sombra para llegar a ti, y sólo esta noche me es concedida. Después, las brumas me tragarán de nuevo.

Durante un instante, Azalea pensó en huir, en invocar a los vivos y alejarlos de los muertos. Pero sintió esa atracción, la urgencia de un destino que no entendía pero que aceptó con la resignación de quien ha esperado una vida entera por una mirada así.

Una brisa helada la envolvió. Los cabellos dorados de Azalea se alzaron como guiados por dedos invisibles, y de repente la fragancia de rosas antiguas inundó el pasillo. Apenas susurrando, él la condujo por la galería hasta una estancia olvidada, donde los muebles yacían cubiertos de sábanas y la luz de la tormenta proyectaba arabescos temblorosos en las paredes.

Adrian extendió la mano. Azalea, temblorosa, la posó sobre la suya, esperando el tacto del vacío, pero fue cálida, una contradicción que la estremeció aún más.

—Los míos me negaron el descanso —murmuró él, levantando su rostro pálido a la noche—. La culpa y un amor no consumado me han atado a estas sombras. Pero hoy celebro el día de tu nacimiento… y también el de mi condena.

La miró de una forma en la que ningún hombre la había mirado, como si aún creyera en la redención posible aunque la muerte lo hubiera despojado de todo. Y esa mirada, cargada de pasión y tristeza, fue el primer lazo real que sintió Azalea en mucho tiempo.

Él posó sus labios helados en su frente. Ella cerró los ojos; la sensación era extraña, un frío que quemaba, una promesa que atravesaba el tiempo. Se abrazaron como amantes en vísperas de una despedida, y de su unión se desprendió un resplandor tenue, casi invisible para quien no supiera verlo. Era la magia de los Hawthorne, un pacto de sangre y deseo que aún después de la muerte persistía.

Adrian la alzó, etéreo, sobre la alfombra polvorienta. Bailaron bajo la luz fúnebre de los relámpagos, fundiéndose en un vals melancólico ajeno al tiempo. Azalea no sentía miedo, sino una euforia embriagadora, una necesidad urgente de tocarlo, de besarlo, de entregarse a la fantasía mientras durara, aunque fuera sólo una hora.

Bailaron hasta que el mundo pareció desvanecerse. Las paredes se disipaban entre la neblina de la tormenta. Él la besó, sí, y sus labios supieron a olvido, a promesa y a eternidad. Caricias fantasmas recorrieron su cuello, sus clavículas; el roce de su pecho le trajo un estremecimiento inédito. En susurros, él enumeró pecados y sueños, y ella, con la convicción de los locos y los soñadores, escuchó cada palabra, grabándola en su alma.

La noche avanzó, demasiado deprisa. Afuera, la tormenta amainó y el reloj del vestíbulo marcó las tres. Adrian tomó sus manos, sus ojos bañados en un dolor imposible.

—El alba es mi enemigo, Azalea. La luz me expulsará. Pero si puedes amarme hoy —dijo, y había un filo de esperanza en sus palabras—, las cadenas podrían romperse.

Ella era toda emoción, carne viva. Pudo ver la vulnerabilidad bajo la superficie espectral que él le ofrecía. Deseó aferrarse a él, impedirle volver a la nada.

—Te amo, Adrian, aunque sólo hayas sido rumor y sombra para mí. Te amo desde la primera vez que percibí tu nombre en mis sueños.

Sus palabras rasgaron el velo, abriendo un instante tembloroso de lucidez y deseo. Adrian la llevó a la cama de la estancia, cubriéndola con su cuerpo translúcido pero tangible. Sus pieles —una viva, una envuelta en la nostalgia de la muerte— se buscaron, explorando límites y ansias, descubriendo un amor feroz y clandestino. Entre besos y caricias, el mundo rompió sus reglas; el espacio y el tiempo quedaron suspendidos.

Ella gritó su nombre en la penumbra, llamando así mismo a todos los fantasmas de la sangre y el linaje, mientras él ahogaba siglos de soledad en el calor de su abrazo. Los dos, entre sudores y lágrimas, se fundieron en la vieja cama, y por un solo momento la muerte perdió su poder, y la vida se tornó eterna.

Cuando la primera luz del alba acarició los vitrales y tiñó la estancia de oro, Adrian se desvaneció. No hubo despedida, sólo el roce de un suspiro. Azalea quedó sola, entre el aroma de rosas y la promesa de una próxima noche.

Durante días vagó por la mansión, encontrando vestigios de él: la marca de una mano sobre el cristal empañado, la huella suave de un beso en la curva de su cuello, susurrando su nombre en las noches silenciosas. La certeza de ese amor imposible la encadenó y liberó a partes iguales. Los invitados, al mirarla después, decían que Azalea había cambiado. Había un brillo insólito en sus ojos, una sombra dulce en sus labios y una risa nueva, más profunda y secreta.

No volvió a verlo durante medio año. Pero la noche más corta del año, cuando el jardín olía a magnolias y la mansión susurraba secretos en cada corrimiento de madera, él regresó. No como sombra, sino como hombre. Con la maldición rota y el alma libre, Adrian Hawthorne abrazó a Azalea, y juntos, bajo la luna, comenzaron el romance que ni la muerte había logrado deshacer.

Ningún mortal lo creyó jamás, ni se atrevieron a preguntarle a Azalea por la luz sobrenatural que envolvía los aposentos principales, ni por los suspiros que traían las ventanas en las noches de tormenta. Pero quienes verdaderamente conocen los secretos del deseo, saben que a veces el amor es un pacto más fuerte que la misma vida, y que hay caricias capaces de arrancar a los fantasmas de sus sombras y devolverlos, en carne y alma, al mundo de los vivos.

En la vieja mansión de los Hawthorne, aún florecen las rosas, y cada noche de tormenta, una mujer y un hombre, enamorados más allá de la muerte, gobiernan el crepúsculo, danzando para siempre en las fronteras del olvido y la pasión.

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