Rayos de luna se colaban por el ventanal de la biblioteca abandonada, tiñendo de azul los ángulos polvorientos y arrancando destellos ocultos a las baldosas agrietadas. Marianne Devereaux detenía el dedo sobre el lomo de un libro antiguo, susurrando el nombre que un día había prometido no volver a pronunciar. Desde hacía semanas, una presencia invisible parecía flotar a su alrededor, tan tenue como el humo, tan real como su aliento en las noches insomnes de noviembre.
París lucía magnífica bajo la promesa del otoño. Las hojas mecidas por la brisa se acumulaban en las aceras, cubriendo secretos y susurros de amores pasados. Marianne creía haber dejado atrás el dolor y la magia en la finca de sus padres. Sin embargo, aquel viejo caserón en Montmartre, legado de un tío excéntrico cuyo testamento olía a enigmas, pronto se empeñó en demostrarle lo contrario. Y fue en esa biblioteca, a la luz temblorosa de la madrugada, donde lo encontró.
Al principio fue solo una sombra, un movimiento en el rabillo del ojo. Un suspiro sin dueño, una ráfaga de perfume ajeno en el aire estancado de los libros olvidados. Luego, una voz tan suave que podía haber sido imaginada. “Marianne.” El susurro hizo que el vello de sus brazos se erizara y el corazón palpitara con esa mezcla de temor y expectación que había conocido solo una vez… en los breves instantes antes de un beso furtivo, años atrás.
—¿Quién anda ahí? —su voz flotó en el aire, débil pero decidida.
El silencio respondió primero. Luego, la penumbra pareció cobrar forma. Desde la esquina, donde el claroscuro se adensaba en jirones, emergió una silueta. Era un hombre, o una versión de hombre: alto, la piel tornada lechosa por la luz, el cabello largo, obscuro, cayéndole hasta la mandíbula. Vestía ropas ajenas a la época y en los ojos —irrealmente azules— flotaba una tristeza antigua.
—No temas, Marianne. No soy de los que hacen daño.
Retrocedió como un animal asustado, tropezando con un taburete. El extraño no avanzó.
—¿Me conoces? —logró preguntar ella.
—Oh, sí. Has soñado conmigo desde hace años. Y yo… jamás he dejado de buscarte.
El corazón de Marianne se partió en un latido agónico. La estancia giraba a su alrededor. Recordó historias de fantasmas condenados, de criaturas atrapadas entre los mundos por amores inconclusos o anhelos nunca satisfechos. Recordó la noche, hacía ya cuatro años, en la que una sombra semejante a la que ahora tenía delante le había prometido que volvería.
—Bastien —susurró ella, y un escalofrío eléctrico la recorrió de pies a cabeza.
Él ladeó la cabeza, con ese gesto inconfundible entre reproche y anhelo que sólo quienes han amado profundamente comprenden.
—No he descansado, Marianne. No podía —dijo—. Tu tío… él comprendía. Me dejó señales, escondió este libro para ti, para mí, para nosotros.
Señaló con el mentón el volumen sobre el que descansaba la mano temblorosa de la joven. Ella lo tomó y leyó el título en voz baja. Trataba de pactos rotos y maldiciones familiares, de juramentos vertidos a la luz del último crespúsculo, de amantes separados por el tiempo. Era, de alguna extraña manera, su historia.
Su voz se quebró cuando confesó:
—Te creí muerto.
Bastien sonrió con esa melancolía que es propia de quienes han visto demasiadas primaveras pasar sin poder tocarlas.
—Estoy muerto. Pero no para ti. No mientras en tu corazón quede un suspiro por mí.
La conmoción la golpeó con tal fuerza que se dejó caer sobre el sillón más cercano. El fantasma —porque eso era, pese a la sensualidad de sus gestos, la profundidad de su mirada y la tangible tensión de sus deseos— se arrodilló ante ella. Marianne pudo ver su cuerpo traslúcido apenas rozando la alfombra raída, e incluso así, lo sintió cerca, rodeándola en una caricia invisible.
—¿Por qué sigues aquí? —preguntó, con voz ronca de emoción.
—Por amor —contestó él, sin vacilar—. Por una promesa. Porque no pude soportar dejar este mundo sabiendo que no volvería a probar el calor de tu piel, el sabor de tu boca.
El recuerdo de su último encuentro, un crepúsculo besado por la niebla sobre el Sena, la envolvió como una enredadera ardiente. Sus labios se habían fundido con los de Bastien en un beso febril, apenas tras el salvaje rumor de la tormenta que entonces lo arrebató. Ahora, en la penumbra de la biblioteca, esa pasión resiliente resucitaba, rugía, reclamando lo que había sido negado por el destino.
Marianne extendió la mano, y Bastien envolvió sus dedos con los suyos. Estaban fríos, vagamente consistentes, como el terciopelo sumergido en agua helada. Pero la electricidad entre ellos era innegable. La joven cerró los ojos, y el simple contacto desató en su interior todas las esperanzas, todos los miedos.
—No puedo seguir así —jadeó ella—. No puedo vivir entre el deseo y el dolor.
—Entonces ven conmigo —suplicó él—. Hay puertas entre los mundos, Marianne. Puertas abiertas solo para quienes se atreven a amar sin reservas.
La tensión creció hasta llenarlos, hasta hacerlos vibrar bajo la luz azulada que caía como una bendición profana desde el ventanal. Él se inclinó sobre ella, su aliento frío sobre su cuello, su voz ronca y prometedora. Marianne sintió la presión sutil de sus labios sobre la piel, un roce que la quemaba hasta el alma.
—¿Cómo? —preguntó ella con un susurro que era plegaria.
—Créeme. Ámame esta noche —dijo Bastien—. Si el deseo es suficientemente fuerte, nada podrá mantenernos separados.
El reloj de la biblioteca marcó la media noche. Un viento extraño barrió la estancia, estremeciendo las llamas de las velas que Marianne había encendido. Bastien, apenas tangible, la rodeó en un abrazo. Sintió su voz como un latido junto a su oído, susurrando palabras en un idioma secreto y antiguo. Marianne, a medio camino entre el mundo de los vivos y el de los sueños, entregó su voluntad y su cuerpo al sortilegio.
Era diferente a cualquier encuentro real. Bastien era una mezcla deliciosa de caricia y éxtasis, de frío y fuego. Cuando la tocaba, la piel de Marianne se erizaba y todo su ser ardía de un modo incomprensible. Los límites de su cuerpo y de su mente se diluían, doblegados ante una pasión prohibida, abriéndose a la promesa de lo eterno.
Se amaron en una corriente de deseo y pérdida. El placer no era sólo físico, era también una comunión de almas, un viaje más allá de la carne. Marianne sintió la memoria de otras vidas, de otros siglos en los que habían sido otros y siempre habían vuelto a encontrarse, siempre bajo la maldición de la separación. Bastien derramaba sobre ella todo el amor contenido durante años de soledad, y Marianne, por fin, se permitió rendirse, sin miedo a la muerte, sin temor al despertar.
Cuando la última campanada de medianoche se extinguió en la distancia, la biblioteca era un santuario consagrado a su unión. Bastien, más sólido ahora, la besó como la besa un hombre desesperado, y ella supo que nada podría separarlos jamás si así lo deseaban.
El amanecer filtró tenues rayos dorados a través del ventanal. Marianne abrió los ojos y lo vio: Bastien, ya no etéreo, sino tan real como lo había soñado cada noche. Juntos, tomados de la mano, contemplaron el brillo de la ciudad bajo el nuevo día.
—¿Y ahora? —susurró Marianne.
Él la miró con ternura, el peso de siglos convertido en promesa.
—Ahora somos libres. Rompimos el hechizo. El amor, Marianne, es la única magia que trasciende todas las muertes.
Juntos, abandonaron la biblioteca, dejando tras ellos una historia de amor inscrita en las páginas raídas de un libro y en la eternidad de sus almas.
Y la vieja casa en Montmartre, esa mañana, respiró aliviada. Por fin, tras tantos inviernos, albergaba entre sus muros el eco de un amor cumplido, capaz de burlar incluso a la muerte.
FIN
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