Portada del relato El suspiro de la medianoche
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Fragmento:


Mientras avanzaba, sintió un hormigueo en la piel, y los susurros regresaron. Esta vez eran más claros, voces que la llamaban por su nombre, entonaciones envueltas en anhelo y melancolía. Entonces, lo vio: un hombre de pie junto a la pérgola cubierta de hiedra, ataviado con ropas antiguas, su cabello oscuro cayendo sobre hombros anchos, ojos de un azul sobrenatural brillando en su rostro cincelado.

Duración: 08:33

El suspiro de la medianoche
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Texto de ajuste de pausa.

El jardín de la antigua casa Balmoral tenía fama de estar encantado desde mucho antes de que Selene McCartney llegara, huyendo del bullicioso Londres y de un corazón hecho pedazos. El portón herrumbroso crujía al recibirla, y desde el momento en que pisó aquellas tierras empapadas de rocío y leyendas, supo que algo acechaba entre las sombras de los tejos centenarios y los senderos de grava blanca.

Las sábanas del aire llevaban consigo perfumes de rosas mustias y algo más antiguo, penetrante, casi eléctrico. Selene sintió un estremecimiento en la nuca mientras subía la escalera de piedra hacia la puerta principal. La mansión la recibió con el aroma persistente de madera vieja y un silencio palpitante, interrumpido solo por los latidos de su propio corazón.

—Bienvenida, señorita McCartney —dijo la señora Potts, la ama de llaves, que ya traía arrugas en los lugares donde las leyendas echan raíces—. Todo está preparado en el ala este, como usted pidió.

Selene asintió, deseando tener la necesidad de hablar, pero se sentía demasiado agotada, demasiado herida para permitir que las palabras brotaran. Subió a sus aposentos, sin mirar demasiado los retratos que la observaban, sus ojos llenos de historias y secretos de generaciones pasadas.

El primer día transcurrió con normalidad. Selene desempacó, se familiarizó con su escritorio frente al ventanal —tratando de encontrar inspiración para su próxima novela— y apenas se atrevió a merodear más allá del jardín delantero. Al anochecer, el viento trajo consigo los ecos de risas lejanas y el tintinear de campanillas; creyó que eran producto de su imaginación cansada.

Pero la segunda noche, la atmósfera se impregnó de algo tangible. Lo notó al despertar sobresaltada, con la sensación de que alguien la observaba desde la penumbra de la habitación. El aire era más denso, sus sueños llenos de susurros y miradas ardientes. Una silueta permanecía junto a la ventana cada vez que ella parpadeaba, escurridiza como la niebla que reptaba por la alfombra.

A la mañana siguiente, decidió adentrarse en el jardín trasero. Al iniciar su paseo, el laberinto vegetal la engulló en un silencioso hechizo. Las flores exhalaban aromas embriagadores, casi narcóticos. El sol se filtraba en ligeras volutas áureas, y un par de mariposas, negras con motas rojas, revoloteaban a su alrededor.

Mientras avanzaba, sintió un hormigueo en la piel, y los susurros regresaron. Esta vez eran más claros, voces que la llamaban por su nombre, entonaciones envueltas en anhelo y melancolía. Entonces, lo vio: un hombre de pie junto a la pérgola cubierta de hiedra, ataviado con ropas antiguas, su cabello oscuro cayendo sobre hombros anchos, ojos de un azul sobrenatural brillando en su rostro cincelado.

—No temas —dijo él, y su voz era como un eco olvidado en las piedras musgosas—. No estoy aquí para hacerte daño.

Selene retrocedió un paso, su instinto de huida luchando con una curiosidad irreprimible. El hombre inclinó la cabeza, sus labios esbozando una sonrisa triste.

—¿Quién eres? —preguntó, su voz temblando incluso cuando luchaba por mostrar firmeza.

—Me llamo Raoul. Soy... fui el guardián de esta casa, hace mucho. Demasiado tiempo, tal vez. Ahora, solo soy un recuerdo, penando entre este mundo y el otro, esperando algo que nunca llegó.

La incredulidad de Selene luchaba con la verdad evidente de su presencia, pero el magnetismo de la mirada de Raoul era imposible de negar. Un impulso irracional se apoderó de ella: no tenía miedo, deseaba escucharlo, tocarlo.

—¿Por qué ahora? ¿Por qué yo?

Raoul se acercó, los rayos de sol atravesando su forma translúcida, pero dotándolo de una corporeidad inquietante. Extendió la mano, y aunque no la tocó, Selene sintió el cosquilleo frío de su aura.

—Las almas despechadas reconocen a otras cuando cruzan el umbral —susurró él—. Tu tristeza me llamó.

Selene sintió un nudo apretarse en la garganta. ¿Era eso? ¿Su corazón roto la había enlazado a este espectro de pasión inconclusa? Sintió una lágrima rodar por su mejilla.

—He venido aquí a olvidar... mi vida es un caos. Amé y perdí. Quise correr, pero no hay lugar en el mundo donde mis sombras no me encuentren.

La neblina que envolvía a Raoul se tornó entrelazada con la brisa cálida. Él le sonrió, con una ternura que la golpeó en el centro del pecho.

—Aún hay luz en ti. No estás sola en tus noches estrelladas. Puedo estar contigo... si me dejas.

De algún modo, Selene supo que aquellas eran más que palabras banales. Cada noche, desde entonces, se encontraron en el jardín, bajo el abrazo de la luna, compartiendo confidencias, memorias y anhelos. La conexión creció con violencia y dulzura, hasta que la presencia de Raoul iluminaba y oscurecía sus días.

La extraña pareja habitó el crepúsculo, los límites de lo tangible, donde las caricias de Raoul eran como plumas heladas quemando la piel de Selene. Cada encuentro, una danza de deseos apenas contenidos, gestos perdidos en la frontera del deseo y el consuelo.

Una noche, en el invernadero, el deseo se tornó demasiado palpable para negarlo.

—Dime, Selene, ¿te atreves a soñar conmigo como una vez soñaste con un hombre de carne y sangre? —preguntó Raoul, sus labios ladeándose en una media sonrisa melancólica.

Selene no respondió con palabras. En vez de eso, se acercó, guiada por el pulso de su corazón. El beso que compartieron fue etéreo, pero devastador. El hielo de Raoul pareció fundirse; a través del contacto, la esencia de Selene cruzó aquel umbral prohibido. Su piel de mortales se estremeció bajo un roce incorpóreo, mientras el fuego de Raoul se encendía en las cuencas de su irrealidad.

El mundo, de pronto, perdió nitidez. Selene supo que, por una vez en su vida, no era solo observadora de su propio destino, sino coautora de un nuevo relato. El dolor —el suyo y el de él— se convirtió en un anhelo feroz, un clamor callado que demandaba consuelo carnal.

Aquella noche, Raoul fue sólido para ella y solo para ella. El cuerpo de Selene se arqueó bajo el suyo en una pasión silenciosa, los gemidos y jadeos perdidos en el perfume de magnolias y el calor húmedo del invernadero iluminado solo por la luz lunar. Ningún deseo fue reprimido: cada caricia, cada beso —más intensos y desesperados por saber que amanecería— selló la fusión entre sus mundos.

Entre las sábanas traslúcidas del jardín, bajo el murmullo de hojas ancestrales, la unión de ambos desbordó todo lo conocido. El clímax llegó como una ola temblorosa, cargada de estallidos de luz y lágrimas de placer, seguida por el suspiro prolongado de una liberación largamente procrastinada. Raoul se aferró a ella, y el tiempo dejó de existir; sus cuerpos diferentes, sus dolorosas soledades, finalmente, en perfecto equilibrio.

Cuando la madrugada despuntó, Selene se encontró envuelta en los brazos helados de Raoul, quien, por primera vez, parecía tangible y cálido.

—¿Y ahora? —preguntó ella, temiendo el adiós, temiendo la condena de una pasión imposible.

Raoul besó su frente, su aliento una bruma suave.

—Hay un precio. Para ti, quedarse sería hundirte en las neblinas conmigo, renunciar a todo lo de tu mundo. Para mí, marcharme al fin. Solo tú puedes decidir.

La claridad del alba trajo consigo una certidumbre amarga. Selene amaba a este guardián de la sombra. Pero también amaba los colores, la música, la literatura —el bullicio de la vida que late bajo el sol.

Ambos lloraron, aunque Raoul no derramó lágrimas: solo su esencia palpitaba en el aire, bañando de nostalgia el aroma de las flores. Selene lo llevó al jardín una última vez, donde las primeras violetas estallaban en promesa de renovación.

—Gracias, Raoul. Por amarme, por enseñarme que no hay dolor tan oscuro que no se pueda alumbrar con ternura.

Él asintió. Y, justo cuando los rayos dorados rasgaron la bruma, Raoul se fundió en la luz del nuevo día, dejando tras de sí solo el susurro de su nombre y una paz de otro mundo.

Selene, renacida y luminosa, recorrió un último sendero entre los tejos antes de regresar a la casa. Con el tiempo, derramó su experiencia en páginas de una novela inmortal, donde la pasión, la pérdida y el misterio se entrelazaron como raíces de hiedra.

Y cada vez que la brisa nocturna arrastraba el canto lejano de una leyenda, Selene sonreía, sabiendo que algunos amores, aunque imposibles, persisten. Como espíritus, como promesas, como el suspiro inolvidable de la medianoche.

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