Fragmento:
El viento agitaba las ramas desnudas junto a las gárgolas que custodiaban el portal de la mansión Ashcroft, resucitando antiguos murmullos de escándalo y tragedia. Helena Fleetwood sostenía fuerte el abrigo contra su cuerpo mientras ascendía la escalera de piedra. El brillante coche negro del siglo XXI aparcado en la entrada era la única evidencia de modernidad en aquel paisaje inmóvil desde hacía siglos.
Duración: 10:39
El viento agitaba las ramas desnudas junto a las gárgolas que custodiaban el portal de la mansión Ashcroft, resucitando antiguos murmullos de escándalo y tragedia. Helena Fleetwood sostenía fuerte el abrigo contra su cuerpo mientras ascendía la escalera de piedra. El brillante coche negro del siglo XXI aparcado en la entrada era la única evidencia de modernidad en aquel paisaje inmóvil desde hacía siglos.
Helena tiró del llamador: un león feroz, con los colmillos tallados en bronce. El eco retumbó, largo e inquietante. Una luz se encendió allá dentro, resbalando por vidrieras polvorientas, mientras la puerta se abría con parsimonia.
Un hombre la observaba desde la penumbra. Morena melena suelta, piel pálida y ojos grises, fríos y translúcidos como el invierno sobre el lago.
—Señorita Fleetwood —saludó, y en su voz vibraba una sombra de otro tiempo—. Pase, por favor. Nos alegra recibirla.
Jamás Helena se había sentido tan fuera de lugar, pero el trabajo era su vida. Una semana como archivera, catalogando los viejos manuscritos de los Ashcroft, prometía sabrosas primicias para su libro sobre las familias más viejas de Inglaterra.
El vestíbulo era una catedral de terciopelos oscuros y cuadros solemnes. Cada lámpara encendida parecía frenar, con su luz tibia, el avance de una oscuridad sentenciosa. Helena procuró no mirar la colección de dagas ni el retrato sobre la chimenea, donde unas pupilas azules la seguían con una intensidad malsana.
Su anfitrión aguardó en el umbral de la biblioteca.
—Me llamo Marcus Ashcroft. Espero que la mansión le ofrezca inspiración suficiente para su trabajo.
—Lo creo así, lord Ashcroft —murmuró ella, incapaz de sostenerle la mirada.
Marcus sonrió apenas y se apartó, haciéndole seña de pasar. La biblioteca era un santuario de saber, olía a cuero antiguo y cera de abejas. Los gruesos cortinajes enmarcaban la noche detrás de los ventanales, donde el jardín yacía sumido en sombras brumosas.
—Su habitación está arriba, junto al ala oeste —explicó Marcus—. Si necesita algo, pregunte por la señora Dilsey.
—Gracias.
Se hizo un silencio tenso. Por un momento, Helena sintió que él deseaba añadir otra cosa. Pero su anfitrión se marchó sin volver la cabeza.
La archivera comenzó al día siguiente. El reloj de pie en el pasillo le pareció atrasarse. Se hundió entre libros, papeles caramelizados y vestigios de quien fuera la familia Ashcroft: cartas de amantes secretos, diarios menudos, pétalos marchitos en sobres de muerte. Por las tardes, la mansión cambiaba. Se oscurecía antes de tiempo. Los relojes disminuían su paso y los hábitos domésticos se volvían casi rituales: la señora Dilsey cerraba las cortinas, empujaba los muebles a las paredes y encendía ramas de romero viejo en los rincones. El personal evitaba el ala oeste. Los gatos, aún más.
Una noche, tras la cena, Helena subió por las escaleras crujientes. Sintió un susurro en la galería. O tal vez fue el roce de un vestido junto al suyo. Apresuró el paso, riendo nerviosa por su imaginación.
Al llegar frente a su dormitorio, vio una puerta entornada.
No la recordaba abierta. Tragó saliva.
Al otro lado, la habitación estaba vacía… salvo por una sensación de perfume, antiguo, desvanecido, como la memoria de una rosa muerta años atrás. Cuando fue a cerrar, pudo jurar que veía, en el espejo del tocador, el reflejo fugaz de una mujer joven vestida de blanco, con los ojos llenos de angustia.
Helena no durmió bien. En sus sueños, un hombre recorría los pasillos buscándola, con un anillo de ónice en la mano.
Por la mañana, un paquete la esperaba en la biblioteca: una carta sin remitente, con su nombre escrito a mano.
“Le ruego que no permanezca más aquí tras caer el sol. Hay cosas bajo este techo que no duermen jamás. El primer anochecer marca el principio.”
Helena palideció, recorriendo la firma ilegible. La desazón la fue carcomiendo a lo largo del día, como si en la atmósfera del lugar existiera una amenaza apenas contenida.
Al atardecer, la archivera buscó a Marcus para preguntarle por la carta. Lo halló en la terraza, absorto, mirando el jardín donde espirales de niebla se acumulaban entre las estatuas.
—Lord Ashcroft… —balbuceó Helena.
El hombre se volvió. En aquel instante su impenetrabilidad se fisuró. Por un segundo, Helena creyó ver una pena brutal y desolada asomando en su mirada de hielo.
—Se siente usted observada —murmuró él—. No es extraño. Esta casa envejece mal a los que somos Ashcroft. ¿Ha visto algo?
Ella no supo si mentir. Pero la sola compañía de Marcus, sus ademanes de otro siglo, su belleza tan distante, se le hizo nostálgicamente familiar.
—Tal vez sí. Oí un susurro… y vi una figura en mi cuarto.
Marcus cerró los ojos, como si se preparara para una confesión.
—Es inevitable. Mi familia está atada a esta tierra y a la sangre que aquí se derramó. Aquí, los lazos no mueren. Tampoco los pactos.
Un escalofrío recorrió a Helena.
—¿Pacto…?
Él le ofreció la mano y su tacto encendió toda su piel con una corriente imposible de calificar. Un instante fugaz y Helena supo, de forma irracional, que a Marcus le dolía ser quien era.
—Son asuntos antiguos —dijo él—. Cuando esté lista para saber, vendré a usted.
Esa noche, la tormenta rugió sobre la mansión. Casi todos los sirvientes se refugiaron en la cocina, dejando la casa en un inquietante sigilo. Helena intentó dormir, pero retumbaban en su mente los ojos de Marcus y el fantasma en el tocador.
Despertó sobresaltada con el graznido de un cuervo en el alféizar.
En la penumbra, un hombre aguardaba junto a la ventana de su dormitorio. No era Marcus, sino alguien más pálido, con una presencia aún más perturbadora.
—Helena Fleetwood —susurró, sin que sus labios se movieran—. Has venido por curiosidad. Eso te pondrá en peligro.
Helena se irguió en la cama, la respiración desbocada.
—¿Quién es usted? ¿Qué quiere de mí?
Él se inclinó hacia la luz, revelando una cicatriz que partía su mejilla en dos y una nostalgia sin tiempo en los ojos azules.
—Deseo advertirte, nada más. Pero ya estás marcada. El anillo… El que has visto en sueños.
Helena se tapó la boca, cayendo en la cuenta de que había hablado en sueños, de que había sentido el frío del ónice en su propia piel.
—¿Qué significa…?
Un grito rasgó la noche.
Sin pensar, Helena echó a correr por los pasillos oscuros. Su camisón se enredaba en cada esquina. Abajo, en el vestíbulo, Marcus forcejeaba con el misterioso intruso. Sólo la figura blanca de la mujer del espejo intercedió, su lamento llenando los corredores, helando el aire.
El intruso se desvaneció tan súbitamente como había aparecido. Marcus apoyó ambas manos en el suelo, jadeante. Helena corrió a socorrerlo.
Él la miró, confuso, vulnerable como jamás lo había visto.
—No debí traerla aquí —murmuró con voz ronca—. Hay… hay cosas que no puedo controlar. Cosas que me torturan cada noche.
Helena buscó su mano, cruzando una frontera que no había osado traspasar hasta entonces. El contacto era fiero, eléctrico. Marcus se estremecía.
—No estoy aquí sólo por un trabajo, Marcus. Lo siento, lo sé. Usted me tiene atada a este lugar, aunque no sepa cómo ni por qué.
Lágrimas de pura frustración temblaron en la mandíbula del hombre al aceptar lo que desde el principio había estado negando.
—Te soñé mucho antes de conocerte, Helena. Eso también es mi maldición. Todos en mí linaje amamos a la misma mujer, una y otra vez, siglo tras siglo… Una mujer de cabello oscuro y ojos de tormenta. —Sus dedos temblaban en el rostro de Helena, acariciando una mejilla que ardía bajo su palma—. Pero el precio es terrible: ninguna de ellas sobrevive al primer invierno. El anillo de ónice es su sello. Nuestra condena.
Un rayo iluminó la ventana. Helena vio la silueta de la mujer fantasmal, observándolos con una tristeza casi materna.
—Ella… ¿Fue una de…?
Marcus asintió, vencido.
—Amó y murió aquí, por mí. Ella y muchas otras, en otros inviernos, otras horas. Y ahora has llegado tú. No quiero que sufras el mismo destino.
—¿No hay forma de romperlo? —Helena apoyó su frente en la de él—. Recuerdo esos sueños… pero no sé si son tuyos o míos. En todos, morimos juntos.
Marcus la besó, suave, casi reverente. Un beso lleno de siglos de deseo frustrado.
—Sólo uno de los dos puede sobrevivir si no queremos perderlo todo, Helena.
Ella apretó su mano, el anillo invisible quemándole la piel.
—¿Y si nos negamos? ¿Si luchamos contra la maldición?
—Sería enfrentarse a fuerzas más antiguas que la sangre y el tiempo.
Pero Helena, por única vez en su vida, supo que su destino lo escribía ella.
—Entonces lo intentaremos. No te abandonaré en tu condena, Marcus Ashcroft.
Durante los días siguientes, se sumergieron juntos en los vestigios de la historia familiar. Leyeron los diarios manchados de lágrimas, las promesas rotas de antepasados que también buscaron romper el ciclo. Cada noche la figura fantasmal de la mujer de blanco aparecía, a veces furiosa, otras sollozando entre los candelabros encendidos.
Finalmente, la víspera del primer solsticio de invierno, Helena y Marcus descendieron a la cripta familiar. Allí, entre antorchas que parpadeaban con aire propio, la mujer de blanco les aguardaba.
—Devolvedme mi nombre, mi amor. Cerrad mi herida.
Helena, presintiendo la clave, se acercó al sarcófago cubierto de polvo. Sobre la tapa, un anillo de ónice brillaba lúgubremente.
—Él nunca quiso olvidarte, Annabel Ashcroft.
La mujer de blanco extendió los brazos y, por primera vez, Helena no sintió miedo. Percibió el aroma a rosas, el destello de un amor tan inmenso que no podía morir.
Marcus tomó el anillo y lo hundió junto al corazón de Annabel, sellando así el pacto antiguo. Una ráfaga de aire lo sacudió todo: los relojes enmudecieron, los gatos maullaron y, allá en la superficie, la primera nevada del año empezó a caer.
La figura de Annabel se desvaneció, aliviada al fin.
Marcus y Helena emergieron de la cripta sintiendo la mansión más liviana, los pasillos más claros, como si la casa respirara por primera vez en siglos.
Él la abrazó, temblando de incertidumbre y esperanza.
—¿Crees que de verdad lo logramos?
—Lo hicimos juntos —dijo Helena—. Ahora podemos escribir nuestra historia, Marcus. No para repetir los errores del pasado, sino para crear un amor que ni la muerte ni la maldición puedan enterrar.
Y mientras la nieve cubría la tierra vieja y milenaria, por fin, la mansión Ashcroft se dejó envolver por la promesa de una nueva primavera.
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