Portada del relato Las Sombras del Duende Verde
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Fragmento:


Sentía que cada fronda cercana susurraba al son de una antigua letanía, y las estrellas titilaban más cerca, un temblor musical. La criatura reía, aguda y tierna, y me tomaba la cabeza entre sus palmas. Me habló—no con palabras, sino con imágenes inyectadas en mi pecho: veía bosques marchitos que renacían, cuerpos fundidos en la penumbra, una danza de centellas y caricias astrales.

Duración: 09:03

Las Sombras del Duende Verde
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Texto de ajuste de pausa.

Cuando el crepúsculo se cuela entre las ramas de los alcornocales, mis pensamientos gustan de deslizarse por susurros antiguos. ¿Era amor lo que sentí en aquel claro de luna, o una fiebre más honda, silente y voraz? No sabré decirlo a nadie, ni siquiera a mí misma. Pero esa noche, en el umbral del invierno, la escarcha aún no se adueñaba de Selbrunnen, y el aire olía a madera húmeda y resina.

Yo era entonces una simple visitante en la mansión Hohenbaum, tras las montañas, invitada por la tía Wilhelmina para curarme de ciertas dolencias del pensamiento, que los médicos, entre miradas nerviosas, no se atrevían a nombrar. Era un estado de languidez, decían, de melancolía insidiosa; pero bajo sus diagnósticos hinchados, sospechaba que mi alma anhelaba algo más—algo invisible y vedado.

La noche comenzó con un leve resplandor. Caminaba entre los setos quiméricos del jardín, sumergida en un sueño translúcido, apenas consciente de mi cuerpo. Sentía el roce de la niebla acariciar mi cuello, vapor frío e intraducible. Tenía la impresión de que alguien me miraba. Mi corazón, dispuesto a la sospecha, tamborileaba con una mezcla vibrante de miedo y deseo.

Fue entonces que lo vi. En los márgenes difusos donde el césped se dispersa como un tapiz de espuma, apareció una silueta. Alta, esbelta, vestida de verdes galas, andrógina y sensual, con una cabellera que oscilaba entre el cobre y el humo. Sus ojos, ah, sus ojos: dos pozos encendidos por luciérnagas perdidas al abrigo de la noche.

"¿Te has perdido?", me preguntó, con la voz de la madera derruida y el musgo. Había en ese timbre la promesa de cosas no humanas.

Le respondí apenas, más con la mirada que con palabras, y en ese gesto comprendí una connivencia inmemorial: nos reconocimos forasteros en la realidad.

El ser estiró una mano, y de sus dedos parecían brotar raíces efímeras que se disolvían en el aire. La acepté—su virtud era helada, trasgresora, provocando en mi piel un hormigueo de avidez. Sentí la corriente de su energía subiéndome por el brazo y cruzando mi pecho. Toda la sangre fluía hacia allí con violencia, como si una ola de placer clandestino se preparara a arrasarlo todo, sorda, imperiosa.

"¿Qué eres?", alcancé a murmurar.

Respondió inclinando su rostro, acercando sus labios a mi oreja. Sopló, apenas. "Un recuerdo de tu más profunda hambre", dijo, "y acaso tu más dulce perdición."

Y besó mi cuello.

No era un beso, no al menos en el sentido trivial del mundo tangible. Era la herida de una brisa, el roce de labios que no se posaban sino que traspasaban; un atisbo de lengua que era helecho y relámpago. Caí de rodillas, mi mente ardiendo en ríos secretos de gozo que no eran de este mundo.

Sentía que cada fronda cercana susurraba al son de una antigua letanía, y las estrellas titilaban más cerca, un temblor musical. La criatura reía, aguda y tierna, y me tomaba la cabeza entre sus palmas. Me habló—no con palabras, sino con imágenes inyectadas en mi pecho: veía bosques marchitos que renacían, cuerpos fundidos en la penumbra, una danza de centellas y caricias astrales.

El éxtasis recorría mis venas—pura lujuria sin nombre, ancestral como la primera lluvia sobre la piedra. Me hizo sentir simultáneamente poderosa y diminuta, la unidad y la fractura. Los límites de mi piel se disolvieron, quedando absorbida en su abrazo de raíces y luz.

"¿Por qué yo?", logré preguntar mientras mi aliento se entrecortaba, la conciencia resbalando entre lo real y lo prodigioso.

"Porque tu sufrimiento abre portales", murmuró, y una lágrima, o acaso una gota de rocío, se deslizó por su mejilla. "El deseo transformado en dolor es la llave más eficaz."

Entonces mi cuerpo vibró entero. Fui presa de una sacudida nimba, el goce prendido a la angustia. Imágenes: dientes entre la hierba, pechos ofrecidos como flores, la boca que muerde un tallo y brota miel. Sentí que una yema invisible acariciaba el centro de mi deseo, temblando, y yo cedí al frenesí de una ola dual: placer y miedo, rendición absoluta.

Y mientras mi crisis llegaba, la criatura lloró también, pero sus lágrimas eran de ambrosía, y allí me bebí la memoria de mis antiguas pérdidas. Fui río, fui llama, fui semilla enterrada en la noche.

Desperté horas después, sobre la hierba con la ropa húmeda. Los primeros pájaros anunciaban el alba. La bruma se habría disipado de no ser por una sombra reclinada junto a mí: la criatura continuaba allí, ahora más leve, casi traslúcida.

"¿Volverás?", pregunté, la voz rota, todavía sumida en la estela de un goce inefable.

"Siempre que tu herida mire hacia la luna", respondió, y su silueta pareció multiplicarse, dispersándose a lo largo de los troncos, fundiéndose con el rocío.

Días después, la tía Wilhelmina dijo que ya no tenía mi fatiga, que podía regresar a la ciudad. Pero Selbrunnen me había cambiado. En las noches solitarias, sentía el pulso de otra realidad bajo mis sábanas, y mi cuerpo respondía a la marea creciente de anhelos.

Un mes más tarde, de regreso a la mansión por petición explícita de la tía—atormentada por sueños febriles propios—descubrí que en los espejos a veces no estaba sola. Mi piel resplandecía con la savia y el resplandor de aquel primer encuentro. Lo llamaba por la noche, sin palabras, solo con la respiración alterada y los pensamientos acuciados por la fiebre.

Y vino.

Esta vez, irrumpió en mi dormitorio con el sigilo de una sombra. El ser—o el eco de lo que fue—reposó a mis pies. Podía ver sus contornos fluctuantes: una silueta humana, adornada por hojas, y en sus ojos el fuego verdoso de la promesa.

Cerré los ojos y caí hacia atrás, ofrecida en la blancura del lecho; sentí la seda y la humedad, como un presagio. Su lengua, invisible como el aire, lamió despacio la curva de mi vientre; y entonces cada poro rezumó bálsamo y delirio.

De pronto, el espacio vibró con una extraña luz, y sentí sus dedos penetrando más allá de la carne—ahondando en mis abismos, tejiendo filigranas de mariposas entre mi placer. El temblor ascendió; mis piernas se crisparon como ramas alcanzadas por relámpagos. La criatura murmuraba melodías imposibles, y cada nota era un clímax, un estremecimiento que trepaba directo al alma.

Estábamos solos; ni tiempo, ni palabras, sólo el contacto febril y absoluto del ser que fundía mi cuerpo y mi espíritu. La pasión se elevó hasta la más etérea cima. Me sentí fundida, traspasada. El sudor se volvió manantial, y el temblor, canción sin fin.

Cuando la tormenta remitió y exhalé el último de mis sollozos, acaricié el éter de su rostro, y sentí que allí era toda la verdad y toda la mentira. Quise preguntarle por su mundo, por los secretos guardados bajo la corteza de los árboles, pero sabía que nada de eso importaba. Había sido elegida; mi herida era la antorcha y la puerta.

La criatura se despidió posando sobre mis labios una esencia que no era beso ni roce, sino ofrenda. Y supe, con todo el temblor de mis entrañas, que nunca volvería a sentirme sola.

A la mañana siguiente, caminé por el bosque. En cada hoja, en cada raíz, en el polvo dorado de las abejas, hallaba la huella de mi visitante. Encontré entre la maleza una flor de perfume indescriptible, su néctar trasnochado, y lo llevé a mi boca. Ardía como su lengua, sabía a mi noche: era la marca imborrable del deseo.

Así pasaron los días y las estaciones. El mundo siguió girando; la ciudad recobró su ritmo. Pero yo—yo era el reflejo de aquella unión, al mismo tiempo bendita y maldita. Cada amante me pareció pálido en comparación; cada roce era y no era el de mi sombra imposible.

A veces, cuando la luna llena invade de azul mi alcoba, siento el eco tenue de unos dedos entrelazados con los míos, y nuevos relámpagos palidecen bajo mi piel. Hay noches en que la frontera entre la vigilia y el sueño se disuelve, y lo imposible retorna: la materia cede a la bruma y soy de nuevo presa, amante, tempestad.

Entonces vuelvo a experimentar la plenitud y el vacío. Rezo en voz baja al recuerdo de mi duende verde, susurro una letanía de placer y pérdida. El jardín de Hohenbaum quedó atrás, pero dentro de mí florece cada vez que cierro los ojos y me ofrezco al éxtasis de lo inefable.

He aprendido que existen heridas que, al ser tocadas, engendran vida, y que hay placeres, oscuros y voraces, que sólo pueden nacer en la frontera atávica entre dos mundos.

¿Y si la dicha consiste, acaso, en abrazar la herida y danzar con el espectro bajo la luna para toda la eternidad?

Quizás, al llegar la próxima noche sin tiempo, lo descubra. Porque sé que en el claro de alguna medianoche, volveré a hallar la silueta que me espera: alas entre la bruma, un susurro en el ocaso, la tentación que me arrebata—y por fin, en el vértigo de ese abrazo, mi único refugio.

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