Portada del relato El beso de la medianoche
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


—¿Qué quieres de mí? —susurró ella, consciente de que ya no tenía el control, ni del encuentro ni de sí misma.

Duración: 10:50

El beso de la medianoche
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

La niebla se acurrucaba contra las paredes de piedra de la vieja ciudad como un amante tímido. Nadie podía ver los pasos que seguía Gabrielle bajo la lluvia fina, sólo sentir la vibración apenas perceptible de los adoquines, acompañando su paso inquieto, el taconeo decidido de quien huye y busca al mismo tiempo. Paris, en este clima, era un reflejo del corazón humano: irreconocible, sombrío y lleno de promesas que sólo la oscuridad osa hacer.

Ella dejó atrás la Rue des Martyrs, aspirando el perfume de hiedra y deseo que parecía brotar de cada rincón. Al llegar a la Place des Abbesses, miró hacia la entrada de la antigua iglesia, apenas iluminada por la luz vacilante de los faroles de gas. Una chispa de anhelo estremeció su pecho al recordar las cartas, la caligrafía imposible que sólo leía bajo el pálido resplandor de la luna. "Vuelve a mí", decían los renglones, y su propia alma temblaba ante la posibilidad de que fuera real aquello a lo que soñaba entregarse.

Eran tres semanas desde que el primer mensaje llegó a la rendija de su ventana. Nadie en su círculo sabía de esas misivas, saturadas de pasión y melancolía, y sólo la última, escrita la noche anterior, traía una cita: “Medianoche. Donde las lágrimas encuentran consuelo.” Era la iglesia, lo comprendió de inmediato. Gabrielle jugó a convencerse de que no acudiría, pero al filo de la medianoche se encontró ascendiendo la escalinata de piedra, atenazada por un deseo inexplicable.

La iglesia estaba vacía, excepto por la sombra que aguardaba junto a la capilla de las almas perdidas. Una figura alta y esbelta, envuelta en un abrigo de lana, como si la silueta de un suspiro hubiera tomado forma humana. Gabrielle contuvo el aliento, aferrada al pomo frío de su paraguas, buscando en las profundidades de sus recuerdos alguna pista sobre este rostro que aún no veía claramente.

“Gabrielle,” susurró la figura, y el nombre reverberó en el aire como si cada letra despertara un coro antiguo entre los vitrales. Bajo la luz mortecina, la mujer pudo ver unos ojos que no acababan de pertenecer del todo al plano de los vivos: chispeaban con la promesa de secretos y centelleaban como si atraparan la luz de velas invisibles.

Johann. No necesitaba que él lo dijera. Lo supo con esa convicción con la que uno sabe ciertos presagios: la tormenta, el temblor inminente, la llegada de un amor prohibido. Había leído su historia tiempo atrás: un poeta nacido dos siglos antes, muerto de amor o de desesperanza, según los rumores. Gabrielle no supo cómo ni por qué, pero sentía en la médula de sus huesos que ese hombre, traslúcido y perfecto, era el autor de sus cartas.

"Sabía que vendrías", dijo Johann, acercándose sin producir ruido alguno. Su voz tenía la cualidad de la seda gastada y el eco de las campanas distantes.

—¿Cómo es posible esto? —preguntó Gabrielle, no tanto incrédula como temerosa del ansia enfebrecida que crecía en su vientre.

—La muerte es sólo el umbral. Y esta noche, la luna me permite tocar lo imposible.

Los escalofríos bailaron por su espalda cuando Johann extendió la mano, afilada y delicada, como si la piel formara apenas una delgada membrana sobre las venas azuladas. Gabrielle, temblando, posó su palma en la de él, y la piel era fría, sí, pero no muerta; desprendía una energía que chisporroteaba en sus nervios, despertando sensaciones que nunca creyó posibles.

—¿Qué quieres de mí? —susurró ella, consciente de que ya no tenía el control, ni del encuentro ni de sí misma.

La luna, curiosa, se asomó entre los vitrales rotos, y la luz pálida revistió el cuerpo de Johann de un resplandor casi tangible. Era hermoso en su languidez fantasmal, la mandíbula bien formada, los labios finos y tristes, los ojos brillando con una fiebre poética.

—Quiero tu alma, por una noche —declaró él, con la sinceridad desarmante de los que ya nada tienen que perder—. La eternidad es fría, Gabrielle. Pero la pasión, aunque sea efímera, puede consumir siglos de hielo. He esperado tanto… ¿quieres conocer el amor más allá de la carne?

De haber sido cualquier otro hombre, aquella frase habría resultado absurda, risible tal vez, pero en la iglesia, bajo las constelaciones rotas de vidrio y polvo, todo tenía el peso de la revelación. Sin darse cuenta, Gabrielle permitió que él la guiara, primero con un roce, luego con una caricia que era un lamento y una promesa. Sus labios se encontraron y el beso fue insólito: una corriente de frío delicioso, un torrente de imágenes, versos y recuerdos que la llenaron de vida y de muerte al mismo tiempo.

Los bancos de la iglesia testificaron el primer contacto, pero pronto Johann la llevó hasta el altar, y allí, donde los santos de piedra habían sido mutilados por siglos de revolución y olvido, la tomó entre sus brazos. Su cuerpo no respondía a las leyes terrenales; era al mismo tiempo sólido y etéreo, su carne y su sombra se entrelazaban con la de Gabrielle, fundiéndose en un ritmo nuevo, una danza de deseo y abandono.

La caricia de Johann era distinta a cualquier otra: hubo momentos en que pareció que Gabrielle se convertía en neblina, en susurro, en estrofa. Vibraba en cada órgano, en cada recuerdo, como si la pasión despertara dolores y placeres ya olvidados. La sexualidad, en sus brazos, fue un hechizo hecho de anhelos, y la realidad se agitó borrosa, cosida de gemidos susurrados y jadeos que escapaban a la gravedad. Sus cuerpos parecían flotar por encima del mármol, un cópula que era poesía y exilio, comunión y condena.

—No temas perderte —susurró Johann a su oído, su aliento gélido llenándola de escalofríos maravillosos—. Esta noche sólo existe aquí, ahora.

Gabrielle derramó lágrimas sin saberlo, lágrimas que el fantasma bebió de sus mejillas con la delicadeza de un amante y el hambre de un exiliado. Sus labios descendieron por su cuello, su torso, venerando su piel con besos que llegaban hasta su alma, bordeando el oro invisible del éxtasis. Gabrielle sintió que la devoraban recuerdos que no eran suyos, imágenes de guerras, prostíbulos y versos recitados bajo lunas viejas.

El clímax llegó como un relámpago: Johann la poseyó de cuerpo y conciencia, haciéndola vibrar con una intensidad cruel y deliciosa. El orgasmo fue un llanto interno, como si se deshiciera cada célula de su cuerpo y resurgiera de una muerte pequeña. Nadie miraba pero Gabrielle sabía que antiguos espíritus, testigos del tiempo, estaban atentos, aplaudiendo en silencio esa comunión de vida y ultratumba.

La ciudad dormía afuera, pero dentro de la iglesia, el tiempo se rasgaba como las páginas de un libro maldito. Cuando sus respiraciones volvieron al ritmo de los mortales, Gabrielle y Johann yacieron lado a lado —o esa ilusión se tejió— en el pavimento del altar. El fantasma la envolvió en un susurro que era crepúsculo y promesa.

—Al amanecer, debo partir. La luna menguará y yo regresaré al reino de los olvidados. Pero hasta entonces… ¿te atreverías a descender conmigo al abismo?

Ella, agotada y rebosante, asintió mientras la noche seguía tendiéndoles un manto de protección. Johann la tomó de la mano y, con pasos que no produjeron eco, la llevó a través de la puerta lateral de la iglesia. El aire era frío y cuchilleante, pero cada vez que sentía la presión de la mano de Johann, Gabrielle se sentía invulnerable: convertida en diosa, en sombra, en misterio.

El viaje los llevó por callejones donde la realidad vacilaba. Los faroles titilaban y las ventanas cerradas parecían observar la extraña pareja. Las piedras bajo sus pies eran ceniza y carne, y Gabrielle, en trance, sentía que su cuerpo y su mente fluctuaban entre la materia y la etérea vibración de la muerte. Johann le hablaba en murmullos, poemas de amor y de exilio, confidencias de un alma condenada a transitar entre mundos.

El destino final era un cementerio olvidado, cerca de Montmartre. Tras las verjas oxidadas, las lápidas eran como libros cerrados, listas para abrirse a su paso. Johann la guió hasta una con el nombre casi borrado, sólo visible bajo la caricia de la luna menguante. Allí, en ese lecho frío, volvieron a unirse: las caricias ahora eran más intensas, más desesperadas, como si el tiempo apremiara. Gabrielle perdió la cuenta de los temblores que la atravesaron; se entregaba sin reservas, sintiendo cómo cada espasmo la acercaba al umbral.

La pasión estaba teñida, esta vez, de un tono oscuro – era un acto de desafío, de renuncia al orden natural, un pacto renovado con el dolor y el placer del amor imposible. Tras cada ola de placer, rastros de recuerdos ajenos le inundaban la cabeza; reyes y cortesanas, muertes y nacimientos, bautizos y duelos, y en todas las visiones, una presencia: Johann, tan real en el pasado como ahora, tan intangible como siempre.

El primer tenue rayo de luz rosada comenzó a destilarse sobre las losas del cementerio. Johann se encogió levemente, sus bordes tornándose difusos, y la tristeza en sus ojos era tan profunda que Gabrielle comprendió, de golpe, la verdadera dimensión de su soledad.

—¿Volverás? —preguntó ella, aferrándose, en un gesto desesperado, a la silueta apenas tangible del poeta.

—Cuando la luna lo permita y tu sangre aún me recuerde —respondió Johann, y su voz era ya un eco—. No me olvides, pues el olvido es peor que la muerte.

La piel de Gabrielle ardía todavía, testimonio del gozo sobrenatural vivido. Sintió una lágrima correr por su mejilla mientras Johann desaparecía, volviéndose sombra y después nada, absorbido por la luz impía del alba.

Gabrielle caminó a casa sin rumbo, el cuerpo exhausto y el alma llena de una dicha recóndita. Nadie creería su relato, nadie imaginaría que, en pleno corazón de Paris, una mujer y un espectro habían sellado su amor con caricias y versos. Pero al llegar a su habitación, sobre la almohada, encontró una última carta, escrita en una tinta que no era ni sangre ni tinta, sino una sustancia iridiscente, imposible de definir. Decía:

“Mi Gabrielle, beso de la luna y consuelo de mis noches,

Allá donde la carne y el espíritu se entrelazan, has sido mi resurrección. No llores. Nos volveremos a encontrar cuando el deseo queme más fuerte que la muerte. Eternamente tuyo,

Johann.”

El sol trepaba ya sobre los tejados de la ciudad, pero Gabrielle no temió su luz. Donde otros sólo veían rutina y tiempo desperdiciado, ella portaba, en la piel y en el alma, la huella de un amor imposible: infernal y sagrado. Por una noche había sido atravesada por el deseo de un muerto y bendecida por lo que ningún mortal se atreve a soñar.

Y desde entonces, cada vez que la luna brillaba más pálida que nunca, una mujer vagaba por las calles de Paris con el misterio ardiendo en sus ojos, perpetuamente dispuesta a entregar su alma, una y otra vez, al amante de la noche eterna.

Copyrights © 2025 Complicidad.es. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.