Fragmento:
Se suponía que Rosalind estaría en su habitación, recuperándose aún de la fiebre que la había postrado durante semanas. Pero el llamado era irresistible. Había comenzado en sueños, en susurros suaves que aguardaban al borde de su consciencia y la empujaban, noche tras noche, a la misma habitación al caer la oscuridad. Vinieron primero en palabras olvidadas, en un idioma que sentía propio aunque jamás lo hubiera aprendido; luego, en imágenes de un rostro hermoso, de ojos azules tan intensos que le llenaban el pecho de un dolor dulzón y la inexplicable certeza de que, al otro lado de la realidad, alguien la esperaba.
Duración: 08:17
La noche había caído sobre Sudeley Manor como una capa densa y palpitante, el tipo de oscuridad que parecía envolverlo todo en secreto y sumergir las viejas piedras y los jardines descuidados en un estado de expectación silenciosa. Rosalind Haverhill se detuvo en el umbral de la biblioteca, el roce de su vestido de muselina apenas audible mientras su mano temblorosa tanteaba la empuñadura fría de bronce de la puerta. Fuera, el viento arrullaba los árboles y arrastraba esencias de tierra mojada y lilas marchitas. Faltaban minutos para la medianoche.
Se suponía que Rosalind estaría en su habitación, recuperándose aún de la fiebre que la había postrado durante semanas. Pero el llamado era irresistible. Había comenzado en sueños, en susurros suaves que aguardaban al borde de su consciencia y la empujaban, noche tras noche, a la misma habitación al caer la oscuridad. Vinieron primero en palabras olvidadas, en un idioma que sentía propio aunque jamás lo hubiera aprendido; luego, en imágenes de un rostro hermoso, de ojos azules tan intensos que le llenaban el pecho de un dolor dulzón y la inexplicable certeza de que, al otro lado de la realidad, alguien la esperaba.
La biblioteca aún olía a leña consumida y cuero viejo. Un espejo veneciano, alto y antiguo, se erguía entre las estanterías abarrotadas como un centinela silencioso. Su superficie reflejaba el leve temblor de las velas y, por un momento, a Rosalind le pareció ver dos sombras, dos siluetas donde solo debería estar la suya. Se acercó con cautela, el corazón tropezándole con la garganta. La superficie del espejo vibraba, ofreciéndole de pronto una visión imposible: jardines que nunca había visto, árboles retorcidos por el tiempo y la luna suspendida en un cielo demasiado brillante.
Se estremeció. El aire se volvió frío y denso, cargado de electricidad. Un susurro acarició su oído, rozando la piel de su cuello. —Rosalind…
La voz era profunda y masculina, dotada de una ternura feroz que la rodeó y la llenó del deseo más impúdico. Sus labios se entreabrieron; los latidos bajo su corsé exigieron oxígeno a un ritmo acelerado, imposible de saciar. No debía temer, se dijo, ni siquiera cuando la figura —tall, broad-shouldered, imponente y a la vez dulce— emergió lentamente de la plateada superficie. Era un caballero vestido a la moda de otro tiempo, con cabello oscuro hasta los hombros y una sonrisa que prometía devoción... o perdición.
—James —murmuró ella, sorprendida de recordar un nombre que jamás le habían dicho.
El hombre —James— alzó una mano hacia ella. Llevaba un anillo antiguo, su gema envuelta en vetas de niebla azul. Sus ojos la buscaban, fijos, y en ese instante la distancia entre los mundos se desvaneció. Rosalind avanzó, los dedos extendidos. Sentía su calor, y una vez que sus manos se encontraron, la habitación giró a su alrededor, arrastrándolos a una bruma donde no existía el pasado ni el futuro, sólo el ahora, sólo ellos.
El beso que compartieron fue la culminación de siglos de anhelo, de deseos imposibles y juramentos susurrados al azar de los sueños. La urgencia, sin embargo, era nueva —una hoguera avivada por la realidad de la carne, por el roce tangible de labios explorando, lenguas entrelazándose, manos tanteando el contorno de pechos y vientres con el fervor de los resucitados.
—¿Quién eres? —susurró Rosalind cuando el aire volvió, aferrándose a él mientras los relámpagos danzaban en su piel.
—Soy lo que has perdido y lo que has de encontrar —las respuestas, vagas y concretas a la vez, la confundían y la excitaban—. Estoy unido a ti por la promesa de sangre antigua, sellada cuando ambos éramos otros bajo otras lunas. Nos separaron una noche así hace siglos, pero el deseo permanece, atado al eco de medianoche.
Las palabras la hicieron gemir. Había siempre anhelado algo más que la gris seguridad de su mundo, algo que desafiara sus sentidos. Ahora experimentaba una sensibilidad exquisita: el roce de su aliento, la presión de sus muslos contra los suyos, la magia eléctrica que despertaba cada célula de su cuerpo.
—¿Moriré al amanecer? —preguntó, como temiendo la respuesta.
James asintió, la sombra de la tristeza arrastrando su sonrisa.
—Sí... y no. Sólo una versión tuya, la que ha vivido ignorando la llamada de los Antiguos. Pero juntos, renaceremos. Debes elegir. Debes quererlo.
El deseo compitió con el miedo. ¿Qué era esa promesa? ¿Qué sacrificaría? Pero James la besaba otra vez, reclamando su boca y luego su cuello, y cuando ella se arqueó bajo sus caricias, el miedo se desvaneció.
Las llamas danzaban en la chimenea mientras el tiempo se doblaba alrededor de ellos. El vestido de Rosalind cayó al suelo con un susurro; la mano de James se deslizó por la curva de su cintura, la cálida palma explorando la piel antes prohibida. Ella se rindió, abrió las piernas y lo sintió penetrar no sólo su cuerpo sino toda su esencia, como si los dos fueran ríos confluyendo en uno solo, sobresaltados por el poder del deseo primordial. Se amaron salvaje y largamente, cuerpo a cuerpo, sin palabras, con todos los sentidos exaltados por la inminencia del destino.
Cuando los primeros dedos de la aurora se filtraron entre las cortinas, Rosalind tenía la convicción extraña de que ya no era esa muchacha enfermiza y resignada al silencio. Había conocido la promesa y el vértigo —el gozo tan agudo que rozaba el dolor. James la sostenía entre sus brazos, dándole calor y fuerza.
Ambos sabían que la elección debía pronunciarse. James deslizó la mano por su cara, la miró a los ojos.
—Debemos cruzar la puerta. El mundo humano no tolera a los que han despertado a la sangre antigua. Allá, entre sombras y sueños, somos quienes debemos ser. ¿Vendrás, mi amor?
Pero la duda la hirió, afilada. ¿Renunciaría a su vida, a las ruinas de Sudeley, a los recuerdos de una infancia llena de dicha antes de la fiebre? ¿A los rostros familiares, a las costumbres de la tarde y al té compartido bajo los robles?
James destacó la lucha en su expresión y la besó despacio, devorando el salado sabor de sus lágrimas.
—Amar es siempre saltar a lo desconocido. Dame tu mano, y nunca te arrepentirás.
Un ruido irrumpe en la biblioteca. El reloj da una hora nueva. Por un instante, la realidad tambaleó: el espejo perdió intensidad y el jardín fantasmal se desvaneció. Rosalind retrocede, asustada de su propia osadía. Pero entonces mira a James, y en el fondo de sus ojos ve algo familiar y absolutamente suyo. La pasión desbocada compartida vuelve a llenarla de fuerza. Recuerda, de pronto, una vida pasada: promesas juradas en sangre, confesiones al borde de la muerte, una traición que los separó… y el irresistible deseo de corregirlo todo, de vivir mil vidas si con ello puede, siquiera por un instante, rozar de nuevo a James.
Ella da un paso hacia el espejo. Su mano encuentra la de él.
Y cruza.
El frío es un puñal y un bálsamo a la vez; la niebla envuelve su cuerpo y por un segundo siente miedo, hasta que los labios de James rozan su oído y la pasión despierta de nuevo. Ahora, en el lado de allá, los límites del deseo y de la lógica desaparecen. Se ven distintos, más jóvenes y eternos, esculpidos por la luz de una luna inédita que les habla en susurros y les regala segundos infinitos en la calidez de la unión. El placer es aún más exquisito, prolongado, profundo: mientras hacen el amor en el jardín irreal, celebran la tercera noche de todas las eternidades que les quedan por vivir juntos.
A veces, cuando el viento sopla y la luna llena pinta Sudeley Manor de plata y misterio, algunos afirman que pueden escuchar risas, gemidos y promesas juradas en esa vieja biblioteca. Juran que, si se mira bien, el viejo espejo parpadea con luz de otro mundo, y que dos amantes bailan para siempre en el renacimiento de su deseo, repitiendo el hechizo de sangre antigua. Pero sólo Rosalind y James conocen la auténtica dicha de haber saltado hacia lo imposible y haberlo llamado amor.
Y así, cada medianoche, cuando el mundo parece dormitar y el tiempo se detiene en el borde del sueño, susurran un nombre; el eco cruza los jardines y duerme con ellos, renovando la promesa, noche tras noche, mientras el placer y el amor se tejen como hiedras eternas entre los umbrales del deseo y de la oscuridad.
Copyrights © 2025 Complicidad.es. Todos los derechos reservados.