Fragmento:
Aurora sintió una extraña presión en el pecho. El hecho de no comprender nada no impedía que cada palabra pronunciada por el extraño le llegara directa a una zona vulnerable. Sintió la necesidad de acercarse, aunque cada fibra racional de su cuerpo gritaba que no lo hiciera.
Duración: 09:12
El silencio en la biblioteca era tan denso que Aurora podía oír el latido de su propio corazón. Improbable que alguien pudiera llegar a sentir miedo en un lugar como aquel: los ventanales de cristal antiguo dejaban pasar los últimos reflejos de una tarde invernal, pintando el suelo de ocres y dorados, y el aire estaba perfumado con la suave y familiar mezcla de papel envejecido y cera fresca. Sin embargo, allí estaba ella, vigilando la distancia entre su cuerpo y la sección prohibida; un simple paso la separaba de lo desconocido.
Nunca antes Aurora había sentido curiosidad por nada que no estuviera entre las páginas de un libro. Pero desde que había llegado a la mansión Ashcroft para catalogar su interminable colección, el misterio que susurraba desde la sección sellada se le antojaba cada vez más irresistible. Duncan, el encargado de la casa, fue explícito desde el primer día: “Nada al norte de la galería azul, señorita Meyers. Lo entenderá con el tiempo”. Quizá esa advertencia fue la chispa de todo.
Aquella tarde, sin embargo, el destino decidió por ella. Mientras se inclinaba para recoger un tomo caído junto al pesado escritorio victoriano, el libro en cuestión parecía vibrar entre sus dedos, como si una corriente invisible corriera por su portada de terciopelo violeta. Una página inocente se desprendió, flotando con ligereza y desapareciendo justo por debajo del umbral cerrado, como un pequeño prisma de luz al final del día.
Aurora se encontró siguiéndola sin darse cuenta. Su pulso martilleaba en las sienes mientras empujaba la vieja puerta con una mano temblorosa. El olor a madera húmeda y hojas secas la envolvió. Dentro, la oscuridad no era absoluta; filtrada por cortinas tupidas, la luz de la luna ofrecía apenas el suficiente resplandor para revelar formas ocultas entre estanterías atestadas y vitrinas cubiertas de polvo.
No había dado ni dos pasos cuando sintió el cambio. El aire parecía cargado de electricidad, cada pelo de su cuerpo se erizaba con un presentimiento primigenio. Los libros parecían observarla desde sus anaqueles, silenciosos y expectantes. Luego, el mundo se detuvo: frente a ella, la imagen de un hombre, o lo que creía un hombre, surgió entre las sombras.
Era imposible determinar la edad del extraño. Altísimo, con el porte de quien conoce el peso de los siglos, la piel tan pálida que parecía una escultura; ojos claros, tan profundos como el océano pero tan antiguos como la medianoche. Sus labios esbozaban una sonrisa leve, despiadada y a la vez llena de un dolor inexplicable. No vestía a la moda moderna, sino como si el tiempo se hubiera detenido para él en otra época.
—Hay lugares a los que ni la luz debiera atreverse —murmuró él, su voz como una melodía antigua, acariciando su nombre sin haberlo oído jamás—. Y, sin embargo, tú has traído contigo el sol.
Aurora buscó en sus recuerdos alguna advertencia, algún cuento de fantasmas escuchado de niña, pero ninguno se sentía tan real como la presencia de ese ser. Su instinto de supervivencia le gritaba que huyera, mas la curiosidad que la impulsó a cruzar la puerta era más fuerte. Sintió frío y calor a la vez, un escalofrío recorriéndole la espina dorsal. Era, en esencia, la certeza de estar viviendo el inicio de algo que cambiaría todo lo que conocía.
—¿Quién eres? —susurró con una voz que apenas reconocía como propia.
—Fui muchas cosas antes. Fui guardián, pecador y redimido. Ahora… simplemente aguardo —sus ojos se pasearon por su rostro—. El tiempo es largo aquí.
—¿Siempre has estado en este lugar?
La sonrisa desapareció.
—No por elección. Ni por castigo. Me ata la promesa de un amor que el mundo olvidó. Solo el corazón de un alma nueva puede desperezar la historia.
Aurora sintió una extraña presión en el pecho. El hecho de no comprender nada no impedía que cada palabra pronunciada por el extraño le llegara directa a una zona vulnerable. Sintió la necesidad de acercarse, aunque cada fibra racional de su cuerpo gritaba que no lo hiciera.
El hombre extendió una mano, su gesto tan tenue como el roce de una pluma.
—¿Aurora, eres tu nombre, verdad? —dijo él, confirmando sus sospechas de que ningún rincón de sí misma permanecería oculto ante esa criatura.
Asintió, tragando saliva.
—¿Cuál es el tuyo?
Él pareció dudar. Finalmente respondió:
—Fionn. Así me llamaron al principio, cuando aún se conocían las historias verdaderas.
El viento se coló por los intersticios de las ventanas, trayendo el perfume del invierno. De pronto, Aurora percibió nostalgia y ternura escondidas tras la mirada atormentada de Fionn. La estancia, antes inquietante, parecía ahora un refugio. Sintió un vínculo inexplicable, como si hubiera encontrado a alguien que, sin saberlo, llevaba esperando toda su vida.
—¿Quieres oír la verdad, Aurora? —preguntó Fionn con gravedad—. O puedes cruzar esa puerta y olvidar que alguna vez estuviste aquí. Pero la otra historia, la nuestra, solo nacerá si me escuchas.
—Háblame —suspiró ella, sentándose en uno de los bancos tapizados frente a él.
Fionn cerró los ojos un instante, y cuando los abrió, su voz era la de las leyendas.
—Hace siglos, amé a una mujer cuyo nombre ya nadie susurra. Ella era una maga del alba, custodia de secretos y peligrosa en su compasión. Pero cometimos un error: creímos sostener el tiempo, y en el intento, retamos a la oscuridad más allá del velo.
»En castigo, la eternidad se volvió prisión. Desde entonces, cada luna llena me despierta, y solo el amor verdadero puede redimir el ciclo. Sólo quien vea mi rostro y conozca mi historia podría devolverme a la vida… o condenarme para siempre.
Aurora sintió que el peso del relato descendía sobre ella como un sudario. ¿Era posible que los viejos cuentos de hadas hablaran de un amor tan poderoso que pudiera tergiversar los límites de la realidad? ¿Y si, por algún capricho del destino, ella fuera la pieza que faltaba para romper ese lazo?
—No creo en coincidencias —dijo Fionn, adivinando sus pensamientos.— Mis noches han sido largas. Pero tus ojos tienen la impronta de aquel amanecer perdido.
Pasaron horas. Aurora y Fionn compartieron sus secretos, la encrucijada de la vida y la muerte, la soledad de quien está condenado a contemplar el mundo de lejos. Él le habló de la música olvidada, de bailes bajo lunas de opalina, del dolor de ver a quienes amaba desvanecerse uno a uno, hasta quedar solo con sus recuerdos y los espectros de su arrepentimiento.
El deseo se coló entre sus palabras, surgiendo como una corriente oscura que se arremolinaba bajo la superficie. Aurora sintió la seducción de Fionn, no en sus gestos sino en su honestidad. El roce de sus dedos por accidente le provocó una descarga eléctrica que la hizo temblar.
Y entonces ocurrió. No fue un beso robado, sino algo más. Aurora, absorbida por la intensidad de los secretos compartidos, se atrevió a tocarle la mejilla. Fionn cerró los ojos, y por un instante, la habitación se estremeció. El vibrar del mundo, una energía contenida durante siglos, crepitó entre ellos. Sintió el movimiento de algo antiguo y primigenio, un desenlace inevitable.
Fionn la besó, delicado al principio, pero pronto el anhelo los desbordó. Sus bocas se buscaron en una danza hambrienta y desafiante, paladeando el vértigo de lo prohibido. Las manos de Fionn, grandes y firmes, sujetaron la cintura de Aurora, atrayéndola más cerca. No era solo deseo, era la necesidad urgente de volver a saborear la vida, de recordar lo que era amar y ser amado.
El tiempo pareció perder sentido. Se encontraron desnudos bajo la luz azulada, los cuerpos uniéndose como si la memoria de otros tiempos los guiara. Aurora sintió un fuego nuevo, una pasión inusitada que la llevó a un estado de éxtasis donde ya no existía el miedo. Los movimientos de Fionn eran atentos, reverentes, como si cada caricia tuviera el poder de conjurar lo que hasta entonces fue solo un mito.
Las horas se fundieron en instantes y, al terminar, Aurora descansó sobre el pecho de Fionn, latiendo al compás de otro corazón por primera vez en su vida.
—¿Qué sucederá ahora? —preguntó ella, asustada por el vértigo de lo desconocido.
Fionn la abrazó, la calidez de su cuerpo tan palpable como el amor que ahora sentía.
—Si me has amado de verdad, el ciclo se romperá. Pero si solo fue un sueño, todo se desvanecerá cuando amanezca. Eso es lo que la maldición prometió.
El miedo regresó, cruel y tierno. Aurora luchó contra el sueño, acarició su alma en palabras y silencios. Pero el alba inevitable terminó por llegar. Los rayos del sol cruzaron la estancia y, por un momento, Aurora temió despertarse sola, temió que todo fuera un espejismo.
Sin embargo, cuando abrió los ojos, la vio junto a ella, tan humano, tan real, que las lágrimas le nublaron la visión. Fionn le sostuvo el rostro, besó su frente y, en voz baja, susurró:
—Gracias por devolverme a la vida.
Y así, en la vieja mansión Ashcroft, el invierno dejó de ser eterno. La luz regresó a la casa, y desde entonces, los eco de risas y el perfume de nuevos libros y de un amor imposible convertido en realidad, poblaron cada rincón. Porque a veces, la magia solo espera a quien se atreve a amar más allá de la noche.
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