Portada del relato La Promesa del Ocaso
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Fragmento:


Adrian tomó las cartas sin tocarlas realmente; el papel se meció, siguiendo la corriente de aire que emanaba de su ser. Él sonrió con melancolía.

Duración: 09:03

La Promesa del Ocaso
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Texto de ajuste de pausa.

***

La lluvia golpeaba con suavidad los ventanales de la vieja mansión Ashcroft, rodeando la casa de una serenata triste, casi hipnótica. Aurora, de pie frente a la ventana de la biblioteca, observaba cómo las gotas se escurrían por el cristal y desdibujaban los árboles centenarios y el paisaje aún más antiguo que la casa misma. Algunas noches, la soledad de la mansión oprimía su pecho, pero esa noche era distinta. Por alguna razón, sentía que no estaba sola. Y no era solo el rumor de los pasos invisibles, ni las puertas abriéndose al compás de vientos inexplicables. Era algo más profundo, un eco en el alma, una presencia que parecía susurrar su nombre desde la penumbra.

Aurora se giró cuando el reloj de péndulo marcó la medianoche. Inesperadamente, la lámpara titiló y, por un instante que pareció eterno, la estancia se sumió en una semioscuridad plateada, bañada por el reflejo de la luna llena que se filtraba por entre las nubes. Aurora no era ajena a la historia de la familia Ashcroft ni a los secretos que escondía la casa. De hecho, había aceptado restaurar la biblioteca precisamente por las promesas susurradas en las cartas antiguas halladas en el desván: relatos de amores imposibles, de pactos rotos y de un hombre a quien el destino había condenado a caminar entre los velos de la realidad y lo sobrenatural.

Un escalofrío le recorrió la espalda cuando la temperatura descendió unos grados más. El aroma de sándalo y hojas húmedas llenó el aire. Sabía lo que venía después, como si algún recuerdo ajeno le dictara el futuro: el sonido de pasos descalzos sobre la alfombra. Los escuchó ahora, claros, aproximándose detrás de ella. No se volvió inmediatamente – hacía tiempo había dejado de temerle a las cosas que no podía ver. En cambio, sus labios se curvaron en una media sonrisa cuando, por el rabillo del ojo, percibió la silueta de un hombre, alto y de porte distinguido, con los ojos oscuros y la piel pálida bañada en ese halo etéreo propio de los seres atrapados entre mundos.

—Es tarde para visitas —susurró Aurora, su voz firme pero cargada de un anhelo que no supo ocultar.

—Nunca es demasiado tarde cuando se espera tanto tiempo —replicó él, su acento arrastrando siglos, y el eco de la desesperación contenida.

Aurora inspiró profundo. Se sentía extrañamente vulnerable, aunque sabía que no corría peligro. Desde que había llegado a Ashcroft, la aparición de ese espectro se había convertido en lo único que esperaba cada noche, el único evento capaz de romper su rutina, de despertar una pasión dormida. No era un fantasma en el sentido tradicional. Su nombre era Adrian Blackthorne, y había sido el primero en amar y perder bajo el techo de Ashcroft, condenado a vagar por la casa hasta que hubiera redención.

—Has venido —dijo él, acercándose lo suficiente para que Aurora sintiera el roce gélido de su presencia como una caricia en el cuello. Sus palabras fueron un susurro contra su piel—. Esta noche es diferente.

Aurora giró lentamente, dejando que sus miradas se encontraran. Los ojos de Adrian eran abismos de dolor y deseo, pero también había en ellos una promesa. Era una mirada que exigía fe y entrega, una invitación a perderse en lo imposible.

—He leído tus cartas —confesó Aurora, extendiéndole el papel amarillento que llevaba consigo—. Hablabas de una mujer capaz de liberarte. Dijiste que la reconocerías por su sangre y por su soledad.

Adrian tomó las cartas sin tocarlas realmente; el papel se meció, siguiendo la corriente de aire que emanaba de su ser. Él sonrió con melancolía.

—Has escuchado mi historia, pero no mi verdad —contestó, sus ojos brillando a la tenue luz de los relámpagos—. Fui traicionado por el amor, Aurora, y solo el amor verdadero puede liberarme.

Ella tragó saliva, sintiendo cómo la atracción que los unía se tensaba, invisible pero irrompible. Aurora no creía en las coincidencias, ni en los finales felices, y aun así, en ese instante, no pudo evitar soñar con la posibilidad de un destino tejido entre ambos.

—¿Cómo sabré si soy yo quien puede redimirte? —preguntó la joven, su voz audaz y vulnerable a la vez.

Adrian la miró como si pudiera leer sus pensamientos más ocultos. —Porque eres la única que me ve por lo que soy, no por lo que debería ser. Y porque, aunque tu corazón teme, no huye.

La tormenta arreciaba afuera, pero dentro de la biblioteca solo había un silencio denso, cargado de electricidad y deseo. Aurora se acercó aún más, guiada por una fuerza magnética que anulaba juicios y dudas.

—¿Y si mi amor no basta? —murmuró, buscando en su rostro la respuesta.

Adrian extendió la mano, y esta vez Aurora sintió el frío, como una corriente dulce reptando por su piel. —No será tu amor el que me salve, Aurora. Será nuestra unión. Dos almas enfrentando la eternidad, desafiando el olvido.

Se miraron largos segundos, conteniendo la respiración. Aurora sintió cómo su pecho se llenaba de una esperanza antigua, una que no sabía que tenía. Cerró los ojos y, en esa penumbra autoimpuesta, buscó el origen de su soledad, el vacío que la había perseguido durante años. Entonces comprendió: ya no estaba sola. No, si lo permitía.

—Dímelo —susurró, cediendo al impulso primitivo de pertenencia.

Adrian acercó aún más su rostro al de Aurora, y aunque el plano físico no era ya su reino, la fuerza del deseo hizo que la frontera entre sus mundos se difuminara. Cuando sus labios se rozaron, una descarga recorrió el aire, y la biblioteca entera se estremeció. Aurora sintió el frío morderle la piel, pero enseguida fue reemplazado por un calor creciente, como si el propio corazón de la mansión latiera al compás del suyo.

De algún modo, los dos supieron que ese contacto los había transformado: las paredes de la mansión parecieron expandirse, acogiendo el titilar de siglos de pasión contenida. Aurora abrió los ojos y vio, reflejados en los de Adrian, destellos de otros tiempos y amores prohibidos, pecados antiguos y redenciones esperadas. Pero, sobre todo, vio la promesa de un futuro tejido con el mismo hilo invisible que ahora los rodeaba.

El aliento de Adrian rozó su oído. —Ven conmigo.

La invitación era peligrosa, tan seductora como el abismo mismo. Aurora asintió apenas, sintiendo cómo su realidad comenzaba a fundirse en la de él, llevándola a un lugar donde el tiempo carecía de sentido. En un parpadeo, la biblioteca desapareció y se vieron rodeados por la niebla espesa del pasado, caminando entre recuerdos convertidos en sombras.

Adrian la sostenía con fuerza y ternura a la vez. El paisaje era el mismo Ashcroft de siglos atrás, en una noche tan tormentosa como la actual, aunque nada de lo que veían existía ya en el mundo de Aurora.

—Aquí fui traicionado —confesó él—. Aquí juré que volvería a amar.

Aurora sintió cómo dentro de ella se abría la compuerta a emociones que ni siquiera le pertenecían, pero que la reclamaban como propia. El amor entre un condenado y su redentora, tembloroso y voraz, eterno en su dolor y en su esperanza, la sacudía de dentro afuera. Comprendió, entonces, que la única prisión de Adrian era el miedo a perder lo que nunca había tenido de verdad.

—No volverás a estar solo —prometió ella, y el juramento la ancló tanto a ese mundo fantasmal como al real.

Se abrazaron, y el calor que los envolvía fue más intenso esta vez. La niebla retrocedió, cediendo ante el poder del deseo compartido. Sus cuerpos se fundieron en uno solo, entre el goce y la liberación, entrelazando sus almas en una danza más antigua que la misma mansión.

Aurora sintió que el tiempo se detenía y que, por primera vez, era dueña de sí misma y del destino de otro. No había miedo, solo entrega. No había fronteras, solo el vértigo sublime de lo imposible hecho real.

Despertó horas después, si es que el tiempo aún tenía significado. La biblioteca la recibió con su perfume a madera y papiros antiguos, mientras la tormenta languidecía en la distancia. Adrian estaba de pie frente a la ventana, mirando el amanecer, su figura ahora más sólida, menos etérea.

—El sol saldrá para ambos, por fin —dijo, volviéndose hacia ella.

Aurora se puso en pie y lo abrazó por la espalda. Sintió que su cuerpo era real, cálido, humano.

—¿Te quedarás? —preguntó, insegura todavía de las reglas que regían su nueva realidad.

—Depende de ti —susurró Adrian—. De nuestro amor.

La elección, comprendió Aurora, siempre había sido de ambos: amar sin miedo, en el filo de la niebla, hasta que la promesa de redención fuera suficiente como para conjurar un futuro diferente.

Se besaron en silencio mientras el primer rayo de sol atravesaba los ventanales. La maldición de Ashcroft se rompió en ese instante, no por magia ni exorcismos, sino por la fuerza sencilla e invencible del amor que desafía la muerte, la razón y el tiempo.

Y, en los ecos de ese amanecer, supieron que los fantasmas verdaderos no son los que habitan casas antiguas, sino los que uno lleva en el corazón, aguardando siempre a alguien lo suficientemente valiente como para ver al otro tal como es… y quedarse.

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