Portada del relato El jardín de las sombras
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Fragmento:


Sintió el impulso de dar un paso hacia él; se sorprendió haciéndolo, como si una fuerza seductora y suave tugiera de sus huesos. El espectro no desapareció, sino que pareció ganar textura, opacidad al roce invisible de su cercanía.

Duración: 09:38

El jardín de las sombras
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Texto de ajuste de pausa.

En la brumosa primavera de Concord, aquella en que los cerezos florecen y la lluvia silba como un fantasma por los cristales, Rosamund Stowe llegó a la mansión Avery con una sola maleta y el corazón templado por la pérdida. Sus cabellos del color de la miel recién extraída y sus ojos, tan verdes que rozaban lo inquietante bajo la luz de las lámparas de aceite, causaron sensación en el personal de la casa. Pero ella no estaba allí para seducir ni impresionar; sólo buscaba un refugio tras la muerte súbita de su esposo y la ruina de su fortuna. La mansión Avery, con sus alas antiguas y sus jardines enmarañados, había sido la elección generosa de su prima Clara, quien insistía en que “una mujer en duelo necesita soledad... y tal vez, algún día, compañía.”

La primera noche, algo peculiar la estremeció antes de dormirse. La lluvia había cesado, pero en el corredor frente a su habitación, Rosamund oyó pasos —lentos, deslizantes, casi etéreos, como si alguien caminara descalzo sobre la alfombra de musgo. Se sentó en la cama, con la respiración contenida. Los pasos se detuvieron. Pensó en gritar, en llamar a Clara o al mayordomo, pero algo en el aire —un frío súbito, un olor a violetas— la convenció de que no estaba en peligro. Se dejó caer de nuevo sobre la almohada, temblando en la oscuridad. Era, sospechaba, el primer indicio de que Avery no estaba deshabitada, aunque los censos y los censores así lo afirmasen.

Los días pasaron entre el cuidado de las plantas, la lectura y la lenta recomposición de sus emociones rotas. Pero por las noches, los pasos persistían, acompañados de susurros apenas audibles y, en ocasiones, destellos de luz azulada tras las puertas cerradas. Rosamund, que había sido criada en la razón y la observación —su difunto marido era físico en la Universidad de Cambridge—, dudaba de su juicio. Sin embargo, un crepúsculo, al mirar su reflejo en el espejo de la galería este, lo vio: al principio sólo una sombra tras su hombro, alta y delgada, con la silueta vaga de un hombre vestido a la antigua. Ella giró con presteza, sin encontrar a nadie; mas el corazón le latía tan rápido como si hubiese ascendido corriendo el monte más alto del valle.

En el desayuno, quiso preguntar a Clara —de tez pálida, ojos azules, siempre envuelta en un chal de lana sin importar la estación— si había tenido experiencias extrañas en la mansión. Pero la voz se le atragantó, y sólo habló de la reforma del invernadero y de los tulipanes que debían plantarse antes del próximo deshielo.

La seguridad en sí misma, ese orgullo silencioso que Rosamund ostentaba, empezó a agrietarse. Dos noches después, mientras recorría el invernadero para ahuyentar su desvelo, sintió una presencia intensa, un calor a sus espaldas; como si dos manos invisibles la guiasen hacia la estatua del ángel de mármol, coronada de hiedra. Giró bruscamente, plantando cara a la penumbra, y entonces le vio plenamente, más nítido que nunca: un hombre, alto, de ojos como té fuerte, ataviado con prendas de hace por lo menos un siglo, sonriendo con tristeza. Su voz, cuando habló, resonó como el rumor de un arroyo bajo el hielo.

—No temas, Rosamund. —Se estremeció al oír su nombre de labios que no podían pertenecerle, pero no gritó—. He aguardado mucho tiempo a que alguien pudiera verme.

Rosamund, que siempre había respondido con lógica a la vida, se encontró preguntando:

—¿Quién eres?

El espectro no desvió la mirada de la suya.

—Fui Benedict Avery. Esta casa me pertenece. O, mejor dicho, yo pertenezco a esta casa.

Sintió el impulso de dar un paso hacia él; se sorprendió haciéndolo, como si una fuerza seductora y suave tugiera de sus huesos. El espectro no desapareció, sino que pareció ganar textura, opacidad al roce invisible de su cercanía.

—¿Por qué apareces ahora? —susurró—. ¿Por qué yo?

La sonrisa triste de Benedict era la de un hombre condenadamente solo.

—Hasta ahora, nadie ha venido aquí con tanto dolor como el mío. Este es un lugar para los corazones rotos... y los míos y los tuyos laten parejos en la oscuridad.

En los días que siguieron, Rosamund se rindió a la extraña comunión nocturna con Benedict. Se despedía de Clara en la cena, fingiendo fatiga, para luego deambular por los pasillos, buscándole. A veces le leía versos de Shelley y Byron; otras, compartía recuerdos de su infancia o el eco de su risa perdida. Benedict contestaba con relatos sombríos: le habló de la guerra de la independencia, del duelo con otro pretendiente por la mano de su prometida, de la fiebre que se la llevó y de cómo, en su último suspiro, juró atarla a él en la eternidad, sólo para hallar que el precio era su perpetuo confinamiento en Avery.

No había en su trato palabras de amor —aún no—. Pero Rosamund sentía la cercanía de un peligro mucho mayor que la soledad: el apetito de rendirse a un afecto imposible, extendido a través de siglos, tejido por la necesidad y la ternura.

Una noche de lluvia, el deseo se volvió intolerable. El fantasma apareció en su habitación, de pie junto al ventanal. Era la primera vez que lo veía allí, el espacio más privado de su existencia. La miró, y ese mirar le quemó.

—¿Cómo puedo tocarte, Benedict? —Sus lágrimas se deslizaron entre el alivio y la vergüenza—. Si esto es un sueño, déjame dormir para siempre.

Él avanzó, y la temperatura de la estancia cayó; pero al acercarse a Rosamund, sintió que el aire crepitaba, como antes de la tormenta. Él tendió una mano; ella la buscó con la suya, y aunque los dedos no se rozaron, algo invisible —fuerza, sed, anhelo— llenó el vacío entre ambos de una calidez temblorosa, como si caricias y besos imaginados pasaran de la vigilia al deseo.

—Hay una forma —dijo Benedict, su mirada hundiéndose en la suya—. Pero costará caro, para ti y para mí.

Ella tembló bajo la bata blanca, sintiéndose tan vulnerable como una joven debutante ante su primer baile.

—No me importa el precio.

—Tendrás que dejar atrás a los vivos. Elegirme como yo te elijo, entre los susurros y la penumbra. ¿Podrías?

La pregunta quedó flotando, una pregunta mayor que el eco de cualquier otra promesa o proposición hecha bajo una luna primaveral. Pero Rosamund, aún sujeta por el dolor de la pérdida, comprendió de golpe que su corazón estaba dispuesto a arrojarse en ese abismo.

La decisión la consumió durante el día, entre remordimientos y el dulce horror de la anticipación. Clara, notando su inquietud, propuso una visita al pueblo: Rosamund se negó, diciendo que prefería reposar entre los lilas del jardín.

Esa tarde, con la casa sumida en un letargo dorado y el crepúsculo tanteando los cortinajes, Rosamund buscó en el desván incunables y reliquias. Entre papeles y ropas olvidadas encontró una carta, dirigida a “Benedict Avery, el hombre que duerme sin descanso”. La escritura era de mujer, apasionada y trémula. Describía un amor tan profundo, tan absoluto, que la muerte carecía de poder sobre él.

Al regresar a su cuarto, Rosamund encontró a Benedict aguardándola, más corpóreo que nunca.

—Leí la carta —dijo ella, con la valentía de una heroína trágica—. Sé lo que has sufrido. Pero también sé lo que yo, en vida, no podré tener. Estoy dispuesta.

Él extendió los brazos; el aire vibró entre ambos.

—Tendrás que cruzar conmigo, Rosamund. Un paso y todo será diferente.

Entonces, un destello: los relojes se detuvieron, la casa contuvo el aliento. Rosamund, descalza sobre la alfombra, extendió la mano. Sus dedos se unieron, y sintió el impulso de todo lo que nunca se atrevió a buscar en vida: pasión sin límites, dolor, éxtasis, el fuego de un beso imposible.

La noche subsiguiente fue un delirio: Rosamund y Benedict vagaron desde los rosales a las alcobas, compartiendo secretos, roces, caricias tan intensas que hicieron llorar al alma. El éxtasis era nuevo y a la vez ancestral. Allí donde se posaba la sombra de Benedict, ella sentía un temblor delicioso sobre la piel. Cada encuentro era un pacto; cada susurro, una rendición. Y, en cada beso etéreo, Rosamund sospechaba que conocía finalmente el significado del amor desgarrador, inexplicable, imposible en cualquier otra vida.

Pero nada es gratuito en los reinos que separan lo mortal de lo eterno. Con cada noche en brazos de Benedict, Rosamund sentía cómo la luz del día le resultaba más ajena. Comenzó a fallarle la voz, sus pasos se hicieron más silenciosos, y su reflejo en los espejos se tornó transparente. Clara, alarmada, llamó al médico. Él diagnosticó “melancolía aguda”, y recomendó aire, paseos y la compañía de amistades vivas. Pero Rosamund sólo deseaba la noche y el contacto con el ser que la elegía desde el otro lado.

La primavera estaba a punto de convertirse en verano; las glicinas embellecían la entrada y perfumaban los umbrales. Una mañana, Clara halló la cama de Rosamund fría y vacía, la ventana abierta al jardín. Ni un solo rastro, salvo un leve remolino de pétalos sobre la alfombra y un aire fragante a violetas, como esa primera noche. Nadie en Concord volvió a ver a Rosamund entre los vivos.

Dicen los criados —y Clara, que lo confiesa sólo en el crepúsculo, entre lágrimas y sonrisas— que el jardín de Avery luce más hermoso que nunca en las madrugadas, cuando la niebla desciende y algo parece brillar entre las rosas: una mujer de cabellos de miel y un caballero de ojos de sombra vagan tomados del brazo, sus risas resonando en el aire desde aquel mundo donde el amor verdadero no teme ni la muerte, ni el olvido.

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