Portada del relato La bruma entre nosotros
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Fragmento:


La medianoche desgranaba sus últimos minutos cuando escuchó el golpe discreto, como de un anillo contra la madera de su puerta. No era el timbre, era un llamado antiguo, una señal ritual. Le costó ponerse de pie; el temor era una sombra sin nombre. Abrió con lentitud y lo vio allí, envuelto en el largo abrigo negro, los rizos húmedos pegados a la frente, el eco de la tormenta aún pegado a sus botas. No era un desconocido, había estado esa tarde en la librería, hojeando un ejemplar polvoriento de poesía francesa, y al marcharse, le sonrió como si supiera un secreto que la concernía.

Duración: 08:54

La bruma entre nosotros
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Texto de ajuste de pausa.

El vapor de la noche caía pesado sobre el antiguo barrio de Saint-Germain. Era la hora en la que los relojes parecían moverse a destiempo, y las ventanas acuñaban sombras tibias, más densas que los recuerdos. Mathilde volvía a casa después de su turno en la pequeña librería inglesa y, aún entre el rumor de la ciudad cansada, sentía que algo deslizaba por las grietas blancas de su existencia. No era miedo, era anticipación, una sed que la piel no sabía nombrar.

En el umbral de su edificio, una corriente de aire frío le levantó la falda por los muslos y la detuvo un instante. El antiquísimo ascensor chirrió en su protesta hasta el tercer piso, y tras la puerta de su apartamento, la recibieron el aroma antiguo de los libros y la promesa del silencio. Mathilde se dejó caer en su sillón verde, suspiró, y un pensamiento inesperado se filtró en su mente: ¿Por qué, entre los cientos de clientes anónimos, la mirada de aquel hombre la había seguido tanto después de irse? No lo supo explicar; solo recordó aquellos ojos imposibles: azul violeta, como la tormenta que preludia el desastre.

Encendió una vela —tenía la costumbre de iluminar la habitación con una llama viva, cálida pero tenue—, preparó té de lavanda y se perdió entre páginas y páginas de Henry James, como si fuera una niña esperando que el cuento la salvara de sí misma.

La medianoche desgranaba sus últimos minutos cuando escuchó el golpe discreto, como de un anillo contra la madera de su puerta. No era el timbre, era un llamado antiguo, una señal ritual. Le costó ponerse de pie; el temor era una sombra sin nombre. Abrió con lentitud y lo vio allí, envuelto en el largo abrigo negro, los rizos húmedos pegados a la frente, el eco de la tormenta aún pegado a sus botas. No era un desconocido, había estado esa tarde en la librería, hojeando un ejemplar polvoriento de poesía francesa, y al marcharse, le sonrió como si supiera un secreto que la concernía.

Mathilde se quedó helada, las palabras huyendo de su boca. El silencio entre ambos era una cuerda tensa a punto de romperse. Él alzó la mano, ofreció el libro: “Olvidé pagar este volumen. No podía dejar la noche huérfana de su dueña. ¿Puedo pasar?”. Su acento era suave y líquido, sin duda extranjero, y el roce de sus sílabas era como una promesa tardía.

Vaciló. La lógica se rebeló, pero el deseo, esa corriente al borde del pánico, decidió por ella. Dejó pasar al extraño y, al cerrar la puerta, sintió que sellaba un pacto invisible. Las paredes del apartamento acogieron la presencia de aquel cuerpo, y la vela tembló, lanzando sombras como lenguas sobre los estantes.

Él se presentó como Adrien. Obvió su apellido, y ella no preguntó. Abrió una conversación leve: libros, lugares, el París nevado de los surrealistas, la extraña paz del insomnio. Mathilde se sorprendió de lo fácil que era hablar con él, de cómo el tiempo parecía colapsar entre palabras, atajos mentales, confesiones que nunca habría hecho a nadie.

Adrien posó su mano sobre la mesa. No era un gesto casual; la piel de Mathilde vibró a centímetros de él, los latidos de su corazón galopando en la garganta. Los ojos azul violeta exploraron sus labios, y ella sintió una sed antigua. Él la tocó por fin, suave, apenas un roce en la mejilla—y algo, en su interior, se desmoronó como un dique roto: Mathilde sintió el paso de siglos correrle por la espina dorsal, un temblor antiguo, el roce invisible de brazos milenarios abrazando su carne.

“¿Quién eres realmente?”, susurró ella. Quiso apartarse, pero el deseo era más fuerte que el miedo.

“No soy como los demás”, dijo él, y lo dijo con tristeza. “Venía buscándote mucho antes de que nacieras. Te he amado en otros siglos, otros cuerpos. Siempre, siempre te encuentro, y siempre te pierdo después”.

Ella rió, pero fue una risa quebradiza. “Me tomas el pelo”.

“No. Esta noche volverás a soñar conmigo, Mathilde. Y recordarás. Recuerda el lago helado, la verja de hierro forjado, la noche que prometiste nunca olvidarme”.

El aire en la habitación se volvió denso, cargado de electricidad, como si una tormenta estuviera a punto de desencadenarse ahí mismo. Bastó que él la rozara de nuevo, solo el pulso de sus dedos en la comisura de sus labios, y el mundo se fracturó. Mathilde sintió que flotaba, y en vez del olor a lavanda—agua salada, viento helado, campanas remotas.

De pronto, no estaban en el apartamento, sino en un paraje invernal junto a un lago congelado. Mathilde era otra y al mismo tiempo la misma: llevaba puesto un vestido empolvado de terciopelo, el viento cortaba sus mejillas y Adrien la abrazaba fuerte, su boca buscando el consuelo entre las lágrimas blancas de la nieve.

“¿Me amas?”, preguntó él entonces, en esa visión robada de otra vida.

“Siempre te amaré”, respondió ella.

Fue entonces cuando la visión se disolvió y volvieron al espacio tibio de su apartamento. Mathilde jadeaba, empapada de sudor pero sin miedo alguno. Ahora sabía. Lo había amado antes, seguiría amándolo después, incluso si el destino—ella lo supo de golpe como un estremecimiento irreversible—volvía a separarlos.

Adrien la besó, y fue un beso fuera del tiempo, un reconocimiento de lo perdido y lo encontrado. La piel de Mathilde ardía debajo de sus labios, los suspiros fueron creciendo hasta multiplicarse en caricias lentas, devoradoras. Se entregaron el uno al otro en la penumbra rota por la luz de la vela. Adrien la desvistió como quien quita el sudario a una diosa dormida, entre murmullos de consuelo, y Mathilde olvidó por fin el peso de todos los inviernos.

Sus cuerpos se encontraron en una danza sigilosa: una pasión silenciosa, eléctrica, fundida de memorias fundidas en deseo. Ella lo comprendía en susurros, en gestos, en aquel modo animal y tierno en que Adrien la poseía sin prisas, como si cada segundo fuese un tesoro rescatado de la muerte.

Después, exhaustos y desnudos enredados bajo las mantas, hubo un instante de pura dicha. Sin embargo, en mitad de la noche, Mathilde se despertó. Adrien la miraba, iluminado por la llama casi consumida de la vela. Había tristeza en sus ojos.

“¿Por qué esa pena?”, preguntó ella, tocándole el rostro.

“Siempre es así—piensas que me quedo, pero al final, debes dejarme ir. No somos de este mundo, tú y yo. Nuestros encuentros son prestados al tiempo, robados como joyas de un féretro dorado”.

“¿No puedes quedarte esta vez? ¿No hay forma de romper el ciclo?”

“Vendrá el alba y deberé partir. Es el pacto, la condena—la puerta solo se abre una noche cada siglo, Mathilde. Pero siempre vuelvo. Y siempre me recuerdas, aunque duela, aunque tardes años en saberlo”.

Mathilde lloró entonces, como la otra mujer junto al lago, como la princesa encadenada en torres invisibles. Lo apretó contra su pecho, buscando una forma de atarlo a la vida con la fuerza de su deseo, pero sabía que era inútil. Adrien la adoró en silencio, besando sus lágrimas y su sonrisa temblorosa.

Empezó a clarear afuera; la luz dibujó hilos de plata en la ventana. Adrien se levantó despacio, vistiéndose en la penumbra. Mathilde trató de hablar, pero él la detuvo con un beso cálido, la promesa renovada en la piel.

“Esta vez quiero que recuerdes más tiempo. Una vida entera si puedes. Para que, si regresas, me ames como ahora, sin miedo y sin preguntas”.

Él se volvió hacia la puerta; su silueta era la de un ángel desterrado, un amante exiliado de su propio deseo. La puerta se abrió sola y la brisa fue dulce por un instante. Mathilde cerró los ojos, y cuando los abrió, Adrien se había ido.

El apartamento era tan silencioso como antes, tan vacío como después de una pérdida mayor. Mathilde se quedó en la cama, el olor de Adrien en su piel, la promesa caliente en su memoria. La soledad era diferente: era un eco, una vibración que prometía el regreso. Miró el libro olvidado en la mesa—otro siglo, otro cuerpo, otro pacto. No lloró más.

Con los días, la vida retomó su ritmo, pero algo en su interior se había quebrado y recombinado. Mathilde buscaba a Adrien en los rostros de los hombres en la calle, en las notas de un piano lejano, en el reflejo de los escaparates. Sabía, con una certidumbre inexplicable, que el amor no teme a la oscuridad ni al tiempo. Que el deseo es paranormal, eterno, y su cómplice favorito es la esperanza.

Cada noche, antes de dormir, encendía una vela. Cada noche, justo antes de que el sueño la venciese, repetía para sí el nombre de Adrien, como la llave de un conjuro. Y en la penumbra, al borde de la consciencia, el perfume del amante ausente volvía, envolviéndola de nuevo, masticando el tiempo y el olvido, preparando los besos del reencuentro en otro siglo, en otro cuerpo, más allá de la bruma entre nosotros.

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