Portada del relato La Caricia de Medianoche
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Fragmento:


La frase, lejos de tranquilizarla, incendió su interior con un rubor de deseo y aprensión. Cassia, siempre racional, se sintió flotar en el umbral de lo imposible. Lo observó más de cerca: cabellos oscuros, rostro de huesos marcados y una tristeza tan espesa que podía sentirse en el aire.

Duración: 07:38

La Caricia de Medianoche
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Texto de ajuste de pausa.

Las sombras serpenteaban entre los antiguos robles, y los susurros de la bruma rozaban las piedras del sendero como dedos que buscan un secreto. Cassia apretó el abrigo contra su pecho, sintiendo cómo la humedad de la noche la abrazaba mientras avanzaba hacia la mansión de los Fairfax, lugar de leyendas y peligrosos anhelos. Desde siempre, aquel caserón en la colina guardaba historias de desapariciones, de puertas que crujían solas y la silueta de un hombre perdido entre siglos y espejos rotos. Cassia nunca creyó en cuentos de fantasmas, hasta esa oscura velada otoñal.

Había llegado a Wicklow desde Londres apenas una semana atrás, huyendo de una relación rota y de una vida demasiado ordenada, demasiado previsible. Ahora, impulsada por una mezcla de desafío y magnetismo inexplicable, caminaba hacia la verja cubierta de hiedra, cruzando límites que sus palabras y sus miedos hasta entonces nunca le habían permitido tocar. Casi sin darse cuenta, sus pasos la guiaron hasta la imponente puerta doble, donde el picaporte de bronce relucía a la luz de la luna. Su reflejo era extraño ante el umbral: joven, decidida, y a pesar de todo, vulnerable.

Por un instante, pensó en regresar. Pero antes de que pudiera decidirlo, la puerta se abrió con un lamento. Cassia tragó saliva. Un vestíbulo desierto la recibió, inundado por el sutil perfume de lilas —un aroma que, misteriosamente, le era familiar. Se adentró con sigilo, sintiendo cómo las paredes parecían susurrar palabras incomprensibles. En el salón principal, una chimenea prendía una llama imposible, viva y titilante, como si aguardara su llegada. A su lado, de pie frente a un viejo piano de cola, estaba él.

Al principio apenas una silueta alta, elegante, delineada por el resplandor naranja del fuego. Luego, cuando Cassia se atrevió a aproximarse, sus ojos azules —profundos y melancólicos como el océano en tempestad— se fijaron en ella. Una sacudida la recorrió de los pies a la cabeza, un estremecimiento que no supo si era miedo o algo mucho más oscuro y tentador.

—No esperaba compañía esta noche —su voz fue suave, baja, como una melodía sumergida siglos atrás.

Cassia tragó saliva y mantuvo la barbilla en alto. —Quizá debería irme. No tuve intención de entrometerme…

La sonrisa de él fue un relámpago efímero, un relajo en la línea de su boca que parecía recordar cómo se hacía. —Si hubieras querido irte, te habrías marchado al sentir la primera ráfaga de viento en la verja, Cassia.

Escuchar su nombre en los labios de aquel desconocido la descolocó. —¿Nos conocemos?

Él se apartó del piano, moviéndose con una gracia que parecía desafiar las leyes del tiempo. —En otra vida, quizá. O quizá te conozco porque he soñado contigo tantas veces que ya no logro separar los sueños de la realidad.

La frase, lejos de tranquilizarla, incendió su interior con un rubor de deseo y aprensión. Cassia, siempre racional, se sintió flotar en el umbral de lo imposible. Lo observó más de cerca: cabellos oscuros, rostro de huesos marcados y una tristeza tan espesa que podía sentirse en el aire.

—¿Quién eres? —susurró.

Él se acercó hasta estar a tan solo un suspiro de distancia, sus ojos perdiéndose en los de ella como en un abismo. —Me llamo Lucien Fairfax. Y esta casa… es mi límite y mi prisión. Quizá también mi condena.

Cassia sintió su voz como caricias invisibles en la piel desnuda. Sin saber cómo, se encontró preguntando: —¿Y por qué me esperabas?

Lucien sonrió, y por un instante ella creyó ver, reflejado en sus pupilas, un jardín en plena primavera bajo la misma luna que ahora flotaba entre nubes. —No lo sé. Solo sé que desde que llegaste a Wicklow, lo sentí. Un anhelo. Un hambre.

El silencio entre ambos se pobló de electricidad estática, de dudas que bailaban con la promesa de algo prohibido. Cassia extendió la mano y, al rozar la de Lucien, sintió como si un relámpago le atravesara la columna. Calor, dolor y placer se fundieron en un solo latido.

La reacción de él fue inmediata: una inspiración entrecortada, los dedos entrelazándose en los de ella. —Dioses… hacía tanto que no tocaba a alguien —confesó él, con la voz quebrada—. Había olvidado cómo quemaba la vida.

Cassia se descubrió temblando, no de miedo sino de un deseo febril. Sin pensar —o tal vez empujada por fuerzas mucho más antiguas que la razón—, lo acercó hasta que sus bocas casi se rozaron. El beso fue distinto a cualquier otro, un roce de almas más que de cuerpos, donde la pasión se mezcló con penas olvidadas y promesas no pronunciadas.

La piel de Cassia cobró calor debajo de la camisa, y el mundo se estrechó hasta no ser más que el leve roce de la lengua de Lucien acariciando la suya, exigiendo, suplicando. Ella se abandonó en sus brazos, sintiendo cómo la levantaba y la llevaba, etéreo y fuerte, hacia la escalera cubierta de retratos que los vigilaban con ojos tristes.

—¿Por cuánto tiempo…? —preguntó ella entre jadeos, mientras él besaba la curva de su cuello.

—Te deseo desde antes de recordar mi nombre —respondió Lucien, sus dedos explorando la piel de sus hombros, la línea de la clavícula—. Pero es poco el tiempo que puedo robar a la noche.

Cassia lo miró a los ojos, buscando certezas y hallando solo enigmas. —¿Qué eres, Lucien? No eres como los demás.

Él la depositó suavemente sobre el lecho de dosel, las cortinas translúcidas ahogando los gemidos del viento. —No soy hombre, ni espectro —susurró—. Estoy atrapado entre lo que fui y lo que jamás podré ser. Solo en noches como esta, cuando una fuerza me recuerda cómo es respirar y anhelar, tu calor me libera.

En la penumbra, la pasión estalló. Cada caricia era un conjuro, cada beso un sello roto. Las manos de Lucien reclamaron todo su cuerpo: muslos, vientre, senos, ese estremecimiento en la base de su espalda que nunca había sentido tan vivo. A cada suspiro, Cassia se sentía más completa, en parte suya, en parte extraña, hasta que los dos alcanzaron el frenético y silencioso clímax de quien no tiene miedo ni al infierno ni al olvido.

En los minutos posteriores, Cassia apoyó la cabeza sobre el pecho de Lucien. Escuchaba los latidos débiles, la respiración que parecía agotarse.

—¿Te estás yendo? —preguntó, con un temor que iba más allá del abandono físico.

Él acarició su cabello con ternura inusitada. —Me consumo con cada amanecer, igual que un recuerdo en la niebla. Pero esta noche seré tuyo. Como tú has sido mía.

El sueño la venció, arrullada por las palabras susurradas, promesas que no se encuentran en el mundo de los vivos. Soñó con jardines luminosos, con dos figuras danzando sobre la hierba fresca, con besos robados al tiempo, al destino, a la misma muerte.

Cuando despertó, la habitación estaba vacía y fría. El olor de lilas persistía, y sobre la almohada, un pétalo iridiscente latía como un corazón diminuto. Cassia lo tomó entre sus dedos, guardándolo cerca de su pecho.

Bajó por la escalera, cruzó el vestíbulo y el sendero, mientras la bruma del amanecer se tejía tras sus pasos. Al volverse para mirar la mansión, vio la silueta de Lucien entre las cortinas: solo un destello, la promesa de un reencuentro, el eco de una pasión imposible que la acompañaría mientras viviera.

Aquel amor, nacido en el cruce de la vida y la muerte, sería memoria y herida, atadura y libertad. Un secreto susurrado cada vez que la niebla descienda… y cada vez que alguien crea ver, tras las ventanas del caserón, la silueta de un hombre que —como ella— nunca dejó de buscar el calor de una caricia en la noche eterna.

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