Había un rumor persistente en los páramos que separaban Ardnaheigh de las ruinas de Craigh na Dun. Una leyenda madre y abuela repetían de generación en generación, como un rosario de advertencias, promesas y deseos apenas revelados. Según decían, allí, bajo la mirada constante de los monolitos de piedra, el mundo mismo puede plegarse y volver a crecer en extraños rumbos, dejando que las sombras abracen por igual a vivos y a muertos… y a quien no pertenece, ni aquí ni allí.
Miranda Fraser había oído esas historias durante toda su vida, y las había desechado con la ligereza propia de las mujeres jóvenes y sensatas que prefieren la lógica a los suspiros del pasado. Pero la lógica pareció rendirse la mañana que, de pie ante aquellas piedras, sintió un latido cercano a su pecho, profundo y ajeno, como un eco llegado de otra era. Las hojas, brillantes tras la lluvia, susurraban mientras un viento inexplicable danzaba a su alrededor.
Miranda azotó la melena cobreada con un impulso de impaciencia. Había subido al círculo para huir de la claustrofobia del pueblo, con sus expectantes miradas y la presión de casarse antes del próximo invierno. Un paseo rápido para despejarse, eso se decía. Pero algo en el aire —en la vibración misma de la tierra bajo sus botas empapadas— imponía un orden diferente.
Con paso tembloroso, circundó la piedra central. Los dedos acariciaron, sin querer, la superficie rugosa manchada de líquenes. Un susurro —¿o fue solo el viento?— le rozó la oreja. Y entonces, sin razón comprensible, Miranda cerró los ojos.
En ese instante, ni el tiempo ni el sentido común la sostuvieron. Hubo un vértigo, un parpadeo, el suspiro de un mundo desarmándose para reconstruirse bajo una estrella más brumosa, el bramido lejano de una voz que gritaba su nombre en dos lenguas a la vez.
La hierba estaba húmeda. Olía a sangre vieja, a ozono, y a algo ferozmente masculino. Cuando, finalmente, abrió los ojos, Miranda veía ante sí un cielo distinto, más oscuro, como enrojecido de ira o pasión. Una sombra se recortó en su visión: alta, robusta, el cabello oscuro y desbordado, ojos glaciales encendidos como carbones. El hombre tenía la espada desenvainada y el rostro maculado por un gesto de asombro.
—¿Quién eres tú? —inquirió una voz grave, cargada de dialecto gaélico, aunque las palabras, imposibles y antiguas, se instalaron, de algún modo, en su mente—. ¿Feeriach? ¿Bruja?
Miranda tragó saliva. No era posible. Nada de esto era posible. Y sin embargo, el miedo era tan real como la humedad que penetraba su falda y la forma en que aquel hombre, cuyo nombre aún ignoraba, la miraba con un anhelo cercenado y hambriento, bordeando la incredulidad.
—No… Yo no soy… No sé cómo llegué aquí. —Los propios labios le traicionaron, repitiendo en gaélico palabras que no recordaba nunca haber aprendido.
Él la tomó de la muñeca antes de que pudiese huir. La fuerza en sus manos era como el hierro, pero el calor de su piel —más ardiente que el sol de julio— la estremeció. El cazador la alzó, girándola, escrutando su rostro palidecido. Miranda se sintió, al fin, más vista —más viva— que nunca.
—Eres del Otro Lado —susurró, y había miedo, admiración, y deseo en cada sílaba—. Mi nombre es Alec MacDonnaugh. Si tu llegada es portento de guerra o redención, sólo el tiempo lo decidirá.
El pueblo de Alec no era un rincón amable. Recibieron a Miranda como se recibe a un augurio: con cautela y el recelo disfrazado de cortesía. Vivía en la cabaña del guerrero, entre aromas a leña, a piel y a hidromiel, envuelta en pieles ásperas y el rumor de historias que no comprendía. Alec la trató con distancia feroz los primeros días, aunque la mirada oscura no disimulaba cuántas veces la exploraba en silencio, como intentando descifrar si era una enviada de los dioses de la tierra… o de los demonios del abismo.
Pero la noche en que la tormenta azotó Craigh na Dun, algo quebró la armadura del highlander. Miranda se hallaba sentada ante el fuego, inquieta por los relámpagos, cuando Alec irrumpió con la fuerza de un vendaval, empapado, el cabello pegado a la frente, la mirada desenfocada. Sin decir palabra, se arrodilló a sus pies. El fulgor del relámpago reveló los músculos tensos de sus manos, el ansia indisimulada en sus ojos.
—Creía que podías ser mi condena —murmuró—. Pero cada noche, cada día que camino junto a ti, siento que eres mi salvación. ¿Qué eres tú, Miranda? ¿Un castigo? ¿Una promesa?
Miranda no supo contestar. No con palabras. Pero el deseo la arrastró como la luna a la marea, y bajó la mano hasta su mejilla, rozando la barba áspera. Alec la atrajo hacia sí, y sus labios, al encontrarse, hicieron que la noche entera se incendiara.
El beso fue violento y dulce, un territorio de exploración, betún ardiente mezclado de ternura y brutalidad. Alec dejó caer la espada y la tomó en brazos, depositándola sobre la piel de ciervo junto al hogar. Sus caricias eran torpes, urgidas, movidas por una mezcla de reverencia y avidez. Los cuerpos se buscaron con torpeza primera y antigua al mismo tiempo, despojándose de la distancia que los separaba no solo por los siglos, sino por la sangre y la magia.
Cuando Alec se desposó con ella bajo el manto de la tormenta, Miranda sintió, más allá del placer, la certeza profunda de la pertenencia, un tatuaje invisible que la marcaba como propia de esa tierra, de ese hombre, aunque solo fuese por una noche o toda una vida.
Pasaron los días: Miranda fue aprendiendo el idioma del lugar y las costumbres, pero nunca cayó del todo la extrañeza de su origen. El lazo con Alec crecía cada jornada: unas veces era fuego devorando leños, otras, apenas ceniza cálida bajo la nieve. La vida se teñía de descubrimientos: la inhalación del brezo, la aspereza de un beso matinal, el peso de la culpa cuando pensaba en el hogar y la duda punzante: “¿Podré quedarme aquí? ¿Querré siquiera regresar?”
La respuesta empezó a asediarla cuando, caminando hacia Craigh na Dun, vislumbró una figura entre las piedras: una anciana de cabellos de hilo y mirada de lago profundo. La llamaba por su nombre, igual que cuando era niña.
—Debes elegir, Miranda. No hay vuelta atrás, ni para el alma ni para el corazón —dijo la anciana—. A veces, quienes cruzan no pueden quedarse. El amor es puente, no prisión.
Alec, al encontrar a Miranda de regreso, leyó algo en sus ojos. Esa noche, después de hacerle el amor con la urgencia de quien teme la despedida, la abrazó, inmenso y vulnerable.
—Puedes volver, si lo deseas —le susurró en el hueco del cuello—. Encontraré la manera de vivir con tu recuerdo, si ese es el precio por amarte.
La sinceridad en su voz fue la piedra angular de la elección de Miranda. Lloró en silencio, abrazada a aquel hombre y a la tierra que le había dado tanto dolor como deseo. La mañana siguiente, se dirigió al círculo, el corazón en guerra con el destino.
No fue el portal ni la magia de las piedras la que decidió por ella. Fue la memoria del calor de Alec, de la forma en que sus labios pronunciaban su nombre cargados de devoción y hambre. Fue la vida salvaje y dulce que ahora palpitaba dentro de ella.
—El amor es el auténtico portal —murmuró Miranda, dándose la vuelta bajo el cielo ancestral—. El resto… son solo ruinas.
Y volvió al poblado, donde Alec la aguardaba bajo el umbral, la sonrisa rota y resplandeciente como el alba. Miranda caminó hacia él, y sus bocas se encontraron de nuevo, sellando la promesa de que, mientras existan historias, aún habrá portales, y el amor, como el tiempo, nunca dejará de sorprendernos.
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