Portada del relato El eco de los susurros prohibidos
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Fragmento:


Lucía no supo qué responder. Empezó a notar cómo el espacio se alteraba a su alrededor; la luz parecía más espesa, el tiempo se curvaba suavemente. Caelum levantó una mano y recorrió su mejilla, deteniéndose en la comisura de su boca. La yema de su dedo era cálida y eléctrica. De pronto, el deseo se transformó en una sed desesperada, una necesidad de romper límites, de conocer lo que siempre había temido.

Duración: 10:11

El eco de los susurros prohibidos
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Texto de ajuste de pausa.

En la ciudad donde el tiempo flaquea y las noches abren fracturas secretas en la tela del mundo, vivía Lucía. Ella era editora de día y devoradora de sueños al dormir, pero ni la más insomne de sus noches le preparó para el encuentro que la arrancaría, a la vez, de su soledad y de su cordura.

Aquella tarde la lluvia caía con la terquedad de los amantes despechados. La oficina se vació pronto y Lucía, arropada tan solo por el rumor de los autos, se encaminó a casa. La noche, sin embargo, tenía sus propios planes; quiso descansar, pero una inquietud densa, casi licorosa, se filtró en el aire. Pronto descubrió que el ascensor no respondía a su urgencia cotidiana, así que subió escaleras, jadeando más por una ansiedad sorda que por el esfuerzo físico.

Sucedió tras la esquina del tercer piso. Allí donde la luz del portón no llegaba. Los días anteriores, había jurado oír ruidos entre las sombras, risas deshilachadas, a veces un vaho que empapaba la superficie del aire. Pero esa noche el silencio era absoluto, mullido, erótico en su promesa de revelación. Allí, por primera vez, notó un olor: mezcla de ozono, tierra mojada y algo especiado, una estela indescifrable que la invitó a detenerse.

El corazón empezó a martillarle en el pecho. Y entonces lo vio: el contorno de un hombre, más sombra que carne, perfecto como una invocación, parado ante un ventanal que reflejaba su silueta pero no su rostro. El desconocido se volvió y, por un instante, los ojos de Lucía se anegaron en los suyos; eran ojos demasiado claros, casi blanquecinos, que la hacían pensar en leche derramada sobre un abismo. Sintió una vibración eléctrica en la espalda, como si alguien la hubiera rozado por dentro.

—No debiste verte —le dijo él, su voz un atardecer de terciopelo—. Hay encuentros que no pueden deshacerse.

Lucía no era mujer de dejar preguntas sin pronunciar, pero en ese momento, el deseo y el miedo se trenzaron hasta dejarla muda. Solamente pudo mirarlo, y notar que él parecía inhalar luces y exhalar sombra. Pese a la alarma primordial que la urgía a huir, sus manos temblaron no de susto, sino de anticipación.

Él avanzó un paso. Su piel no era del color de los vivos ni de los muertos, sino una pátina de luna. Bajo la luz azulada del pasillo, parecía venido de otra textura del mundo.

—¿Quién eres? —alcanzó a susurrar Lucía.

—¿Crees en aquello que no puede nombrarse? —contestó él.

Ella no buscó una respuesta, porque la lógica del instante era la del delirio. Siguió su instinto y, de manera que no le pareció suya, acercó la mano a su rostro. Él ladeó el cuello, permitiéndole justo el tacto; bajo sus dedos, la piel era tibia y estaba viva, vibrante. Pero el palpitar era otro, como si el corazón no latiera en el pecho, sino en todas partes.

—Me llamo Caelum —dijo él en un idioma nuevo, en un tono antiguo.

El nombre tuvo textura y gusto en la lengua de Lucía, como un licor fuerte que apenas reconoce, pero que quiere seguir bebiendo. Él entreabrió los labios y sonrió, mostrando un destello de dientes afilados y bellos, demasiado bellos para ser humanos. Le sostuvo la mirada con tibia piedad y desgarradora ternura.

—Este mundo es peligroso para gente como yo —advirtió, y sus palabras cayeron como rocío agitado—. ¿Pero podrías rechazar lo que deseas?

Lucía no supo qué responder. Empezó a notar cómo el espacio se alteraba a su alrededor; la luz parecía más espesa, el tiempo se curvaba suavemente. Caelum levantó una mano y recorrió su mejilla, deteniéndose en la comisura de su boca. La yema de su dedo era cálida y eléctrica. De pronto, el deseo se transformó en una sed desesperada, una necesidad de romper límites, de conocer lo que siempre había temido.

Sintiéndose un fantasma en su propio cuerpo, Lucía lo dejó guiarla. Caelum la tomó de la cintura y la condujo escaleras arriba, no hacia su departamento, sino a un espacio entre pisos, donde el tiempo vacilaba. Allí, los muros temblaban con un leve resplandor sordo; el aire era más dulce, y el frío tenía matices de caricia. Los labios de Caelum, al posarse en los suyos, eran un tajo de fuego que la redobló de placer y susto.

Y en ese instante, Lucía supo que el hombre enfrentado no era humano. No se lo dijeron palabras ni gestos, sino la vibración de su presencia misma. El roce de bocas, la presión de los muslos, la manera en que él la sostuvo—firme, aceptando, pero también exigiendo—, la hicieron retroceder ante el misterio y, a la vez, dejarse caer en su abismo.

Sintió su cuerpo diluirse en el suyo, pero a la vez, cada molécula de su piel era intensificada por el roce del otro. Caelum la besó con la delicadeza de un sismo; sus dedos descubrieron rutas largas e inexploradas sobre la geografía de Lucía, como si pudieran leer lo que ella nunca se atrevió a decir. Sus labios bajaron por el cuello y ella gimió suavemente al sentir una mordida, nada cruel, apenas lo suficiente para anclarla en este universo o en otro.

La pasión crecía como la marea, y Lucía se dejó adentrar en esas aguas sin preguntarse por la resaca. El pecho de Caelum vibraba contra el suyo; el amor que hacían era lento, inusualmente atento, bioluminiscente, como si cada caricia y cada espasmo pudiera nacer un planeta. Lucía se sintió devorada y, al mismo tiempo, creadora de una pasión que nunca creyó posible.

Entre jadeos y susurros, Caelum le hizo promesas en una lengua arcana. Prometió noches perpetuas y días donde el mundo dejaría de importar. Le habló al oído sobre las grietas entre mundos, sobre la posibilidad de amar más allá de los límites del tiempo. Lucía respondió desde el centro de su médula, con una entrega impensable en su tranquila existencia.

Transcurrieron así horas, donde el sexo y el éxtasis se trenzaron con la bruma, entre los pliegues de esa realidad deshilachada. Pero la sed de Lucía no se saciaba. Sentía en cada caricia la amenaza de perderse y, sin embargo, se sentía más viva que nunca.

—¿Eres un demonio, un ángel, un dios caído? —le preguntó en un momento, acariciando la línea de su mandíbula.

Caelum la miró con una ternura casi insoportable.

—Ya no sabes ni quieres saber. Pero yo podría ser cualquier cosa, siempre que tú me mires con esos ojos—susceptibles de creer y de perderse.

—¿Por qué me elegiste?

La respuesta tardó, como si Caelum también dudara del sentido del tiempo:

—Porque solo tú puedes verme de este modo; solo en tu deseo existe el lugar donde yo soy posible.

Lucía lo besó de nuevo, apretándolo contra sí, temiendo la evaporación, la posibilidad de que todo fuera un sueño insólito. Pero la piel bajo sus dedos era real, y los latidos, devastadoramente genuinos.

Afuera, la ciudad seguía zumbando con indiferencia. Entre los muros del edificio, las fracturas crecían sutilmente, y la medianoche se abría paso como una promesa líquida. Dentro del refugio que compartían, Lucía y Caelum se movían en círculos de placer demorado, explorando los bordes de lo permitido.

En cada instante, Lucía comprendía algo nuevo. El deseo, lejos de ser solo carnal, era también una puerta de entrada al misterio, una curva por la que se asomaba a sí misma, más osada, más libre, menos torpe con el anhelo. Caelum la amaba no como un amante convencional, sino como un cómplice de travesía: devoraba cada uno de sus temores con dulzura y los convertía en fuerza.

Pero el alba, inevitable, filtró sus dedos de oro por la rendija de la ventana. Caelum se apartó de ella, y una tristeza profunda —de esas que sólo entienden quienes han amado a alguien imposible— rebrotó en su mirada.

—Cuando la luz toma el mundo, debo volver —murmuró—. Pero aquí, en estas fisuras, te espero.

—¿Vendrás mañana?

—Si estás dispuesta a buscarme.

Se besaron una vez más, largamente, como si ese beso pudiera llenar el vacío de todas las ausencias futuras. Cuando Lucía volvió en sí, el pasillo yacía insípido, vacío. Su ropa estaba en su sitio, la piel un poco helada; pero el corazón, vibrando todavía como una cuerda recién pulsada.

Esa mañana recorrió su rutina como una autómata desenfocada. Notaba a la gente en la calle, poblada de ausentes y de ruidos nimios; sin embargo, cada sombra, cada rincón, era ahora promesa. Supo que en su cuerpo nuevo, abierto al otro lado, había germinado una semilla de deseo y de desasosiego.

Noche tras noche, Lucía buscó las grietas. Algunas veces, Caelum acudía; otras veces, solo encontraba una estela tenue, un murmullo en la orilla de su oído, una caricia aérea. Pero nunca la vida volvió a ser aséptica. Decidió aceptar el embrujo, alimentarse de la promesa de esos encuentros furtivos. Aprendió a moverse en la duplicidad: editora irreprochable bajo la luz, amante clandestina bajo la sombra.

A veces temió perder la razón; otras, temió que todo hubiera sido una invención propia, una metamorfosis de su soledad. Pero el recuerdo de los besos —eléctricos, sabios, peligrosos— la devolvía a ese pasillo y a ese instante donde eligió saltar.

Y así, amando entre fisuras, Lucía aprendió que no hay mayor romance que el que nos arranca de nosotros mismos, ni placer más pleno que el de saberse deseada por el misterio.

Cuando al fin llegó la noche en que Caelum no se presentó y la espera fue infinita, Lucía dejó de buscarlo. Caminó entre sombras sin nombre, pero no regresó jamás a su antigua quietud. Sabía ahora que hay amores que no buscan consumación ni permanencia, sino abrir un umbral entre realidades, sostenernos en la orilla, transformados para siempre por el roce de lo irreal.

Esa noche, sin embargo, al apagar la luz, el vaho dulce de Caelum se arremolinó en su cama, y supo que aunque él habitara otra frontera, el amor —a veces total, a veces puro eco de lo imposible— ya nunca más partiría de su pecho.

Y Lucía, amante entre la grieta, sonrió al secreto del mundo y cerró los ojos, dispuesta a soñar lo imposible y a vivirlo sin temer jamás volver a despertar.

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