Portada del relato Corazón de Sombra
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Fragmento:


—Soy quien protege este umbral. Soy quien permanece encadenado por culpa de vuestros pecados y esperanzas.

Duración: 09:21

Corazón de Sombra
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Texto de ajuste de pausa.

El carruaje se deslizaba por el bosque envuelto en bruma, las luces de las linternas bailando sombras en los troncos centenarios. Lady Elinora Ashcroft sostenía las cortinas de terciopelo, mirando a través del cristal empañado mientras las copas de los árboles susurraban su inquietante bienvenida. El aire estaba impregnado de la promesa de lluvia y del misterio de la noche. Su corazón latía con fuerza bajo el corpiño —no solo por el viaje, sino por el destino hacia el que se dirigía: Ravenshade Hall, la antigua mansión de su difunta tía, reconocida tanto por su belleza como por las leyendas que la rodeaban.

Habían pasado tres años desde la última vez que pisó ese territorio maldito, tres años desde que encontrara el diario de su tía, hablándole de “él”, de la criatura que rondaba los pasillos después del anochecer. Elinora, entonces aún una muchacha impresionable, había huido de allí una noche de tempestad, creyéndose a salvo en la racionalidad de Londres. Ahora, sin embargo, el deber la obligaba a volver: la mansión era suya y solo ella podía decidir el destino de su herencia.

El carruaje se detuvo—un súbito crujido de ruedas y un relincho ahogado. El rocío a lo largo del camino centelleaba níveo. Wilkins, el cochero, bajó apresuradamente y sacó la linterna. “¿Milady?”, preguntó con voz trémula. “Las ruedas están atoradas…”

“Quédate aquí, Wilkins. No tardaré.” Su determinación, aunque nacida más de la necesidad que del valor, no permitió discusión.

Elinora giró la llave en la reja de hierro de Ravenshade. El gran portón rechinó ante ella, cediendo a su toque. Cruzó el umbral, su silueta recortada en la niebla, y se enfrentó al largo sendero que conducía a la entrada principal, donde estatuas cubiertas de musgo vigilaban el camino como guardianes caídos.

Al entrar en la casa, el silencio la rodeó, profundo y perturbador. El siseo del gas encendió las lámparas, y la luz reveló arabescos de polvo flotando en el aire. Nada se había movido desde la última vez. O tal vez sí: juraría que las figuras de los retratos la seguían con la mirada, que el eco de pasos ajenos cruzaba los pisos desgastados.

Decidida a enfrentarse a sus temores y desvelar de una vez la verdad sobre la supuesta maldición, Elinora se dirigió a la biblioteca, el corazón palpitante de la mansión. Allí, a la luz trémula del candelabro, desató la correa de cuero del diario de su tía. Pero antes de que pudiera leer una sola línea, percibió algo: se detuvo, expectante, los oídos atentos al crujido de una tabla del piso que no podía deberse al viento.

Entonces lo vio, emergiendo de entre las sombras: un hombre. O algo parecido a un hombre.

Su presencia llenó la habitación. Alto, de porte regio, la piel pálida como el alabastro y ojos de un azul profundo, una sombra de antiguo dolor marcado en el rostro. Llevaba ropas oscuras, de corte antiguo, ceñidas a su figura poderosa. Elinora tragó saliva, recordando vívidamente las páginas del diario: “No es hombre, ni es bestia, y su tristeza es tan profunda como el abismo entre mundos.”

Él habló, con la voz baja y resonante, como la vibración de un laúd.

—No deberías estar aquí, Elinora Ashcroft.

—¿Quién eres…? —susurró ella—. ¿Por qué sabes mi nombre?

La figura dio un paso adelante; la claridad de la lámpara tembló sobre pómulos afilados y labios llenos.

—Soy quien protege este umbral. Soy quien permanece encadenado por culpa de vuestros pecados y esperanzas.

Elinora sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Su tía tenía razón. La leyenda era cierta.

—Mi tía… escribió sobre ti —se atrevió a decir—. Te llamas Lucian, ¿verdad?

El nombre tembló en el aire como un conjuro y, al instante, los ojos del espectro centellearon.

—Ella fue la única que escuchó mi historia —musitó Lucian, y el dolor desbordó en su voz con el peso de siglos—. Creí que tu familia dejaría esta casa en paz… pero tú has venido. Y ahora los lazos vuelven a tensarse.

—Estoy aquí para desentrañar la verdad —insistió Elinora, firme aunque su pulso se agitaba—. Dime: ¿por qué sigues atado a este lugar?

Lucian entrecerró los ojos. Se detuvo frente a ella. Elinora sintió su cercanía como un campo magnético, envolviéndola con inexplicable calor.

—Todo comenzó con un deseo roto —confesó—, y un amor jamás correspondido. Fui el favorito de los dioses… hasta que osé enamorarme de una mortal. Por la traición de mi propio linaje, fui condenado a vagar en el umbral de estos mundos, invisible para todos. Excepto para aquel que porta el sello de los Ashcroft.

Elinora, aún escéptica aunque fascinada, observó la extraña marca azulada que surcaba la palma de su mano. Siempre pensó que era una cicatriz de la infancia. Pero ahora la miraba como quien descubre una llave.

—¿Y qué…se supone que haga ahora? ¿Cómo… puedo ayudarte?

Lucian la miró, sus labios entreabiertos para dejar escapar una exhalación que ni era aliento ni era niebla.

—Solo uno de los tuyos puede romper la condena… solo si estás dispuesta a enfrentar la oscuridad que acecha en tu sangre.

Las llamas de las velas parpadearon. La tensión, inexplicable, crecía entre ellos. Elinora sintió en su interior una urgencia: no sólo de liberar a Lucian, sino de comprenderse a sí misma. Estaba conectada a esa casa, a ese hombre… a esas sombras.

Pasaron los días. Elinora y Lucian, atrapados ambos en la telaraña de la mansión, compartieron las noches leyendo juntos en la biblioteca, indagando en los libros prohibidos y en los escombros del pasado. Lucian le abrió los secretos de los salones desvanecidos, las historias olvidadas de su linaje, la música y el arte que una vez llenaron las estancias de Ravenshade.

Y creció entre ellos algo ardiente. El roce de las manos; la mirada prolongada entre renglones; el susurro de Lucian junto a su oído, tan real a veces que llegaba a sentir la presión de sus labios en la piel. Elinora ya no sabía si soñaba o era la magia de la mansión la que le jugaba artimañas.

Una noche de tormenta, mientras relámpagos desgarraban la negrura, Elinora exploraba los pasillos medio en ruinas. Oyó la música de un piano y fue guiada, fascinada, hasta el salón orlado por ventanales góticos. Allí estaba Lucian, tocando una melodía grave, hipnótica, cargada de añoranza.

—¿Por qué tocas… si nadie puede verte ni oírte? —preguntó Elinora, acercándose.

Lucian levantó la cabeza. Sus ojos la recorrieron con un fulgor abrasador.

—Porque el arte, como el amor verdadero, deja huella aunque nadie lo contemple.

Con un gesto, la invitó a sentarse junto a él. Ella obedeció, y sin saber por qué, sus manos se encontraron sobre las teclas. Una nota, dos, y la melodía de Lucian se fundió con la suya. La música llenó el salón, tan densa que apenas escucharon la furia de la tormenta afuera.

Y entonces, Lucian giró. Su rostro estaba marcado por la desesperación y el deseo; con dedos temblorosos alzó la mano y, titubeante, la rozó la mejilla. Elinora se estremeció entre el frío de lo prohibido y el fuego de lo anhelado. Sin poder evitarlo, se inclinó hacia él y sus labios se encontraron, primero en una caricia etérea, luego en un beso profundo, hambriento.

La pasión brotó como un torrente. Lucian, liberado por fin del yugo de la obsesión y el remordimiento, se aferró a Elinora con la desesperación de quien sólo ha conocido la ausencia. Ella, por su parte, descubrió en ese contacto un deseo que no podía catalogar ni refrenar. Sus cuerpos se buscaron entre las sombras, las manos explorando con avidez piel y suspiros, la urgencia latiendo al ritmo de la tormenta.

Bajo la luz intermitente de los relámpagos, la sala fue testigo de su entrega, mitad humana, mitad fantasmal. Lucian, a cada caricia, parecía más tangible, más real, hasta que el calor de los cuerpos disipó la niebla que los separaba.

—Sólo tú… —jadeó Lucian sobre su garganta— puedes liberarme…

Al decirlo, Elinora sintió la marca de su palma latir. En un movimiento impulsivo, selló el círculo de su abrazo y hurgó en las palabras del diario. Juntos recitaron la invocación de la sangre, el conjuro prohibido. Un torbellino de energía los envolvió, las llamas alrededor avivándose, y el tiempo pareció detenerse.

Entonces, Lucian gritó, un bramido que fue música y aullido, dolor y éxtasis. Elinora no supo si se desmayó o cruzó a otro plano, pero cuando despertó, sentía el peso de un cuerpo cálido junto al suyo. Lucian respiraba, la mirada clara y humana por fin.

—¿Estoy… vivo? —susurró él.

Elinora lo abrazó, con lágrimas en los ojos.

—Estás conmigo —dijo, y en ese instante, la maldición de siglos se desvaneció.

La aurora ascendió sobre Ravenshade Hall, tiñendo el mundo de oro y esperanza. Afuera, los jardines florecían como nunca antes, la espesura antigua reverdecía como si la magia perdida hubiera regresado.

Y dentro, bajo sábanas arrugadas y miradas llenas de promesas, Elinora y Lucian se entregaron a un futuro tejido de amor… y de un deseo tan poderoso que burló incluso a la muerte.

Porque en Ravenshade —como en el corazón de toda leyenda— el verdadero milagro era, y siempre sería, elegir el amor incluso en la oscuridad.

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