Fragmento:
La voz de la lluvia era un susurro constante en los cristales, y la joven Rosalyn Neville la escuchaba desde hacía horas mientras la luz menguante del día aceptaba la resignación de la noche. La mansión Wycliffe no era amable con el invierno: las sombras parecían crecer en cada esquina, y la soledad se filtraba entre las rendijas del pasado y los largos pasillos vacíos. Rosalyn, envuelta en su bata azul de lana, no podía dejar de mirar la chimenea que crepitaba frente a ella.
Duración: 08:36
La voz de la lluvia era un susurro constante en los cristales, y la joven Rosalyn Neville la escuchaba desde hacía horas mientras la luz menguante del día aceptaba la resignación de la noche. La mansión Wycliffe no era amable con el invierno: las sombras parecían crecer en cada esquina, y la soledad se filtraba entre las rendijas del pasado y los largos pasillos vacíos. Rosalyn, envuelta en su bata azul de lana, no podía dejar de mirar la chimenea que crepitaba frente a ella.
El reloj dio las seis. Un eco lejano, el sonido de una vida demasiado ordenada para alguien tan inquieta como ella. Había llegado hacía apenas tres semanas a la casa en calidad de dama de compañía para la anciana lady Wycliffe, y sin embargo sentía que cada día la acercaba más a algo indefinible, algo que la atraía con el poder de una marea oscura y la promesa de lo desconocido.
La anciana lady Wycliffe rara vez abandonaba su alcoba. La casa, entonces, quedaba en una extraña paz rota sólo por el paso de los criados o el leve crujido que hacía la madera, como si por ella aún recorrieran los pasos de otros tiempos. Su único amigo era el jardín, si es que se podía llamar así a aquel paraje bordado de arbustos retorcidos, maleza y bancos de piedra carcomidos entre la niebla. Pero ni siquiera los caminos cubiertos de musgo la atraían tanto como el ala oeste, cerrada siempre con llave.
—Evítela —le habían dicho—. Está prohibido.
Pero desde la segunda noche, cuando escuchó el lamento leve y gutural que venía de más allá de la pared, sintió que no podría dar la espalda a aquel misterio. Rosalyn no era imprudente, al menos no en su vida anterior, pero el magnetismo de lo prohibido tenía un nuevo sabor en Wycliffe: el sabor del anhelo y la posibilidad.
Al anochecer decidió de nuevo “pasear”, con la excusa de buscar una novela en la biblioteca. Llevaba una linterna a la que había cambiado ella misma las pilas días antes, sabiendo lo irrisorio de la excusa pero aferrándose a cualquier pretexto para saciar su curiosidad. El ala oeste la atraía como el olor de la madreselva, igual que una promesa susurrada en el oído.
Caminó por el corredor largo. Sus pasos eran ligeros, aprendió a mover los pies como una niña que teme al castigo. La niebla contra la ventana era tan densa que parecía devorar la luz. Al llegar a la puerta de roble que separaba las áreas, su corazón comenzó a latir despacio pero fuerte, tan fuerte que la vibración estaba en la palma de su mano.
El pomo cedió con un leve giro. La puerta, sorprendentemente, no tenía llave esa noche.
Detrás, el aire era más frío. Sintió la presión de lo que aún no había visto. Caminó despacio por el corredor, atenta al sonido de su respiración y el tremer leve de su linterna—sólo para descubrir, de golpe, la sombra de una figura al final del pasillo, inmóvil entre dos paneles cubiertos de polvo.
Fue como ver un fantasma. Pero los fantasmas no respiran, y ella escuchó el roce de la tela, la inhalación agitada. No podía moverse, no podía retroceder.
—¿Quién está ahí? —preguntó con el aliento contenido.
La figura avanzó, y la luz temblorosa dejó ver un rostro—un rostro de hombre, joven aún, con los ojos pálidos iluminados por algo que no supo nombrar. La boca se torció en una leve sonrisa; el cabello caía sobre la frente, rubio como el trigo marchito bajo la escarcha.
—Es usted —dijo él—. Siempre es usted, cada noche.
Ella no entendía. Pero aquellos ojos la reconocían. Sintió la piel estremecida.
—¿Qué está haciendo aquí? —musitó, preguntándose por qué no huía, por qué no gritaba o al menos se alejaba como debía.
Él dio un paso más cerca, y el aroma que emanaba de su cuerpo —algo entre madera y tormenta— envolvió el aire entre ambos. Sentía que se sumergía en una temperatura distinta. El peligro no era mortal, sino íntimo, mucho más real: una vulnerabilidad casi dulce, como la de una mano que roza sin permiso.
—Espero —respondió simplemente. Su voz era baja, suave, como si las palabras hubiesen aprendido a caminar de puntillas.
Rosalyn notó que la distancia entre ambos era apenas un suspiro. Ninguno de los dos se movía, pero él —la figura, el hombre— la miraba como si pudiera leer todos los secretos que ella no se atrevía a confesar en voz alta. Una pausa larga los envolvió.
—Espero que vuelva cada noche —añadió finalmente—. Porque necesito recordar que todavía existo.
Las palabras eran inexplicables. Rosalyn no sabía si debía reírse o temblar.
—¿Cómo…? ¿Quién es usted? —logró decir al fin, con los dedos tensos.
Él inclinó la cabeza, con esa forma de mirarla que era a la vez caricia y desafío.
—Mi nombre es Christopher Wycliffe. Hace años que la soledad me ha convertido en sólo un rumor entre estos muros. Pero usted… usted ha traído algo distinto. Un latido, una promesa de luz…
Rosalyn notó, de pronto, la mano de Christopher alzándose hasta su mejilla, el roce apenas perceptible de sus dedos tibios.
—¿Está vivo? —susurró, horrorizada y fascinada a la vez.
—Estoy atrapado —dijo él—. Por sentimientos tan antiguos como estas piedras. Mi madre, la anciana lady, creyó en maldiciones más que en el poder del perdón. He estado confinado a este ala, a las sombras, sin poder tocar nada que no sea noche o soledad… hasta ahora.
La incredulidad pasó como un relámpago y se disipó. En su lugar, una lenta comprensión fue llenando a Rosalyn de un calor inesperado, un deseo de no huir, de quedarse.
—¿Por qué yo? —preguntó.
Christopher sonrió, más dulce que antes. Le rozó el cabello y luego la mandíbula, con la delicadeza de quien teme romper un hechizo.
—Porque usted también huyó del mundo. Porque aquí, conmigo, no tiene que fingir coraje o cordura. Porque se siente viva solo al borde de la oscuridad.
Las palabras eran ciertas. La calidez de aquel contacto era más real que todo lo demás. Sintió cómo su pulso se aceleraba, cómo esa mano en su mejilla abría puertas en su interior, una tras otra.
—¿No le teme a lo que soy? —preguntó él, con una ternura dolorosa.
—No —respondió Rosalyn, casi sin pensarlo—. Solo temo no entenderlo del todo.
Entonces fue Christopher quien tembló. Con la confianza de un sueño concurrido mil veces, la tomó de la mano y la guió por el corredor prohibido hasta un salón apenas iluminado por la luna. Allí, entre cortinas raídas y polvo de los siglos, la besó. Fue un beso suave al principio, exploratorio, y luego una súplica muda, un ruego por no ser olvidado nunca más.
Rosalyn sintió la energía eléctrica rozando cada terminación nerviosa. El sabor de sus labios era frío primero, luego dulcemente cálido, y ella se entregó a la sensación inédita de ser querida, reconocida… incluida en un pequeño infinito privado.
—Puede irse cuando quiera —susurró Christopher, rozando ahora el lóbulo de su oreja, descendiendo con besos por su cuello.
—No quiero irme —respondió ella, apretándolo contra sí con una urgencia desesperada.
Las sábanas de aquel lecho ancestral crujieron bajo sus cuerpos, y el tiempo pareció plegarse, cediendo a la fuerza de lo prohibido y lo exquisitamente real. Christopher la adoró como si tuviese miedo de que la memoria lo abandonara, y ella aprendió su cuerpo —y su dolor— igual que si fuese un idioma nuevo y secreto.
Esa noche no hubo más murmullos fuera que los que compartieron bajo la piel, los que temblaron entre gemidos ahogados contra hombros y estómagos, los que sellaron bajo su aliento el deseo de saberse humanos a pesar de las sombras.
Al amanecer, la niebla comenzaba a disiparse. Rosalyn lo observó mientras yacía a su lado —y cómo la luz de la mañana, tan tímida en invierno, parecía respetar la presencia de Christopher, negándose a disiparlo como un espectro.
—¿Es esto real? —musitó ella, tocándole la cara para asegurarse de que no sería sólo vapor y recuerdo.
—Tan real como todo lo que hemos temido perder —respondió él, sonriendo con una mezcla de gratitud y reverencia.
Pasaron las semanas, ocultos en su oasis de penumbra. Rosalyn vivía dos vidas: una ante la anciana lady Wycliffe, otra al caer la noche, cuando cruzaba la frontera mágica del ala oeste. Allí, con Christopher, aprendió que el deseo podía ser un eco antiguo, tan fuerte como la necesidad de respirar.
No sabían si el hechizo algún día se rompería. Pero cada caricia, cada roce al amanecer, era un pacto íntimo, una promesa de que el amor podía desafiar incluso a las sombras más viejas que el tiempo.
Y así, entre la niebla y las llamas suaves del deseo, Rosalyn Neville supo que, a veces, la caricia más profunda y verdadera era la que se ofrecía al borde de lo imposible.
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