Portada del relato Susurros bajo el jazmín
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Fragmento:


Clara bajó sin hacer ruido por la escalera, el corazón cabalgándole en el pecho. Descalza, el frío de las baldosas era una caricia. Al abrir la puerta trasera, la voz flotó hacia ella, cálida, áspera, cargada de anhelo. Una vieja serenata, la que su madre había silbado a veces cuando pensaba que Clara dormía. Había algo más. Bajo ese timbre, una nota histórica, como el aroma de un incendio antiguo.

Duración: 07:45

Susurros bajo el jazmín
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Texto de ajuste de pausa.

Había una luna de papel recortado sobre los tejados de la vieja ciudad. Su silueta casi fantasmal bañaba las callejuelas de oro gastado y sombras azules. Era una noche tibia, el tiempo suspendido en un vals entre la última brisa de invierno y el primer perfume de la primavera. Clara llevaba semanas sin dormir bien, despertando con el eco insistente de una melodía que no podía identificar. La melodía la envolvía como un murmullo antiguo cada noche, justo antes de cerrar los ojos, y la seguía en sueños, persiguiéndola por corredores de luz mortecina, llenos de puertas cerradas.

Esa noche de abril, fue diferente. Sentada en el alféizar de su ventana, envuelta en una bata de seda blanca, Clara sintió el aire vibrar. De pronto, la melodía brotó nítida, no en su cabeza, sino detrás de la casa, donde los jazmines trepaban con ansia por la verja del jardín. Una guitarra. Una voz de hombre, grave y sedosa, rasgando el perfume de la noche.

Clara bajó sin hacer ruido por la escalera, el corazón cabalgándole en el pecho. Descalza, el frío de las baldosas era una caricia. Al abrir la puerta trasera, la voz flotó hacia ella, cálida, áspera, cargada de anhelo. Una vieja serenata, la que su madre había silbado a veces cuando pensaba que Clara dormía. Había algo más. Bajo ese timbre, una nota histórica, como el aroma de un incendio antiguo.

El cantor estaba al pie del muro, medio oculto por el jazmín. No era joven, pero en su rostro había la belleza intacta del que no pertenece a este mundo. Ojos de un azul crepuscular, labios apenas curvados en una sonrisa. La guitarra era negra y pequeña, las cuerdas vibrando como filamentos de luna.

Clara lo oyó cantar:

"Ven, amada, al umbral de la sombra,

Donde la noche es pura y el deseo se nombra—"

Las palabras penetraron en su piel antes que en sus oídos. Ella abrió la boca, vacilante entre miedo y una turbación joven, pero él la tranquilizó con una mirada que era toda ternura.

—¿Quién eres? —musitó Clara cuando la canción terminó y el silencio se hizo grave y complicado.

El hombre sonrió, con ese aire de disculpa que tienen los que aman demasiado—por costumbre, por destino.

—Algunos me llaman Simón —dijo—, pero los nombres son cosas frágiles. Prefiero creer que me conoces, en algún lugar que no recuerdas.

El reconoció el asombro de Clara, y su propia voz bajó un tono, como si rescatara palabras de los escombros del tiempo:

—La música es la única forma en que puedo llegar hasta aquí, hasta ti.

Clara sintió un escalofrío recorrerle la espalda, y los cabellos de la nuca se le levantaron como si una mano delicada los hubiera acariciado.

—¿Por qué? —preguntó, incapaz de apartar la vista de él.

Simón dejó la guitarra suavemente en el césped, como un animal que duerme, y se acercó un paso. El jazmín pareció inclinarse hacia ellos, conspirando.

—Cuando vivía... hace muchas décadas, amé a alguien. Creí que era para siempre. Pero las promesas de los mortales son ríos que desaparecen bajo la tierra. Me fui, por cobardía, por deber. Luego, cuando intenté regresar, ella ya no estaba. Dejé una carta... pero nunca llegó a sus manos. Quizá en otro tiempo, hubiese bastado un encuentro fortuito para reparar el daño.

Su voz temblorosa era la de alguien que no pide perdón sino consuelo.

Clara escuchó, incapaz de moverse. La noche era densa, olorosa como un vino viejo. Una parte de ella quería consolarlo, otra tenía la certeza de que Simón no era, o no era del todo, real. Algo en la forma en que la miraba, en cómo formaba sus palabras, tenía el peso de lo inamovible. "Una carta rota", pensó de pronto, y supo que él hablaba de otra vida, quizá la suya, quizá la de ambos.

Simón extendió la mano y el aire entre ellos se onduló. Clara sintió el tacto antes de tocarlo, una electricidad azul en las yemas de los dedos. Él se inclinó, muy despacio, como si quisiera besar una mejilla pero se atrevió sólo a rozar. Ella cerró los ojos. Había calor, lástima, deseo y un dolor profundo y antiguo.

Esa noche, Clara no durmió. Vio la luna avanzar despacio hacia el oeste, llevó al pecho el eco de la melodía hasta que el alba recortó las formas del jardín nuevamente.

Durante días, durante semanas, la visita se repitió. Simón cantaba su serenata bajo el jazmín. Ella lo esperaba cada noche, con pestañas negras de insomnio, y juntos compartían las palabras, historias y gestos que se quedan en los intervalos del amor—nunca plenamente confesado, nunca realmente perdido.

Había una sensualidad extraña en la manera en que Simón la miraba, en el modo en que su voz acariciaba suavemente la superficie de la noche. No era sólo una pasión física, aunque el cuerpo de Clara respondía, desesperado, a la presencia de él; era como si cada nota y cada palabra despertaran en ella un hambre de sentido, de comunión, de trascendencia. Simone era tanto deseo como melancolía, y en esas madrugadas, Clara aceptaba un amor imposible cuya única consumación cabía en un roce de dedos, en la promesa de una sonrisa.

Una noche cálida de mayo, Simón llegó con la guitarra colgada de la espalda y en los ojos un brillo diferente. No de tristeza, sino de decisión. Llevaba en la mano una hoja de papel amarillento, doblada cientos de veces, su borde quebradizo.

—Quiero mostrarte algo —susurró. La guitarra quedó olvidada; el papel fue el protagonista bajo la estrecha luz de la luna.

Clara leyó la carta, una caligrafía antigua, y reconoció, con un grito que no llegó a nacer, frases y palabras que había soñado. Era su letra, pero no era su nombre. Una declaración de amor truncada: "No supe amarte como merecías. Perdona mi cobardía. Si pudieras, una vez más, déjame hallarte en la música…"

Temblando, Clara levantó la vista.

La carta estaba rota. La última línea, la promesa de un reencuentro, se cortaba justo antes de la palabra "vivir".

Simón tomó ambas mitades de la hoja, doblándolas en su palma. Sus dedos eran hábiles, grandes, algo pálidos.

—Nunca supe si la leyó. Nunca supe si su vida fue feliz, si me perdonó.

El aire nocturno era un velo húmedo entre los dos. Clara sintió el peso de cientos de amaneceres, de cartas no enviadas, de citas postergadas, de caricias negadas. El cuerpo de Simón, más cercano ahora, exhalaba un frío agradable, como una brisa predestinada. Quiso preguntarle quién era verdaderamente, de quién había sido esa última vida, si era suya o de Clara, o de ambos.

Simón la miró largamente.

—He venido a despedirme. La música me trajo; hoy la carta se ha completado, porque tú la has leído.

Hubo dolor en los ojos de Clara, pero también alivio. Algo había terminado, y en ese término había una promesa natural de renacimiento.

Simón la besó finalmente. Tal y como ella lo había soñado cientos de noches, fue un beso demorado, delicado y profundo, cargado de lujuria y nostalgia, como si cada átomo suyo quisiera quedarse pegado al de Clara. El jardín desapareció bajo un torbellino de fragancia y calor.

Cuando las primeras luces plateadas asomaron, Simón se hizo cada vez más difuso, una sombra en el resplandor, la melodía de la guitarra deslizándose en un último acorde.

Clara se quedó sola. En la mano, la carta partida en dos, sobre el pecho el peso dulce y amargo de la despedida.

La primavera avanzó. Los jazmines florecieron con una fuerza insolente, y en el rumor de la brisa nocturna, a veces aún llegaba el eco de la serenata, sólo para ella. La carta encontrada en medio de sus viejos libros, completada ahora con una línea final escrita de su puño y letra: "Te hallé en la música. Sé ahora cómo vivir…"

Y bajo la misma luna de oro gastado y sombras azules, Clara supo que el amor no se pierde: sólo espera, como la melodía olvidada de una serenata, a ser cantado otra vez, en otro mundo, con otro nombre, bajo el mismo jazmín.

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