Portada del relato Espectros entre las Magnolias
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


Isobel se rió entonces, aunque por dentro sintió ese escalofrío particular que precede a la tormenta. La habitación donde dormía, orientada hacia el jardín, tenía un ventanal cubierto de cortinas con encajes que, al ondear inquietos por la brisa, proyectaban en las paredes formas huidizas de manos o bocas. Quizás lo peor de todo era el retrato colgado sobre la cómoda: un hombre de cabello oscuro, piel como el mármol bajo el polvo de los siglos, ojos insondables y labios delineados en una media sonrisa. No llevaba nombre el cuadro; no era necesario. Cada Hayden había soñado con él alguna vez.

Duración: 08:34

Espectros entre las Magnolias
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

El sol caía con la sobriedad dorada de las tardes de fines de septiembre sobre Savannah, encendiendo el aire quieto y vibrante de perfumes. Las magnolias en la entrada de la mansión Hayden exhalaban una fragancia antigua y untuosa. Olían a lujuria y secretos, a tardes que parecían fundirse en el olvido; olían a cosas que jamás se contaban pero que, tan pronto uno pisaba aquel sendero bordeado de flores dormidas, podía adivinar que existían. No era nuevo para Isobel ese secreto aroma; la había acompañado, sutil pero presente, desde que su abuela le narró historias que mezclaban lo real y lo imposible hasta dejarla, siendo una niña, convencida de que en Savannah nadie dormía solo, no completamente.

Fue al heredar la mansión Hayden, tras la muerte de su tía abuela Rosalind, que Isobel volvió de Nueva York para enfrentar la tarea que había prometido no evadir jamás: restaurar la casa y, en el proceso, reclamar su herencia de sangre, de raíces y de enigmas. Las cerraduras eran antiguas, la madera crujía bajo cada paso, y las escaleras caracol parecían invitar a sombras que aguardaban a ser nombradas.

—No encenderás la lámpara en la biblioteca después del anochecer —le había aconsejado la vieja criada, Mabel, antes de marcharse—. Es cosa de los libros, niña. Hay palabras que solo deben leerse bajo la luz del día.

Isobel se rió entonces, aunque por dentro sintió ese escalofrío particular que precede a la tormenta. La habitación donde dormía, orientada hacia el jardín, tenía un ventanal cubierto de cortinas con encajes que, al ondear inquietos por la brisa, proyectaban en las paredes formas huidizas de manos o bocas. Quizás lo peor de todo era el retrato colgado sobre la cómoda: un hombre de cabello oscuro, piel como el mármol bajo el polvo de los siglos, ojos insondables y labios delineados en una media sonrisa. No llevaba nombre el cuadro; no era necesario. Cada Hayden había soñado con él alguna vez.

La primera noche llegó con su promesa de desencanto y silencio. Isobel, agotada, se recostó sobre la colcha bordada y recordó a Rosalind murmurándole, cuando niña: “¿Sabes? Los Hayden nunca abandonamos a quienes amamos. Ni siquiera en la muerte.” A su alrededor, la casa latía en suspiros y crujidos, y, mientras el sueño tironeaba de sus párpados, algo se agitó en el aire, apenas perceptible: un murmullo, una promesa, un anhelo.

Se despertó de pronto, bañada en sudor, con el pulso desbocado. Al principio, nada —solo el latido furioso en sus sienes, la respiración agitada—, pero luego percibió el aroma inconfundible de las magnolias, mucho más intenso que antes. Abrió los ojos. Y lo vio.

El hombre estaba junto a la cortina, recortado contra el fulgor azulado de la luna, la presencia tan tangible como cualquier ser vivo. El mismo del retrato. Alto, elegante, cubierto por un abrigo oscuro que parecía absorber la poca luz. Pero sus ojos, negros y líquidos, danzaban de una forma imposible, como brasas avivadas por el viento.

—No temas, Isobel —su voz era baja, acariciante—. No vengo a hacerte daño.

Se obligó a no gritar, aunque el corazón le golpeaba el pecho, indomable. —¿Quién eres?

—He tenido muchos nombres, en diferentes eras. Aquí, para ti, soy Gabriel —Hizo una pausa, manteniendo la distancia, aunque en esa estancia el aire se llenó de electricidad, como antes de la tormenta —. Eres tú la que ha regresado, Isobel Hayden.

Ella se incorporó, ciñéndose la sábana a los hombros, como si el tejido pudiera protegerla de un fantasma. Pero la palabra no era exacta. Gabriel era otra cosa; algo que trascendía el límite mortuorio, hecho de deseo y angustia, de necesidad y furia contenida.

—Si eres un eco, ¿por qué me hablas como si me conocieras?

—Porque te conozco —Su sonrisa era una línea triste—. Siempre lo he hecho.

La segunda noche, ella intentó racionalizarlo todo: las visiones son efecto del estrés, el olor a magnolias no es más que reminiscencia, la voz es una memoria de la niñez. Pero Savannah no era benévola con los racionales. En la casa Hayden, la razón se disolvía como azúcar en el té caliente.

Decidió explorar los límites de la mansión en la penumbra, y pronto encontró, tras la biblioteca, una pequeña habitación oculta. Las paredes estaban cubiertas de espejos antiguos y, en el centro, un arcón. Al abrirlo, emergió una bandada de cartas y, entre ellas, un diario encuadernado en piel, con la inicial “G”. El primer pasaje la heló: “A Isobel, la que siempre retorna.” Y más abajo: “La muerte no es frontera cuando el amor no muere.”

A partir de entonces, Gabriel se apareció cada noche, primero como sombra, luego tomando forma más real. Se sentaba a los pies de la cama o deambulaba por el jardín, dejando siempre tras de sí ese aroma embriagador. Pronto Isobel dejó de temerle. Comenzó a esperarlo, a anhelar el roce de su mirada, el susurro de su voz. El pasado y el presente se entrelazaban en cada encuentro.

Una noche se atrevió a preguntarle: —¿Por qué estoy aquí, Gabriel? ¿Por qué yo y no otra?

Él sonrió, y en su mirada había siglos de desdicha y deseo contenido. —Porque tú eres la otra mitad de mi promesa. Porque, cada generación, la misma sangre busca la misma alma.

Isobel se estremeció al comprender el alcance de ese destino. Una pasión tan antigua que se repetía una y otra vez, con nombres nuevos y cuerpos distintos, pero, en el fondo, el mismo hechizo, la misma condena.

Se dejaron llevar entonces. Al principio, la piel de Isobel palpitaba con la expectativa febril del primer roce invisible. Cuando Gabriel la besó, el mundo se volvió un suspiro suspendido, una llamarada de invierno y verano mezclados. No había piel, ni carne, ni frío. Había solo la entrega; solo el estremecimiento de los límites entre vivos y muertos, entre deseo y realización.

Las noches siguientes fueron un tejido de placeres prohibidos. El mundo diurno se tornó irrelevante: Isobel despertaba tarde, erraba por la casa abstraída, y solo al llegar la noche se sentía de verdad viva, esperando a Gabriel como si estuviera a punto de emerger de una temporada de ausencia.

—No puedo seguir así —murmuó una madrugada, tras un largo beso en el umbral de la biblioteca—. No puedo vivir solo en el sueño y la vigilia.

Gabriel, hincado a sus pies, alzó la cabeza y la miró con la angustia de su eternidad. —Solo hay dos caminos. Uno es el olvido: dejar que el ciclo acabe. Volverás a tu vida hasta la próxima encarnación… Yo volveré a mi condena de espera. El otro es prometer, Isobel. Prometer más allá de la muerte. Cruzar conmigo.

Ella dudó, el miedo erizando su piel, entre el horror a la renuncia y el vértigo de una pasión absoluta. ¿Valía la vida, tal como era, apagada, incompleta, más que aquel abismo de amor inmortal?

Antes del amanecer, Isobel descendió al jardín. Allí la brisa nocturna levantaba los perfumes hasta volverlos casi mensajes. Gabriel la aguardaba, medio en sombra, medio en luz. El silencio se impuso, y ella se sintió desnuda, expuesta en lo más hondo.

—¿Qué se requiere para cruzar? —preguntó, la voz trémula.

Gabriel tomó su rostro entre las manos incorpóreas, que aun así quemaban,—Tu sangre y tu deseo. La entrega total. La aceptación de que nada, ni tu nombre, ni tu recuerdo, ni tu dolor, pertenecerán más al mundo de los vivos. Pero sí tendrás eternidad, conmigo.

El sol comenzaba a aclarar el horizonte. Isobel sintió el pulso de las magnolias y el vibrar de la vida cerrándose tras ella. Y aún así, no tropezó, no dio un paso atrás.

—Prometo —susurró, y al hacerlo lo sintió: el dolor, la exaltación, la caída. Una presión helada y ardiente recorrió su cuerpo, y de pronto ya no tenía frío ni calor; todos los sonidos se agudizaron, el jardín latía como un corazón, y Gabriel, su ángel caído, la envolvía en un abrazo al que nunca más podría renunciar.

Los siglos pasaron para los demás, pero para Isobel y Gabriel Savannah siguió oliendo a magnolias y memoria. A veces, quien pasea bajo las ventanas de la casa Hayden, al caer la tarde, podría oír dos voces entrelazadas; a veces un rumor de risas, otras un suspiro largo como una plegaria. Nadie sabe por cierto de quién se trata, pero todos, alguna vez, sienten que el aire se enciende de súbito y el amor, incluso el imposible, nunca muere donde hay alguien que todavía lo espera.

Copyrights © 2025 Complicidad.es. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.