Portada del relato Destellos en la penumbra
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Fragmento:


—Llevo observándote muchas noches, Alexandra. No tengo puerta ni ventana, sólo la grieta entre tus pensamientos —respondió—. Pero esta noche necesitabas que alguien viniera a buscarte. Así crucé el límite.

Duración: 08:55

Destellos en la penumbra
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Texto de ajuste de pausa.

La noche había caído con una suavidad ominosa sobre el pequeño pueblo de Meadbourne, cubriendo las adoquinadas calles y los jardines rebosantes de lilas con una capa de niebla azulada. Alexandra Woodruff nunca había sentido el paso de la hora con un peso tan palpable como aquel viernes, cuando el reloj del vestíbulo marcó las once y media y la ausencia en su casa fue gritando cada vez más alto. Encendió otra vela, tan sólo por el fuego y no por la luz, y se permitió una mirada breve al retrato familiar encima de la chimenea. No había nadie esperando su regreso, y a la mujer de 32 años, contadora y sensata, le costaba admitir que esa soledad la hacía vulnerable a tentaciones desconocidas.

Se sentó con languidez en la vieja butaca de tapiz añil. El único rastro de sonido provenía del tictac lento del reloj y el revoloteo esporádico del viento que chocaba contra los cristales. Alexandra cerró los ojos y permitió que la inquietud se deslizara bajo su piel, preguntándose por enésima vez por qué no podía dormir, ni leer, ni siquiera escribir ese correo urgente que llevaba aplazando toda la semana. Era un desasosiego visceral. Un presentimiento.

Fue entonces cuando algo, o alguien, arañó sutilmente la frontera entre los mundos a su alrededor. No hubo ruido concreto, pero Alexandra sintió la temperatura caer y luego una caricia invisible en la base de su cuello, como un suspiro caliente y frío a la vez. Abrió los ojos, sobresaltada pero extrañamente sin miedo. En el rincón junto a la ventana, la sombra parecía densificarse, deslizándose hacia la forma de un hombre alto y elegante, cuyos ojos brillaban con un azul imposible, como zafiros iluminados por dentro.

Ella quería gritar, pero ninguna palabra cruzó sus labios. El visitante no daba miedo, pero su presencia era tan ineludible como un eclipse. Él la miró, ladeando la cabeza con una ternura triste.

—¿Por qué lloras, Alexandra? —preguntó, con una voz que sonaba a violonchelo y viento, familiar y remota a la vez.

Ella no sabía que estaba llorando, hasta entonces. Sintió la humedad tibia en su mejilla, y se estremeció; no comprendía cómo aquel hombre conocía su nombre, ni por qué sentía que le pertenecía desde tiempo inmemorial.

—¿Quién eres? —musitó, cuando logró por fin encajar la voz en su garganta— ¿Cómo entraste aquí?

La figura se inclinó, rozando el suelo con la elegancia de un felino. Su sonrisa era aguda, al borde de la tristeza desesperada.

—Llevo observándote muchas noches, Alexandra. No tengo puerta ni ventana, sólo la grieta entre tus pensamientos —respondió—. Pero esta noche necesitabas que alguien viniera a buscarte. Así crucé el límite.

Aquella respuesta rompía las leyes de la lógica, pero algo en el corazón de Alexandra latió tan fuerte que ella se aferró a la butaca para no vacilar. Intentó buscar miedo dentro de sí misma, pero solo halló una chispa de curiosidad peligrosa.

—No tienes cuerpo, ¿verdad? —aventuró, sin apartar la mirada de la silueta azulada.

Él se acercó un paso, y el suelo crujió como si realmente pisara la madera.

—No como tú lo entiendes. Pero puedo sentirte, si me lo permites.

Hubo un silencio viscoso, iluminado sólo por el parpadeo de las velas. Alexandra pensó en todas las historias de fantasmas que había leído en la adolescencia, en la locura de hablar con una figura que podía ser una alucinación o un anuncio de enfermedad. Y, sin embargo, nada de eso tenía importancia ya. Había una necesidad en su interior que gritaba por ser tomada en brazos, no importaba si eran brazos de carne, luz o sombra.

—¿Por qué yo? —susurró.

La figura tocó la repisa de la ventana con una mano larga y translúcida.

—Porque puedes verme. Porque no te has apagado por dentro, a pesar de todo. Y porque esperaba algo de ti, hace mucho tiempo… antes de que nacieras.

El tiempo flotó entre ellos. La casa parecía girar alrededor de ese pequeño núcleo de verdad recién revelada. Alexandra se puso de pie, sintiendo cómo el pulso de la presencia la rodeaba como un abrigo de niebla. Quería tocarlo, descubrir si sus dedos se hundirían en el aire o si sentiría un frío absoluto.

—¿Cuál es tu nombre? Necesito saber cómo llamarte.

Él inclinó la cabeza como si esa pregunta encerrara siglos de espera y alivio.

—Fionn. Así me llamaron la última vez que tuve una voz propia. Fionn para ti, sólo para ti.

Algo se quebró en ella. Tal vez el último vestigio de lógica, tal vez el miedo. Tal vez el cansancio de años de desencuentro, de noches repitiendo rutinas vacías. Alexandra se acercó hasta quedar frente a él, tan cerca que su piel sintió el escalofrío delicioso de su aura.

—¿Estás... muerto? —susurró, mordiéndose los labios.

Fionn sonrió. No era una sonrisa humana, no del todo. Había eternidades y melancolía en ese gesto.

—He muerto y vuelto a nacer tantas veces que olvidé cómo se sentía respirar. Pero esta noche, si me lo permites, quiero recordar cómo era sentir —dijo.

No hubo necesidad de más palabras. Alexandra levantó la mano y, con una valentía que nunca había sospechado, la acercó al rostro de su visitante. La sensación fue vertiginosa: un cosquilleo que era placer y dolor, filoso y vestido de seda. Fionn entrecerró los ojos, y Alexandra notó cómo su propio pulso se acompasaba con el ritmo lento y profundo de esa presencia.

—¿Esto es real… o estoy soñando? —preguntó, aunque en el fondo ya no importaba.

—Es ambos. Lo es todo y nada. Pero aquí, ahora, somos sólo tú y yo —murmuró Fionn.

La quietud palpitó entre ellos, y entonces Alexandra sintió algo más: una oleada de recuerdos que no eran suyos. Un castillo entre brumas, un jardín envenenado de nostalgia, risas bajo la luna y el sabor de unos labios mil veces olvidados. Era como si una parte de ella fuera muy antigua y reconociera en la figura ante sí algo perdido y esencial.

Se dejaron caer en el sillón, y Fionn la abrazó, no como un espectro, sino como un hombre hecho de noche y deseo. Sus caricias eran suaves al principio, etéreas. Pero Alexandra, presa de una urgencia inexplicable, pidió más, y él la cubrió con su cuerpo y su energía.

El acto de amarse con un ser que no era totalmente humano era distinto a cualquier experiencia. Había besos y caricias, sí, pero también vibraciones, espirales de luz y recuerdos compartidos. Alexandra sintió que cada vez que Fionn la tocaba, despertaba lugares dormidos en su piel y en su memoria, como si a través de ese contacto experimentara vidas pasadas, caricias olvidadas, juramentos antiguos.

En medio del éxtasis, una pregunta la atravesó como un relámpago:

—¿Por qué vuelves ahora?

Fionn apretó sus caderas, sumando deseo al misterio. Sus labios rozaron su cuello, dejando un fuego imposible ahí donde la piel era más vulnerable.

—Porque este es el turno en que puedes salvarme —susurró, y la frase la quemó hasta los huesos.

Durante un tiempo que no fue tiempo, se olvidaron de todo lo demás. Alexandra sintió cómo su energía se mezclaba con la de él, cómo recorría parajes de su ser a los que jamás había permitido acceso. El orgasmo llegó como un rayo que la envolvió de pies a cabeza, y Fionn brilló a su alrededor, como si ambos se hubieran fundido en un solo ser hecho de carne y cosmos.

Después, la casa volvió a la penumbra habitual, sólo que esta vez Alexandra notó que la niebla en los cristales tenía un brillo azulado que no era de este mundo. Se quedaron abrazados, y ella no pudo evitar preguntar:

—¿Significa esto que siempre estarás conmigo?

Fionn acarició su cabello con dedos luminosos.

—No exactamente. Cada vez que me necesites, aquí estaré, si me llamas desde el rincón más profundo de tu noche. Pero cada visita nos acerca más al final de mi ciclo… y cuando llegue, tendrás que decidir si me dejas ir o vienes conmigo.

Un temblor la recorrió; no era temor. Era la certeza de un amor que rebasaba la muerte, el tiempo y cualquier frontera.

—¿Y si no sé cuándo decidir? —preguntó con voz apagada.

Fionn sonrió.

—Cuando uno ama así, Alexandra, la decisión es lo menos importante. Es el viaje lo que importa, no el destino.

El alba asomó finalmente por las cortinas, tímida y gris. Alexandra supo que, en adelante, la vida sería una danza entre el mundo tangible y el otro, ese reino donde los amores no tienen piel pero sí eternidad. Se levantó, sintiendo a Fionn todavía enredado en su aura.

La rutina la llamó: preparó café, envió correos, saludó con una sonrisa más plena a sus compañeros de contaduría. Pero esa tarde, al regresar a casa, puso una vela nueva en la ventana, como una invitación y una promesa.

La expectativa era temblor de deseo y de fe. Porque a partir de entonces, Alexandra supo que su verdadero hogar estaba en la penumbra compartida y en la certeza radiante del amor más allá de la carne, el amor que, por fin, le otorgó una eternidad palpable en cada noche y en cada huella invisible que Fionn dejaba sobre su piel.

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