Portada del relato Entre Sombras y Promesas
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Fragmento:


El viento sacudió las cortinas – no era común en una primavera tan benigna. Pero nada era común en la heredad Ashcroft, nada desde que el primero de los suyos, según decían, pactó algo más antiguo que el propio linaje. Evelyn apretó la invitación entre los dedos, siguiendo con la yema la firma al pie: Lord Henry Ashcroft. Pronto, será tu esposo, susurraba la voz en la esquina de su mente.

Duración: 09:42

Entre Sombras y Promesas
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Texto de ajuste de pausa.

***

El crepúsculo abrazaba la vieja mansión Ashcroft, tallando largas sombras en los mármoles fríos mientras la niebla iba sepultando los jardines en un gris imposible. Evelyn alzó el rostro hacia la ventana, permitiéndose un momento más observar la silueta retorcida de las higueras. Pronto volvería a verlas cada noche: el acuerdo se sellaría esa misma semana, y entonces, sería una Ashcroft, siempre y para siempre.

El viento sacudió las cortinas – no era común en una primavera tan benigna. Pero nada era común en la heredad Ashcroft, nada desde que el primero de los suyos, según decían, pactó algo más antiguo que el propio linaje. Evelyn apretó la invitación entre los dedos, siguiendo con la yema la firma al pie: Lord Henry Ashcroft. Pronto, será tu esposo, susurraba la voz en la esquina de su mente.

"Deberías sentirte afortunada", le había dicho su madre la tarde anterior, con la sonrisa pétrea tras la copa de jerez. "El apellido Ashcroft es una bendición." Pero Evelyn solo sentía un temblor que no era de frío, ni siquiera del miedo habitual a lo desconocido, sino de una certeza larvada: la de estar a punto de perderse en una corriente imposible de resistir.

Fue por eso que se atrevió a salir a los jardines esa noche. Nadie la detuvo –todos estaban ocupados con los preparativos para el enlace, desde los criados a la prima Grace, que había venido desde el sur sólo para verla enfundada en satén color burdeos, “como corresponde a la futura señora Ashcroft”. Evelyn cruzó el sendero tapizado de trebol, ignorando el frufrú de su falda. Bajo la higuera más vieja, la voz se abrió paso entre la niebla.

“Estás demasiado lejos de la casa, señorita.” Grave: una advertencia. Familiar y no por ello menos inquietante.

Evelyn frenó el impulso de huir y mantuvo la frente en alto, obligándose a no mostrar la inquietud.

“Es mi jardín. ¿No puedo pasear por él antes de que… antes de mañana?”

De entre la bruma emergió Henry Ashcroft, sombrío, vestido de negro. Miraba a Evelyn con ojos que parecían diferentes de los de la tarde –más oscuros, anfitriones de una sombra imposible.

“Tienes razón. Mañana será todo tuyo. Pero esta noche… sólo puedo recomendarte prudencia.”

“¿Por qué?” preguntó Evelyn, bajando la voz a un suspiro. “¿Por los cuentos de fantasma? ¿O porque usted y yo nos veremos obligados a compartir más que jardines?”

La pregunta se derramó como un veneno suave, pero Henry no vaciló.

“Ambos argumentos tienen parte de verdad. Pero lo más peligroso no siempre camina con cadenas ni viste de blanco. ¿Sabes, Evelyn? Algunas promesas pesan más que cualquier matrimonio impuesto.”

Un temblor recorrió la columna de Evelyn, aunque sus pies la mantuvieron fija, sostenida por cierta rebeldía recién nacida.

“¿Las promesas de quién, Lord Ashcroft? Me gustaría creer que no será usted uno de esos maridos que arreglan sus asuntos en la oscuridad y esperan que su esposa cierre los ojos.”

Henry se acercó, sin prisas. La forma en que la distancia se acortaba entre ellos tenía la gravedad de un eclipse. Cuando se detuvo, tan cerca que Evelyn pudo contar las líneas de amargura en su comisura, inclinó la cabeza.

“No soy tan ingenuo como para prometerte amabilidad. Pero has de saber que el apellido Ashcroft necesita algo más que sangre: requiere lealtad. Y sacrificio.”

Una palabra que era semilla y maldición, resonando en los genes y en la carne. Evelyn la saboreó, sin rechazarla.

“Entonces, mañana estaré a la altura”, susurró, desafiándolo.

Los ojos de Henry se entrecerraron, evaluándola como un curioso espécimen recién llegado.

“Espero que así sea. Porque, si te alejas del jardín esta noche, lo que está al acecho podría no respetar el lazo aún no sellado.”

En ese instante, el viento trajo un aroma a tierra removida y a lilas marchitas. Evelyn sintió que la observaban, pero la mirada de Henry era más hipnótica que cualquier sombra.

***

A la mañana siguiente, la mansión despertó envuelta en niebla. El aire estaba espeso, la tensión cortaba como cuchillo incluso entre los criados más experimentados. Las flores llegaban por docenas, cubriendo hasta el último rincón. La pianista ensayaba fragmentos de Vivaldi, rompiendo la quietud con escalas nerviosas. Nadie parecía notar la forma en que el reloj marcaba los minutos, tensando cada campanada como un presagio.

En su habitación, Evelyn permitió que Grace la vistiera y peinara. Se miró en el espejo, la piel pálida bajo el satén.

“¿De verdad quieres hacerlo?” murmuró Grace, sin levantar la vista de los broches que abotonaba en la nuca.

“No hay elección. Su linaje necesita el nuestro. Y hay cosas peores que casarse con un hombre atractivo y oscuro.”

Grace sonrió con tristeza.

“No te confíes. Los Ashcroft nunca renuncian a nada sin pelear.”

Evelyn bajó la escalera con el corazón latiendo tan fuerte que pensó que despertaría a los retratos. La ceremonia fue breve, entonada con una solemnidad antigua: un sacerdote vestido de negro, palabras que no reconocía, un anillo frío como una noche sin luna. Henry la miraba, y los dedos de Evelyn temblaron en su mano sólo un instante. Cuando el momento llegó, él inclinó la cabeza y presionó un beso en su frente, sellando no sólo un matrimonio, sino un conjuro antiguo como la tierra.

***

No hubo fiesta; el aire era demasiado denso y los criados demasiado asustados para el bullicio. Los esposos cenaron juntos, apenas probando bocado. Evelyn observó a Henry a través de las velas derretidas, la sombra de la barba oscureciendo aún más sus facciones.

“¿Y ahora qué?” preguntó ella, eligiendo por fin lanzarse al fuego.

“Ahora, eres mi esposa. Y eres Ashcroft.”

Evelyn giró la copa de vino entre los dedos.

“No me has contado aún qué significa ese peso.”

Henry suspiró, extendiendo la mano hasta tocar la suya. La electricidad del contacto la sacudió, más profunda de lo esperado.

“¿Puedes sentirlo, Evelyn? Ahora eres parte del lazo. Ashcroft sobrevive porque los suyos ofrecen algo a cambio. Hace siglos, el primer Ashcroft pactó con aquello que acecha más allá de la bruma: un ente que protege la casa a cambio de sangre Ashcroft –de amor, si acaso es posible.”

La incredulidad se asomó a sus ojos, pero Henry no bromeaba.

“¿Y ese… ente también me quiere a mí?”

“Te quiere, te necesita. Y si tú me rechazas, Evelyn, la casa pagará con sus vidas.”

Henry bajó la voz hasta el susurro.

“Ya no tienes escapatoria. O aceptas tu destino o lo destruyes todo.”

Pero Evelyn no era una niña asustada.

“¿Y tú? ¿Lo aceptas?”

Los ojos de Henry titubearon, por primera vez.

“Yo… lucho, cada noche. El lazo se alimenta de lo que siento por ti, de lo que tú me entregues. Si me odias, puede volverse en mi contra.”

Un vértigo asombroso anidó en el pecho de Evelyn.

“¿Entregarme significa más que el sacrificio físico?”

Henry se cerró un momento, los labios apretados.

“Significa entregarte de verdad, Evelyn. El ente puede ser nuestro enemigo… o nuestro aliado. Pero sólo si compartimos algo más fuerte que el miedo.”

Evelyn retiró la mano con delicadeza.

“Entonces, dime la verdad. ¿Alguna vez has amado antes?”

Henry apartó la vista, sus palabras irónicas.

“No. Jamás creí en el amor. Pero tampoco creía en demonios hasta que los Ashcroft dejaron de morir de viejo.”

Silencio. Sólo la tormenta golpeando a las ventanas.

“¿Y yo debería amarte?” preguntó, tan baja que ni el viento sería capaz de robárselo.

“Deberías intentarlo. O fingirlo. Si lo consigues, todo será distinto.”

Evelyn lo miró largo rato. Él la deseaba: desde el miedo, desde la pasión apenas controlada. Y ella, tan incompleta, sentía una curiosidad despiadada creciendo en su interior.

“Entonces, muéstrame la casa”, susurró al final. “Y muéstrame el lazo.”

***

Aquella noche no durmieron. Recorrieron juntos los pasillos, Henry explicando los retratos, los objetos escondidos, los rincones donde los Ashcroft de otras generaciones dejaron signos secretos. Cada habitación era una promesa de algo más oscuro, más antiguo. En el ático, entre libros cubiertos de polvo y una ventana insomne, se encontraban las cartas: amor y guerra, óleo y piel.

Por fin, en la vieja biblioteca, Henry tomó la mano de Evelyn y la llevó al rincón donde una runa antigua estaba tallada en la pared.

“Pon tu mano aquí.”

Lo hizo. La piedra ardió contra su palma, el pulso del lazo vibrando bajo la piel.

“La casa lo sabe”, murmuró Henry.

En ese instante, la sombra que los vigilaba desde siempre cedió. Evelyn sintió un golpe seco en el pecho: una oleada de deseo y terror mezclados. Los labios de Henry buscaron los suyos –por primera vez sin imposición, sólo una súplica muda de ayuda– y Evelyn respondió, abriéndose en un beso cargado de promesas.

La noche, finalmente, fue suya. Lo que compartieron fue antiguo y recién nacido, un matrimonio de carne y misterio, y el lazo, famélico durante tanto tiempo, chilló luego en gratitud silenciosa.

***

Al despertar, la niebla había cedido. La luz se filtraba por las ventanas con nuevos matices, como si la mansión celebrara. Henry dormía junto a ella, más humano de lo que jamás le pareció. Evelyn besó su mejilla y, al hacerlo, supo que ya no había retorno. El sacrificio no era una condena –era la única promesa capaz de doblegar a la oscuridad.

Las sombras seguirían aguardando, y el lazo nunca dejaría de exigir. Pero mientras los labios de Henry pronunciaran su nombre entre sueños, Evelyn sospechó –y por primera vez creyó– que incluso la noche más inexpugnable podía ser domada por una promesa de amor.

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