El viento ululaba entre los setos de boj mientras Beatrice rozaba los pomos de bronce con la punta de los dedos. La casa en la colina, con sus puertas siempre entreabiertas y alfombras gastadas por los pasos del tiempo, la había reclamado desde el primer momento, como si sus paredes susurraran su nombre en cada rincón oscuro. Esta noche, sin embargo, el aire vibraba de un modo distinto, y Beatrice sintió, antes de cruzar el vestíbulo en penumbra, que no estaba sola.
Había llegado a Greymoor como institutriz de los nietos del difunto Lord Delaney, sin otro bagaje que sus libros y una memoria fresca de penas recientes. La tristeza, pensaba, le convenía; la mantenía a salvo de esperanzas peligrosas. Pero en aquel lugar, el dolor era una presencia indistinguible del humo de la leña húmeda. La anciana señora Oakridge, ama de llaves, eraboceaba historias en susurros: niños escuchando risas invisibles, gatos que huían de habitaciones vacías, ventanas que nunca cerraban bien.
Sin embargo, la visita no anunciada del huésped nocturno comenzó una tarde de junio, cuando Beatrice preparaba lecciones en la biblioteca y una ráfaga helada hizo caer de improviso un libro de esoterismo de la repisa superior. Sombría, con letras doradas, la portada parecía una invitación: El corazón velado. Cuando se agachó a recogerlo, notó un inconfundible aroma a sándalo, dulce y provocador, emergiendo del aire pesado y estancado.
Una silueta se reflejó entonces en el cristal de la ventana. No, pensó, aquí nadie ronda estas habitaciones sino los seres vivos y los que no saben aún que han partido. Pero la sombra era distinta; alta, erguida, varonil. Tan pronto como giró la cabeza, fue como si la figura desvanecida la hubiera sentido, dejándole solamente una estela de perfume y una agitación difícil de catalogar.
La noche cayó temprana, y la neblina convirtió el jardín en una extensión fantasmal. Beatrice, incapaz de liberar su mente del recuerdo del visitante sin rostro, se sentó a escribir junto al fuego. Las palabras fluían oscuras, cargadas de imágenes de abrazos en la penumbra y de promesas rotas por el tiempo.
Alrededor de las once, cuando el reloj comenzó sus solitarios martillazos, la puerta crujió. Una figura se deslizó en la estancia. No caminó, apenas parecía mover el aire a su paso. La sensación era extrañamente íntima; calor y escalofrío a la vez. Beatrice permaneció quieta, reconociendo que el miedo era menos poderoso que el deseo de saber.
—No temas —dijo una voz, grave y aterciopelada, impregnada de un acento curioso—. No vine para asustarte.
Ella percibió un fulgor plateado en la penumbra. El visitante era pálido, pero vivo, con ojos de un gris tan profundo que parecían hechos de bruma. Se sentó frente a ella, casi tocando el respaldo del sofá. Su ropa, de otra era, aún podía distinguirse bajo las transparencias sutiles de su figura.
—Nunca se siente el frío aquí —dijo Beatrice, con un valor que no sabía que poseía—, hasta que uno está cerca suyo.
Una leve sonrisa curvó los labios del extraño.
—He aguardado muchos años para que alguien escuche mi voz —confesó—. Sólo algunos la perciben. A veces, solo cuando el corazón está lo suficientemente dolido como para escuchar lo invisible.
Beatrice sintió en la boca del estómago una especie de alivio, como si su soledad encontrara un eco inesperado. Algo en aquel espectro —no podía negárselo ya, era un espectro— hablaba su idioma más secreto.
—¿Quién eres?
—Fui Nathaniel Ashcroft —respondió sin titubear—, tutor, poeta, y amante desafortunado, en este mismo lugar. Murió mi cuerpo, pero no mi deseo.
El fuego chisporroteó. El silencio se volvió pesado, expectante. Nathaniel la miró largamente, y aunque no podía tocarla, ella sintió el roce de unos dedos de humo sobre el dorso de su mano.
—¿Cómo es posible esto?
—El anhelo. El amor, cuando se queda sin destino, busca atajos —susurró él—. A veces, nos niega el olvido, incluso cuando la carne ya no nos pertenece.
Beatrice sintió, contra toda razón, el impulso de inclinarse hacia él. El corazón golpeaba en sus costillas como un tambor antiguo.
—¿Me visitas sólo a mí?
Nathaniel asintió, la mirada enredada en la suya.
Durante semanas, cada noche, Nathaniel acudía. Sus conversaciones iban del arte a la desesperación, del recuerdo a la confesión. No necesitaban palabras para entender cuándo uno deseaba ocupar el silencio del otro. Y, con los días, la frontera entre el deseo y la resignación se fue disolviendo, como la luz en el amanecer.
Una noche, el anhelo de Beatrice la sobrepasó. Le tendió la mano, no esperando sentir más que el aire nocturno, pero una calidez repentina le rodeó los dedos, y una presión delicada —casi carnal— la estremeció. Jadeó suavemente.
—¿Puedes sentirme?
—En este umbral, sí —dijo Nathaniel—. Sólo cuando tu corazón está lo bastante abierto. Aquí, entre la vigilia y el sueño, sólo aquí.
La tensión de lo prohibido llenó la habitación. Nathaniel se había tornado más visible, luz y sombra modelando su perfil, tocando su cabello. Se inclinó hacia ella, y donde su aliento habría rozado su mejilla, Beatrice sintió una corriente eléctrica, un susurro de deseo. Cerró los ojos, la boca entreabierta.
Le habló de la mujer a la que amó en vida, una institutriz también, de ojos claros y carcajada tímida. Le habló de cómo murió en los brazos de otro, de cómo el rencor lo ató a esas habitaciones junto con su amor inconcluso.
—No quiero atarte del modo en que yo fui atado —susurró Nathaniel—. Quiero que vivas, que puedas amar también bajo el sol, no sólo en mis noches prestadas.
Pero Beatrice, cada vez más atrapada por aquel deseo brumoso, se despojaba de ataduras racionales. El límite de la carne, su pérdida, era una novedad para ambos. Nathaniel empezó a ocupar más horas con ella. Al principio, la casa lo toleró, como si el cumplimiento del deseo que la retuvo tantos años fuera redentor, pero pronto el aire se volvió viciado, la temperatura descendió, los niños lloraron dormidos, y la señora Oakridge se persignó antes de cruzar la biblioteca.
Beatrice, sin embargo, estaba dispuesta a renunciar a la luz de la sangre por las sombras de Nathaniel. El “extraño” era ahora su más profunda intimidad, el fuego bajo la superficie fría de su piel.
Una madrugada en la que el cielo se abría en relámpagos, Nathaniel acudió bañado de luna. Beatrice corrió hacia él, encontrando que la distancia se deshacía entre sus cuerpos: el suyo más etéreo que antes, el de Nathaniel más tangible. Se buscaron, labios casi rozando, y tras un instante sin latido, se besaron: fue calidez, fue frío, sed y saciedad a la vez; fue el mundo desgarrándose y rehaciéndose alrededor del vértice en donde sólo existían la una y el otro.
Luego vino el sueño. Beatrice se despertó enlazada a la bata, sola, pero con la impronta violenta de un amor hecho de niebla y deseo. Los días siguientes fueron confusos; en la casa ocurrían fenómenos inexplicables: objetos moviéndose, relojes parándose, los suyos esquivos y huraños. Se sentía desbordada, arrancada de sí misma.
Hasta que una noche Nathaniel no vino.
Beatrice se consumía en vigilia, aguardándole. Cuando la desesperación fue insoportable, bajó a los jardines, balanceándose en la difusa frontera de la locura.
Y allí, entre los rosales helados y las estatuas rotas, Nathaniel la aguardaba. Se arrodilló a su lado, con la piel bañada de rocío y el cuerpo cada vez más indistinto.
—Debo irme —confesó—. Has despertado en mí la última luz, y ahora puedo cruzar. Si quedo, el lugar te irá devorando también a ti. Debes amar en el mundo de los vivos, Beatrice. No te sacrifiques.
La besó una vez más. El mundo titiló. Sintió en la boca el sabor metálico de la ausencia. Nathaniel desapareció en la brisa, la sensación de sus dedos apenas sobrevivió bajo la piel.
No hubo palabras que consolaran la mañana siguiente. La casa, vacía por completo de lo supernatural, parecía un cascarón antiguo. Pero Beatrice comprendió, quizá por vez primera, el privilegio del deseo y el dolor: ambos sólo existen donde la esperanza aún batalla.
Volvió la primavera. Beatrice veló sus días con la memoria de Nathaniel como un perfume imposible, un roce de terciopelo junto al corazón. Años después, aún sentía, en las noches de tormenta eléctrica o en los atardeceres de niebla, una presencia junto a la cabecera, una ternura reserva y cálida. Aceptó compañía de hombres vivos, recorrió otras casas, llegó incluso a reír de nuevo. No buscó la felicidad más allá de lo que la carne podía otorgar, pero tampoco la negó si se asomaba, cauta, como una sombra en la escalera.
Porque nada, ni los haces de la luna ni las paredes susurrantes, ni un beso de seda entre el sueño y la vigilia, ni el beso de un hombre hecho de bruma, es más extraño o más real que el deseo de amar aun cuando parece imposible.
Beatrice, tras mucho tiempo, aprendió la lección más secreta de Greymoor: que incluso los extraños, a veces, sólo están buscando quién los escuche y los ame lo suficiente para poder, por fin, dejarse ir.
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