Portada del relato El Refugio de las Sombras
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Fragmento:


—¿Por qué estás aquí? —preguntó, aunque el corazón le latía de miedo y deseo.

Duración: 10:21

El Refugio de las Sombras
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Texto de ajuste de pausa.

La niebla se alzaba densa sobre las colinas de Willow Creek, vistiendo de seda los álamos que custodiaban la vieja mansión Holloway. Era una noche como cualquier otra –pegajosa con la promesa de lluvia, perfumada con la amenaza de tormenta– y sin embargo, alguien, o algo, aguardaba en la penumbra, tan invisible y adictivo como el deseo reprimido. En el tercer piso, tras un ventanal empañado de dedos e ilusiones, Lía Carmichael suponía que nunca volvería a creer en los fantasmas. Pero, por los susurros en su oído y la presión invisible en sus caderas… se preguntaba si tal vez, solo tal vez, estaba equivocada.

Minutos antes, Lía había estado escribiendo frente al escritorio herencia de su abuela, esforzándose por terminar otro capítulo de su novela gótica. La tormenta lo había hecho imposible: entre el golpeteo hipnótico de la lluvia y las sombras que danzaban con rabia en el corredor, ni siquiera una escritora de fantasmas podía concentrarse. Sus pensamientos vagaban hacia el pasado, a la primera noche en la mansión, cuando creyó oír una música espectral enroscándose en los corredores como la caricia anticipada de un amante.

Habría huido entonces, si su vida no dependiera de este encierro. Su esposo había muerto hacía seis meses. Dos semanas después, perdió su empleo en la editorial. Agobiada por deudas y obligaciones, regresó a la mansión familiar, esperando encontrar silencio y orden… pero al parecer, encontró algo (¿alguien?) mucho más inquietante.

La luz parpadeó y se apagó con un suspiro de la tormenta. Lía se abrazó los brazos, tan tensos como cuerdas de violín, intentando convencerse de que los escalofríos en su nuca no eran más que el resultado del clima y la soledad. Pero cuando el reloj marcó la medianoche exacta, una corriente de aire helado erizó su piel y, por primera vez, oyó claramente una voz. Era baja, casi un murmullo, y tan cargada de añoranza que un estremecimiento la recorrió de pies a cabeza.

—Liánya…

No era inglés lo que pronunciaba, pero ella comprendió el sentido: “Ven.” Se giró en la silla y, al otro lado del sofá, la figura de un hombre emergió de la niebla, trazada en plateado por la luz débil de un relámpago lejano. Unos ojos de un gris imposible brillaban desde el fondo de su rostro, como las gemas de una corona sin reina. El nombre llegó a ella en un relámpago de intuición.

—Elias —susurró.

Años atrás, la abuela le había contado historias sobre Elias Holloway, el primer amor de la doncella que inspiró la construcción de la mansión. Dicen que Elias desapareció antes de la boda, prometiendo regresar a por su amada antes de la siguiente luna nueva. No volvió jamás… al menos no en forma que pudiera tocarse o besarse. Se rumoraba que su amor era tan intenso que la muerte misma no pudo separarlo del lugar donde amó y fue amado por última vez.

Él levantó la mano, la palma temblando como una hoja a punto de caer. Los vacíos de su historia –aquellos que ni el tiempo ni la bruma pudieron rellenar– quedaron suspendidos en el aire. Lía sintió la tentación de retroceder, pero también un impulso más fuerte de avanzar, de acercarse y desentrañar el secreto que entretejía al fantasma y la mansión.

—¿Por qué estás aquí? —preguntó, aunque el corazón le latía de miedo y deseo.

Elias inclinó la cabeza; el cabello oscuro tangencialmente rozaba sus mejillas. —Te has llevado algo —respondió, y su voz era al mismo tiempo trueno y arrullo—. Mi historia quedó inconclusa. Tú puedes devolverme lo que me fue arrebatado.

Sus palabras parecían moverse en la piel de Lía, arrancando sensaciones dulces y peligrosas; la clase de sentimientos que, en tiempos más convencionales e iluminados, le habrían valido la condena de histeria femenina. Pero ahora, en medio de las sombras, quería preguntarle cómo.

—¿Qué necesitas de mí? —preguntó, notando, con asombro, que no tenía miedo.

—Que me escuches. Que me veas. Que recuerdes que los vivos y los muertos compartimos un mismo deseo —respondió él, su presencia tornando más nítida con cada una de sus palabras.

Lía extendió la mano y, con el roce de sus dedos en el aire, sintió una calidez imposible. Un escalofrío la recorrió, distinto a cualquier otro. Había electricidad. Y había anhelo.

La conversación se prolongó durante varias noches. Entre murmullos y confesiones, entre el deseo reprimido y el roce helado de ese otro mundo, Lía descubrió que Elias era más humano muerto que la mayoría de los hombres vivos que había conocido. Era atormentado y tierno, cautivo de su pasión incumplida, voraz y sensible; la clase de hombre cuyas palabras acariciaban lugares que en ella nadie había tocado desde la muerte de su esposo.

Lo que comenzó como terror se transformó en vigilancia: cada noche, con el crepúsculo, se apresuraba al ventanal, aseada y expectante, sintiendo que los instantes antes del encuentro eran tan emocionantes como el propio clímax de la cita. Elias la aguardaba, sus formas cada vez menos translúcidas, cada vez más corpóreas, como si la fuerza de su deseo le tejiera tejido y sangre nuevos. Lía fantaseaba con lo imposible: ser tocada, poseída, amada por algo –alguien– que no era carne, pero sí pasión.

Una noche, tras una confesión especialmente íntima sobre soñar con sentir amor después de la muerte, Elias la miró largamente con esos ojos tan claros que parecía que pudieran ver a través de su alma.

—¿Me deseas, Lía? —preguntó.

La pregunta la golpeó más allá de la carne. Más allá del pudor. Asintió, primero con pudor, luego con la certeza indudable del ansia. —Te deseo —murmuró, y el eco de sus palabras pareció sellar un hechizo.

En ese instante, la atmósfera se densificó. Elias se acercó, y el tejido entre ambos mundos pareció ceder. Sus labios, helados y dulces, rozaron los de Lía en una caricia etérea que parecía una promesa y una maldición al mismo tiempo.

El frío se volvió calor y la niebla un mar en el que naufragaron. Elias la envolvió en sus brazos, y Lía sintió que era, al fin, deseada entera, alma y cuerpo fusionados con la esencia de un hombre que desafiaba las leyes de la vida y la muerte.

Los días pasaban y ella se volvía cada vez más dependiente de esa presencia. Cada caricia fantasmal, cada palabra susurrada, la ataba más profundamente al hombre espectro. El anhelo crecía, convirtiendo a Lía en una criatura de medianoche, una amante de las sombras, incapaz de imaginar su vida sin Elias.

Pero la realidad (la antigua, la diurna) la llamó una tarde mientras hacía compras en el pueblo. Meredith, la bruja anciana –a la que todos temían y respetaban por igual– la detuvo en la puerta de la farmacia.

—Has estado tocando lo que pertenece al otro lado, niña —la advirtió, con voz rasposa—. El límite es delgado. Uno puede cruzarlo sin retorno.

Lía la miró, desafiando la incomodidad. —¿Por qué temerlo si el otro lado da lo que aquí se me negó?

Meredith le tendió una pequeña bolsita llena de sal y hierbas y la miró de forma tan intensa que hubo un momento en que el tiempo pareció detenerse. —El precio de amar a un espectro puede ser el alma —dijo—. El alma, o la carne.

Esa noche, cuando Elias apareció, Lía percibió en él una energía distinta: melancólica y violenta al mismo tiempo. Después de amarse con la desesperación de quienes saben que no tienen futuro, Elias no la besó como de costumbre. Se quedó a su lado, observando el perfil de su rostro, embriagado de silencio.

—¿Serías capaz de cruzar para mí? —preguntó, su voz como un hilo de humo.

Lía titubeó. El precio del abandono era perderlo para siempre… pero el precio de la entrega podía ser perderse a sí misma. La duda era un veneno: la pasión, su antídoto y condena.

—No sé cómo hacerlo —confesó.

Elias la miró intensamente. —Deja que te guíe. Solo tienes que decirlo. Solo tienes que elegirme.

La mañana llegó para encontrar a Lía exhausta, dividida, con el corazón desgarrado entre la posibilidad de lo imposible y la realidad insípida de su existencia mortal. Durante el día, recorrió la mansión como una sombra, sintiéndose no viva, ni muerta, sino suspendida en una intersección peligrosa. Pensó en el marido al que había perdido y en el hombre del que podía enamorarse más allá de la razón, la lógica, incluso más allá de la vida.

Esa noche, chispeante de tormenta y promesas, halló a Elias esperándola en el mirador, donde el universo parecía más vasto y el tiempo más incierto.

—Elige, Lía —susurró él, a apenas un suspiro de distancia—. Elige el amor o la seguridad.

El viento azotó la mansión, la lluvia tamborileaba en el techo como una ovación lejana. La mano de Lía tembló sobre la de Elias —tibia, corpórea, inexplicablemente real— y en el eco de ese contacto tomó su decisión, rompiendo el silencio con una sola palabra:

—Contigo.

Elias sonrió, y la última frontera se quebró. La sensación fue de vértigo, de vuelo. Lía cayó y ascendió al mismo tiempo, sumergiendo sus sentidos en una vorágine de placer y pavor, perdiendo noción de dónde acababa su cuerpo y dónde comenzaba la esencia de Elias. Sus labios se entrelazaron, sus manos recorrieron territorios olvidados por la carne y redimidos por el alma. Fue un acto de amor y sacrificio, un conjuro de dos mitades incompletas que finalmente se encontraban.

Cuando el amanecer pintó en el horizonte una línea de fuego, Lía no sintió frío. Sonrió, aún envuelta por los brazos de su amante inmortal. Había cruzado el umbral, pagado el precio, cedido el alma a cambio de una eternidad construida de deseo y ternura.

Ahora, recorren juntos los pasillos de la mansión, susurros y promesas entre los pliegues del alba. Lía ya no teme a los fantasmas. Se ha vuelto uno, habitando el umbral entre los mundos, amando y siendo amada.

Los vecinos dicen que en las noches de tormenta se oyen risas y gemidos detrás de los vitrales, susurros que traen consigo el aroma de la pasión inmortal. La mansión Holloway, por fin, ha encontrado descanso. Y en ella, dos almas perdidas han hallado la salvación del amor que todo lo vence, incluso la muerte.

En Willow Creek, cada quien tiene su secreto. El de Lía es el más precioso: el secreto de un deseo tan poderoso que fue capaz de desafiar el tiempo y traicionarse a la muerte, para entregarse, una vez más, en los brazos ardientes del único hombre capaz de amarla hasta el fin de los mundos.

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