La lluvia azotaba los ventanales del despacho en el piso treinta y dos de la Torre Belmont, el sonido acompasado apenas audible entre la sinfonía de teclados, zumbidos de móviles y murmullos de abogados apresurados. La firma Staton & Redgrave era la joya de la ciudad, y era en ese rincón de mármol y vidrio donde Elías Staton, socio y leyenda, reconstruía su vida cada atardecer, mientras el reloj de la pared empujaba él, y todo lo que ocultaba, hacia la oscuridad.
Pero esa noche, mientras los relámpagos tejían oníricos reflejos en docenas de contratos, hubo algo diferente: ese leve descenso de temperatura imposible, que erizaba la piel bajo el más sofisticado de los trajes. Y a Elías, no lo sorprendió. Sabía lo que era: era ella.
Cuando terminó de revisar los permisos de adquisición del puerto, fue hasta el ventanal, copa en mano, dándole la espalda a la ciudad hambrienta. Dejó que el silencio se filtrara, esperando esa presencia acostumbrada que, en lugar de estremecerlo de miedo, lo embriagaba con la promesa de una pasión que pertenecía más a la penumbra que a la luz del día.
—¿No te cansas de vigilarme? —preguntó él, voz grave, cargada de ironía y deseo.
El aire onduló y, como un suspiro de la tormenta, ella apareció. Alta, de piel traslúcida como la porcelana y cabellos oscuros como el asfalto mojado. Llevaba un vestido que parecía hecho de sombras, y la mirada cargada de historias que Elías nunca preguntaría. Lara siempre llegaba así: impalpable e irresistiblemente real, la amante que ningún contrato había podido garantizarle.
—Elías —susurró, y sólo la aparición de su nombre, tan secreto en sus labios, le entumeció el alma—. Eres el único que me habla como si fuera más que un recuerdo.
Él dejó la copa sobre la mesa junto al cristal. Quiso sostenerle la mano, aunque sólo sintiera el frío de lo imposible.
—Esta noche he… sentido algo. ¿Vienes a advertirme, o solo a torturarme?
Lara sonrió y el aire vibró, como si la habitación retuviera un orgasmo contenido. No era una visión cualquiera. Ella estaba atrapada entre dos mundos: uno donde Elías respiraba y luchaba, y otro donde las leyes eran distintas, donde la pasión podía derribar paredes y el tacto quemaba en vez de calmar.
—Tienes una reunión con Gregory Milner a las ocho, ¿verdad? —preguntó ella, deslizándose tras él, tan cerca que podría haber sentido su aliento si las reglas fueran justas.
—No sé cómo lo haces, pero sí —admitió Elías, girando hacia ella—. ¿Tienes alguna sugerencia sobre cómo esquivar sus juicios?
—Gregory no es el problema.
Elías enmarcó sus mejillas, sin encontrarlas más que en el dulce roce del deseo frustrado.
—El problema eres tú. Porque cada vez que llegas, olvido las cláusulas y los artículos y sólo deseo romper todas las reglas, incluso las que mantienen a los fantasmas en su lugar.
—Y sin embargo, temes lo que podemos ser.
Una chispa seca recorrió la habitación. Lara, por primera vez en las tres temporadas que había aparecido ante él, mostró una vulnerabilidad exquisita.
—No está bien que una abogada se enamore de su socio —dijo, con la ironía de quien recita un viejo chiste.
Él rio, bajito.
—Nadie ha dicho que seas mi abogada. Además… los muertos no firman contratos, ¿verdad?
La tensión se construyó, silente pero inevitable. Elías descansó la frente sobre el cristal. Lara flotaba a su izquierda.
—Me pregunto si alguna vez fuiste real —susurró, tembloroso—; si esta pasión existió en algún pasado, o si la estoy inventando entre acuerdos y noches sin dormir.
Lara lo miró, ojos brillando con un anhelo inhumano.
—¿Quieres comprobarlo?
Él asintió y el cuarzo de la mesa vibró. El despacho se desvaneció, y por un instante, Elías se encontró en un lugar imposible: una sala de juntas vacía salvo por la memoria de un jarrón roto y dos copas de cristal sucio. Lara estaba allí, como entonces, dentro de su misma piel y tiempo. Era una noche antigua, una en la que Elías recordaba sólo el sangriento remordimiento del día siguiente.
—Esto fue antes de mi accidente —dijo él, su voz, en ese otro tiempo, joven, ansiosa.
—Yo aún vivía —respondió ella.
Y de repente todo encajó: los ruidos de la fiesta, la música filtrándose como veneno a través de las paredes, la confrontación —y el juego fatal que terminó con Lara precipitándose, como una mariposa quebrada, más allá del límite entre el mundo de los vivos y el de los muertos.
Elías retrocedió, el alma sacudida.
—¿Por qué me llevaste aquí?
—Porque la pasión retiene, Elías. Ni el tiempo ni la culpa pueden borrarla. Y aquí, en esta sala, fue donde nació lo que somos. Y lo que podríamos ser.
Regresaron al despacho, el corte de la memoria apenas mitigado por el zumbido de la ciudad moderna. La copa de vino aún temblaba.
—¿Eso significa…?
—Significa que estamos ligados, como los socios más íntimos. Compartimos un secreto que ninguna sociedad podría encerrar —susurró ella, acercándose hasta que la sensación de frío era deliciosa y atroz—. Nuestro contrato es de otro tipo.
La tormenta se intensificó en el exterior. Las luces de la ciudad parpadeaban, como si también asistieran a la escena.
—¿Qué quieres de mí esta noche, Lara?
Lara, por un segundo, titubeó, los ojos destilando la bruma de años esperando, deseando, odiando el silencio.
—Quiero tocarte como antes, sentir que este momento puede durar más que la lluvia. Quiero que olvides los límites, que seas mi socio en algo más que en la memoria.
Elías cerró los ojos y dejó que el frío la envolviera, que su deseo llenara los huecos que la soledad y la culpa habían reservado en su corazón.
—Enséñame —le pidió.
Y ella, con una risa melancólica, le llevó hasta la mesa, como en aquel recuerdo. El vidrio frío en su espalda, la luz de los faros formando constelaciones sobre su piel. Lara nunca podía tocarlo igual que antes, pero esa noche, la energía de la tormenta, la promesa de la pasión detenida durante años, crearon algo nuevo entre dimensiones. Él sintió su aliento, su roce, como un zumbido subterráneo que reescribía las leyes del deseo.
Todo era más intenso porque podía perderlo en cualquier instante. No había testigos, ni cláusulas de confidencialidad ante el vértigo de esa unión. No había límites humanos ni sobrenaturales. Donde los amantes reales se rendían al cansancio, ellos desafiaron la lógica: él se entregó a su tacto inmaterial, ella se convirtió en mil caricias eléctricas que llenaron su cuerpo, lo desgarraron y reconstruyeron.
Las palabras se evaporaban, la realidad se distorsionaba. El despacho dejó de ser un escenario de negocios y se transformó en altar secreto, en refugio de todo lo que no debía ser nombrado. Elías, antes dueño calculador de la ciudad, se fue desnudando de poder y miedo, entregando sus ambiciones a ese éxtasis paranormal que sólo Lara podía ofrecerle.
—Si esto es un trato, lo acepto —susurró, la voz ronca y temblorosa.
Lara sonrió, esa sonrisa que sólo era para él.
—Es un trato indefinido, Elías. Mientras la culpa te ate, yo regresaré.
Elías supo entonces que no había salida. Ni el éxito, ni las mujeres de carne y hueso en cócteles exclusivos, ni los premios, ni el whisky caro, podrían ofrecerle lo que este pacto hacía: un amor condenado, feroz precisamente porque era imposible, porque florecía en el terreno prohibido de los socios malditos.
La tormenta amainó y, con un susurro, Lara se desvaneció. Pero en su piel, bajo la camisa mojada y sudada de deseo, el eco de su toque permaneció.
Al amanecer, Elías observó cómo la ciudad volvía a latir. Revisó su agenda: la cita con Milner, el informe por entregar. Hombres mortales con problemas mortales. Pero, bajo la superficie, algo había cambiado. En cada superficie pulida, vio reflejada la sombra de Lara. Y supo que, cada noche, mientras la culpa y el deseo gobernaran su vida, ella sería su única socia verdadera, el único amor que las leyes del hombre jamás podrían abolir.
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