Fragmento:
—Hace años, cuando apenas sabías leer, solías escaparte al desván con un cuaderno y un tintero. Allí me descubriste por primera vez; en los silencios. Quizá nunca llegaste a verme, pero siempre escuchaste mis pasos cuando el insomnio te besaba la frente. Yo era tu consuelo. Ahora, soy la otra cara de tus desvelos.
Duración: 10:03
La tormenta había cedido finalmente, y en la casa antigua de la colina, Melina recorría la galería a ciegas, guiada por los resplandores trémulos de un fuego que apenas sobrevivía en la chimenea. Afuera, las gotas resbalaban por las ventanas y hacían coro a sus pensamientos intranquilos. En algún lugar dentro de sí, Melina sentía que la noche traía consigo algo más denso que el agua: una promesa no pronunciada, quizás un susurro desvanecido entre paredes manchadas por el tiempo.
Desde hacía semanas, ella habitaba la casa de sus abuelos recién fallecidos. Entre fotos de bodas en sepia y cartas guardadas en cofres polvorientos, se había instalado al margen de su propia vida, como si sólo se animara a existir a través del eco de otros. Pero el día anterior, justo al despertar tras una siesta, se topó con el primero de los sobres: sobre la comoda, un pequeño paquete envuelto en papel gris, sin remitente ni nota. Su corazón titiló entre la curiosidad y el temor. Rompió el papel y encontró dentro una pluma antigua, de esas con las que solo los poetas y los enamorados del pasado escribirían cartas.
Ahora, avanzando entre las habitaciones que olían a madera y nostalgia, recordaba la calidez inquietante de la pluma, y el modo en que había sentido un estremecimiento en el pulso al tocarla. No era simplemente un objeto abandonado; era un mensaje, un puente erigido desde lo invisible hacia ella.
La noche continuaba espesa, velando cualquier atisbo de luna. Melina decidió encender más velas, dejar que la llama titilara en los espejos hasta colmar la oscuridad. Fue entonces cuando escuchó el crujir de la escalera, un sonido sutil pero indiscutiblemente real. Se detuvo, el pabilo chisporroteó en su mano antes de encender el candelabro. Los pasos descendían desde el desván, lugar que evitaba por la sensación de que allí arriba aún vivían todo tipo de ausencias.
La sombra se detuvo al borde del corredor. Melina sintió la lengua pegajosa contra el paladar, pero reunió valor y avanzó, guiada por una mezcla de deseo y pánico.
Entonces lo vio.
Era un hombre, aunque más bien la idea de uno. Alto, envuelto en una gabardina ajada por los años, con ojos opalescentes que brillaban en la penumbra como si la luz los habitara. Tenía un gesto cansado, la barba de unos días y una tristeza antigua aferrada a sus labios. Lo más perturbador era que Melina no sentía miedo, sino una calidez inexplicable, la sensación de encontrarse ante un rostro que alguna vez se llamó hogar.
—Has recibido mi primer regalo, Melina —dijo él, y la voz reverberó sin eco, acomodándose en la habitación como si ya perteneciera a ella.
Su nombre en labios de aquel extraño vibró por debajo de su piel.
—¿Quién eres? —preguntó ella, esforzándose por no titubear.
—Quizá puedas considerarme un espectro de lo que amaste y perdiste. O quizá, sólo alguien que recuerda por ti cuando no puedes dormir —la sombra sonrió, un gesto que era a la vez ternura y desgarro—. Vine porque esta casa me llama mientras tú velas a tus muertos.
Melina sostuvo la vela frente a ella; la llama tembló, pero no se apagó.
—¿Te conozco?
Él asintió despacio. Avanzó sin ruido, se detuvo a la distancia justa para que su aliento no pudiera rozarla, y sus ojos destilaron una piedad que también era deseo.
—Hace años, cuando apenas sabías leer, solías escaparte al desván con un cuaderno y un tintero. Allí me descubriste por primera vez; en los silencios. Quizá nunca llegaste a verme, pero siempre escuchaste mis pasos cuando el insomnio te besaba la frente. Yo era tu consuelo. Ahora, soy la otra cara de tus desvelos.
La revelación, lejos de aterrorizarla, llenó a Melina de vértigo.
—¿Por qué ahora? —preguntó, con la voz encajada en una brizna de esperanza.
—Porque tu soledad ha alcanzado mi mundo. Porque mi promesa es esta: cada vez que el sueño te rehúya, vendré a recordarte lo que aún puedes amar.
Callaron. Afuera la lluvia amainaba. La sombra recorrió la estancia, admiró los retratos de familia, el reloj detenido sobre la chimenea, la sucesión de pequeños objetos que tejían la memoria doméstica.
—¿Y los regalos? —inquirió Melina, con la súbita conciencia de estar dispuesta a aceptar lo inaudito si eso la salvaba de la tristeza.
La sombra se volvió, los ojos volviéndose ceniza y ámbar.
—Uno por cada noche en vela. Uno por cada madrugada que te resistas a dormir, esperando lo que no vuelve. Si aceptas la pluma, terminarás escribiéndome. Y entonces, cruzaré.
El miedo se aferró otra vez a su costado. ¿Qué significaba “cruzar”? ¿Desde dónde?
Melina apretó el puño alrededor de la vela.
—¿Por qué yo?
El visitante sonrió con ternura rota.
—Porque sólo tú eres capaz de sentir. Porque tu deseo de compañía atraviesa las paredes. Porque mi propio insomnio me condena a existirte cada vez que nombras mi nombre en sueños.
El aire pareció enrarecido; la atmósfera se cargó de electricidad, pero Melina no se movió. Deseaba preguntarle si era real, si era un fantasma, un recuerdo, una fantasía nacida del dolor, pero en cambio, sólo preguntó:
—¿Tienes un nombre?
—Llámame August, como el mes de los días más largos. O llámame simplemente cuando necesites no dormir sola.
La declaración se quedó suspendida entre ellos, densa como el perfume de los nenúfares que Melina solía oler de niña al pie del río.
—¿Y si escribo una carta? ¿Vendrás?
—Vendré. Como ahora, entre los velos de la noche, cuando no hay distancias ni relojes que la recuerden a una que debe despertar.
Sin saber bien por qué, Melina extendió la mano. Sus dedos atravesaron el cuerpo de August, y la sensación fue dulce y helada, como sumergir la piel en neblina matinal. Él se inclinó sin tocarla, pero ella percibió la pulsación de un hambre, de un amor que sólo podía existir en lo imposible.
—La próxima vez que luches contra el sueño, déjame vigilarte —susurró él—. Acepta mis pequeños regalos, porque llevan promesas de regreso.
August comenzó a esfumarse, aunque su forma era aún nítida. Ella quiso detenerlo, pero sólo alcanzó a decir:
—No tardes.
—Nunca duermo —contestó la voz, como un eco mullido, antes de apagarse.
***
En los días que siguieron, Melina se descubrió cambiada. Por las tardes, escribía largas cartas en soledad. Relataba sueños que apenas recordaba, temores que le pesaban más allá de lo consciente, y también deseos que nunca había atrevido a pronunciar. Cada una, cuidadosamente doblada y anudada con una cinta, era depositada junto a la chimenea. Y cada noche, cuando la vigilia la vencía, August reaparecía, trayendo un nuevo obsequio: una ramita de lavanda seca, un mechón de cabello rubio (de quién, nunca supo), un reloj de bolsillo con las manecillas detenidas a las tres de la madrugada. Todos objetos impregnados de otras vidas, de historias que August le susurraba en voz baja mientras ella temblaba entre las sábanas, debatiéndose entre el miedo y el gozo de no dormir sola.
Una noche, August se sentó a los pies de su cama, la mirada profunda, los labios trémulos de palabras.
—¿Por qué no puedes descansar? —preguntó Melina, atenta al parpadeo de la luna tras los visillos.
—Porque cada regalo que te ofrezco me ata más a tu mundo. Porque el insomnio, aquí y allá, es moneda de cambio entre vivos y muertos, y yo he perdido el derecho al descanso.
Melina se incorporó, la piel erizada por la promesa oscura de aquel vínculo.
—¿Qué pasa si dejo de recibir tus regalos?
August la miró, intenso y súplice.
—Entonces dejarás de recordarme, y yo seré sólo un rumor. Mi condena es permanecer, pero tuya es la elección: puedes seguir durmiendo conmigo en este umbral, o puedes sellar la puerta y dejar que regrese al olvido.
La confesión la hirió, la hizo consciente de que en algún rincón de sí una parte ya no era suya, que August se había colado en los huecos de su corazón como el agua bajo la puerta.
Decidió arriesgarse.
Aquella noche, cuando la sombra se materializó frente a la chimenea, Melina caminó hasta él, dejando caer la última carta.
—Quiero saber cómo es amarte a la luz del día —le dijo, los ojos ciegos de deseo.
August tembló. Tocarle era imposible, pero apenas si rozó una hebra de su cabello, Melina sintió la embestida de una ola fría seguida por un calor inexplicable, como si palpitara sangre que venía de otro tiempo.
—Lo nuestro sólo es posible en el desvelo, Melina. Sólo cuando todo lo demás duerme.
—Entonces, no dormiré jamás —prometió ella, embriagada de imposibilidad.
Y así siguieron: compartiendo noches en las fronteras del sueño, intercambiando regalos que eran juramentos y votos. El mundo, afuera, olvidó a Melina. Los vecinos susurraban que había enloquecido, que ya no salía ni recibía cartas.
Pero ella, cada noche, reconstruía el vínculo en el espacio liminal donde el amor se vuelve infinito —allí donde August aguardaba, con su carga de nostalgia y su ternura de muerto.
Aquella noche en que la vigilia le venció el corazón y se quedó dormida en un rincón del desván mientras escribía, Melina soñó con August bajo la luz dorada del mediodía. Soñó que eran carne y no susurro, que el reloj sobre la chimenea volvía a andar.
Al despertar, sobre su mesilla, encontró una última carta. No estaba atada con cinta, sino sellada con una gota de cera roja. Sus manos temblaron al abrirla; dentro, reconoció la letra impaciente que usaba en la infancia.
Melina,
El último regalo es el despertar:
Si vuelves a dormir de día, me olvidarás. Si alguna vez logras soñar sin desvelo, no vendré más.
Pero si alguna noche decides velar para siempre, en el otro lado de la llama, te estaré esperando.
A.
Su vida de aquel lado se volvió insomnio dulce y esperanza violenta; cada noche, un nuevo despertar, un nuevo umbral, y August la aguardaba con brazos que eran niebla y promesas.
Muchos aseguran que Melina jamás volvió a dormir como antes. Pero los que la vieron desde la ventana, en el reflejo fugaz del cristal, supieron reconocer la verdad: algunos amores sólo se regalan en la vigilia, y otros, simplemente, jamás permiten descansar.
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