Fragmento:
El temor y el deseo libraban en Ariana una batalla silenciosa. La noche en que la tormenta azotó con mayor fiereza, descendió al sótano buscando una vieja lámpara de aceite. La encontró, sí, pero también halló, siguiendo su instinto, una pesada puerta encadenada con un candado herrumbroso. Sintió la caricia de un aire helado cuando la tocó, y la corriente casi apagó la poca luz que quedaba. Decidida, fue por herramientas. Ya no podía, ni quería, mirar atrás.
Duración: 08:41
La lluvia repiqueteaba sobre las tejas envejecidas de la casa Deveraux, disolviendo poco a poco el velo de tierra y polvo que intentaba cubrir su presencia al borde del bosque. Ariana sentía el pecho apretado cada vez que la bruma ascendía por la colina, acariciando la verja de hierro forjado, desdibujando el tiempo y arrastrando consigo los ecos de muchas generaciones de secretos. Llegó a ese lugar con la esperanza de huir de algo mucho más tenebroso que el pasado: una vida vacía de sentido después de la muerte súbita de su hermana, Melody.
El olor a humedad y madera vieja la envolvía mientras pasaba los dedos sobre la barandilla tallada, subiendo las escaleras crujientes. Sabía, con esa certeza extraña que solo poseen las personas marcadas, que la casa no estaba vacía. Había adquirido una presencia: al principio un roce, una brisa helada, una nota de piano apenas imperceptible en medio de la noche. Y, pese a todo, era justo allí donde se sentía menos sola.
Su trabajo como restauradora de antigüedades le había abierto la puerta a esa herencia inexplicable: descubrir que los objetos pueden guardar palpitaciones de vida, remanentes de emociones condensadas, claroscuros que trascienden la lógica. En el estudio, rodeada de cuadros y retratos de desconocidos visiblemente emparentados –ojos almendrados, bocas generosas, una altivez natural en la frente elevada–, encontró aquel diario. La tapa estaba cubierta de polvo, pero el nombre era legible: Theresa Deveraux, 1891.
La penumbra se cernía, pero Ariana, temiendo el despertar de su propia melancolía, se dejó envolver por la tinta levemente difuminada del cuaderno. Las primeras páginas transcurrían con la voz temblorosa de Theresa, una joven encerrada entre las reglas de la sociedad, malcasada con el heredero de la finca, aferrada al consuelo de sus sueños. Allí, en medio de palabras desesperadas, se repetía un nombre: Luc.
Las noches siguientes, Ariana empezó a soñar con él. Primero fue una silueta, luego un rostro: ojos grises, piel inusualmente pálida, labios llenos de una ternura arrebatadora. El sueño era siempre el mismo: caminaban entre los árboles, las manos apenas rozándose, los corazones latiendo al unísono a pesar del tiempo que los separaba. Una vez, la voz de Luc se le filtró como un susurro al oído: “No ignores al umbral, Ariana. Allí nos encontraremos”.
Resistiéndose a la obsesiva llamada de lo inexplicable, la restauradora trató de emplear la razón. Investigó archivos, rastreó genealogías. Descubrió que Lucien Ardoin no figuraba entre la nobleza local. Sin embargo, el registro de muertes extrañas en la finca en 1891 mencionaba a un joven forastero hallado en el bosque, con la piel tan blanca que parecía lechosa, y sin una gota de sangre en el cuerpo. La nota, escrita por el médico del pueblo, recomendaba “no remover la tierra donde fue enterrado, que ningún vivo irrumpa en el sueño de los que desafían el día”.
El temor y el deseo libraban en Ariana una batalla silenciosa. La noche en que la tormenta azotó con mayor fiereza, descendió al sótano buscando una vieja lámpara de aceite. La encontró, sí, pero también halló, siguiendo su instinto, una pesada puerta encadenada con un candado herrumbroso. Sintió la caricia de un aire helado cuando la tocó, y la corriente casi apagó la poca luz que quedaba. Decidida, fue por herramientas. Ya no podía, ni quería, mirar atrás.
Al atravesar el umbral, un frío mistérico la rodó por completo. La estancia era pequeña, casi una cripta; en su centro, un ataúd cubierto de rosas silvestres marchitas. Ariana no dudó. Extendió la mano y rozó la tapa de madera, sintiendo una energía recorrerle el cuerpo, como si toda la vida que le habían robado volviera a aflorar en un solo suspiro. La oscuridad parecía viva ese instante, y de pronto, Luc estuvo frente a ella.
Nada en la experiencia se parecía a sus sueños, salvo la intensidad. Él no era un fantasma. Sus ojos reflejaban humanidad y sufrimiento, y al mismo tiempo, un hambre exquisita y feroz. Luc no intentó hablar. Solo la miró, leyendo su esencia, hasta que Ariana sintió en la garganta el peso de una promesa largamente postergada.
—¿Por qué no has cruzado el umbral antes? —preguntó él, su voz tan grave que la vibración la envolvió, haciéndole estallar el corazón.
—Tenía miedo… De ti. De mí. De lo que significa encontrarte —confesó ella, acercando su palma al rostro perfecto pero herido de Luc.
—Eras tú quien debía venir —murmuró, la sombra de una sonrisa danzando en su boca—. Siempre lo supe, incluso cuando era solo una vibración en mis noches eternas.
La presencia de Luc era abrumadora, física, hermosa de forma imposible. Ariana sintió el tirón de su origen, la llamada de la carne anhelante de otra carne. Sabía, sin completar la pregunta, que él era más que un recuerdo de Theresa. Lo supo cuando él la arropó en sus brazos y la besó, como si el tiempo y la muerte no hubiesen existido jamás, bebiendo de su aliento, de su calor.
El primer contacto fue como una descarga. El roce de la lengua de Luc en su cuello fue embriagador, dulce y salvaje. Un estremecimiento, mitad miedo, mitad deseo, le recorrió el cuerpo. No sintió dolor, solo la súplica de seguir, de abandonarse a la mezcla de anhelo y alivio. En ese instante fugitivo, Ariana se fundió en la naturaleza sobrenatural de Luc, y él en la humanidad renovada de ella.
Cuando despertó, la tormenta había amainado. Luc estaba a su lado, mirándola con un hambre mitigada pero no apagada, el deseo humano resurgiendo en la corriente salvaje de quien ha permanecido siglos atrapado en límites fantasmas. Ariana supo, mientras se estiraba para acariciar su pecho helado y sentir el corazón latiendo de nuevo, que había completado el ciclo; no solo el suyo, sino el de alguna fuerza ancestral que nunca encontró descanso.
Esa noche y las que le siguieron, ambos se entregaron a una intimidad cada vez más profunda, llena de matices imposibles para la piel acostumbrada solo a las certidumbres. Luc la llevaba entre las sombras y la penumbra, la abrazaba, la recorría con la boca y las manos, despertando cada nervio, cada pequeña muerte de placer hasta dejarla temblando con una nueva vida inyectada en la sangre. Ariana le ofrecía su calidez, su risa dolorida, y la ternura casi animal de quien ha entendido que el amor lo es todo o no es nada.
Pero no existía entrega sin peligro. La finca Deveraux arrastraba maldiciones antiguas. Pronto, los rumores despiertos por la luz titilante del estudio, las sombras deslizándose entre las ventanas tras la medianoche, alertaron al pueblo. Una anciana, Eloise, vecina y heredera de resentimientos remotos, tocó a la puerta cuando la luna estaba en su cénit.
—Te vi, Ariana —advirtió, el brillo de sus ojos lleno de compasión y horror—. Él te ha elegido, como a Theresa. Ningún Deveraux sobrevive al amor de un muerto.
—Prefiero no sobrevivir, antes que olvidar cómo se siente estar viva —respondió Ariana, desbordada por una convicción extraña y feroz. No era suya solamente; era de todas las mujeres que, alguna vez, amaron fantasmas.
La última noche, el pueblo marchó con antorchas. Ariana tomó la mano de Luc y corrió, cruzando el salón iluminado solo por la memoria de sus promesas. Las voces afuera invocaban antiguos conjuros, jurando no dejar que “la Bestia” escapara de nuevo.
—Dámelo todo —dijo Luc, su voz un rugido y una súplica—. Rómpeme, libérame, ámame hasta convertir mis sombras en carne.
Ariana se rindió. En el umbral donde los vivos y los muertos se encuentran, lo abrazó con cada palabra, cada gemido, cada surco cálido de sus cuerpos enlazados. Hicieron el amor como si la muerte misma pudiera ser vencida con pasión. En el punto más alto, sintió el pulso de la eternidad abriéndose bajo su piel, y la vida y la muerte bailaron dentro de ella hasta que ambos se desmoronaron, exhalando un “te amo” que borró todos los límites, por fin.
El pueblo no los encontró. Esa mañana, cuando la luz por fin se filtró en las habitaciones renovadas, nadie pisó la finca Deveraux de nuevo. Ariana y Luc desaparecieron entre la niebla, convertidos en la leyenda y el suspiro de todas aquellas almas que, alguna vez, se atrevieron a amar sin que el mundo les otorgara permiso.
Dicen que, cuando la luna es creciente y las rosas se abren en la verja, aún se oyen risas y el crepitar de un fuego invisible a través de las ventanas. Y, sobre todo, cuentan que en esa frontera, entre dos mundos, el amor lo es todo. O no es nada.
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