Portada del relato Bajo el susurro del Eclipse
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Fragmento:


Volvió al dormitorio, se sentó en la cama y, mirando hacia la sombra, alzó la barbilla. Él se deslizó a su lado, con un modo de moverse que no correspondía ni a los vivos ni a los muertos. Rozó su cabello, su nuca, y la piel de Camille se erizó, tiritante de deseo.

Duración: 10:04

Bajo el susurro del Eclipse
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Texto de ajuste de pausa.

La noche era toda promesa, una lenta caída de setiembre cuya brisa olía a lirios podridos y madera húmeda. Camille se asomó al ventanal, sintiendo que su cuerpo vibraba de anticipación, el leve zumbido de la piel bajo el camisón de seda. Allá fuera, el jardín resplandecía bajo el influjo de la luna nueva: la hiedra se elevaba, las rosas silvestres mostraban llagas abiertas, y una corriente subterránea, indefinible, parecía envolverlo todo con la promesa de revelaciones oscuras.

En la casa, reinaba un silencio espeso. Los cuadros antiguos, los tapices, hasta las fibras de las alfombras, parecían haberse acostumbrado al tiempo y a la espera. Camille, sin embargo, aguardaba algo que ninguna presencia física podía llenar. Hacía semanas –no, acaso años, desde el regreso a esa casa de la familia materna, tras la muerte de su exesposo– que por las noches soñaba la misma figura: un hombre de manos pálidas y ojos como brasas apagadas, que se deslizaba desde la penumbra, le tomaba la muñeca con una ternura que quemaba, y susurraba versos en una lengua olvidada, promesas impregnadas de un deseo que bordeaba lo indecible.

La mañana siguiente, despertaba jadeante, los muslos húmedos, el pecho cruzado de un vértigo dulce. Al principio lo había temido; luego, poco a poco, se dejó seducir por su presencia inmaterial. Comenzó a esperarlo. Cambió sábanas, quemó nuevas velas, llenó la casa de música para que robara, con sus apariciones borrosas, un poco del perfume de la vida cotidiana, de la carne.

Esa noche, no obstante, sentía que él llegaría. Se encontraba ese temblor peculiar del aire, ese hambre indefinida en la boca del estómago, la referencia al destino inminente de que hablan solo los cuerpos enamorados o los que van al sacrificio. Se sentó frente al tocador, alisó el camisón blanco, apartó con dedos nerviosos un rizo castaño, y cerró los ojos.

Fue entonces. Al abrirlos de nuevo, no vio su propio reflejo: vio el jardín, visto desde otra dimensión, envuelto en brumas líquidas, un territorio fronterizo donde la realidad se partía. Allí, el hombre la esperaba. Era alto, hermoso con un aura de desolación. El cabello negro, largo y opaco; la piel, lechosa y casi translúcida. Los labios, menos una boca que la apertura de un abismo.

–He venido todas las noches, y cada noche has sabido esperarme –musitó él, sin palabras. Su voz era pensamiento y eco.

–¿Quién eres? –susurró Camille, apretando los muslos entre sí.

–Soy el sueño de tu carne. El que no puede atravesar el umbral si no es invitado.

La joven buscó su reflejo. No encontró nada. La habitación, de golpe, se volvió fría. Bajó de la silla, caminó descalza, siguiendo un rastro invisible hacia el ventanal. El cristal temblaba con la promesa del mundo de él, y la humedad de la noche trepaba por las junturas. Intensificó los sentidos. Podía oler su presencia: la canela sobre tierra arada, el almizcle de las piedras húmedas, un vestigio de sal.

–Esta noche es diferente –pensó, sin articularlo. Y él, como si leyera bajo su piel, se apareció.

No era una aparición efímera. Esta vez la acarició la brisa de su túnica y sintió el roce de sus dedos. La diferencia entre sueño y vigilia fue reducida a polvo. Camille supo, con una certidumbre súbita, que si decía “sí”, él podría cruzar, dejar de ser solo un fragmento de la noche y volverse materia ardiente. Y también ocurrió algo más: el miedo colisionó con un hambre más hondo.

Volvió al dormitorio, se sentó en la cama y, mirando hacia la sombra, alzó la barbilla. Él se deslizó a su lado, con un modo de moverse que no correspondía ni a los vivos ni a los muertos. Rozó su cabello, su nuca, y la piel de Camille se erizó, tiritante de deseo.

–Puedo amarte– murmuró la voz. –Pero tendrás que cederme algo de ti.

–Toma lo que quieras –susurró ella, la respiración entrecortada–. Solo no me dejes esta vez.

Los dedos inmateriales del amante le rozaron el borde de la oreja, luego descendieron por la clavícula, una caricia de hielo que, sin embargo, la incendiaba. Camille cerró los ojos; la sensación fue tan vívida, tan absoluta, que el cuerpo se arqueó, se ofreció, los pezones duros bajo la seda. Él la envolvió en un velo de frescor y de tacto, una lengua de sombra que lamía el contorno de sus miedos y deseos. El placer reverberaba, ni físico ni mental, algo que abría puertas más profundas.

Lo que vino después fue dilatado, desvanecido y, sin embargo, nítido como el primer recuerdo de un amor verdadero. El cuerpo de Camille abrazó al amante de la penumbra; lo sintió encarnarse, inventarse carne con cada beso, endurecerse bajo su tacto, embestirla con una paciencia que podía pertenecerle solo a los que han esperado siglos sin ser rozados por la pasión. Se amaron en la frontera de lo visible y lo invisible, el deseo multiplicándose como un incendio: sus piernas abiertas a la sombra, su boca besando labios de aire y, no obstante, húmedos y palpitantes, la tensión de sus caderas en el vacío… hasta que, en un grito ahogado, llegó al borde mismo del desmayo.

La noche entonces se calmó, envolviéndolos en un silencio estrellado. El amante la sostuvo entre brazos de niebla.

–Si sigues llamándome, no podrás regresar al mundo diurno –advirtió, su voz la caricia de una hoja sobre piel.

Camille, sin poder hablar aún, asintió. Su cuerpo latía y temblaba: vibraba aún de la unión recién consumada, sentía que el propio corazón quería escapar de su pecho para correr tras el amante fugaz. No temía. No hasta esa noche.

Días después, Camille se sumió en una extraña languidez. Dormía más en las primeras horas de la tarde, y por las mañanas sentía que la piel era demasiado fina, demasiado permeable, como si toda su sustancia se estuviera desmoronando. Intentó escribir cartas, cocinar, telefonear a sus pocas amigas, pero la realidad, con sus relojes y preocupaciones, le resultaba ya lejana. Lo único que importaba era el jardín –ese jardín donde se asomaba cada noche, esperando a su visitante imposible– y la siguiente cita silenciosa.

El siguiente encuentro ocurrió bajo una tormenta veraniega. Cada relámpago parecía anunciar la llegada del amante negro. El jardín era selva, un hervidero de humedad y bestias invisibles, y Camille, mojada sólo con el agua de su propio deseo, corrió entre los matorrales hasta que lo encontró, bajo la encina, más visible y real que nunca.

Esta vez, no intercambiaron palabras. El lenguaje fue la unión inmediata de boca a boca, lengua a lengua, el grito ancestral por el que han esperado las amantes de los fantasmas desde tiempos inmemoriales. El aguijón del placer atravesó a Camille, los dedos de su espectro le arrancaban los secretos uno a uno, hasta dejarla convertida en música sin partitura entre la maleza. Danzaron juntos en la penumbra, bajo la furia de la tormenta; ella gritó, él gimió un nombre largamente olvidado, y el orbe de la noche se inclinó sobre ellos.

Cuando ella volvió a casa, el camisón estaba hecho jirones y su carne colmaba de una solución salina inexorable; el cuerpo satisfecho y exhausto, el cabello enredado y oloroso a la ceniza de otro mundo. Esa noche soñó que era un estanque; que él se sumergía en ella, y la llenaba de sus aguas profundas hasta que el amanecer los separaba.

Pasaron los días, cada encuentro más real, más encarnizado, más peligroso. Camille apenas comía, su rostro se fue tornando pálido como el de los cuadros que cubrían las paredes del corredor. Su tía Pauline, quien apenas visitaba la casa, al verla exclamó:

–Estás cambiando, niña mía, tienes el brillo en los ojos que sólo tienen las mujeres poseídas por un secreto…

Camille no respondió, pero entreabrió los labios, dispuesta a preguntar. La tía hundió su mirada en la de su sobrina, y supe, Camille supo, que ella también había conocido el roce de lo invisible.

Así la vida transcurrió: una sucesión de días anodinos, en que la luz solar era una condena, y noches de delirio donde el amante regresaba –a veces sumiso, otras posesivo hasta la crueldad. El placer era subyugante, absoluto, pero nunca completamente benigno. Había noches donde su caricia sabía a sangre, noches en que le tomaba el corazón con una violencia que rozaba el terror y el éxtasis. Toda vida de Camille se trocó en espera y ofrenda.

Una madrugada se atrevió a preguntar, ya exhausta:

–¿Por qué me has elegido?

El amante, tendido a su lado, le murmuró en esa voz que no era voz:

–Porque me buscabas incluso antes de concebirme en tus sueños. Porque llevas en ti la grieta donde resucitan los muertos sedientos, los que ansían otra vez probar el amor. Yo también he amado, hace tanto que olvidé el modo. Contigo lo recuerdo.

–¿Y si no quiero ceder más de mí? –preguntó, temblorosa.

–Puedes negarte –respondió él–. Pero entonces me disolveré. Y con el tiempo, olvidarás que existió ese gozo.

Camille cerró los ojos. Descubrió, con un chispazo lúcido, que el deseo podía matar tanto como la ausencia. Pero decidió: era mejor arder un solo instante con la sombra, que desvanecerse en una vida de vacíos y miradas sin brillo.

Así, la última noche, Camille se preparó con un ritual completo: se bañó en agua de lavanda, encendió velas de cera pura, abrió de par en par las ventanas. El amante surgió a medianoche, más hermoso y sombrío que nunca; la tomó entre sus brazos incorpóreos, y juntos atravesaron la frontera. El éxtasis último fue una caída y una ascensión; el dolor, la dulzura, el placer indefinible de haberse consumido hasta lo esencial.

Al amanecer, la cama estuvo vacía. Nadie encontró nunca a Camille, su rastro se perdió como la bruma ligera. Sólo el jardín guarda testimonio de su pasión: en su centro, una encina crece torva y fértil, y quien duerma en esa casa bajo la luna vacía, una y otra vez, sueña a la joven desaparecida y al amante espectral que llega a medianoche, y renueva –si se atreven– el pacto del deseo.

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