Portada del relato La daga bajo el jazmín
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Fragmento:


—Me escapo del entrenamiento, si quieres saber la verdad —respondió, despreocupada. Pocas cosas temía más que perder la confianza de Layla, y sin embargo, la sinceridad fluía con ella más sencilla que nunca.

Duración: 08:59

La daga bajo el jazmín
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Texto de ajuste de pausa.

El albor del día se filtraba perezoso entre las almenas, tiñendo de oro los muros rojizos de la fortaleza de Alcalá la Real. Bajo el calor naciente, las sombras eran dulces y frescas, guardando en su seno los secretos de la noche, susurrados entre los rumores de la Reconquista. En un ángulo menos transitado del patio de armas, Jaime ajustaba sus correas con dedos temblorosos, simulando que el frío y la falta de sueño la estaban venciendo, aunque la sangre caliente subía a su rostro por razones muy distintas.

Observaba de reojo a la figura elegante, envuelta en un jubón verde oscuro y pantalón de cuero ajustado, que charlaba en perfecto árabe con los sirvientes moriscos. Layla, la hija bastarda de aquel noble nazarí que tiempo atrás gobernara la plaza, brillaba como un diamante perdido entre el polvo. Sus cabellos largos y negros casi azulados caían libres bajo el sencillo tocado, y cuando reía, Jaime sentía que todas las fortalezas de Castilla y Aragón podrían caer de su alma sin lamento.

El día anterior, Layla la había buscado entre los jardines interiores, con la excusa de enseñarle una vieja daga nazarí cubierta de flores doradas y filigranas. Hablaron en susurros, alimentando entre pausa y pausa una tensión que ninguno de los dos se atrevía a confesar. Layla, con sus modales suaves y mirada siempre cargada de un secreto propio, le había tomado la mano, explicándole cómo sujetar el arma, con los dedos rozándose en una caricia disfrazada de lección.

Hoy, tras el primer relevo de la guardia, Jaime cruzó el patio despacio, fingiendo que la guiaba el deber, aunque el corazón parecía arrastrarla una cuerda invisible hacia la joven mora. Layla, al notarla, inclinó la cabeza con una media sonrisa, unos labios tan rojos como los damascos en verano. Sus ojos, de un marrón tan profundo que parecía beber la luz, la miraron despacio.

—¿Descansas entre guardias, Jaime? —preguntó, modulando la voz para que ni el viento la entendiera.

—Me escapo del entrenamiento, si quieres saber la verdad —respondió, despreocupada. Pocas cosas temía más que perder la confianza de Layla, y sin embargo, la sinceridad fluía con ella más sencilla que nunca.

Layla examinó la espada templaria al costado de Jaime y sus botas embarradas, resumiendo en un vistazo tantas horas de ambos en la fortaleza, jugando a no verse.

—Tengo algo para vos —murmuró, y con gesto ágil de ladrona, extrajo de la manga un pequeño ramo de jazmín.

Jaime los aceptó con manos azoradas. El perfume subió, embriagador, mientras entre sus palmas Layla rozó apenas los nudillos. Pronto, Jaime no supo distinguir qué era aroma floral y qué era la propia presencia de la joven, tan cerca, tan inevitable.

—¿Estarás esta noche en la muralla oeste? —la voz de Layla era apenas un soplo.

Asintió, incapaz de rehuirle la mirada. Se marchó entonces, llevando su regalo oculto en la coraza, y el resto del día, cada vez que las patrullas la arrastraban por el frío, encontraba su calor en ese aroma persistente.

Era costumbre que la fortaleza vibra a media noche. Algún choque de aceros, risas en la cocina, chirridos de puertas sin aceitar y, de fondo, el rumor tenue de la guerra, que todo lo envolvía como un manto de incertidumbre. Pero la muralla oeste era calma, al resguardo de las almenas y la mirada del torreón principal. Jaime aguardó en la penumbra, con un cosquilleo de miedo y gozo recorriéndola. Solo las estrellas vestían la noche.

Layla llegó como una sombra. Su vestido era oscuro como la tierra mojada, cubierta por una capa. La brisa recogió el velo y lo ondeó en torno al rostro, dándole un aspecto etéreo y ligero. Allí, entre dos fuegos, una cristiana y una mora, se enfrentaron a su propio abismo.

—¿Sabes que nos colgarían si nos descubren? —preguntó Jaime, la voz áspera.

Layla asintió, y el velo se despojó de su rostro. Sus cabellos relucían bajo la luna, los labios entreabiertos de emoción y nerviosismo.

Una mano temblorosa buscó la mejilla de Jaime, la acarició como si fuera un secreto. Los ojos moros resplandecieron.

—Prefiero perder el cuello que dejar pasar esto —susurró.

Los labios se hallaron con ansias contenidas demasiado tiempo. El beso fue primero tímido, y luego se tornó hondo y urgente, mezcla de miedo y deseo, de promesa y peligro. Pasearon por todo el muro, abrazadas, murmurando palabras que solo la brisa nocturna pudo comprender.

—No podemos quedarnos —musitó Jaime, palpitándole el miedo en el pecho.

Layla la atrajo hacia sí, el calorbrotando entre ambas, y pegó su cuerpo al de la castellana.

—No, pero podría seguirte donde vayas. Las paredes nunca han podido contener el amor verdadero.

Al final, volvieron hacia la fortaleza, disimulando distancia. Jaime sintió que la mano que Layla le había dado era como una cuerda para no derrumbarse. Dormir fue inútil esa noche.

Pasaron días de encuentros furtivos: miradas prometidas a través del claustro, mensajes enredados en los pliegues de mantos, y citas bajo la sombra de los naranjos donde sus manos se entrelazaban como raíces. Jaime se maravilló, entre entrenamientos y guardias, de la suavidad del alma de Layla y cómo vibraba su risa frente a la gravedad castellana que parecía tener la obligación de sostener el mundo.

En un paréntesis de paz, cuando el ejército aragonés partió hacia Granada y la fortaleza quedó casi solo a cargo de unos cuantos hombres, ambas encontraron refugio en una torre secundaria. El mundo, en esa estancia, era hueso y grito, tensión y caricia. Se tumbaron en una alfombra prestada, entre juegos de manos y palabras suaves en castellano y árabe, Layla recitando versos de Ibn Zaydún sobre amores prohibidos y Jaime aprendiendo a dejar caer la armadura, pieza a pieza, hasta hacerse solo piel y temblor ante las caricias furtivas.

Esa pasión era fuego robado, cuyas cenizas el viento del tiempo podría aventar, pero que ardía demasiado adentro para apagarse por el simple peso de la ley. Layla cantaba bajito, canciones de infancia, y en su voz Jaime soñaba con dejar atrás la guerra y la reconquista, marcharse a un mundo donde solo existiera la ternura, no el filo.

A veces hablaban de futuro, jugando a imaginar —y si huyéramos al norte, donde nadie sospeche, donde solo seamos dos forasteras más, sin nombres ni enemigos, tejerían con hilos de esperanza ese lugar inexistente. En otros momentos, el peligro las encontraba: una sombra en el pasadizo de los sirvientes, una pregunta demasiado casual sobre los horarios de Jaime, un rostro en la multitud que les arrancaba un escalofrío de temor.

Así pasó el invierno, largo y vítreo. Las noticias de la frontera llegaban negras, y la certeza de que la paz sólo era un hechizo frágil pronto por romperse pesaba como plomo.

Una noche de enero, la fatalidad llegó —como casi siempre, disfrazada de rutina. Era noche de guardia para Jaime. Al bajar al patio para el cambio nocturno, encontró a Layla encadenada, rodeada de tres soldados.

—Nos informaron que la vimos merodeando entre los aposentos de los capitanes. —La voz dura del sargento rezumaba desprecio—. La suerte es que solo conspiraba. Pero debe irse.

Layla la miró con serenidad —ya no temblaba por ella, sino más bien por Jaime.

—No digas nada —susurró entre dientes, mientras la llevaban—. Vive por las dos.

Para Jaime, la noche fue un vacío absoluto, un vértigo de rabia y desaliento en el que solo sobrevivía, apenas, la esperanza.

La expulsión de Layla coincidió con la partida de una caravana rumbo al sur. Nadie mostró misericordia. La vieron marchar tras el primer resplandor, con la cabeza alta. Jaime no lloró. Apretó los dientes y guardó, junto al pecho, la daga nazarí que Layla le había obsequiado, su jazmín ya seco y marchito.

Cada noche subía a la muralla oeste y, entre los suspiros del viento, recitaba en voz baja un verso aprendido:

“El amor, aunque se vista de sombras,

perdura más que los muros y los odios.”

Y fue así que, semanas después, en la víspera de un ataque enemigo, la centinela creyó divisar una figura veloz cruzando la frontera, esquivando patrullas, la capa ondeando a la luna. Jaime ahogó el grito, la esperanza electrizándole las entrañas.

En la penumbra, jadeando y empapada, Layla llegó a su lado.

—Nadie puede desterrarme de ti —dijo, con los labios manchados de sudor y los ojos llenos de amor y promesa.

Esta vez, su abrazo fue una proclama: no se ocultarían de la Reconquista, ni de los reyes o la guerra, ni de los sueños de otros. Pelearían juntas, en la oscuridad, como centinelas una de la otra —enemiga y amante, flor y acero.

Las sombras de la fortaleza nunca volvieron a guardar el mismo silencio. Desde ese día, entre las almenas y los jazmines, se tejió una leyenda secreta: la de dos mujeres que, entre el estrépito de la Reconquista y la amenaza de todos los odios, eligieron sencillamente amarse.

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