Portada del relato Fuego bajo la lluvia
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Fragmento:


Fiona ladeó la cabeza, dulzura y resignación en el arco de sus labios.

Duración: 08:29

Fuego bajo la lluvia
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Texto de ajuste de pausa.

El viento de Edimburgo había aprendido a silbar incluso entre los muros más gruesos del Castillo; una melodía caprichosa y viva que a veces se llenaba de niebla, a veces de un perfume sutil, el de alguien inesperado. Aquella noche el aire olía a lengua mojada, a turba quemada y a aguardiente derramado. Isobel caminaba deprisa por las galería, los pasos resonando bajo el entramado de piedra. La capa levantada, los nervios recogidos en un puño, como quien esconde chispas, temerosa de que el roce con el mundo se los saque.

En la biblioteca la aguardaba Fiona, la doncella que era poco más que un rumor entre los pasillos, hija de un panadero venido a menos, ojos de lobo y sonrisa de madera blanca y limpia. Era difícil no reparar en ella, aunque fingiese ser sombra. Eso Isobel lo sabía de primera mano. Desde hacía semanas, las noches eran una plegaria sin santo, un deseo hecho carne en la penumbra.

Cruzaba el umbral y Fiona, de espaldas bajo la niebla de lámparas, levantaba la vista de los estantes. Sus manos pequeñas, dueñas de un pulso firme, sostenían el libro de poesía francesa al que Isobel había echado un velo tras el baile de Beltane, cuando las miradas se adentraron en un territorio más peligroso que el bosque a medianoche.

—Creí que no vendrías. —Fiona dejó caer el libro con un suspiro entre la melodía de los lomos viejos.

Isobel cerró la puerta. Se apoyó en ella. Sentía la garganta seca, como si todas las palabras que tenía que decirle hubiesen cocido el agua de su boca.

—¿Por qué no habría de venir? —dijo al fin, con la voz enredada en las ramas de la ansiedad.

—Los rumores vuelan —contestó Fiona, los ojos brillando con el desafío de un animal a punto de huida—. Dicen que la señora Beauchamp sospecha.

Isobel ahogó una carcajada; un sonido tapado por los tapices, cubierto por la bruma de la estancia.

—Que sospeche. No sabría lo que busca ni aunque tropiece con ello.

Fiona ladeó la cabeza, dulzura y resignación en el arco de sus labios.

—Los peligros no entienden de lógica, Izzy.

Se acercó con pasos apenas audibles y, por un instante, Isobel pensó en romper a correr, en dejar la biblioteca, el castillo, el país entero, sólo por la punzada del miedo. Pero no lo hizo. Su cuerpo siguió anclado al suelo, prisionera de los ojos de Fiona. Había algo familiar y devastador en el modo en que la otra mujer la miraba, como si viera, no el disfraz de doncella o la armadura de señorita noble, sino la piel desnuda y vulnerable que se esconde bajo capas de conveniencia.

Fiona detuvo su avance a un palmo. Sus dedos rozaron la tela del vestido de Isobel.

—He soñado contigo otra vez, y me has dejado la cama ardiendo —susurró.

Isobel sintió el calor atacar bajo el esternón. Su aliento era un temblor contenido.

—Y si te dijera que yo también, ¿podrías creerlo?

Fiona sonrió, una sonrisa rota y voraz.

—Me gustaría comprobarlo.

Y el vértigo se tragó el mundo. Fue un salto sin red: Isobel deslizó la mano, torpe pero deseosa, hasta la nuca de Fiona, donde el cabello recogido escurría un aroma a lavanda y sudor disimulado. Bajó la cabeza y las bocas se encontraron, primero con la timidez de la anticipación, después con el ansia no domesticada de quien lleva demasiado tiempo sedienta.

No había nada blando en ese beso. Era herbáceo, crudo, cargado de secretos de medianoche y del miedo compartido. Fiona gimió suavemente, y las manos de ambas hurgaron y formaron caminos entre la tela y la carne, entre piel y corazón.

La mesa rechinó cuando Fiona se inclinó hacia atrás y arrastró a Isobel con ella. Allí entre libros y polvo y toda la memoria del mundo en orden alfabético, las bocas se buscaron y las manos invadieron territorios prohibidos, aprendiendo la cartografía apresurada de cuerpos amados en secreto.

Isobel bajó su mejilla al cuello de Fiona, sintió el pulso salvaje latiendo, todo aroma y verdad. Fue entonces cuando supo que nada podía volver a ser igual. Cuánto podía importar, pensó, la murmuración y la condena, si lo que se sentía, allí entre estantes oscuros, era el temblor auténtico, el ansia de vivir con los sentidos abiertos, las venas en llamas.

—Dime que esto es real —murmuró Fiona, los dedos entrelazados con los suyos, la otra mano aferrada al talle de Isobel.

—Es tan real como esta noche. —La voz de Isobel era una roca lanzada a un lago quieto.

Fiona la besó de nuevo, más profunda, hasta que el mundo exterior dejó de importar, hasta quedar reducidas a dos respiraciones entrelazadas, el eco de cuerpos juntándose.

Los minutos —¿o eran horas?— pasaron sin testigos ni tiempo, sólo un reloj interior que medía los latidos de la sangre. Bajo los ropajes que caían al suelo como pétalos arrojados, con los muslos entrecruzados y las bocas húmedas, encontraron en el silencio la promesa de otras noches posibles.

El carrillón tocó las dos y ellas, medio vestidas y todavía ebrias de calor, se miraron y rieron como niñas que han robado un aguacero.

—¿Temes al mundo fuera de aquí? —preguntó Fiona, alisando el cabello de Isobel, el tacto lento, solícito.

Isobel acarició su mejilla, la yema del dedo trazando el mapa de sus huesos.

—Sólo si tú no estás conmigo.

Fiona la miró largo, como si aprendiera de memoria esa frase.

—Quiero verte más allá de las sombras, Izzy. No sólo en la biblioteca. Bajo el sol, en la orilla del río, o en alguna posada donde nadie pueda reconocernos.

El miedo se desplegó otra vez, pero era un miedo distinto. Se parecía a la anticipación, a la grieta de esperanza que se abre cuando la puerta prohibida se entorna.

—¿Te atreverías? —Isobel susurró, la voz frágil como un huevo temeroso de romperse.

—Por ti. Por nosotras. Sí.

Se despidieron en la penumbra, cada una llevándose en la piel la memoria del cuerpo de la otra, la marca invisible de la osadía. Por las semanas siguientes, la vida pública transcurrió cauta: las sonrisas ocultas entre frases corteses, la mano que rozaba un brazo al pasar, los silencios compartidos durante la misa. Pero bajo todo ello hervía una corriente subterránea, una suma de noches clandestinas.

Aquella primavera llegó terca y húmeda; los días estallaron en verde y el aroma de los narcisos borró, por momentos, el olor agrio del miedo. Un día de mercado, cuando iban a caballo en la comitiva de la señora Beauchamp, Isobel desvió la mirada hacia la esquina del río, donde el sol caía en haces dorados sobre el agua. Fiona, montando una yegua a escasos metros, devolvió la mirada y sonrió, insegura pero decidida.

Como si el futuro se abriese, de pronto, como una página nueva.

Esa noche se encontraron fuera del castillo, al amparo de un granero apartado. La lluvia descargaba sobre el tejado, tejidos mortaja y cuna, dejando el aire impregnado de frescor y humedad.

—¿Y si nos fugamos? —preguntó Fiona, el rostro empapado de deseo y ansiedad.

Isobel, que había crecido entre paredes gruesas y libertades milimetradas, sintió cómo dentro de sí una presa se rompía.

—¿Dejarlo todo? ¿La familia, la seguridad?

—¿No son mentira, si no puedes tenerme? —Fiona la cogió por los hombros, los ojos encendidos en llamas—. Yo te quiero. Te quiero toda.

Isobel lloró y rió a la vez, avanzó hacia Fiona, la besó bajo la lluvia. Y ahí, en la oscuridad, sobre el heno mojado y el mundo girando fuera, sus cuerpos llenaron el vacío de un futuro que, aunque incierto, palpitaba entre sus piernas y sus labios.

La decisión se selló en el temblor de la piel, en el sí murmurando entre caricias. Harían camino hacia el sur, encontrarían una posada en Stirling donde el mundo las conociese sólo por los nombres que ellas eligiesen. Llenarían las noches de friolera y pasión, de lecturas a la luz de la lumbre, de risas que nadie pudiese condenar.

Aquella madrugada, Isobel, con la cabeza en el regazo de Fiona y los latidos acompasados, pensó en la palabra "hogar". No era una casa ni un apellido ni un legado; era un cuerpo que respondía al tuyo, era una promesa susurrada en la piel, era la osadía de vivir lo que se desea, aunque sea a contracorriente.

La lluvia siguió golpeando el techo. Afuera, el mundo seguiría mintiendo al día siguiente. Pero por unas horas, bajo el amparo de la penumbra, dos mujeres se atrevieron a amarse. No a pesar del peligro, sino por él, y porque una vida sin ese incendio sería sólo un desperdicio de llamas.

Y el amor, en la bisagra del deseo, aprendió a convertirse en refugio más cálido que cualquier hogar de piedra.

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