Fragmento:
Se sentó en la silla de las sesiones. Julia la miró: no podía evitarlo, esa forma de observar, de bebersela con los ojos, como si el dibujo fuera inevitable y se le escapara a través de las sienes. Mara cruzó las piernas y dejó caer la mano por el costado en un gesto aún más sugerente que cualquier desnudez.
Duración: 09:52
Bajo la extraña claridad de aquel atardecer, cuando las persianas filtraban la luz en franjas doradas sobre el cuerpo, la ciudad había comenzado a calentar el asfalto, anunciando la llegada del verano, y la piel de Julia reconocía el ritual: el olor del sudor mezclado con perfume, el sonido lejano de risas en las terrazas, y ese extraño zumbido de deseo que la recorría al contemplar el movimiento fugaz de alguien que la hacía detener un instante más la mirada.
Aquella tarde, Julia esperaba a Mara en el estudio. Había colgado un paño largo en una de las ventanas para domar la luz y, en la mesa baja, aguardaba una copa de vino junto a un cuaderno lleno de dibujos. Julia dibujaba, su manera de hacer el amor era, a menudo, a través de líneas y manchas de color. Pero esa tarde, no necesitó más que su expectación. Habían pactado una última sesión antes de que Mara, modelo, amiga, reciente amante, partiera en busca de un sueño diferente en otra ciudad más feroz, más brillante; Mara decía que Belén era demasiado pequeña para sus sueños.
Cuando la puerta sonó, Julia sintió el pulso acelerarse entre sus costillas, como si una mariposa grande despertara en su pecho. Mara apareció en el umbral, el sol jugando con su pelo corto, brillante, vestida con una camiseta holgada y unos pantalones cortos, piernas larguísimas, tatuajes de tinta negra asomando en el muslo y el antebrazo. Había en sus ojos una promesa inquietante y un pudor tan antiguo como el deseo.
—¿Te molesta si fumo? —preguntó Mara, apoyándose en el marco. Sus labios eran gruesos, y su boca, un país donde Julia quería volver siempre.
—¿Molestarme? —sonrió Julia—. Si logras hacerlo en silencio, te doy un premio.
Mara rió y puso el cigarrillo entre los dientes. Se movía por el estudio como un animal que conoce la habitación, cogiendo el vaso que Julia le acercó, bebiendo el vino con una avidez distraída.
Se sentó en la silla de las sesiones. Julia la miró: no podía evitarlo, esa forma de observar, de bebersela con los ojos, como si el dibujo fuera inevitable y se le escapara a través de las sienes. Mara cruzó las piernas y dejó caer la mano por el costado en un gesto aún más sugerente que cualquier desnudez.
—¿Cómo quieres que pose hoy? —preguntó.
Julia no respondió al instante. Caminó alrededor de Mara, buscando el ángulo, la luz, el misterio de la piel que su mano, tan lenta, apenas podía intuir. La sesión había comenzado, pero esa barrera invisible, la del consentimiento, debía cruzarse cada vez con mimo, con respeto de sacerdotisa.
—Como tú quieras. Hoy no dibujo —susurró Julia. El aire se tensó, espesando la luz y el vino. Mara sonrió apenas.
—¿No dibujo? ¿Entonces? —jadeó la pregunta desde algún rincón secreto.
—Hoy sólo te voy a mirar —Julia se inclinó, apoyó la mano en el respaldo de la silla y acercó su rostro al de Mara—. Y quizás, si tú quieres, quiero recordarte con la boca.
Sólo el sonido del cigarro encendiéndose, el humo abriéndose como una bandera menor en la habitación. Mara no apartó la mirada. Miradas como cuerpos, cuerpos que se rozan sin tocarse todavía.
—Haz lo que quieras conmigo —susurró finalmente—, pero recuerda esto: te vas a quemar.
Julia sonrió, se agachó frente a Mara, tomó el cigarro de sus labios y lo dejó apagado en el vaso de agua, apenas apartando la mirada de esos ojos que le enseñaban todo lo que el cuerpo podía.
La mano de Julia se deslizó por la pierna de Mara, tocando la piel con un temblor de electricidad, y subió despacio, sorteando los tatuajes, hasta el borde de la camiseta holgada. Julia se detuvo, preguntando en silencio con sus pupilas. La respuesta fue un leve asentimiento, un pulso en la garganta ajena, y la camisa cayó al suelo, revelando la piel bronceada, la curva intensa del pecho, el pezón erguido.
Los labios de Julia buscaron el cuello de Mara, su respiración era un suspiro contenido. En los pezones, la boca de Julia dejó un camino de besos húmedos y pequeños mordiscos, quería perderse en la textura de ese cuerpo, aprenderlo hasta el final de la tarde, como si cada caricia fuera una frase de un libro único, nunca escrito.
Mara arqueó el cuerpo al encuentro de la lengua, un gemido bajísimo, como el murmullo de las olas, rugió apenas entre sus dientes. Julia bajó, besando el vientre, lamiendo una línea invisible que sólo Mara y ella podían leer. Cuando llegó al borde del pantalón corto, se detuvo, casi pide permiso.
Mara tiró de su mano, la llevó más abajo. Dos mujeres de ciudad pequeña, en un estudio silenciado por los pasos de los vecinos, el miedo a lo prohibido resonando en ambas, y la certeza de que esa tarde el mundo no podía mirar. Julia pidió permiso una vez más —un gesto, una palabra— y Mara lo concedió con los ojos cerrados, la cabeza hacia atrás y un “sí” ronco.
El pantalón cayó al suelo. Julia se arrodilló, exploró con sus labios la piel del muslo, rozó la línea del tatuaje, mordió suavemente la carne tensa, subió con la boca y la lengua. Los gemidos de Mara, apenas contenidos, llenaron el estudio de música indecente, melancólica, un himno pequeño a la libertad de ambas.
Nadie había pronunciado palabras inútiles: entre ellas, el lenguaje era de tactos, respiraciones interrumpidas, uñas hundiéndose en músculos, piernas que envolvían el cuerpo contrario hasta no saber dónde terminaban sus límites. Julia buscó la humedad entre los pliegues, degustó el perfume salado, notó el temblor fino atravesar el cuerpo de Mara. Todo lo que no se atrevieron a decir en meses se pronunció con sudores, miradas, jadeos.
Mara se inclinó sobre Julia, la atrajo hacia arriba y, por primera vez, se besaron en los labios, un beso largo, profundamente desesperado como una promesa incumplible: era cierto, Julia se estaba quemando. Mara la desnudó despacio, exploró su espalda, le devoró la nuca, bajó con la boca al costado, al vientre, y descubrió los pechos de Julia, su pezón endurecido bajo la caricia de una lengua áspera y urgente.
Todo en ese estudio olía a verano y piel, a deseo contenido durante una primavera entera; todo era más audaz por ser secreto, menos definido por no pertenecer a ninguna moral externa. Julia apretó la cadera de Mara entre sus muslos, gimió su nombre, y fue una súplica, una bendición, una forma de pedir que no se fuera. Mara deslizó los dedos, suaves y decididos, en el interior de Julia, y la besó hasta hacerla olvidar los motivos por los que no habrían de encontrarse más que esa tarde.
Cuando el orgasmo rasgó el silencio, la habitación se llenó de pájaros invisibles. Julia sintió la explosión primero en el centro del cuerpo y luego, como una ola, la memoria. Se abrazaron, temblando, sudadas, sus piernas enredadas y la respiración aún desbocada. El sol caía a rasantes por la ventana, marcando la silueta de ambas sobre las sábanas viejas. Julia extendió la mano y, sin preguntar, trazó con el dedo las líneas del rostro de Mara, como si guardara el mapa de sus facciones.
—Me vas a dejar sola en esta ciudad —dijo Julia, apenas un susurro.
Mara no respondió de inmediato. Su mano buscó la de Julia. Entre ellas, el sudor pegaba la piel, y la distancia era también otro deseo.
—No te dejo sola. Te dejo mi boca, mis ganas, mi recuerdo en cada esquina donde te atrevas a mirar. Y si te atreves, sígueme cuando elijas.
La noche llegó sin anunciarse. Abrieron más vino. Se acostaron una junto a la otra, desnudas, de modo que la respiración de una acariciaba la espalda de la otra. Hablaron de cosas pequeñas, de los miedos, del arte, de la ciudad en la que nunca ninguna encontró su verdadero nombre. Julia le contó de la primera vez que supo que el deseo podía ser femenino, fragmentos de un pasado difuso en el que todas las puertas eran prohibidas salvo una: la noche en que besó, de adolescente, a una amiga en una fiesta, y todo el mundo se detuvo.
Mara relató su primer amor, una profesora de teatro, y cómo aprendió a conjugar la palabra transición no solo en género, sino en sueños, cuerpos y lugares. En la conversación, el amor apareció mutilado, torpe, maravilloso, como una ciudad luminosa a la que sólo podrían llegar construyendo un puente una sobre la otra.
Cuando la madrugada trajo el aire más fresco y la luz azul filtró los bordes del estudio, Mara recogió su ropa, la desplegó lentamente, y se vistió de nuevo. Julia se levantó, volvió a dibujar la figura desnuda de Mara en el cuaderno, mientras la otra la miraba desde el umbral.
Se besaron una última vez. El sabor era agridulce, con un toque de piel, promesa y la inabarcable tristeza de las despedidas que nunca son totales.
—Escríbeme —suplicó Julia, la voz quebrada por el deseo y el vino.
—Dibújame, aunque sea sólo de memoria —respondió Mara, y cerró la puerta a su espalda.
Julia se quedó sentada, desnuda, sentada frente al cuaderno, el lápiz suspendido en el aire. Sintió la quemadura dulce del deseo en la piel, el zumbido de la pérdida y la luminosa certeza de que a veces las despedidas son la receta secreta de los grandes amores.
El verano apenas comenzaba. Volvió a mirar la figura, las líneas imperfectas del cuerpo de Mara, y supo que en ese trazo había conquistado un territorio propio: la máquina de la memoria, el espacio donde los cuerpos se entienden sin palabras, la frontera borrosa entre el arte y el amor.
Cuando Julia cerró los ojos, el recuerdo de Mara le susurró en la nuca, en la curva del muslo, en la vibración de las primeras luces del alba.
Había aprendido a leer un nuevo idioma. La ciudad, con sus aceras ardientes, la esperaba. Y Julia, desnuda, ardiente, viva, supo que en algún lugar, en algún futuro, las manos volverían a entenderse.
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