Fragmento:
Sofía apartó la cámara y desvió la mirada hacia el cuaderno abierto, donde un poema sin empezar le reclamaba traición. Llevaban tres meses en una coreografía de encuentros accidentales y despedidas incómodas. Se habían conocido en un taller de literatura, entre poemas ajenos y el olor a papel mojado.
Duración: 08:19
El calor de la tarde caía como miel espesa sobre los adoquines irregulares de la Plaza Mayor. Sofía sostenía la cámara con ambas manos mientras observaba a Paula, sentada en la terraza de La Milonga entre el rumor amable de vasos chocando y risas furtivas. Se le notaba el cansancio de toda la semana en los hombros, pero la mirada, en cambio, tenía el brillo leve de quien está donde desea.
Paula se percató de su atención y le dedicó una pequeña mueca, medio sonrisa, medio pregunta.
—¿Piensas retratarme todo el día? —dijo mientras revolvía el café con movimientos lentos.
Sofía apartó la cámara y desvió la mirada hacia el cuaderno abierto, donde un poema sin empezar le reclamaba traición. Llevaban tres meses en una coreografía de encuentros accidentales y despedidas incómodas. Se habían conocido en un taller de literatura, entre poemas ajenos y el olor a papel mojado.
—Tu barba de las seis me inspira. —Paula achinó los ojos. Ese pequeño atrevimiento ya era de ellas.
Empezaron a verse cada jueves, primero por curiosidad y luego por un hilo invisible que se tensaba y relajaba entre ambas, como la orilla de un suspiro. A Sofía le asustaba reconocer la intensidad con que la miraba, tanto que las palabras, su materia de vida, se disolvían en la lengua.
—Te invito a la exposición de mañana —le dijo Paula, inesperadamente.
Sofía asintió, aunque el corazón repicaba inquieto en su pecho. Toda nueva realidad le parecía, siempre, una caja de sorpresas donde podía ganar o perderlo todo. Paula, en cambio, parecía navegar la vida sin miedo a hundirse.
No era solo la atracción física, aunque sí: la piel de Paula era de ese tono dorado que el sol mima y las manos era como se imagina uno que deben ser las manos que acarician libros antiguos. Era, sobre todo, la manera en que te hacía sentir visible, como si todas tus capas se desvanecieran ante su mirada hasta que ninguna sombra pudiera ocultarte.
Esa noche, Sofía repasó mentalmente cada intersección: la primera vez que bajaron juntas del metro y caminaron, hombro a hombro, hasta la esquina donde ella tomaba el bus; la segunda vez, cuando casi se atrevieron a besarse, pero un coche mal aparcado distrajo la atención en el último segundo.
En el museo había más gente de la que Sofía deseaba. El aire olía a barniz y nervios recién cortados. Paula, ligera, la tomó de la mano, acto tan público como sencillo, y caminaron entre cuadros y esculturas. En cada sala se acercaban más, con la naturalidad de quienes se saben observadas, pero no les importa. Sofía sintió la urgencia de tatuarse esa paz sobre la piel.
Frente a una fotografía monumental —una pareja de mujeres enredadas en sábanas blancas—, se detuvieron.
—¿Te atreves a contarme algo que nunca le hayas contado a nadie? —susurró Paula, voz bajísima.
Sofía tragó saliva. Acudieron imágenes: los veranos en casa de su abuela, el miedo al rechazo, los secretos ocultos en diarios cerrados bajo llave. Se debatió entre la prudencia y la posibilidad de, por una vez, saltar.
—Cuando tenía catorce años, recorté la foto de una chica de una revista y la guardé en la caja de los recuerdos. Cada vez que tenía miedo, la sacaba y la miraba. Era como un conjuro: “aguanta, tienes que llegar a ese lugar en el que no te duela quererte como eres”.
Paula apretó su mano. El cuadro ya no era el mismo. Ni la tarde. Algo, entre ellas, se había movido.
Salieron del museo y caminaron sin rumbo hasta que la noche había caído por completo sobre la ciudad. Paula habló de libros y de las primeras veces, de su madre y el miedo a dormirse sola. La conversación era un hilo ininterrumpido sobre el que Sofía sentía poder caminar, a pesar del vértigo.
—¿Crees que hay algo roto en nosotras? —preguntó Sofía, con esa sinceridad que solo regala la madrugada.
—No, hay algo roto en el mundo. Pero nosotras tenemos la suerte, a veces, de encontrarnos y recordarlo.
Sofía sonrió. Era una confesión y una declaración de principios y una promesa. De algún modo, necesitaba escucharla.
La última intersección fue bajo la lluvia. No hubo música ni palabras y la única luz era la de una farola averiada. Se atrevieron a besarse con la torpeza y la urgencia de quien nunca creyó merecer ese instante. La boca de Paula sabía a café frío y esperanza. La ciudad siguió, indiferente, su rutina.
Desde entonces, cada jueves fue distinto. Se conocieron en la intimidad de los cuerpos, pero también en los miedos y en los silencios. Aprendieron a decir “te quiero” sin decirlo, a darle valor a las pequeñas valentías: tocarse la barbilla bajo la mesa de un restaurante, reírse sin miedo en presencia del otro.
El relato de Sofía no fue lineal ni fácil. Hubo vacilaciones, retrocesos. Una vez, Paula desapareció dos semanas, incapaz de explicar la ausencia. Sofía tembló al sentirse invisible; la miró, de lejos, en una cafetería llena, tan cerca y tan lejos, y entendió que nadie pertenece a nadie y que todo amor se construye desde la libertad y no desde la certeza.
Volvieron a encontrarse. Paula, vulnerable, confesó el pánico: su ex novia había vuelto a la ciudad, y el miedo a repetir errores, a fallar, a no ser suficiente, le habían ganado. Pero Sofía supo que el amor es, también, saber esperar y dejar espacio para que el otro regrese por voluntad y no por necesidad.
Paula volvió.
—Tengo miedo —dijo, meses después, en el banco del parque donde se besaron la primera vez.
—Yo también. Pero quiero caminar contigo. Aunque no sepamos el camino. Aunque a veces duela.
Porque en el fondo, lo que une no es la perfección, sino la posibilidad de sostenerse cuando todo tiembla.
Años más tarde, cuando contaban la historia a otras personas, siempre omitían los detalles tristes. Preferían reirse de la vez que caminaron durante dos horas bajo la lluvia porque no querían despedirse, o cuando se perdieron en el metro y terminaron en un barrio desconocido comiendo pizzas horribles.
En realidad, el amor se había ido escribiendo en los detalles insignificantes: la nota pegada al refrigerador (“te lo dije: eres magia”), el mensaje en madrugada (“pienso en ti, no puedo dormir”), la canción que Paula compuso en secreto y que tocó un domingo cualquiera mientras Sofía la fotografiaba en pijama.
Un relato de amor no tiene por qué ser extraordinario. A veces, basta con tocar la mano adecuada en el momento justo y reconocerse en los ojos del otro, sabiendo que todo lo vivido —las heridas, los silencios, los pasos en falso— cobraban, por fin, sentido.
Sofía había esperado muchos años para encontrar ese alguien ante quien no era necesario ocultar el temblor de su voz o el vértigo de su pasado. Paula, por su parte, pensaba que el amor era solo una suma de pérdidas, hasta que descubrió que, en ciertos brazos, el mundo parece menos hostil.
Esa noche de junio en la que se cumple un año desde la primera confesión, pasean juntas por la ciudad, las manos entrelazadas, dispuestas a domar todos los dragones que aún quedan. Saben que vendrán dudas, más silencios, quizá otra estación difícil. No importa. Se permiten el miedo porque también se han permitido la verdad.
Tal vez no se trate de finales felices, sino de construir espacios seguros donde ser una misma, sin pedir perdón. Al fin y al cabo, como dijo alguna vez Paula, “no es que amar sea un acto heroico, es, simplemente, el acto más humano de todos”.
El verano, y la distancia de sus labios, se hacen cada vez más cortos. La vida, con sus días grises y su asombro intacto, sigue propiciando encuentros inesperados. Y ellas, desde esta certeza, saben que, al menos por hoy, le han ganado una batalla pequeña pero poderosa al miedo.
Quizá mañana necesiten nuevas palabras y nuevas promesas, pero hoy, por un instante, todo es posible. Quizás el amor, como la poesía, se escriba poco a poco, con la honestidad de los cuerpos y la constancia de los jueves juntos.
No hay epílogo. Solo el rumor de la ciudad latiendo, y dos mujeres, al fin, diciendo en voz baja lo que el verano desde siempre supo: que no hace falta más milagro que atreverse a vivir con el corazón en la mano, aun sabiendo los riesgos, pero sabiendo también —y esto es aún más importante— que una vez que sortea el miedo, el amor puede volverse, al menos por un suspiro, invencible.
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