Fragmento:
Ese rincón era el de Renata, una presencia de pasos ligeros y voz grave. Nadie sabía demasiado de ella en el edificio: había llegado hace poco, cargando dos libros, un altavoz, una guitarra y, según decía la portera, unos ojos verdes que a veces parecían más bien dorados. El resto era misterio. Julia, desde su ventana, la observaba con una atención clandestina. Jamás, ni en sus tiempos más valientes, había sentido tanta ansiedad por coincidir en el espacio con alguien.
Duración: 10:54
El aire de Madrid era una broma pesada en las noches de julio, y sin embargo, Julia se aferraba a la barandilla de hierro de su balcón como si pudiera detener el tiempo. Dicen que no hay nada como un gran amor para dejar marcas en el alma; y, sin embargo, Julia tenía dos marcas recientes que palpitaban en el costado de su vida, ardiendo en secreto cada vez que el viento arrastraba unas notas de guitarra desde el piso de enfrente. Han pasado tres meses desde que su vida colapsó, dejando un mapa nuevo y lleno de rutas inexploradas.
No había sido el amor en realidad, pensaba, quien había derramado aquel fuego en su pecho, sino la sensación de estar por fin despierta. El amor que le costaron tres años con Laura fue manso y tierno, pero también fue un refugio acomodaticio, un cariño sin sobresaltos ni vértigo. Con Laura ya no compartía el apartamento, y apenas algún mensaje. Lo que ahora la hacía vibrar era la silueta que, a la misma hora, se recortaba en el rincón de enfrente, pegada a una maceta en la que unos geranios morían de sed y esperanza.
Ese rincón era el de Renata, una presencia de pasos ligeros y voz grave. Nadie sabía demasiado de ella en el edificio: había llegado hace poco, cargando dos libros, un altavoz, una guitarra y, según decía la portera, unos ojos verdes que a veces parecían más bien dorados. El resto era misterio. Julia, desde su ventana, la observaba con una atención clandestina. Jamás, ni en sus tiempos más valientes, había sentido tanta ansiedad por coincidir en el espacio con alguien.
Todo empezó el miércoles del apagón, cuando Madrid decidió dejar a oscuras las calles. Julia estaba en el balcón buscando una señal, cualquier cosa que dijera que el caos era solo un error menor de la ciudad y no una invitación al desastre. Entonces, cruzó las piernas sobre la balaustrada y el rechinar de hierro la delató. Renata levantó la vista, la linterna del móvil como un faro modesto. Un destello saltó entre balcones.
—¿Te asustan los apagones? —preguntó Renata, la voz como un eco cargado de otras vidas.
Julia negó con la cabeza, pero los latidos la traicionaron. Arrastró una silla, se acomodó. Un juego torpe de miradas y preguntas; hablaron primero del calor, después de la música; de repente fueron quince minutos, después una hora.
—¿Quieres venir? —preguntó Julia.
Renata sonrió, la sonrisa torcida entre la sombra y la luz de su móvil.
—¿A saltar? Solo si prometes no mirar abajo.
Aquel salto se convirtió en broma recurrente: cada vez que se veían, Renata señalaba el vacío, y Julia fingía que la idea de atravesarlo era tan solo un atrevimiento de dos amigas en un verano pegajoso.
Pero no eran amigas. Quizá por eso Julia guardaba todas esas sensaciones en el cuaderno lila que escondía en la mesa de noche: allí, entrecruzaba las palabras que nunca diría en voz alta, los mensajes vetados, el tacto invisible de una mano que aún no se había atrevido a cruzar el aire.
*
Las noches siguientes se desarrollaron en un ritual nuevo. Las dos mujeres salían casi a la vez, cada cual con una excusa: el libro, la cerveza, el cigarro. Se miraban de reojo, y el espacio entre ambos balcones era un tramo liminal en el que la posibilidad se solidificaba. Una madrugada, Julia la escuchó tararear una canción, y no resistió la tentación de preguntar qué era.
—Ismael Serrano, ¿te gusta? —dijo Renata.
Y Julia, que solía creer que la música era únicamente el refugio de las adolescentes heridas, asintió, mintiendo con una convicción de actriz veterana.
—Mucho —dijo, la voz ronca de pudor y deseo.
Aquella noche, le pareció que Madrid vibraba distinto.
*
Pero el amor, ya lo decía su tía Consuelo, se parece demasiado a las caídas accidentales. Así fue cuando, huyendo del calor, Julia se encontró en el portal con Marta, la vecina del quinto. Marta era un vendaval de energía, se movía entre las escaleras con la urgencia de quien teme perder el último tren. Hacía meses que le pedía a Julia compañía para tomar algo, y esa noche Julia dijo que sí, casi en automático. Fueron a una terraza diminuta cerca de la Gran Vía, donde las risas de la gente se confundían con el eco lejano de la música en vivo.
Marta hablaba de política, de viajes, de la tarta que solo su abuela sabía preparar y que, según decía, podía cambiar la suerte de cualquier persona. Julia escuchaba mientras, en el fondo, la voz de Renata le martilleaba en la cabeza. ¿Qué hacía sentada en esa mesa? ¿No sería más lógico regresar y asomarse al balcón, tratar de descifrar si el farol de la esquina iluminaba un poco a Renata? Pero Marta tenía una sonrisa generosa y un modo de tratarla que recordaba a la facilidad de las amistades de la adolescencia, donde todo era posible y juzgado a medias.
La noche se estiró hasta que Marta la condujo calle arriba y, justo antes de despedirse, apoyó la frente en la de Julia y se rió.
—Tienes los ojos llenos de historias. Déjame una, anda.
Julia sintió la cercanía de unos labios, pero retrocedió. Algo de Renata la detenía. Aunque nunca se hubieran tocado, aunque no existiera promesa alguna. Marta asintió con los ojos, y fue un alivio y una punzada: lo que podría haber sido, y sin embargo, no fue.
Quizá también había amor en lo que se niega.
*
El regreso al edificio fue silencioso. Al abrir su ventana, cruzó la mirada con la de Renata, despierta todavía, guitarra en las manos. Se saludaron apenas: un gesto mínimo, suficiente para saber que la otra estaba ahí. Julia se aferró a la barandilla, la cabeza dando vueltas. Laura, Marta, Renata. Era como estar aterrizando en una ciudad nueva sin google maps, con solo el instinto animal de perseguir la dirección del viento.
Los días se sucedieron: trabajo a distancia, reuniones densas, la rutina de las compras. Renata se convertía cada vez más en compañía, sin necesidad de palabras. Algunas tardes cruzaron chistes, otras veces Julia solo la observaba regar las plantas, recitar poemas, practicar acordes que luego se mezclaban con el trino de unas palomas descaradas que insistían en compartir el alféizar. Renata parecía tener la virtud de atraer la belleza del caos.
No obstante, Julia tenía miedo. Miedo de expresar lo que sentía, miedo de transformarse, miedo de no saber, por primera vez en años, el destino exacto de su deseo. No era solo el hecho de amar a otra mujer; era el vértigo del cambio, la promesa de una vida donde nada sería estable salvo la incertidumbre.
*
El clímax llegó de modo inesperado, la noche de la verbena de San Lorenzo. Los balcones se llenaron de música barata y guirnaldas, algunos vecinos compartían sangría y risas. Marta la saludó desde su ventana, y Renata, con una flor ridícula enredada en el pelo, le señaló una cuerda floja que separaba ambos balcones, engalanada con luces de colores. Julia se atrevió a reír.
—¿Sabes andar por el aire? —preguntó Renata.
Julia negó, pero se acercó hasta casi rozar la frontera del alféizar. Renata estiró la mano; no era un llamado explícito, sino una invitación humilde.
—¿Y si te caes?
—Siempre se puede subir de nuevo.
Saltó. Dejó atrás el miedo de las palabras, de los planes, de los nombres ajenos. Allí, en el balcón tibio de Renata, el aire ardía como el principio de una historia.
*
Jugaron a las confidencias, sentadas sobre una manta, con los pies colgando en el vacío. Renata le habló de un amor antiguo en Rosario, de una ruptura que la dejó sonando a hueco y de un padre que jamás entendería su modo de amar. Julia confesó lo de Laura y lo de Marta, y la sensación de no pertenecer del todo a ningún lugar.
—Quizá por eso somos tan buenas mirando desde lo alto —dijo Renata—. Pensamos que si nos quedamos en el límite, el mundo no nos va a reclamar nunca.
—Pero igual caemos, ¿no?
Renata asintió, la mirada suave, perfilada de luz.
—Sí. Y si caemos juntas, lo bueno es que habrá testigos para reírse de cómo nos levantamos.
El primer beso fue lento, un roce apenas, los labios secos por el sol y el vino barato. Julia sintió un temblor adolescente, una carcajada retenida. El balcón era tan solo un corredor entre la prudencia y la locura.
*
Los días siguientes se tejieron a un ritmo distinto. Compartieron canciones, platos de pasta cocinados a medias, historias de terror infantiles. Julia se sorprendía de no necesitar grandes actos para mantenerse cerca; la rutina, cuando es compartida, deja de pesar. Las noches largas se acortaban en charlas sobre literatura, películas, y el futuro que ambas se atrevían a imaginar.
Pero también hubo dudas. Julia seguía recibiendo mensajes distantes de Laura, y Marta aparecía con nuevos rumores y planes espontáneos. Renata, con la franqueza de quien no teme perder, le preguntó una noche si no era demasiada gente en el escenario de su vida.
—¿Crees que puedes querer a más de una persona? —indagó Renata, la voz ni celosa ni resentida, solo curiosa.
—Creo que lo que quiero es aprender a elegir —dijo Julia.
—O aprender a vivir con la contradicción.
No era celos lo que se dirimía entre ellas, sino el miedo a lo desconocido. Renata, sin embargo, parecía cómoda en la incertidumbre. No pedía definiciones, solo presencia.
Las semanas pasaron, y Julia descubrió que estaba dejando de mirar hacia abajo. El vértigo había cambiado de signo: le temía más a vivir sin intentarlo que a la caída en sí misma.
*
Un mediodía, bajo una tormenta inesperada, Julia cruzó el pasillo entre los balcones, una taza de té entre las manos temblorosas. Renata la recibió envuelta en una manta azul, el pelo chorreando.
—¿Te arrepientes? —preguntó Renata, a bocajarro.
Julia miró la ciudad, el bullicio de lluvia, la gente corriendo por la acera.
—No. Pero tengo miedo.
Renata la abrazó por la espalda.
—El miedo es la señal de que el balcón merece la pena.
Julia se volvió, le tocó los labios con delicadeza. En ese instante comprendió: el amor no se parecía tanto a la caída como a la decisión de saltar. Había demasiados balcones, demasiadas versiones de sí misma, pero en ese microcosmos flotante, tocada por la música de Renata y la memoria de los otros amores, eligió quedarse.
El verano avanzó, las plantas crecieron, los balcones se adornaron con luces nuevas. Algunas noches, Julia escuchaba el timbre de su propia risa reflejado en el eco de las macetas. Arriba y abajo, la ciudad seguía girando. Pero, entre esos dos balcones, habían inventado un pequeño universo en el que el amor cabía, lleno de preguntas y coraje, de contradicciones y besos indecisos.
Desde entonces, cuando la vida aprieta y el miedo amenaza con ocupar el centro del escenario, Julia asoma el cuerpo al vacío y recuerda: lo importante no es nunca mirar abajo, sino saber que, mientras tanto, hay quien te tiende la mano en el aire.
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