Fragmento:
La cuarta noche, Alba y David no pudieron ir. Iñaki temió pasar por tonto al presentarse solo, pero finalmente entró en el Pub León bajo el pretexto de leer uno de sus libros favoritos. Se sentó en la mesa del rincón, cerca del ventanal, y pidió una cerveza al camarero rubio que no era Gabriel.
Duración: 09:21
La primera vez que Iñaki vio a Gabriel, los vasos de cerveza tintineaban contra la barra del Pub León como si celebraran la llegada tardÃa de la primavera. Era un bar pequeño, cubierto de fotos antiguas, con plantas colgando perezosas cerca del ventanal que daba a la calle Cervantes. La noche era fresca, con una lluvia persistente que jugaba a correr carreras por los cristales. Iñaki habÃa ido con Alba y David, como todos los jueves, pero estaba distraÃdo. No pensaba en los exámenes de la semana próxima, ni en las broncas familiares; ni siquiera en los mensajes sin responder de Óscar, su ex. De hecho, no pensaba en nada, o eso creÃa, hasta que Gabriel apareció tras la barra, secándose las manos con una toalla.
No era especialmente alto, ni sus ojos oscuros prometÃan misterios secretos. Llevaba una camisa blanca con las mangas remangadas y una pulsera de cuero, y al sonreÃr tenÃa una pequeña arruga en la comisura de los labios. Pero habÃa una delicadeza consciente en su andar, una gracia indecisa, el tipo de presencia que se nota aunque no busque destacarse. Iñaki se quedó mirándolo mientras preparaba un mojito, con el ceño ligeramente fruncido y la boca apretada en concentración. Fue Alba quien, riéndose del despiste de Iñaki, lo empujó suavemente con el codo.
—Para, que lo vas a romper con los ojos —susurró divertida—. ¿Lo quieres o se lo pido yo?
Iñaki resopló, evitando sonrojarse. El corazón le latÃa fuerte contra las costillas, como si, por un momento, hubiera olvidado cómo estar solo. Pero siguió bebiendo, mientras Gabriel se deslizaba entre clientes, sirviendo copas y saludos con la misma mano ligera.
La noche avanzó entre risas y canciones. Alba jugaba a hacer cánticos con los nombres de famosos, David imitaba voces de polÃticos. Iñaki se permitió reÃr, pero volvÃa la mirada siempre a la barra, buscando el roce fortuito de una mirada, el cruce de una sonrisa.
Al final de la noche, ya con el bar casi vacÃo, Iñaki se atrevió a pedir otra ronda. Gabriel fue hasta su mesa llevando las tres pintas, y al apoyar la suya rozó sus dedos. Fue un contacto breve, pero fue suficiente. Gabriel no retiró la mano de inmediato. Lo miró, y en ese segundo, Iñaki sintió que toda la tristeza acumulada del invierno se derretÃa.
—¿Vienes mucho por aquÃ? —preguntó Gabriel. TenÃa la voz suave, un poco ronca, como si hubiera estado hablando toda la tarde.
—Desde hace unos meses. Los jueves, sobre todo. Buenas cervezas y... buenas compañÃas.
Gabriel sonrió más ampliamente, esta vez sin disimular la arruga en los labios.
—Me alegra. Si necesitas algo más, solo dime.
El resto de la noche Iñaki sintió la mirada de Gabriel cruzarse con la suya más a menudo. Alba y David lo notaron y lo empujaron a hablar con él cuando se despidieron, pero Iñaki, aprensivo, negó con la cabeza. No era tan fácil. Aún recordaba las broncas de casa, los silencios incómodos tras salir del armario, el rechazo de algunos amigos.
Esa noche, al llegar a casa, Iñaki dudó si escribirle por Instagram, donde habÃa visto que Gabriel era etiquetado en fotos del bar. Finalmente, pensó que serÃa mejor esperar. Pero la imagen de la arruga en la comisura de sus labios lo acompañó hasta que se durmió, abrazado a la almohada como si esperara que alguien más la reclamara.
***
Pasaron tres jueves. En todos, Gabriel estaba trabajando. En todas, hubo excusas para pedir algo más, para quedarse otro rato, para mirar de reojo a la barra.
La cuarta noche, Alba y David no pudieron ir. Iñaki temió pasar por tonto al presentarse solo, pero finalmente entró en el Pub León bajo el pretexto de leer uno de sus libros favoritos. Se sentó en la mesa del rincón, cerca del ventanal, y pidió una cerveza al camarero rubio que no era Gabriel.
La lluvia repicaba afuera. Iñaki se zambulló entre las palabras de la novela hasta que escuchó el conocido timbre de una conversación cercana. Levantó la vista y vio a Gabriel, apoyado en la barra, hablando con la dueña del local.
A la media hora, cuando el bar se fue despejando, fue Gabriel quien vino hasta su mesa. Se apoyó de lado, con los brazos cruzados.
—¿Sin compañÃa hoy? ¿O tu cita es ese libro?
—Nunca falla —respondió Iñaki, levantando la tapa—. Aunque un poco de conversación no estarÃa mal.
Gabriel llevó la mano a su cabello y asintió, sonriendo.
—Te traigo otra cerveza y, si quieres, charlamos un poco cuando se calme esto.
Esa noche, la conversación fue lenta pero cálida. Iñaki contó que estudiaba FilologÃa; Gabriel, que habÃa estudiado Imagen y Sonido antes de decidir que le gustaba más el bar. Hablaron de música, de pelÃculas, de comidas que odiaban. Iñaki se sorprendió de encontrarse cómodo, de cómo fluÃan las frases, corriendo el riesgo de reÃrse demasiado, de dejarse ver un poco más de la cuenta.
—¿Sabes? —Gabriel bajó la voz, mirándolo con una franqueza extraña—. No suelo hablar tanto con los clientes, pero contigo es diferente.
Iñaki, imitando ese atrevimiento recién estrenado, le susurró:
—Tal vez porque quieres ser otra cosa.
La mirada de Gabriel titubeó, pero fue hacia adelante.
—¿Me esperarÃas cuando termine el turno? PodrÃamos ir a dar una vuelta.
El corazón de Iñaki se precipitó. Asintió, la garganta seca de una emoción primaria, casi adolescente. Esa noche, caminando bajo los soportales de la Plaza Mayor, el silencio compartido fue más elocuente que cualquier confesión. Hablaron poco; los dedos se rozaron, al principio casuales, luego buscándose deliberadamente. La ciudad mojada olÃa a promesa, y cuando llegaron al portal de la casa de Gabriel, Iñaki supo que no querÃa irse aún.
—Sube —dijo Gabriel, con voz temblorosa.
La habitación era modesta, con libros amontonados y una guitarra en una esquina. Gabriel le ofreció café, pero Iñaki solo pudo mirar sus manos, la piel pálida y los nudillos marcados.
—Puedes quedarte —susurró él. Y entonces, Iñaki dio el primer paso.
Se besaron despacio, aprendiendo el rostro del otro con los labios, las mejillas, el cuello. Fue un encuentro tembloroso, lleno de inseguridades, pero el deseo nació honesto. Iñaki supo entonces que la verdadera valentÃa no era resistir la soledad, sino abrirse. Permitir que sus cicatrices se rozaran con las del otro. Hicieron el amor sin prisas, enredados en sábanas limpias y palabras torpes: un estreno y un refugio, todo en uno.
Al amanecer, Iñaki se despertó antes. Gabriel dormÃa boca abajo, el cabello revuelto. Lo miró un instante largo, sin atreverse a tocarlo. Recordó las noches en que habÃa temido que su vida se redujera a secretillos y excusas; en que pensó que los cuerpos como los suyos no podÃan ser dignos de deseo, de ternura pública.
Se levantó cauteloso, pero Gabriel abrió los ojos y le sonrió, adormilado.
—¿Te vas?
—Solo iba a hacer café.
Con algo de pudor, Iñaki regresó a la cama. Gabriel lo abrazó por la cintura, y sus corazones chocaron como si se reconocieran en la distancia.
***
Ese fue el comienzo. Una sucesión de noches de pub, de paseos bajo la lluvia, de recitales improvisados y cenas en casas prestadas. La relación nació frágil, sostenida por inseguridades de ambos lados. Gabriel temÃa su propensión a la soledad; Iñaki, el qué dirán de su familia. Pero poco a poco, los encuentros fueron volviéndose cotidianos. CompartÃan listas de Spotify y recetas absurdas, cartas escritas entre clases y servilletas garabateadas con versos. Discutieron a veces, por celos, por miedo al futuro, por las heridas viejas que ambos arrastraban.
Un domingo, Gabriel propuso llevarlo al mar. Alquiló un coche viejo y manejaron hasta una playa cercana, bajo un cielo de nubes gruesas. Se tumbaron en la arena, sin decir nada. El viento les arrastraba el pelo a la cara, y Gabriel tomó la mano de Iñaki, entrelazando los dedos.
—No quiero que esto sea solo un paréntesis —dijo, con voz ronca—. Me gustarÃa probar, de verdad. Aunque no siempre sepa cómo.
Iñaki lo besó en la mejilla, sin miedo, a la vista de las gaviotas, de los niños jugando, y del mundo entero.
AllÃ, en la frontera entre el mar y la tierra, lo entendió al fin: el amor no se trataba de ser perfectos, ni de borrar el pasado. Era un acto de fe. Dos voluntades imperfectas que deciden, a pesar de las dudas, seguir caminando juntas.
Cuando regresaron a la ciudad, Iñaki invitó a Gabriel a su casa. Alba y David estaban en el salón, jugando a las cartas.
—Él es Gabriel —dijo Iñaki, con voz firme.
Hubo un silencio breve, luego sonrisas y aplausos. Alba abrazó primero a Gabriel, luego a Iñaki.
La vida, pensó Iñaki, no era una promesa cumplida, sino una posibilidad abierta. Y en ese momento, al sentir la mano de Gabriel en la suya, supo que era suficiente.
SabÃa también que habrÃa dÃas grises, discusiones absurdas, viejos temores. Pero, cada jueves, al mirar a Gabriel entre vasos de cerveza y risas, sabrÃa que merecÃa la pena intentarlo. Porque cantar a medianoche, aunque sea en voz baja, era también un modo de reclamar el amor como propio.
Y eso, para Iñaki, era la felicidad suficiente.
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