Fragmento:
No supimos cómo acabamos tomándonos de la mano. Fue natural, tan imperceptible, y a la vez tan inmenso. Me atreví a mirarla, y supe que sentía lo mismo que yo: un reconocimiento hondo, una alegría temerosa. “¿Crees que hay un lugar para nosotras?”, pregunté en voz casi apagada.
Duración: 09:01
Al principio fue solo un destello, un movimiento sutil entre los jardines interminables de la vieja Atlanta, allá por la primavera de un año incierto, cuando el polvo rojizo aún se posaba en cada rama y el sol caía lento sobre las casas señoriales. Todo parecía perdurar, aunque la guerra ya hubiese pasado, y el mundo quisiera recomponerse a trompicones. Yo era joven -demasiado para según qué cosas y a la vez demasiado vieja para empezar de nuevo, pensaba-; sin embargo, cuando Regina Dubois llegó, comprendí por fin lo que era el temblor dulce del corazón.
La mansión Hamilton se vistió de gala para recibirla, pues los Dubois eran franceses afincados en Nueva Orleans, pero con sangre de plantadores, y sus visitas levantaban siempre un rumor de admiración y recelo. Tenían ese algo de misterio que los sureños encontrábamos, en secreto, irresistible. Regina traía una brisa ajena, una delicadeza casi cruel y una risa que se deslizaba, dorada, entre las conversaciones. Había escuchado hablar de su habilidad para tocar el piano y, sí, alguien susurró alguna vez sobre su costumbre de rechazar las atenciones de cada caballero presentado. Pero cuando la vi la primera vez, sentada bajo las camelias, con un libro en su regazo y el cabello recogido sin esmero, supe que ninguna de esas historias podía explicarla realmente.
Me llamo Evelyn Harrington y durante años hice lo esperado: asistí a bailes, sonreí a los hombres apropiados, y destaqué por mis habilidades con el bordado y el francés. Atlanta, después de la guerra, era una ciudad donde la memoria se enroscaba en cada esquina, aunque pretendiese mirar al futuro con un optimismo casi desesperado. Yo me movía entre los rituales de la reconstrucción, los cotilleos y las horas perezosas del té de la tarde, agotada por la rutina, buscando siempre algo distinto, aunque sin saber aún qué era.
Regina me encontró antes de que yo tuviera ocasión de buscarla. Fue durante el gran baile de bienvenida en la casa de los Hamilton. La sala, iluminada por cien velas, bailaba como un fuego entre los tapices y retratos, y las risas subían hasta los balcones. Allí estaba ella, rodeada de un grupo de admiradores que se deshacían en galanterías, ajena y divertida. Me acerqué como quien acude a una llamada inesperada. Cuando nuestras miradas se encontraron, la vi sonreír de un modo que era solo para mí. “Mademoiselle Harrington, ¿querría salvarme de esta jauría?”, musitó en su acento apenas perceptible.
Accedí con una formalidad que nada tenía de auténtica. Caminamos entre los invitados, cruzando palabras banales mientras algo más profundo, eléctrico, nos rodeaba. Cada roce accidental de su brazo encendía mi piel, su voz era una melodía que solo yo podía escuchar. Antes de darme cuenta, salimos a la terraza para alejarnos del bullicio. La noche caía, tibia, sobre la ciudad, y los grillos traían consigo promesas de secretos.
“Nunca me han gustado los bailes”, confesó, sus ojos en las magnolias, “solo me he sentido viva tocando el piano o leyendo”. La vi frágil por un instante, y tuve el deseo casi infantil de protegerla. Hablamos más, de libros, de sueños abortados por la guerra, de lo que se sentía ser diferente en un lugar donde cada paso era vigilado. Allí, en el silencio cómplice de la noche, todo parecía posible.
No supimos cómo acabamos tomándonos de la mano. Fue natural, tan imperceptible, y a la vez tan inmenso. Me atreví a mirarla, y supe que sentía lo mismo que yo: un reconocimiento hondo, una alegría temerosa. “¿Crees que hay un lugar para nosotras?”, pregunté en voz casi apagada.
Regina apretó mi mano, y en sus ojos vi reflejada la luna. “Quizá, si lo inventamos”.
Aquella noche marcó el inicio de nuestro secreto. Atlanta tenía ojos en todas partes, y los rumores eran rápidos y traicioneros; sabíamos que nadie nos entendería, pero ninguna de las dos pudo resistir la felicidad clandestina que nos envolvía al estar juntas. Todo nuestro amor floreció entre los huecos de la rutina diaria: entre libros compartidos en la biblioteca de la mansión, notas deslizadas bajo la puerta, paseos tempranos cuando aún la ciudad soñaba. A veces, tan solo nos rozábamos los dedos al pasar junto a las hortensias, pero cada contacto era una chispa encendida en mitad de la resignación sureña.
Recuerdo una tarde como ninguna otra, a finales de la primavera. Las lluvias habían dado paso a un aire más limpio, y la luz del sol caía a raudales entre los arcos del jardín. Regina me aguardaba en el cenador, luciendo un vestido de lino claro y el cabello suelto, como nunca antes. Traía consigo una cesta de fresas, de las que cultivábamos a escondidas en el huerto menos transitado. Nos sentamos en el suelo, riendo por cualquier cosa, como si el mundo estuviese hecho solo para nosotras dos.
“¿Sabes?”, dijo ella mientras partía una fresa en dos, “cuando era niña, pensaba que el amor debía ser un acto de valentía. Nunca imaginé que la valentía podría ser solo esto… mirarnos, aquí, solas, sin miedo”. Le agradecí en silencio que pusiese en palabras lo que yo era incapaz de confesar ante nadie. Me incliné para rozar sus labios, una caricia tierna, rápida, apenas una promesa. Pero en ese instante, el resto del mundo desapareció. Éramos solo nosotras, el aroma de la tierra, las fresas dulces, y la certeza indeleble de nuestro amor.
Las semanas pasaron, cada día más audaces en nuestra intimidad tácita. Reginamagnetizaba cada estancia en la que entraba, pero reservaba para mí la calidez de sus sonrisas verdaderas. Le compré un broche pequeño, una camelia de plata, para que siempre me llevara consigo sin levantar sospechas. Ella, a cambio, compuso una melodía para piano, una pieza suave y dulce que tocaba para mí en los atardeceres, cuando el resto de la casa se sumía en su letargo. Era nuestra manera de decirnos “te amo”: un gesto sencillo, disfrazado en la rutina.
Hasta que la realidad, densa y cruel, empezó a golpetear a las puertas de nuestro refugio.
Mi madre, la severa señora Harrington, empezó a notar mi ausencias y los rumores hicieron lo suyo. Una noche, me llamó a su despacho, donde el aire olía a humedad y a polvo rancio. “Hija, dicen que frecuentas demasiado a la señorita Dubois. Dicen muchas cosas… No debemos dar de qué hablar. No puedes permitir que… tus amistades arruinen tu futuro”.
Me defendí con evasivas, recé para que no sospechara nada. Pero por dentro, el miedo se enquistó en mi pecho. Atlanta podía ser un lugar muy pequeño, y el odio viajaba rápido.
Regina también enfrentó preguntas. “Mis padres creen que debería regresar a Nueva Orleans”, me confió una tarde, la voz deshecha. “Aquí no tenemos futuro, me dicen. Dicen que la gente mira, y la gente habla”. Pude ver el dolor en sus ojos, la resignación forzada. Me negué a llorar, porque sabía que en aquel rincón del jardín aún podíamos aferrarnos la una a la otra.
Aquella noche, resolvimos escribirnos cartas, un plan desesperado por mantener lo nuestro en secreto. Cada mañana hallaba un sobre en mi almohada, con palabras de amor que aún puedo recitar de memoria. “Evelyn, en ti hallé la melodía que no sabía que buscaba. Si llega el día en que debamos separarnos, prométeme que no olvidarás. Que seremos valientes, aunque sea en soledad. Te amo como los poetas aman al silencio”.
El verano llegó con su carga de presagios. Un atardecer, supe que debía acompañarla al embarcadero. Su familia regresaba al sur, y yo, impasible, debía ver cómo la mujer a la que amaba se alejaba de mí por culpa del temor y la ignorancia. Caminamos en silencio, solo mi brazo aferrado al suyo nos mantenía ancladas a este mundo. Una vez más, bajo el crepúsculo rojizo, me atreví a besar sus labios.
“Nunca dejaré de buscarte, Regina”, susurré.
Ella sonrió, con los ojos empañados de lágrimas. “Si alguna vez el mundo cambia, si alguna vez hay un lugar para nosotras, prométeme que nos reencontraremos bajo las camelias”.
Con el corazón hecho jirones, regresé a mi vida. Los años pasaron. Me resigné a aceptar un matrimonio de conveniencia con un hombre bondadoso, pero distante. Atlanta creció y cambió, pero para mí, siempre olía a despedida y a camelia. La recuerdo todos los días, y aún duermo con una carta suya bajo la almohada, su melodía encerrada en mi memoria.
Hasta que una mañana, muchos años después, recibí una carta con un sello familiar: el de los Dubois. Era breve, directa: “Evelyn, han pasado demasiados inviernos. La guerra terminó, y también nuestros miedos. He comprado una casa en Atlanta, bajo las mismas camelias que nos vieron soñar. Si aún me recuerdas, ven. El mundo ha cambiado. Por fin, es lugar para nosotras”.
Salí corriendo, con lágrimas en los ojos, y al doblar la esquina del jardín la vi. Regina, mayor pero intacta bajo las flores de camelia, tendiéndome los brazos.
“Te he esperado toda mi vida”, le dije antes de besarla, y el mundo, por fin, se llenó de música.
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