Portada del relato Bajo el Mismo Cerezo
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Fragmento:


—He estado recordando —comenzó Adrien, las palabras deslizándose como vino añejo—. Aquella tarde. Cuando dijiste que todo sería distinto si fuéramos valientes…

Duración: 07:34

Bajo el Mismo Cerezo
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Texto de ajuste de pausa.

El sol se colaba tamizado por las ramas viejas de los cerezos, tiñendo de oro el antiguo sendero de grava. Esa mañana, Leo apenas sintió el paso de los años sobre sus hombros; su cuerpo era aún joven, pero en su pecho pesaba, como siempre, la nostalgia de aquel verano que nunca había terminado del todo. Fingió mirar su agenda en el móvil, aunque sabía que había venido a este parque por una única razón: el recuerdo continuo de Adrien.

El parque siempre había sido testigo de sus encuentros y desencuentros. Los bancos de madera, pintados de verde pálido, habían sido su refugio en los días de huida y también en las tardes calurosas en que se permitían mirarse como nadie más. Leo recordaba la primera vez que Adrien lo besó allí, bajo el mismo cerezo, una primavera de ocho años atrás. Adrien reía poco, pero ese día el sol hizo brillar su sonrisa como si hubiese resplandecido toda la ciudad para los dos.

Ahora era pleno otoño, y apenas quedaban pétalos en las ramas; sólo algunos puntos rosados resistían, aferrados como los últimos recuerdos, flotando sobre las hojas secas. Leo se sentó, procurando el mismo banco. Cerró los ojos. En el viento helado, olía a las primeras lluvias de la temporada, pero quizás era el perfume residual del otro, el aroma sutil de Adrien en los puntos ciegos de su memoria.

El sonido de unos pasos suaves sobre la grava lo hizo abrir los ojos. Parpadeó dos veces antes de creerlo: Adrien, ocho años después, lo miraba casi al borde de las lágrimas, rojo el rostro como en aquellos días de confesiones y primeras veces.

—¿Puedo sentarme? —preguntó Adrien, la voz apenas un susurro.

Leo asintió, sus manos sudaban al apoyarlas sobre el banco frío. Había soñado tantas veces con este reencuentro que ahora todo le parecía un espejismo.

—Nunca pensé que volverías —dijo Leo, intentando detener el temblor en su voz.

—Yo tampoco —replicó Adrien, con una media sonrisa. Era más delgado, el cabello más largo le caía en ondas desordenadas sobre la frente. Pero sus ojos, grises y profundos, eran inconfundibles.

El silencio se extendió entre ellos, cómodo y a la vez incómodo, como si cada uno estuviera contando los años y los besos silenciados. Había en el aire un campo eléctrico de posibilidad, como si el destino les hubiese dado una segunda oportunidad para enmendar lo irreparable.

—He estado recordando —comenzó Adrien, las palabras deslizándose como vino añejo—. Aquella tarde. Cuando dijiste que todo sería distinto si fuéramos valientes…

Leo tragó saliva. El dolor era acerado y dulce, una flecha que no terminaba de salir ni de enterrarse bajo la piel.

—Teníamos miedo —admitió Leo—. Y con razón.

Lo habían tenido, sí. En aquel tiempo, el peso de ser mirados —de admitir, ante sus familias, ante sus amigos, ante un mundo que todavía no había aprendido a mirar sin juzgar— fue demasiado. Cuando Adrien anunció que se iría a estudiar a Londres, Leo lo dejó ir, mordiéndose la angustia, prometiéndose que ése era el único modo de amarle sin destruirse. No hubo peleas, sólo un adiós entre lágrimas y cartas nunca enviadas.

—Vi tus fotos —dijo Adrien, y sacó de su chaqueta un pequeño álbum—. Las publicaste cuando estuviste en Japón. Dijiste que los cerezos te daban paz.

Leo sonrió con dolor. El álbum estaba raído en los bordes, como si muchos dedos lo hubieran recorrido una y otra vez, buscando un significado entre imágenes y promesas.

—¿Por qué volviste? —preguntó Leo, alzando por fin la mirada.

Adrien dudó, hundiéndose en el chaleco con la misma timidez de antes. Pero luego, como si el tiempo no pesara, buscó la mano de Leo y la tomó entre las suyas.

—Porque siempre te llevo conmigo —susurró—. Porque por más que viaje, por más que intente olvidarme o descubrirme en otra gente, siempre encuentro tu sombra, tu más mínimo gesto, en todas partes. Quiero saber si... si puedo tener otra vez ese coraje, ahora contigo.

Leo sintió cómo el contacto le recorría el brazo como una descarga eléctrica, despertando sensaciones casi olvidadas: el primer roce accidentado de sus dedos, la ansiedad deliciosa de no saber si serían descubiertos, el arrebato del primer beso, la certeza del amor que, pese a los años, no había hiso sino transformarse en algo más maduro, más profundo.

—¿Aún tienes miedo? —preguntó Adrien.

Leo se lo preguntó a sí mismo. Habían pasado años, sí, pero en su pecho aún anidaba una pequeña voz de advertencia. Habían amado entre sombras, a contracorriente, entre noches insomnes y promesas susurradas en almohadas compartidas. Y aun así, allí estaban, enteros, aunque un poco doblados por la vida.

—Sí —admitió—. Pero tengo más miedo de no intentarlo de nuevo.

Eso bastó. Adrien reía, lágrimas brillando en la comisura de sus ojos. Soltó el aire, como si acabara de saltar por primera vez al agua.

—Hay algo que quiero que veas —dijo Adrien, y sacó de la mochila una caja pequeña. Al abrirla, Leo vio un colgante de oro con un diminuto cerezo grabado. Dentro, en miniatura, la foto de los dos, al pie de aquel árbol, ocho años más jóvenes—. Lo llevé todo este tiempo —confesó—. Dejé de usarlo, pero nunca me atreví a dejarlo atrás.

El peso del colgante en sus manos fue demasiado. Leo abrazó a Adrien, apretándolo contra sí como si el tiempo se pudiera revertir, como si cada abrazo fuera un milagro encontrado al azar entre la multitud. Sintió la respiración tibia de Adrien y su propio corazón apresurándose bajo la camisa.

Se quedaron así, callados, mientras el sol descendía y la tarde se volvía dorada. Alguien pasó caminando por el sendero, sin prestarles atención, y Leo se permitió cerrar los ojos, aspirar el perfume de Adrien, beberse la sensación de pertenecer, por unos minutos, a alguien más.

—¿Volverás aquí? —preguntó Adrien, sin soltarse.

—Mañana, y pasado, y todos los días, si hace falta —prometió Leo, acariciándole el rostro.

Pasó una brisa, arremolinando las hojas caídas. El crepúsculo era ya inminente y las luces del parque se encendieron, lanzando su resplandor tibio sobre ellos. Leo recordó tantos días de espera en soledad, y comprendió que el amor, cuando es verdadero, no se apaga sino que se transforma, sobrevive a la distancia y los silencios, atraviesa años y continentes y vuelve cuando encuentra la oportunidad.

—Si te quedas —susurró Adrien, apoyando la cabeza en su hombro—. Si te quedas, prometo no volver a dejar que el miedo decida por nosotros.

No hicieron promesas vacías. No mencionaron para siempre, ni el futuro. Pero en ese instante, en ese banco —bajo el mismo cerezo de sus primeros abrazos—, se permitieron recordar lo que fueron y desear, sin voz, todo lo que podrían ser.

Cuando por fin se separaron, el mundo parecía haberse alineado bajo el signo del reencuentro y el deseo. Leo miró su reloj, temeroso de ver desfilar el tiempo como un enemigo. Pero Adrien no se levantó, no hizo ademán de marcharse. Sólo tomó su mano de nuevo, entrelazando sus dedos como si nunca hubiese existido una grieta entre ellos.

La noche cayó suave sobre el parque, cubriendo de penumbras los viejos bancos y los cerezos, que en la oscuridad parecían custodiar el secreto de un amor hallado contra todo pronóstico. Leo pensó que, pasara lo que pasara después, ya no tendría miedo de recordar. Porque el amor de Adrien, persistente y tenaz, era tan suyo como cada hoja que el viento arrancaba, una y otra vez, de aquel árbol testigo.

Ambos se pusieron de pie, caminando despacio entre las sombras, sabiéndose observados tan solo por las estrellas y los ecos eternos de todo lo que fue y vuelve, siempre, cuando el corazón se atreve a esperar.

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