Portada del relato Pinturas en la Pared del Corazón
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Fragmento:


Carla notó que algo en la atmósfera cambiaba; el frío de la noche se colaba por la puerta entreabierta, mezclándose con algo más que no podía nombrar.

Duración: 09:54

Pinturas en la Pared del Corazón
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Texto de ajuste de pausa.

Las noches de enero acostumbran a ser frías en Granada, pero ese año, el viento aún no decidía si azotar las ventanas con rabia o dejar que el silencio penetrara en las piedras viejas de la ciudad. Carla no tenía predilección por el invierno; prefería la tibieza de las tardes estivales en la Plaza Nueva, el calor palpitante de los adoquines y el bullicio de las terrazas repletas. Sin embargo, esta noche abría las puertas de su galería, una discreta estancia en el corazón del Albayzín, a una exposición que era mucho más que el debut de una artista: era, quizás, el umbral de otro tipo de aventura.

Su móvil vibró en el bolsillo trasero de sus vaqueros, justo cuando ajustaba el último foco frente a la pieza principal: una tela grande, trazada con colores violentos y tiernos al mismo tiempo, sombras de cuerpos y promesas entrelazadas. Mensaje de Paula. Bajó el volumen de la música—algo de Arctic Monkeys que no era la mejor opción para una velada tan íntima, pensó después—y leyó:

«Llegaré en 20 minutos. Traigo vino. Y ganas.»

Carla sonrió a pesar del leve estremecimiento de nervios en su vientre. Paula y ella se conocieron hacía tres años, durante una presentación de un poemario lésbico en la facultad de Letras. Las primeras veces sólo se animaron a compartir cafés rápidos entre clase y clase. Después llegaron las tardes de cine de autor, la risa fácil sentadas en el césped de la facultad, confidencias que solo afloran cuando las noches se alargan y ninguna quiere irse a casa tan pronto.

Pero había una frontera, delicada como un hilo, entre el afecto y algo más. Carla la sentía palpitando en las palabras no dichas, en el roce casual de las manos al cambiarse los abrigos, en las miradas que a veces duraban demasiado. Una frontera que, esta noche, temía cruzar tanto como ansiaba.

El rumor de las voces la arrancó de su ensueño. Las primeras invitadas comenzaron a llegar; el espacio se inundó de bufandas gruesas, labios pintados, sonrisas tímidas. Allí estaba Blanca, la hermana de Carla, con su novia Marta; Aurora, el alma de las fiestas queer de la ciudad, que animaba cualquier ambiente con dos frases y un chascarrillo. Carla saludó y recibió abrazos cálidos. Recibió elogios y algunas bromas sobre la "misteriosa musa" de la colección. Contestó sin sonrojarse, aunque la emoción la picaba por dentro.

Y entonces, Paula.

Entró vestida con un abrigo mostaza, bufanda granate y aquellos rizos desordenados que tanto odiaba—decía ella—y que Carla siempre quiso acariciar. Sujetaba la botella de vino por el cuello y su sonrisa, enorme, llenó la sala de una generosidad que era solo suya. Cuando la vio, Carla la sintió llegar no solo a la galería, sino también a la parte de sí que había estado adormecida las últimas semanas.

"Guapísima," le murmuró Paula mientras le besaba la mejilla, el exceso de proximidad resonando en la punta de sus orejas. "El sitio huele a ti."

Carla fingió reírse, pero sabía que la instalación olía a algo más: a noches de insomnio, a pintura al óleo y al sudor de la anticipación.

El vaivén de la velada la mantuvo ocupada. Carla presentó a Paula a algunos asistentes, sirvió vino y quesos, sonrió y agradeció comentarios sobre el arte de su "amiga", Clara Díaz, que en realidad era Carla misma, usando un alter ego para protegerse de juicios familiares y sociales. Sólo unas pocas sabían el secreto. Paula, por supuesto, era una de ellas.

Mientras circulaban entre las obras, Paula la observaba con una mezcla de ternura y deseo camuflado tras bromas y chistes de mal gusto. El ambiente se espesaba. Las risas se superponían, el aire se cargaba de palabras, copas y confesiones. A la media noche, cuando sólo quedaban unos pocos rezagados bajo la luz difusa y las canciones se habían vuelto suaves, Paula se acercó. Toca el borde de la tela principal.

“¿Sabes? Podría reconocer tus trazos hasta con los ojos cerrados. Tus cuadros tienen siempre azul entre las sombras.”

Carla se permitió el lujo de no contestar. Era verdad. Pintaba el azul de Paula en cada sombra, pensando en su fragilidad y sus ganas de comerse el mundo.

Paula giró sobre sí, copa en mano, y la miró como si intentara grabarla en la memoria. “Quiero preguntarte algo, pero me da miedo arruinarlo todo.”

Carla notó que algo en la atmósfera cambiaba; el frío de la noche se colaba por la puerta entreabierta, mezclándose con algo más que no podía nombrar.

“Hazlo,” susurró, demasiado bajo para cualquiera, demasiado claro para Paula.

“No sé cómo hacerlo sin parecer cursi.” Paula se rió, agitando el vino. “¿Tú y yo? ¿Podríamos probar a dejar de intentar ser solo amigas? Es un poco ridículo intentar que no me gustes más de lo que debería. O no sé si debería, en realidad...”

Carla tragó saliva. Había deseado oírlo, pero ahora que lo escuchaba, el vértigo la tomó por la espalda. No pudo evitarlo: rió. Una carcajada nerviosa pero sincera que despertó la curiosidad de las últimas parejas en la sala.

“Cierra la puerta,” dijo por fin. “Tengo frío.”

Paula, diligente, cumplió la orden. Ahora solo estaban ellas, y el eco de la música bajito entre muros hipnotizados por su historia.

“Tienes razón. No quiero ser solo amiga tuya. Ni hoy, ni mañana. Y tampoco creo que puedas impedírmelo.” Carla se sorprendió de su propia osadía.

La única respuesta de Paula fue buscar, despacio, su mano. La apretó. Su piel era tibia, callosa de tanto escribir, y la caricia fue en todas las dimensiones que Carla había imaginado en sus noches de insomnio.

Hablaron largo rato, primero de tonterías—series, la universidad, futuros remotos—y pronto de cosas más intensas. De cómo era sentir miedo al mostrarse, de familias a medias, de rupturas anteriores y de la ardiente injusticia de ir por la calle agarradas de la mano y recibir miradas que rezuman veneno y prejuicio.

Paula le preguntó, entonces, en susurros: “¿Qué pasará mañana?”

“No sé. Pero quiero averiguarlo contigo.”

Una punzada de vuestra recorrió Carla ante la posibilidad de que ese “contigo” significara mucho más que una noche. Se preguntó si sería posible encajar sus diferencias: Paula, valiente y alborotadora, ella más cauta y convencional; una niña bien de barrio acomodado, la otra superviviente de mil mudanzas y becas. Pero la vida nunca le gustó a las personas que solo apostaban sobre seguro.

—¿Vamos a mi casa? —le ofreció Carla, rozando la decisión más íntima de la noche, tan real y tan simple en ese instante.

—Quiero. Pero solo si tienes otra botella de vino, —bromeó Paula.

Caminaron abrazadas, bajo la niebla clandestina de la madrugada, con una timidez sobrecogedora y una alegría nueva que les llenaba el pecho de electricidad. La ciudad parecía observarlas, como si se apiadara de su ansia y prodigara una bendición muda sobre sus pasos torpes.

El piso de Carla era pequeño, lleno de lienzos en proceso, libros caídos y plantas enloquecidas que trepaban por cualquier rincón soleado. Cerró la puerta, encendió la luz suave de la cocina, sirvió dos copas del mismo vino que habían abierto, y guardaron silencio, como si el mundo contuviera el aliento.

—¿Y si mañana damos miedo? —preguntó Carla, de pronto asustada—. ¿Si no sabemos cómo hacerlo y terminamos peor que al principio?

Paula apoyó la copa sin dejar de mirarla.

—Entonces mañana nos reímos de nuestro miedo. Pero por favor, no me pidas fingir que no te amo un poquito ya.

La frase resonó en la estancia con la fuerza de un cuadro terminado. Carla se acercó despacio, como temerosa de romper ese hechizo frágil y nuevo, y la besó. Descubrió que la boca de Paula sabía a más vino y a algo indefinible: la promesa salvaje de ser comprendida por fin.

La ropa cayó como caen los abrigos después de un largo viaje. Se exploraron con la torpeza de quienes se conocen mucho en la superficie pero casi nada debajo de la piel, con la impaciencia de los años de espera y la reverencia de quienes han esperado su momento demasiado tiempo.

Paula besó la espalda de Carla, leyó con los labios los tatuajes desvaídos que cruzaban su cintura, mientras la luz tenue hacía danzar las sombras sobre las paredes blancas. Carla se dejó dibujar, se abrió, se entregó al desconcierto gozoso de un nuevo amor. Los cuerpos se buscaron, a veces torpes, a veces precisos, siempre verdaderos. Cada gemido fue un poema, cada suspiro una declaración tácita.

Después, exhaustas, se acurrucaron bajo una manta vieja, con el corazón latiendo demasiado deprisa para una noche tan tranquila.

Carla, con la cabeza sobre el pecho cálido de Paula, susurró sin atreverse a mirar:

—¿Este era el miedo del que hablábamos?

Paula la abrazó más fuerte.

—No. El miedo es no hacer esto nunca. El miedo es volver a la rutina y fingir que somos solo amigas mientras me muero de ganas de encontrarte de nuevo en cada cuadro que pintes.

Rieron, dulcemente, hasta quedarse casi dormidas entre sueños compartidos y la certeza de que, al menos esa vez, habían cruzado la frontera.

A la mañana siguiente, el sol apareció tras la Alhambra, tibio y luminoso por primera vez en semanas. Carla preparó café, Paula tarareó una canción absurda, y se amaron otra vez antes de vestirse y volver fuera, más valientes y más vivas que nunca.

El mundo seguiría siendo territorio incierto. Los juicios externos, los miedos, las familias a destiempo y las miradas hostiles no desaparecerían con un beso. Pero en la pequeña galería, entre telas frescas y alientos compartidos, Carla y Paula supieron que su historia era tan legítima como los cuadros colgados en las paredes: imperfecta, valiente, y, sobre todo, auténtica.

Fuera, la ciudad seguía con su vida y su invierno, ajena apenas, ignorante de la revolución sutil que se había desatado en la quietud de una noche. Pero ellas, a partir de entonces, supieron su verdad: no todas las fronteras existen para no ser cruzadas.

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