Portada del relato Brumas en la ribera
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Fragmento:


Las manos —suaves, nerviosas— se entrelazaban mientras el cielo cambiaba de oro a granate. Les gustaba hablar en susurros, como si la bruma pudiera ser testigo y juez. “Si pudieras ser cualquier cosa —preguntó Elián una tarde—, ¿qué serías?” Lucien lo miró, con el corazón encogido: “Un hombre sin miedo”, susurró. Elián rió, pero sólo con los labios: “Entonces, yo sería el coraje que buscas”.

Duración: 09:54

Brumas en la ribera
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Texto de ajuste de pausa.

La niebla caía espesa sobre el lago Montclair, una sábana gris y suave que ocultaba las formas y borraba los contornos, incluso los de los propios recuerdos. En la ribera sur, a medio andar entre árboles hasta entonces dormidos y un sendero de piedras resbaladizas, se encontraba Lucien, la cabeza oculta en la capucha, los guantes aún impregnados de tinta. Había huido antes del amanecer, buscando en el silencio una respuesta a lo que nunca se atrevía a escribir en sus cartas.

Era un escritor sin fama, pero con suficientes palabras revoloteando en la sangre para componer canciones de amor y rabia, obras enteras dedicadas a amores imposibles. Las noches de verano, igual que los inviernos traicioneros, encontraba siempre refugio en las orillas de aquel lago, espejeante y vigilante, como si no lo juzgara por los secretos que compartía solo con las aguas.

Fue allí, una tarde en la que el sol parecía rendirse antes de lo acostumbrado, cuando vio a Elián por primera vez. Aún recuerda el sonido de sus risas, la ligereza de sus pasos, los brazos extendidos como si pudiera abrazar toda la extensión del lago en un solo gesto inocente. Los niños del pueblo temían al lago después de la caída de Clémence, aquel invierno en que el hielo había cedido, pero Elián parecía, de alguna manera, reconciliado con el peligro.

Lucien entonces tenía veintiséis años y un corazón que latía más para los ojos ajenos que para las convenciones. Fue un simple saludo —un “buenas tardes” roto por la timidez— lo que empezó a calar poco a poco el hielo viejo de sus costumbres. Elián recogía flores para su madre, y Lucien escribía historias que nadie leía, hasta que se atrevió a mostrárselas entre tartamudeos: “Si quieres, puedo leerte algo…”. Y el mundo entero pareció girar.

Pero Appérine, el pueblo al otro lado de la avenida de álamos, nunca miraba con dulzura. Entre sus casas de madera y las miradas filosas, las palabras “diferente” y “sagrado” se mezclaban mal, como el aceite en el agua. Nadie hablaba del pasado, de los cuadros ocultos en desvanes, de amores que nunca se permitieron respirar libremente, ahogados con la misma eficacia con que el lago se tragaba piedras.

Durante meses, Lucien y Elián se encontraron cada domingo al caer la tarde, con una rutina tan precisa que podría haberla dictado el viejo campanario de San Lázaro. Elián, seis años más joven, era hijo del panadero y soñador a tiempo completo, con una sonrisa que siempre parecía a punto de desafiar a la autoridad. Lucien, por su parte, era hijo del silencio y del temor, y aún así se permitía, en esa ribera mágica, soltar el brazo y recoger la mano de Elián en secreto.

Las manos —suaves, nerviosas— se entrelazaban mientras el cielo cambiaba de oro a granate. Les gustaba hablar en susurros, como si la bruma pudiera ser testigo y juez. “Si pudieras ser cualquier cosa —preguntó Elián una tarde—, ¿qué serías?” Lucien lo miró, con el corazón encogido: “Un hombre sin miedo”, susurró. Elián rió, pero sólo con los labios: “Entonces, yo sería el coraje que buscas”.

Se prometieron mil veces no enamorarse, no pronunciar siquiera el nombre del otro fuera del círculo seguro del lago. Pero ya era tarde incluso antes de que lo supieran. Había flores prensadas entre sus libros; la fragancia del pan caliente después de los atardeceres; y cartas escondidas bajo piedras, cartas que nunca serían enviadas pero sí leídas cien veces, hasta memorizar la voz del otro en el papel.

Todo cambió aquella noche en que Appérine encendió faroles para la Fiesta de San Juan. Lucien creía haber escondido bien las huellas de su felicidad —no había confesión ni gesto que delatara su fuego interior—, pero en pueblos pequeños basta con un susurro, una mirada prolongada, para que la sospecha quede sembrada. La hermana de Elián, inquieta y protectora, interceptó una de sus cartas, escondida en el hueco de la corteza del gran sauce. El papel no contenía más que un poema y la inicial de un nombre.

Las consecuencias fueron tajantes, brutales. Elián, apenas adolescente aún, fue confinado en la panadería y vigilado casi como reo; Lucien, por su parte, vio cómo su casero le notificaba que alguien había hablado demasiado. Se encontró pronto sin hogar, durmiendo en la trastienda de la librería donde había trabajado unos años. Pero el lago seguía allí, ofreciéndose como única vía de consuelo.

Breves encuentros furtivos reemplazaron los días largos de confidencias. Se veían de noche, a la luz vacilante de la luna llena. La pasión, antes temerosa, ahora transitaba el filo peligroso del deseo y la urgencia. “Nos van a encontrar,” susurraba Elián, pero sus besos no cesaban. Se amaban con el miedo apretando sus cuerpos, y cada abrazo era tan desesperado que parecía el último.

Había entre ellos una promesa nunca dicha: un día, cuando las aguas estuvieran listas, cruzarían el lago y escaparían hacia la ciudad, donde nadie conocía sus nombres ni sus rostros, donde los secretos no tenían eco. Pero los días pasaban y la promesa se desvanecía, flotando entre los lirios y las algas, recubierta de dudas y de “quizás”.

El verano se tornó otoño. Los árboles derramaron sus hojas en las sendas, alfombrando de oro y carmesí el camino hacia la orilla. Una noche en particular, la luna flotaba como un cuarto de moneda sobre el lago y Lucien llegó antes de la hora señalada. Esperó y esperó, contando el vaivén de las ramas, las burbujas en el agua. Un cuaderno caído a sus pies, con la letra de Elián (“Ven, esta noche. Lo he decidido, Lucien. Ya no quiero temer…”). Pero Elián no apareció.

El viento creció, frío y afilado. De la bruma salió sólo un susurro: “No he podido. Me han visto. Están aquí, buscan…” Y Lucien, impulsado por el miedo y el amor, corrió entre los árboles. Atrás, escuchó voces; vio antorchas, sintió el humo y los gritos. Lo capturaron antes del muelle. Nadie lo golpeó, pero la humillación fue más aguda que cualquier castigo físico: lo arrastraron al centro del pueblo y lo exhibieron como lección viviente de “lo que no se dice, lo que no se hace”.

No volvió a ver a Elián esa noche, ni durante muchas noches. Los rumores, filtrados a través de la misma red invisible que tejía el escándalo y la represión, decían que Elián había sido enviado a sus tíos en la ciudad. Lucien se desplazó entre las horas como un fantasma. Escribía cartas que nunca entregaba, y cada tarde se sentaba en la ribera, mirando las sombras alargarse sobre el agua.

Fue un invierno cruel, de esos que cierran los caminos y encadenan las puertas. Algunas noches, Lucien soñaba que el lago había crecido hasta inundar el pueblo, llevándose con él los secretos, las habladurías, incluso los nombres. Otras veces, creía escuchar una risa al otro lado de la bruma, pero eso sólo eran recuerdos, ecos de una felicidad irrepetible.

Pasaron los años. El lago Montclair se hizo más pequeño a sus ojos; sus orillas, más distantes. Lucien se convirtió en bibliotecario, custodiando libros en cuya tinta aún goteaban las palabras que él mismo no supo vivir. Entre los estantes, encontraba a veces a jóvenes parejas escurriéndose para robarse besos prohibidos, y les sonreía, guardando su secreto y también el suyo.

En una carta sin remite, manuscrita en una caligrafía temblorosa, encontró un día un escueto mensaje: “La ciudad no me cambió. Sigo buscándote en los reflejos. Si acaso la bruma despeja, estaré allí, junto al lago, el último domingo de este mes”. Lucien la sostuvo entre los dedos largo rato, dudando entre el miedo y la esperanza. Los años, pensó, no borran la añoranza, sólo la vuelven más honda y profunda.

El domingo llegó, gris y tibio, con las hojas esperando un nuevo ciclo. Lucien caminó en silencio, sentía las palabras hervirle debajo de la lengua. La orilla estaba solitaria; apenas unos patos, el rumor de los árboles, el reflejo pálido de la luz sobre el agua. Esperó. Un minuto, diez, una hora, mientras la niebla descendía una vez más.

Al final, la figura apareció entre los troncos: más alto, menos niño; el cabello recogido, la barbilla triangular. Elián. Se miraron largo rato, como si necesitaran comprobar que no era otro engaño de la bruma, otra artimaña cruel del paso del tiempo.

No corrieron, no se abrazaron enseguida. Había algo más fuerte y más delicado en la manera en que se acercaron; una reverencia muda a todo lo perdido y todo lo soñado. Cuando al fin sus manos se encontraron, era más un pacto antiguo que un primer encuentro.

—¿Te marchaste solo para protegerme? —musitó Lucien.

—No —respondió Elián—. Me fui porque tenía miedo de nunca atreverme a volver.

La confusión, la pasión, el dolor de todos aquellos años se mezclaron en el aire espeso, casi palpable. Sabían que el lago buscaba tragarse todo lo que la vida no permitía, pero también sabían que allí, en el encuentro de las aguas tranquilas y las manos temblorosas, podían inventar juntos un espacio propio, aunque sólo fuera por unos minutos cada década.

Nada estaba resuelto ni sanado. El pueblo, la familia, el mundo seguían siendo paredes altas y frías. Pero en la banda de tierra entre el agua y el bosque, entre la niebla y la memoria, Lucien y Elián se abrazaron.

No podían cambiar el pasado, ni siquiera prometer un futuro donde el amor no fuera una herida. Pero aprendieron que, incluso en la penumbra, el deseo y la ternura podían resistir la condena. Juntos, bajo la mirada silenciosa del lago, se atrevieron a soñar —solo un poco— con el día en que el agua dejaría de tragarse las historias.

Y en el murmullo de las olas, supieron que el amor imposible no era el final del cuento, sino la chispa que mantenía viva la llama, incluso bajo la neblina, incluso cuando todo lo demás parecía perdido.

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