Portada del relato Cenizas en la Llama
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Fragmento:


El reproche estaba allí, aunque disfrazado de indiferencia. Alma se encogió un poco, sintiendo el frío de la ventana en la espalda.

Duración: 10:32

Cenizas en la Llama
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Texto de ajuste de pausa.

***

El eco del trueno retumbó contra las amplias ventanas del pequeño apartamento de Palermo Soho, rebotando en las paredes blancas y desgastadas por el paso del tiempo. Entre el destello intermitente de los relámpagos y el goteo insistente de la lluvia, Alma sintió el revoloteo inconfundible de la ansiedad arrastrándole las entrañas. Era una noche cualquiera, pero, como tantas otras, el mundo parecía conspirar para enfrentarla con su propio reflejo y esa sombra oscura, tan familiar, que en ocasiones confundía con amor.

Se apoyó en la mesa de la cocina, girando entre sus dedos la copa con los restos de un Malbec barato. El reloj marcaba las once y veintitrés, y cada tic-tac acentuaba un vacío en su pecho que conocía de memoria. No necesitó mirar el celular; sabía que Sofía llegaría tarde otra vez, y que el pretexto sería aún menos creativo que la vez anterior. Podía escuchar, incluso antes de que sucediera, el sonido metálico de la llave forzando la cerradura y el tintineo de los botines empapados sobre el parqué.

Intentó recordar cuándo había comenzado la tormenta. No la de afuera, sino esa que sacudía el vínculo con Sofía y que amenazaba con arrastrarlas a ambas hacia territorios donde el amor se volvía una droga y el abandono una costumbre. Se conocieron hacía dos años, en una de esas fiestas clandestinas de las que Alma había jurado no volver a formar parte. Sofía era contagiosamente radiante, con sus historias sobre teatro y política, su risa demasiado alta y su manera de mirar a todo el mundo como si nadie le mereciera la pena. Alma había caído rendida casi de inmediato.

La puerta crujió y el aire trajo al interior el perfume húmedo de la ciudad. Sofía entró, con su abrigo negro chorreando agua, su melena enmarañada y la mirada oscura, como todas las noches en que regresaba después de horas sin decir dónde estaba ni qué hacía.

—¿Todavía despierta? —preguntó, desabotonándose el abrigo y dejándolo caer sobre la silla más cercana.

Alma tragó saliva y giró la copa vacío entre sus manos. Evitó la punzada de celos, el deseo de preguntar, de exigirle dónde había estado, con quién.

—No podía dormir. ¿Querés un poco de vino? —ofreció, alzando la botella a medias, consciente de que no quedaba lo suficiente para llenar otra copa.

Sofía sonrió, ladeando la cabeza. Esa sonrisa torcida que tanto la había seducido al principio, pero que ahora le recordaba el filo de una navaja. Se acercó, tomó la botella y bebió un trago largo directamente del pico. El vino manchó su camiseta blanca. Alma no dijo nada. Sabía que esa mancha sería otra de las señales que la casa mostraría a la luz de la mañana, como las discusiones veladas, las disculpas no pedidas, los silencios llenos de cosas que nunca se atreverían a nombrar.

—Hoy estrenamos la obra de improvisación en el centro cultural —dijo Sofía al cabo de un rato, como si hablara por obligación—. Fue un éxito. Me hubiera gustado que vinieras.

El reproche estaba allí, aunque disfrazado de indiferencia. Alma se encogió un poco, sintiendo el frío de la ventana en la espalda.

—No me avisaste la hora. —Su voz sonó apagada, casi un susurro.

Sofía negó con la cabeza, resoplando. Cogió el cigarrillo que siempre dejaba a medias sobre la mesa y lo encendió, a pesar de que Alma le había pedido mil veces que no lo hiciera dentro del departamento.

—Siempre tenés una excusa —arremetió—. Si no estabas trabajando, seguro inventabas otra cosa. Te pasás la vida evitando lo que realmente importa.

Alma reconoció ese tono, esa manera de doblar palabras como si fueran cuchillos. Lo reconocía porque, aunque la hería, también descubrían en ella una parte oscura que necesitaba el dolor, el castigo, para convencerla de que merecía estar allí. El amor a veces era una habitación sin ventanas.

—Hay cosas que me dan miedo, Sofía —murmuró, sin saber si hablaba de los escenarios o de su propio corazón.

—¿Miedo? —Sofía soltó una carcajada, eléctrica y rota—. Vos tenés miedo de ser feliz, Alma. Eso es lo que nunca vas a admitir.

La conversación quedó flotando entre ambas, densa como el humo del cigarrillo. Alma la observó cruzar la sala, moverse con ese desparpajo que le había enamorado y que ahora la hería. Sofía era la herida y el alivio, la promesa y la mentira.

El silencio duró lo suficiente para que cada una levantara sus propias barreras. En algún punto, Sofía se desplomó en el sillón y sacó el celular. Empezó a reírse con mensajes que Alma no iba a leer. Mirando la pantalla, le preguntó:

—¿Conociste a alguien en el trabajo? Contame algo, qué sé yo.

El tono era cortante, un disfraz de interés cuando lo único que realmente deseaba era control. Alma, como tantas veces antes, tragó la respuesta impulsiva. No quería conflictos, pero tampoco mentiras.

—Hoy fue un día largo. Hubo un cliente complicado, y discutí con Lucía —relató. Forzó la voz para que no pareciera una súplica, para no mostrarse tan desnuda como se sentía—. No conseguí vender ni la mitad de lo que esperaba.

Sofía arqueó una ceja, sin apartar los ojos del celular.

—A veces me pregunto si no te aburrís de esa vida de oficina. No sé cómo aguantás esa rutina. Yo me muero —confesó.

Alma no respondió. Había dejado de intentar explicarle a Sofía que no todo el mundo soñaba con escapar, que el simple hecho de sostener una vida a medias era, para algunas personas, un acto de valentía. Se inclinó hacia adelante, apoyó los codos en la mesa y se perdió en el fondo de la copa vacía. Sintió que la lluvia arreciaba, ocultando la ciudad, haciéndole creer que estaban solas en el mundo, aunque siempre les acompañara una multitud silenciosa de reproches y expectativas desvencijadas.

—¿Querés que te prepare un té? —preguntó Alma, buscando una tregua.

—No, voy a ducharme. —Sofía arrojó el celular sobre la mesa y desapareció en el baño, dejando tras de sí el murmullo lejano del agua.

Alma recogió el abrigo del suelo, lo colgó con cuidado y escondió el cigarrillo apagado en la basura. Había una extraña ternura en esos gestos automáticos, en la forma en que ordenaba el caos de Sofía, intentando convencerse de que eso era cuidar, que limpiar las huellas era el modo más genuino de amar.

Recordó la primera vez que Sofía le dijo te amo. Estaban borrachas en la terraza de un bar en San Telmo, fumando cigarrillos ajenos, riéndose de cualquier cosa. El amor era líquido y fácil entonces, deslizándose entre promesas y planes de huidas imposibles. Cuando Sofía le tomó la cara entre las manos y, en ese instante de vulnerabilidad, le confesó su amor, Alma juró que nunca dejaría que algo tan puro se marchitara entre sus dedos.

Pero dos años son suficientes para que lo puro se transmute, para que cada caricia venga acompañada de un listado secreto de demandas y cada beso arrastre el rastro invisible de los celos. El amor podía ser una hoguera y, al mismo tiempo, la ceniza que cubre el amanecer.

Sofía salió del baño con una toalla anudada al pecho. Mantuvo la distancia, encendió otro cigarrillo y se apoyó en la ventana, mirando la ciudad a través del cristal empañado.

—Hoy, en el after, Laura me preguntó cómo hacíamos para seguir juntas —dijo, como quien arroja una bomba de humo—. Le contesté que el amor es una cuestión de resistencia.

Alma sintió ganas de llorar y de reírse al mismo tiempo. “Resistencia” era una forma extraña de nombrar la mentira, la costumbre o el miedo.

—¿Y vos qué pensás? —preguntó, decidida a lanzarse al abismo del diálogo, aunque presintiera que la caída sería larga.

Sofía apuró una calada y soltó el humo despacio.

—No lo sé. Supongo que a veces sí te amo, a veces solo me asusto de estar sola —respondió, con una sinceridad cruel.

Alma asintió en silencio. Se preguntó si era posible sostenerse de alguien que confesaba que solo estaba allí porque temía al vacío. Se preguntó si eso era amor. Y también si ella misma permanecía al lado de Sofía por algo que aún merecía ese nombre, o solo por el temor a tener menos que esto, a ser menos que alguien de quien una vez pensó que podría salvarse.

El cuarto se llenó de la aspereza de opiniones y heridas viejas. Hasta que Sofía, harta de la incomodidad, se sentó a su lado y, de improviso, le tomó la mano.

—Disculpá. Estoy insoportable. A veces ni yo me banco —susurró, bajando la cabeza. Sus dedos entrelazados decían más que cualquier palabra—. Pero no quiero que te vayas.

Alma habría querido tener el valor de levantarse, de decirle que lo importante no era quedarse cuando todo era tormenta. Pero solo se dejó caer contra su cuerpo, aceptando el consuelo del contacto, una paz precaria construida sobre cimientos resquebrajados. Quiso creer, por un instante, que con eso bastaba.

—No me voy, Sofía. Pero no sé cuánto más se puede vivir así.

Sofía la miró, y por un momento, el peso de la culpa se dibujó en sus ojos.

—Te juro que te amo, Alma. Solo… ayudame a ser mejor.

Alma apoyó los labios en el borde de su hombro, aspirando el aroma a jabón y tabaco.

—No puedo salvarte, Sofía. Pero puedo quedarme esta noche —contestó, sabiendo que, aunque el amor no podía curar todas las heridas, a veces la costumbre era suficiente para sobrevivir hasta el siguiente amanecer.

Pasó la noche como tantas otras, abrazadas en la cama, aferradas la una a la otra mientras la consciencia se disolvía en la promesa cíclica de que, quizás mañana, todo sería distinto. Afuera, la tormenta cedía, pero entre ambas el temblor continuaba, y sabían —tal vez lo supieron siempre— que el amor, como una herida mal cerrada, deja marcas que el tiempo no borra, solo aprende a disfrazar.

La realidad se impuso en la primera luz del día siguiente, filtrándose por las persianas vencidas. Alma despertó primero, viendo el rostro relajado de Sofía junto a ella, la expresión plácida de quien sueña sin remordimientos. La observó largo rato, recordando todas las veces que quiso irse y no pudo. Se preguntó si el amor era, finalmente, esa extraña mezcla de dolor y deseo, de ternura y rabia.

Se levantó en silencio, preparó café y escribió una nota breve, dejándola junto al desayuno.

“Te amo, pero no puedo amarte sin perderme a mí”.

Sabía que Sofía la buscaría, que habría lágrimas y llamados, promesas y súplicas. Pero Alma recogió una bolsa, metió lo indispensable y cruzó la puerta, sintiendo por fin el peso —dulce y amargo— de su propia libertad. Y en la calle inundada de charcos y olor a tierra mojada, respiró hondo, notando que las tormentas, a veces, también lavan las heridas para que todo vuelva a empezar.

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