Portada del relato Sombras sobre Vicksburg
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Fragmento:


Las lluvias de aquel abril en el sur parecían nunca cesar, convirtiendo los caminos polvorientos en arterias de lodo y desesperanza. Cualquier alma viviente, gentil o esclava, sentía en la piel el peso húmedo de la primavera, una estación llena de promesas y de zozobra. En la colina más alta de Vicksburg, entre magnolias y sauces que se doblaban cansados, descansaba soleada Magnolia House, orgullosa mansión de la familia Devereaux.

Duración: 09:34

Sombras sobre Vicksburg
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Texto de ajuste de pausa.

Las lluvias de aquel abril en el sur parecían nunca cesar, convirtiendo los caminos polvorientos en arterias de lodo y desesperanza. Cualquier alma viviente, gentil o esclava, sentía en la piel el peso húmedo de la primavera, una estación llena de promesas y de zozobra. En la colina más alta de Vicksburg, entre magnolias y sauces que se doblaban cansados, descansaba soleada Magnolia House, orgullosa mansión de la familia Devereaux.

La joven Celeste Devereaux había nacido entre algodones de alta calidad y porcelana inglesa, pero a sus veintitrés años, tras la muerte súbita de su hermano, era una mujer profundamente insatisfecha. Observaba las verdes extensiones de los campos desde su ventana con la quietud estudiosa de quien busca una fisura en la realidad –algún lugar donde pudiera colarse el aire fresco de un futuro diferente, uno menos apretado por la mano de convenciones y corsés.

El verano en que Joseph MacAllan regresó al condado, la guerra entre el Norte y el Sur aún no había estallado. Hijo de inmigrantes escoceses, Joseph se había marchado cinco años antes, rechazando la invitación de sumarse a las tierras de cualquier caballero. Había sido siempre un muchacho pálido de mirada feroz, nada cómodo en los tapices dorados del sur, más cercano a los mulatos y lacayos que a los jovencitos de linaje. Ahora volvía trajeado de galera y botas ennegrecidas, arrastrando consigo los secretos de la ciudad y la aspereza de los que retornan con la espalda encorvada pero viva.

Celeste lo reconoció de inmediato, aunque él parecía no querer recordar; ella estaba aguardando en la galería, leyendo a escondidas las odas prohibidas de Byron, cuando el muchacho se detuvo junto a la verja. Ella vio entonces su rostro marcado por el polvo y la mirada que ya no le pertenecía a un chico, sino a un hombre que había visto demasiados rostros indiferentes en trenes y prostíbulos. Cuando sus ojos se cruzaron, algo se dijo sin palabras entre ambos: sí, aún había una chispa.

Debieron pasar semanas de pleitesías y cenas, de conversaciones ahogadas entre damas y caballeros, para que sus caminos pudieran siquiera entrelazarse. Joseph había tomado trabajo en los fondos, cercano a los cobertizos y lejos de los cortes de carne y postres franceses. Eso lo hacía casi invisible para la familia, aunque no para Celeste, que encontraba las excusas más inverosímiles para cruzar el césped húmedo y atender el jardín donde él se hallaba escarbando la tierra.

Fue un atardecer de junio cuando el olor del jazmín llenó el aire. Celeste llevaba una cesta de hilo blanco, llena de libros y hojas secas, y Joseph estaba inclinado sobre un rosal que no quería dar flor. No había nadie cerca salvo los zorzales. Ella se acuclilló con naturalidad a su lado, como si nada en el mundo pudiera estar más lejos que las normas y expectativas.

"No entiendo cómo logras que hasta la tierra más renuente te obedezca", dijo ella.

Joseph alzó apenas la mirada. "La tierra sólo necesita que no la obliguen. Todo lo que es obligado, muere."

Celeste tragó saliva, pues la frase la tocó de un modo menos inocente; casi le rozó la piel. "¿Siempre es así?"

"No lo sé", respondió él, volviendo a clavarse en el hoyo que cavaba, "pero en la ciudad, vi muchas cosas obligadas a ser distintas, y ninguna fue feliz."

Por un momento, ambos callaron. Celeste tomó un poco de tierra entre los dedos, sin atreverse a mirarlo. Un abejorro cruzó el aire, dejando en su desplazamiento un temblor en la sombra de ambos.

"Joseph", dijo ella, apenas un murmullo, "¿por qué regresaste a Vicksburg?"

El joven dudó. Luego la miró, por primera vez dirigiendo su mirada hacia ella con la intensidad de los inviernos crueles. "A veces, cuando has perdido todo, quieres volver a donde creíste ser feliz. O quizá sólo a donde no duela tanto ser infeliz."

El resto del verano estuvo surcado de encuentros furtivos. Celeste parloteaba con la cocinera para averiguar a qué hora subiría Joseph la leña. Se escabullía por la escalera trasera para dejar una nota cortés, disfrazada de encargo doméstico. Y, cada noche, el viento traía desde los barracones el eco de risas ajenas a las que ella se agarraba para no enloquecer de deseo por un hombre que, a ojos de la sociedad, era tan fuera de su alcance como la lluvia en el desierto.

Llegó la guerra como una marea repentina. Las familias se reunieron bajo los emblemas Confederados, los hombres alistándose con fanfarrón orgullo, las mujeres cosiendo banderas y temiendo perderlo todo. La noticia de que Joseph había sido llamado por un regimiento del norte -al que nunca había solicitado pertenecer- cayó como un jarro de agua helada sobre Magnolia House.

Esa noche, sin luna, Celeste tomó la decisión de buscarlo. Se ató el vestido azul más oscuro y, descalza, cruzó el porche y descendió hasta los cobertizos donde sabía que él estaría preparando su fuga.

Lo encontró junto a la valla, revisando la silla del caballo pequeño de los Moore. Estaba a punto de partir, creía, solo con la luna y las sombras. Pero Celeste se plantó ante él, los ojos abiertos y húmedos, el cabello cayendo desordenado sobre los hombros, como una niña y una reina a la vez.

"¿Vas a marcharte sin despedirte?", le preguntó, apenas conteniendo las lágrimas.

Joseph la contempló con asombro y pena. "¿Cómo podía despedirme de alguien a quien no puedo olvidar, Celeste? ¿No ves que lo único que me retiene aquí es tu rostro cada mañana?"

Ella se acercó, deslizándose en la noche como si estuviera guiada por instinto ancestral. Sus manos temblaban, pero su voz era firme. “¿Por qué no me lo dijiste nunca, Joseph?”

Él respiró hondo y le tomó las manos con la torpeza de un primer amante. "¿Para qué, Celeste? Este mundo no fue hecho para nosotros. ¿Cuántas veces he soñado con llevarte lejos? Pero…"

Ella le puso un dedo en los labios, acallando sus protestas, y fue ella quien se atrevió a besarlo primero. Fue un beso húmedo, tembloroso y urgente, desprovisto de la inocencia de los bailes y lleno de la desesperación que tal amor imposible exigía. El jazmín, que crecía indómito sobre la valla, cayó en racimos blancos alrededor de sus cuerpos y la noche parpadeó brevemente en un relámpago lejano.

Ambos sabían que ese instante debía ser eterno, porque el futuro era de otros: de familias con fortuna, de esposas elegidas para exhibir ante el tribunal social, de esposos que jamás preguntarían si una mujer tenía alma propia. Pero en ese minuto robado a la historia, Joseph y Celeste se pertenecieron enteros, sin reservas, sin miedo, sólo con la certeza del abismo compartido.

La despedida, como todo en el sur, fue silenciosa y cargada de orgullo. Joseph partió esa madrugada, llevándose consigo sólo el perfume de Celeste y el lazo azul que ella le entregó antes de separarse—a modo de promesa, de atadura invisible.

Los meses que siguieron fueron un largo suplicio para ambos. Las cartas que se atrevieron a enviarse cruzaron estados, secretos bajo sellos de amigos leales y manos negras que entendían el valor de un amor negado. En cada línea robada compartían la vida: las miserias del frente, la soledad de las grandes habitaciones vacías, los nombres de cada luna llena que los separaba.

Mientras tanto, la guerra se llevó todo. Magnolia House perdió el campo de algodón, su techo crujió bajo bombas y Celeste, por primera vez en su vida, tomó trabajo cuidando a heridos del hospital improvisado en la iglesia. Sus vestidos antiguos se mancharon de sangre y su cabello—antes orgullo de toda dama sureña—quedó libre bajo un pañuelo toscamente anudado. Y sin embargo, cada noche aguardaba una nueva carta, una palabra, una esperanza escrita a mano.

Un día, ya finalizando la contienda, un oficial con uniforme azul llegó a la iglesia buscando refugio para un herido. A Celeste le bastó ver aquellos ojos fijos para reconocerlo, aunque el rostro de Joseph estuviera hundido en heridas y cansancio. Ella dejó caer la bandeja de agua y corrió a su lado. Allí, bajo la luz incierta de los cirios, se permitieron por fin llorar juntos por todo lo perdido, por todo lo soñado.

La noche fue testigo de su reencuentro y también de la verdad amarga: Joseph debía huir nuevamente, ahora perseguido por los suyos, marcado como traidor por no disparar un solo tiro en nombre de la guerra. Celeste lo ayudó a escapar, ayudada por antiguos esclavos libres que aún la respetaban y la amaban, y que vieron en ese amor imposible una pequeña venganza contra el sistema que les había arrebatado tanto.

El adiós final fue breve: a la orilla del río Yazoo, en medio de la bruma matutina, Celeste abrazó a Joseph por última vez. Era su hombre, pero nunca podría ser su esposo. Prometió buscarlo en cada rostro de cada ciudad, escribirle mientras tuviera manos, llamarlo en cada plegaria nocturna. Joseph la besó y se fue sin mirar atrás, llevándose la mitad de su vida en el pecho.

Pasaron los años, y Magnolia House fue reconstruida. Celeste nunca se casó, aunque recibió propuestas y halagadores poemas. En cada fiesta lucía el mismo lazo azul en el cabello, símbolo de un amor sacrificado pero inalterable. Joseph, desde lejos, le enviaba cada tanto una carta sin remitente, sólo con un pétalo de jazmín adentro.

Y así, entre el dolor y la esperanza, en el silencio de habitaciones donde la historia seguía su curso sin pedir permiso, Celeste y Joseph vivieron un amor que fue, ante todo, imposible. No por falta de coraje, de deseo o de lucha, sino porque a veces la vida, como la tierra del sur, sólo necesita que no la obliguen. Y algunos corazones están hechos para amar desde lejos, como las magnolias en las noches de tormenta.

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