Portada del relato El Jardín Secreto de Cerdeña
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Fragmento:


Édouard sonrió; la sonrisa de alguien que reconoce a un igual. Con un movimiento sutil, tomó la mano de Leona. La electricidad viajó desde la punta de sus dedos hasta la columna, y en ese instante, el jardín y la luna fueron el único universo posible.

Duración: 09:39

El Jardín Secreto de Cerdeña
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Texto de ajuste de pausa.

El Mediterráneo refulgía como una cuchilla de plata bajo el sol de 1895, y la brisa arrastraba hasta el palacio de piedra el eco de un pasado que parecía rehusarse a dormirse. Leona di Fraschini recorría el ala oeste de la villa de su familia, aquel espacio prohibido, tomado por la maleza y los jazmines granados, donde los rumores decían que dormía el secreto de algún antepasado. Lo cierto era que ahí, entre la decadencia de los tapices y los vitrales empolvados, ella sentía que su piel despertaba como la tierra fértil bajo la primera tormenta de primavera.

Desde pequeña había caminado aquellas baldosas frías con los pies desnudos, desafiando las advertencias de su madre sobre los duendecillos que enredaban el cabello de las jóvenes imprudentes. Pero los verdaderos peligros, Leona lo comprendería demasiado tarde, no eran más que los latidos irregulares de su propio corazón. Porque en las sombras de ese ala se respiraba algo más, una presencia viva, un eco de historias invisibles que esperaban el instante justo para resurgir al contacto con las manos inquietas de una mujer que, como ella, estaba destinada a encender la chispa.

Aquella tarde, un sirviente anunció que llegaría un huésped especial. La casa vibró con el ajetreo de los preparativos, y Leona escuchaba pasos en el corredor con el corazón expectante. Hacía ya semanas que su padre, el conde di Fraschini, murmuraba sobre alianzas y conveniencias. El apellido Beaulieu había surgido varias veces en aquellas conversaciones, pronunciado con el anhelo de quien espera un revulsivo —o un salvavidas— para una familia al borde de la bancarrota sentimental, si no económica.

El carruaje llegó al crepúsculo. Ella, oculta tras una cortina de encaje, vio descender a Édouard Beaulieu: un hombre de figura elegante, avenidas de cabello oscuro, ojos de amatista y labios que hablaban de algún linaje francés obstinado en la pasión. Llevaba el porte de quien ha sorteado tormentas y clavos, y la distancia entre sus edades —poco más de diez años— apenas significaba nada dentro del abismo cálido que de pronto se abría al mirarlo.

Durante la cena, los adultos intercambiaron frases clonadas de cortesía, besos a postres imposibles e intrigas envueltas en sonrisas. Leona quedó enfrascada en la vorágine de sus propios pensamientos, el lenguaje de los gestos y los ojos. Cuando Édouard levantó la vista hacia ella, por encima de la copa de burdeos, supo que él la había escogido como uno elige un secreto inconfesable: para aguardarlo, intuirlo, y jamás soltarlo.

Después del último sorbo de licor de naranja, escapó discretamente al jardín. No le sorprendió que Édouard la siguiese; sus pasos eran sigilosos, pero la luna y el jazmín todo lo hacían audible. Se encontraron en el sendero de laureles, donde las estatuas parecían condenar con piedad la osadía de los amantes.

—Señorita Leona —dijo él, con voz grave, apenas más fuerte que el roce de la brisa—. ¿No teme perderse en la noche sarda?

—Solo puede perderse quien ha tenido la determinación de hallarse —respondió, retando la frontera de la distancia.

Édouard sonrió; la sonrisa de alguien que reconoce a un igual. Con un movimiento sutil, tomó la mano de Leona. La electricidad viajó desde la punta de sus dedos hasta la columna, y en ese instante, el jardín y la luna fueron el único universo posible.

Hablaron de todo y de nada. De las ciudades del norte, de la música, las heridas y los deseos prohibidos. Ella le confesó que amaba las tormentas tanto como la poesía, y él le habló de un París destruido y floreciente, de pinturas clandestinas y bailes bajo lámparas de gas.

La noche fue oscureciéndose y la distancia entre sus siluetas disminuyó por pura gravedad y predestinación. Sin preguntar, Édouard recogió un mechón de su cabello y lo enrolló entre sus dedos como si leyera en él una epístola invisible. Nadie inventó palabras para ese instante, cuando el deseo es tan palpable que la voz muere.

La mano de Leona tembló, pero no por miedo. Sentía que, al rozarse los labios, sellarían un pacto sin testigos ni promesas: apenas la ausencia del tiempo, apenas una sed.

—Mañana, al amanecer, los veré caminar juntos —dijo la voz que aún le pertenecía, líquida y temeraria—. Pero esta noche es solo nuestra.

Édouard la atrajo suavemente. Sus labios, al encontrarse, supieron los matices del vino, la menta y la espera largamente contenida. Se abrazaron como los primeros amantes bajo unos laureles que siglos atrás habían presenciado todas las permutaciones del amor y la locura.

Édouard la guió a la galería en ruinas, un reino de piedra y sombra, donde el olor del jazmín era intensísimo. Allí, besos y caricias se deslizaron sin prisa, con el tacto de quienes despiertan a sus propios sentidos por primera vez. Leona se acostó sobre la fría losa, sintiendo la solidez antigua de la piedra y la tibieza moderna de unos labios que descendían por su clavícula.

Las estrellas parecían pulsar, enlazadas a sus cuerpos. Édouard la despojó del corsé con dedos ávidos pero pacientes, y a cada botón, Leona se sentía más mujer y más niña, más frágil y más indomable.

—¿Temes? —susurró él, y la voz era un ronquido y una súplica.

—¿A qué? —Leona sostuvo la mirada, abierta como un corcel al viento—. He cruzado la noche, mil veces, en sueños. Solo temo no recordarte, cuando despierte.

Édouard deslizó la boca entre sus pechos, buscándole los secretos. Las manos de Leona recorrieron la espalda, enseñándole a un hombre cómo se conquista un territorio mucho antes de plantar la bandera. El roce de piel era una letanía entre las ruinas, y el deseo, un océano capaz de ahogar toda duda.

La tensión entre ellos fue vencida apenas con el suspiro de la primera unión: precisa, honda, como el trazo de un artista seguro. Leona exhaló su nombre, y en esa palabra ardió todo lo que ni el tiempo ni la memoria podrían nunca borrar. Se movieron juntos, a ritmo de ola y de aliento, conjurando hechizos ancestrales, celebrando cuerpos y riesgos en el exilio breve y eterno del placer compartido.

Tras el primer embate, quedaron uno junto al otro, cubiertos de sudor y luna. Hablaron poco; lo que había que decir había sido ya gritado en silencio por la carne. E dió la impresión de que un pacto sellado los uniría para siempre, al margen del juicio, del mañana, de los castillos envenenados o de los convidados filosos.

La aurora emergió inevitable y blanca. El deber y la familia los reclamaban. Despidiéndose en la penumbra, Leona sintió que algo suyo —algo insustituible— le era legado a Édouard para llevar con él más allá, lejos de los muros familiares, a través de los años.

Los días siguientes fueron un mosaico de encuentros prohibidos: un roce de manos en la biblioteca, susurros en el invernadero, cartas escondidas entre las páginas de libros elegidos. La pasión entre ambos creció, volviéndose más precisa, más voraz con cada obstáculo. Al borde de la desesperación por la inminencia de la separación, decidieron huir. No una fuga física —presos ambos de sus obligaciones— sino otro tipo de evasión, secreta, ética y emocional: la fundación de un reino invisible donde las noches les pertenecieran eternamente.

Pero el destino, ese viejo tramposo, disfrazado de honor y apellido, se presentó una tarde de tormenta, bajo la forma vehemente de un padre que exigía explicación tras descubrir la ausencia prolongada de Leona en las habitaciones públicas. El escándalo era inminente. A Édouard le fue exigida una decisión: casarse, comprometerse de manera irrestricta ante los dioses y los hombres. Y aunque el amor ardía en sus entrañas, la ruina que arrastraba su apellido, y el decoro de Leona, parecían exigir una respuesta imposible.

Se vieron a solas en la iglesia de San Giacomo, cobijados por el olor a parafina y el tañido lejano de campanas.

—Tu padre desea verte encadenada al futuro —Édouard rasgó el aire con voz de tormenta controlada—. Yo solo quiero verte libre, Leona. Pero temo condenarte.

Leona sostuvo sus manos y las besó con devoción. En sus labios se selló un último sabio atisbo —la promesa inquebrantable de las mujeres que han amado y han sobrevivido—.

—Pedimos que la vida elija por nosotros a veces, para no cargar con la culpa de desear demasiado. Pero yo te elijo a ti, Édouard. Libremente. No por deber, sino por hambre. Por la felicidad desnuda.

La despedida fue de un amor que se sabe irrealizable, pero en ese imposible habita, paradójicamente, la eternidad del anhelo. Se amaron esa noche con la vehemencia de quienes no habrán otro crepúsculo juntos: caricias delineadas con el pulso frenético de la desesperanza, besos como himnos, penetraciones lentas, ardientes, llenas de lágrimas y de luz.

Édouard la inmortalizó con la boca y los dedos, grabando en su memoria cada gesto, cada gemido, cada súplica. Leona fue suya y de la noche, y quedó marcada con la tinta invisible de una pasión que ni la muerte podría deshacer.

Nunca volvieron a verse. Él partió al amanecer, llevándose consigo una carta empapada de jazmín, y la promesa de que, si alguna vez cruzaba el mar, hallaría su reflejo en cada ola, en cada brisa, en cada recuerdo.

Leona guardó sus secretos bajo el almohadón de plumas, entre sábanas de laudos y reproches, y cada primavera, al oler el primer brote de jazmín, se sabía aún viva bajo la piel: suya, indómita, eternamente sedienta. Y en el jardín prohibido, bajo estatuas y laureles, la historia de su cuerpo amando a la sombra de las ruinas se narraba otra vez, en el lenguaje sutil de quien, pese a todo, nunca aprende a olvidar a quien enseñó el milagro de encender la chispa.

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