Portada del relato El acuerdo de la rosa
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Fragmento:


—Mi padre decidió muchas cosas por mí, pero jamás me preguntó si las deseaba.

Duración: 09:50

El acuerdo de la rosa
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

El aguacero golpeaba los cristales de la torre oeste como un tambor sin compasión, remarcando el latido frenético en el corazón de Alana Wilton. A pesar de la tormenta, la sala de la biblioteca apenas se iluminaba con la luz turbia de la tarde otoñal, reflejando sombras inquietas alrededor de las estanterías repletas de volúmenes encuadernados en piel. Alana atravesó el pasillo polvoriento del castillo de Fenburn sosteniéndose el torso, en un torpe intento de conservar el decoro demolido por la soledad de la casa paterna. Su padre, el Vizconde de Fenburn, había partido a la guerra hacía meses y nadie dentro de aquellas paredes parecía recordar la risa.

Se detuvo junto a la ventana, dejando a un lado el libro abierto entre sus manos. Sintió la piel arder bajo el corsé y bajó la mirada: la tela de su vestido azul era demasiado fina para detener el frío y demasiado vaporosa para detener el turbio temblor de su cuerpo. Podía oír pisadas en el pasillo: inconfundibles, seguras, masculinas. El pulso se le tensó. Sabía bien quién era el recién llegado.

Lord Adam Blackwood, Duque de Darminster, regresaba a Fenburn sólo por razones que, oficialmente, no incluían a Alana. Pero Alana sabía que las razones oficiales —adeudos, cartas, una tenencia de tierras discutida entre sus familias— no impedían que los ojos de Adam se posaran sobre ella con una mezcla de irritación y deseo cada vez más obvia. Tampoco impedían que la escocesa en ella, rebelde y poco dada a ceder, se preguntara si sería posible doblegar la arrogancia del Duque o, al menos, perderse una vez más en la magia peligrosa de su presencia.

El ruido de la puerta raspó el silencio. Alana volvió el rostro, entre asustada y expectante.

—Pensé que estarías bordando junto al fuego —dijo Adam mientras se quitaba los guantes de montar, y su sonrisa era un reto y una burla a la vez—. Ahora veo que estás empeñada en desmentir toda superstición acerca de las damas inglesas.

Ella cerró el libro suavemente, sin mirarlo.

—No toda dama inglesa quiere ser el adorno de algún salón lúgubre.

Adam dejó caer los guantes sobre la mesa, cruzando la estancia hasta plantarse frente a ella. Se detuvo, a apenas un paso. El perfume a tierra mojada impregnaba su ropa, y Alana sintió un ondulante calor ascender por su cuerpo.

—Vas a casarte, Alana. Dentro de poco, serás la esposa de Collingwood y tendrás muchos salones lúgubres en los que demostrar tus virtudes.

El nombre le desgarró la garganta como una daga. El compromiso con Collingwood era una sentencia dictada por su padre seis meses atrás; un acuerdo entre tierras y títulos. Jamás había besado a Collingwood. Jamás había sentido, en su presencia, ese temblor de peligro, esa complicidad de los cuerpos, que sentía con Adam.

—Y tú, ¿me felicitarás?

Adam bajó la mirada, contuvo la respuesta. Su manera de evadir la rabia era observando un punto indefinido en el suelo, como si estudiara el polvo antiguo que la tormenta removía a su antojo.

—Me iré en cuanto termine de hablar con el encargado de tus tierras. Lord Wilton y yo acordamos que...

—Mi padre decidió muchas cosas por mí, pero jamás me preguntó si las deseaba.

Alana desafió su mirada. El silencio se hizo pesado. Adam levantó entonces los ojos, ardiendo de palabras no dichas.

—¿Y qué deseas tú?

El susurro fue un zarpazo, una promesa incrustada entre las sílabas. Alana sintió las manos arder de repente, y no supo si era de ira o de deseo. Quiso hablar, pero el atisbo de una lágrima le arañó los párpados.

''Que me desees tú a mí'', pensó.

Toda respuesta murió en sus labios. A través del cristal, la tormenta amainaba. La lluvia era, ahora, un leve murmullo, como una excusa para el silencio. Entonces, Adam avanzó el último paso, apenas un suspiro los separaba. Le tendió una mano y Alana, sin saber cómo, dejó caer el libro y se aferró a él sin resistencia.

Los labios de Adam rozaron los suyos con la tibieza homicida del deseo guardado durante demasiados inviernos. El beso creció, avanzó, se hizo hambre y salvación y amenaza. El sabor de la lluvia sobre la piel de Adam fue un preámbulo de tormentas por venir. Sus brazos rodearon la cintura de Alana, y entre los dedos de él se deslizó el terciopelo azul. Por un instante, toda la heráldica, los acuerdos, los compromisos dictados por otros quedaron en la puerta, arrasados por la verdad indómita de sus cuerpos.

Pero la realidad no se mostró compasiva. De pronto, un golpe resonó en la puerta. La institutriz, la señora Crawford, reclamaba a Alana para el té. Adam separó sus labios, respirando con esfuerzo, sosteniendo su rostro entre las manos.

—No deberíamos —murmuró, la voz hecha añicos—. No puedo, no mientras...

Ella tocó su mejilla, sentenciando con ternura.

—Ya no sé qué cosas debes, Adam, pero sé perfectamente por cuales ardería yo en los infiernos.

Adam la besó de nuevo, breve y salvaje, antes de soltarla.

La jornada prosiguió bajo la máscara de la vida rutinaria. Alana cruzó los salones, sirvió el té, jugó la partida de whist con la institutriz y su tía abuela. Pero en el alma, una ráfaga de libertad nueva se agitaba, rebelde y atrevida. De noche, apoyó la frente en el cristal de su habitación y supo que su destino, limitado por tierras y alianzas masculinas, ahora dependía de un secreto y de un hombre capaz de romperlo todo por ella.

Pasaron los días. El Duque no abandonó Fenburn. Las cartas de Collingwood llegaron con insistente puntualidad, perfumadas, correctas... insípidas. Alana vestía para la cena, se sentaba en los banquetes, y fingía interés por los bailes que la harían señora de Collingwood Hall. Pero todas las noches, cuando el castillo silenciaba sus murmullos, cuando la luna vestía de plata los suelos de madera, Adam acudía al jardín del estanque y ella salía, envuelta solo en el manto pálido del crepúsculo.

Su amor fue breve, prohibido y clandestino. No hubo juramentos, pero sí promesas furtivas ante los dioses y demonios de la vieja Escocia, amores consumados sobre la hierba húmeda y entre susurros de complicidad. En las manos de Adam Alana aprendió a reconocerse entera y sola: una mujer capaz de perderlo todo pero también de reclamar su historia.

El fin de aquel otoño llegó con noticias desde Londres. El padre de Alana regresaba, Collingwood estaba en camino, y el compromiso sería anunciado ante toda la nobleza regional. Las manos de Alana temblaron al leer la misiva, y Adam, que había asistido al anuncio con el semblante pétreo de una estatua de mármol antiguo, sólo la miró a los ojos al despedirse en el gran salón, fuera del alcance de miradas indiscretas.

—Te vas —dijo ella, la voz encaramada a un sollozo—. ¿Es todo lo que tienes que decirme?

Él le tomó la mano, la llevó a los labios y la besó con la reverencia de una oración.

—Nunca debí venir, Alana. Porque ahora me niego a marcharme sin ti.

Ella parpadeó. Afuera, la lluvia asomaba de nuevo, vehemente y cómplice.

—Tienes dos días —susurró—. Hazme libre, Adam Blackwood.

Al atardecer del siguiente día, cuando un carruaje negro como el pecado aguardaba bajo el portón del castillo, Alana descendió las escaleras oculta por la penumbra y la ayuda astuta de la señora Crawford, a quien un día ella había salvado del destierro de la servidumbre y que ahora pagaba el favor con lealtad.

En el bosque, los caballos tiritaban en la bruma. Adam la aguardaba, envuelto en capa y determinación.

—No miraremos atrás —dijo él—. Serás mi esposa, y no por alianzas ni títulos, sino porque así lo demanda mi corazón.

Ella sonrió, y por primera vez, su sonrisa no fue la de una hija obediente, sino la de una mujer que se pertenece.

Huyeron. No hacia Londres ni hacia ningún castillo inhóspito, sino hacia las tierras salvajes de Escocia, donde el apellido Wilton no era sino un susurro en el viento y donde el amor, ya sin ataduras, arrasó con la última de las dudas.

Collingwood y su padre buscaron a Alana durante semanas, reprobando la mancha en el linaje y jurando ruina y escándalo. Pero nunca la encontraron, pues Adam conocía los escondites ancestrales de los Blackwood, donde el honor y la pasión dormían bajo piedras centenarias.

Fue en Glen Craigh, en una pequeña capilla erosionada por la humedad, donde Adam y Alana pronunciaron su promesa: una boda sin opulencia ni testigos, sólo la luna y el murmullo del río. Allí, él la sostuvo entre sus brazos, y ella supo que no habría salones, ni coronas, ni vestidos de plata capaces de eclipsar la felicidad indómita de esa voluntaria condena.

En las noches siguientes, la piel de Adam fue la almohada donde Alana deshizo sus pesares. Sus cuerpos, unidos sin temor, tejieron un lenguaje propio, una gramática secreta de caricias y jadeos. Aprendieron a amarse en la escasez y la abundancia: cazando perdices, lavando juntos la ropa en agua helada, construyendo un destino de complicidad y de deseo nuevo cada amanecer.

Alana jamás volvió a bordar junto a un fuego apagado. No fue la dama de ningún salón oscuro, sino la señora de sí misma, hechicera y amante, sin más límites que los acordados con Adam, y a veces ni siquiera esos.

Con el tiempo, Fenburn olvidó el escándalo inicial. Collingwood encontró una doncella más sumisa, y Lord Wilton, resignado, sólo musitó en su último lecho que su hija sí supo elegir al fin su propio camino.

Y así, en la frontera indómita entre Escocia e Inglaterra, Alana y Adam sellaron su amor lejos del juicio social y las cadenas de la herencia. Quizá no haya certeza más dulce que esa: la de huir de las reglas para encontrarse, finalmente, en los brazos del otro… y, sobre todo, en los propios.

Así terminó aquel romance prohibido, no con la derrota, sino con el nacimiento feroz e inquebrantable de dos corazones libres.

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