Portada del relato El jardín bajo la luna de Viena
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Fragmento:


Fue en la penúltima recepción de la temporada cuando apareció ella, la Condesa Eleonora von Stein, cuya reputación se paseaba con sigilo antes que su figura. Sus hombros descubiertos, la espalda recta dentro de un vestido de gasa color amatista, atraían más miradas que las joyas de la emperatriz. Eleonora era deseada y envidiada, objeto de murmuraciones y anhelos larvados, y sin embargo, nadie conocía el fulgor que bailaba tras sus ojos grises.

Duración: 09:41

El jardín bajo la luna de Viena
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Texto de ajuste de pausa.

El reloj del gran palacio de Viena repicó once veces, y su eco flotó a través de las galerías, ascendiendo por los vastos corredores como el suspiro de una dama fatigada por el amor y el protocolo. Bajo la pálida luz de la luna, la ciudad resplandecía con el brillo helado de fines del siglo XIX, cuando las pasiones se escondían tras abanicos y las palabras de amor eran tan peligrosas como las armas que los hombres llevaban bajo el frac.

Fue en la penúltima recepción de la temporada cuando apareció ella, la Condesa Eleonora von Stein, cuya reputación se paseaba con sigilo antes que su figura. Sus hombros descubiertos, la espalda recta dentro de un vestido de gasa color amatista, atraían más miradas que las joyas de la emperatriz. Eleonora era deseada y envidiada, objeto de murmuraciones y anhelos larvados, y sin embargo, nadie conocía el fulgor que bailaba tras sus ojos grises.

El Capitán Lukas von Hartmann, oficial recién vuelto del Frente Oriental, la observó desde el umbral. Sus botas relucían, su rostro curtido desentonaba entre los rostros impolutos de la aristocracia vienesa. Traía consigo el olor del humo y el acero y, según contaban, la tristeza propia de los hombres que han probado la guerra y han sobrevivido para desear otra muerte: la dulce, la que se inflige una mujer de ojos glaucos y sonrisa devastadora.

Fue una nota, sutil, lo que los unió. Mientras los valses se sucedían, una de las mucamas entregó a Eleonora un sobre. “Bajo la magnolia del estanque, al sonar la medianoche.” Los personajes importantes, los ministros, los príncipes y sus esposas, danzaban a su alrededor sin saber que, en ese instante, ella ya no pertenecía a aquel mundo de luces y máscaras.

Eleonora caminó hacia los jardines, envuelta por el perfume de las lilas, resbalando sobre el mármol como el reflejo de la luna sobre el agua. Lukas la esperaba bajo la magnolia, su gorra ladeada sobre la frente, los labios apretados en una mueca de quien se sabe al borde de una catástrofe o de un milagro.

—Sabía que vendrías —susurró él, la voz áspera y dulce.

Eleonora se detuvo frente a él, a una distancia indecorosa.

—¿Crees acaso que temo al escándalo, capitán? —dijo ella, y la luna iluminó la curvatura prohibida de sus labios.

Él la miró largamente, los dedos rozando el encaje de su guante.

—No, condesa. Temo que solo tú eres mi escándalo.

Ella sonrió, una mueca tan breve como un relámpago y, sin embargo, suficiente para despojarlo de años de disciplina militar. En ese instante, en el roce violento del deseo, supieron que ni el Emperador ni Dios podrían redimir lo que estaba a punto de ocurrir.

El jardín tembló con las primeras notas de un nuevo vals, la orquesta invisible tras las cortinas del salón. Eleonora alzó el rostro, permitiendo que la brisa ungiera su piel.

—¿Has venido solo a hablarme de tu escándalo, Lukas? —preguntó, el nombre saliendo de su boca como un sacrilegio.

Sin responder, él hundió el rostro en el hueco de su cuello y aspiró el perfume de heliotropo y muerte inminente.

—He venido a morir en ti —susurró.

La llevó consigo, arrastrándola hacia la oscuridad de los setos, lejos de la luz y las leyes. El lamento del viento, la frescura de los pétalos caídos, los envolvieron. Bajo la magnolia, el deseo estalló con la violencia de un disparo.

Las manos de Lukas, hechas para la guerra, se rindieron al cuerpo de Eleonora como un soldado al enemigo amado. Los botones de la gasa cedieron bajo la urgencia de dedos torpes, y la piel se expuso a la luna. Eleonora se entregó, no como lo haría una prisionera, sino con la fiereza de quienes solo conocen la vida cuando ríen frente al abismo.

La noche se contrajo, y en el asalto breve todo lo dicho y negado encontró consuelo. El peso del cuerpo de Lukas, la boca de Eleonora sobre su cuello, el rastro de sudor mezclado con el perfume de los jardines… todo quedó suspendido en el aire, igual a esas notas eternas que, una vez tocadas, no pueden ser olvidadas jamás.

Después, él se apartó, asombrado por el temblor de sus propias manos. La miró, la amó, la temió.

—¿Estás segura de lo que hacemos? —preguntó, la voz apenas un susurro.

—No —admitió ella, y rió—. Pero la vida en Viena es tan corta como las noches de verano, y prefiero arrepentirme de la fiebre que del letargo.

El sonido de pasos los advirtió; un guardia, un mayordomo indiscreto… el final de su pequeña eternidad. Eleonora se recompuso con la pericia de una actriz, y Lukas se ocultó de nuevo tras su sombra de soldado.

Regresó al salón con el perfume de Lukas en la piel, los ojos más claros, el paso más lento. Supo entonces que ninguna de las reglas que la defendían tenía ya interés alguno. Entre la multitud de armiños y sedas, su corazón latía con la velocidad de un galope sobre el hielo.

***

En los días que siguieron, el deseo creció, se volvió hambre, nostalgia y locura. Viena brillaba bajo el sol de junio, como si estuviera ajena al temblor de su confesión, pero ellos no podían distraerse con atardeceres ni con conciertos. Sus encuentros fueron furtivos: la esquina oscura al pie de la Iglesia de San Carlos, la confusión de una mascarada en el Palacio de Belvedere, la reunión de una sociedad literaria —mil pretextos y ninguno suficiente para aplacar la sed.

Una tarde, Eleonora acudió a una cita concertada bajo el pretexto de escuchar a un pianista ruso. Lukas había alquilado una habitación discreta, donde la música era el siseo del corsé, los arpegios de los cuerpos en lucha. Una y otra vez, el amor y el miedo los envolvieron; no se hablaban de futuro, pues la guerra era cercana y el matrimonio imposible.

Solo había un pacto tácito: vivir en el vértigo mientras Viena fingía no notar que, en sus entrañas, ardían la pasión y el escándalo.

—Quiero marcharme contigo —dijo ella una noche en la habitación alquilada, la voz más vulnerable que nunca—. Quiero ir lejos, buscar otro cielo donde podamos vivir sin miedo.

—¿A dónde irías, condesa? —preguntó Lukas, la mano cálida en su mejilla—. Viena es tu prisión y tu reino.

—Donde tú vayas —susurró, hundiendo la cabeza en su hombro—. He esperado toda mi vida para encontrar la razón de perderlo todo.

Él contempló sus cabellos, enredados en la sábana como raíces buscando tierra. Sabía —lo sabía como solo los sentenciados lo saben— que la felicidad verdadera es tan peligrosa como un duelo al amanecer.

—Si vienes conmigo —dijo Lukas con gravedad—, te perderás Viena, los bailes, los jardines, tu nombre…

Eleonora rio en voz baja.

—¿Qué importa un nombre si te tengo a ti bajo esta luna y tus manos guiando mi destino?

Resoluto, Lukas besó cada dedo de ella, como quien jura lealtad a una causa que aún puede fracasar.

***

Llegó el verano, y con él, la noticia de una nueva campaña militar. Lukas fue reclamado por sus superiores. La última noche, Viena ardía en festejos ininterrumpidos. En el acto de despedida, Eleonora lo buscó entre los uniformes; sus miradas se cruzaron, y todo lo no dicho viajó en un silencio tan intenso que solo el amor conoce.

A la medianoche, él la aguardaba en una pequeña glorieta. Allí, despojados de todo salvo del deseo, se unieron una vez más, temblando ante la certeza de que la ausencia no conoce remedio.

—Hazme una promesa —pidió Eleonora, la voz bañada en lágrimas.

—No puedo prometerte regresar vivo —susurró Lukas—, ni siquiera puedo prometer volverte a ver.

—Prométeme entonces recordar esta noche cuando creas que todo está perdido.

Él apretó su rostro entre las manos y selló el voto con un beso lento, devastador.

—Viviré y moriré en este recuerdo —dijo—. Pase lo que pase.

La guerra lo reclamó y ella fue obligada a permanecer en los márgenes del deseo, escribiendo cartas que nunca sabría si él leería. Las noches se hicieron más largas, las fiestas interminables, una sucesión de luces y soledad. Solo el jardín bajo la luna servía de refugio, donde a veces creía escuchar los ecos del amor robado, los suspiros de Lukas en la brisa y el tacto de su boca entre las flores.

Los rumores de la guerra llegaban con el polvo de los caminos. Supo del coraje de Lukas y también de su silencio. Cada día, Eleonora aguardaba junto a la magnolia, una carta suya, una señal, algo tan pequeño como una palabra escrita en el margen de un papel.

Los meses pasaron. Llegó el último otoño imperial, y con él, una carta sellada con el conocido escudo militar. Temblando, Eleonora rompió el sobre. No era la letra de Lukas, sino del capellán:

“Capitana von Hartmann cayó en el bosque de Galicia. Sus últimas palabras fueron: ‘Dígale que la luna de Viena es suya. Que no me llore, pues yo nunca morí mientras la amaba.’ ”

Eleonora apretó la carta entre los dedos, la luna abrasando las aguas del estanque. Sabía que la historia de amor más intensa solo podía terminar en ausencia, que el deseo absoluto abarca la vida y la muerte, el miedo y el coraje, la guerra y la paz.

Y mientras Viena seguía girando, la Condesa, vestida de negro y de recuerdos, caminó hasta la magnolia y dejó caer allí una carta anónima, destinada a perderse entre los pétalos y las raíces.

Décadas después, cuando la ciudad era apenas un recuerdo antiguo, un jardinero encontró, al pie de la magnolia, restos de una carta cuyo único legible era una frase: “Bajo la luna, todo cuanto somos y fuimos vive eternamente”.

Alguien, tal vez, comprendió entonces que ni los palacios ni los ejércitos pueden sofocar el incendio de dos cuerpos que se buscan y se pierden, noche tras noche, bajo la luna de Viena.

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