Portada del relato La rosa y la tormenta
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Fragmento:


Me acerqué fingiendo curiosidad por el cuadro de Tiziano, pero escuchaba, con el hambre de un exiliado, cada palabra entretejida en su conversación. Cuando Luise se apartó a examinar unas miniaturas holandesas, aproveché la ocasión para presentarme. Ella, ante mi nombre, sonrió con conocimiento y acaso con cierta ironía.

Duración: 10:35

La rosa y la tormenta
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Texto de ajuste de pausa.

Corre el año de 1848. El viento trae en su aliento un rumor extraño, presagio inquietante de la tempestad que sacude Europa desde París hasta Viena y Berlín. La primavera, sin embargo, ignora el estruendo de los cañones, tejiendo sobre las plazuelas de Dresde una colcha de flores azules y blancas. En las callejas sinuosas del Altmarkt yacen retazos de pólvora, pero entre las ruinas del miedo florece también, como regalo empecinado, la esperanza.

Fue bajo ese cielo inquieto que mis pasos me llevaron, una tarde de abril, a la galería de arte de los Wettin. No buscaba inspiración para mis versos; buscaba, quizás, consuelo o la tibieza de un rumor humano que me apartara de los truenos cívicos. Los cuadros de Rafael, de Rembrandt, colgaban de las paredes como promesas calladas y eternas, pero nada me preparó para el momento en que vi a Judith.

No era sólo su belleza, aunque una frase basta para recordarla: dorada, retadora, imposible de confundir ni de olvidar. Era más bien una determinación salvaje en su espíritu, un fuego en su mirada que no se dejaba someter por los términos del decoro. Estaba acompañada de su hermana, la enlutada Luise, y hablaba no de pinceladas y perspectivas, sino de los derechos de los trabajadores, de pan y de libros.

Me acerqué fingiendo curiosidad por el cuadro de Tiziano, pero escuchaba, con el hambre de un exiliado, cada palabra entretejida en su conversación. Cuando Luise se apartó a examinar unas miniaturas holandesas, aproveché la ocasión para presentarme. Ella, ante mi nombre, sonrió con conocimiento y acaso con cierta ironía.

—Heinrich Heine —dijo, repitiendo mi nombre como una confidencia—. Dicen que escribe usted de amor, y de libertad.

—Tal vez porque ambas cosas nacen de la misma raíz, señorita —le respondí—. El amor y la libertad sólo pueden existir si se es valiente.

Entre las columnas de mármol y los reflejos de la lámpara de gas, sus pupilas chispeaban, licuando siglos de convencionalismos. Hablamos de París, de la promesa rota de la revolución, de la Alemania que se agitaba como un adolescente furioso y torpe. Judith no era sólo una dama de sociedad: era, al igual que yo, una exiliada en su propia ciudad, buscando en la poesía y en la política un refugio contra la muerte cotidiana del alma.

Esa tarde no hubo declaración, ni siquiera el roce de una mano. Sólo la súbita convicción de que alguna vez, en alguna encarnación perdida bajo el látigo del tiempo, ya nos habíamos amado antes. Cuando salimos juntos, la lluvia comenzaba a emborronar el empedrado. Sentí, mientras compartíamos el abrigo del mismo paraguas, que estábamos solos en el mundo, acechados por la historia.

Fue Judith quien propuso el paseo al día siguiente. Nos vimos en la terraza sobre el Elba, mirando el agua verduzca que huía de los puentes medievales. Hablamos de la música de Weber, del rumor inquieto de la burguesía hamburuesa y del futuro todavía por escribir. Era casi imposible no tocarse, no dejar que los nudillos se rozaran o que la confidencia se tornara caricia bajo el disfraz de una sonrisa. Los días siguientes nos encontraron conspirando en cafés mal iluminados, compartiendo versos y sueños, abrazando nuestros miedos.

No tardé en descubrir que Judith vivía bajo la vigilancia de un padre despótico y de una policía diligente en sus pesquisas sobre escritores y agitadores. Su apellido era de origen sefardí, y desde niña había sentido la violencia de las murmuraciones, la exclusión amable de una clase media autoritaria. “En mi casa he aprendido a callar lo que pienso —me confió una noche—, pero contigo quiero desafiar el cerrojo.” Sentí, al oírla, un estremecimiento de solidaridad y de deseo. ¿Acaso no era yo también extranjero en mi propia lengua, exiliado aún antes de dejar Hamburgo?

Esa noche la acompañé hasta su casa. Nos ocultamos bajo la sombra de los castaños, mirando la ventana iluminada donde su padre acechaba el regreso. Ella me tomó la mano, y por primera vez sentí la audacia de su ternura, sigilosa y absoluta. Nos besamos con torpeza, como quienes nunca han aprendido a prescindir del lenguaje. El sabor de sus labios era amargo y dulce, a la vez, como el vino añejo de Burdeos que alguna vez bebí en París. Y como una revelación, supe que nada sería ya igual.

Durante semanas, el mundo exterior se convirtió en una amenaza difusa. La represión aumentaba; la policía detenía a estudiantes, a tipógrafos, a predicadores. En los muelles se acumulaban rumores de fusilamientos y exilios. Judith y yo nos encontrábamos cada vez más a menudo en los intersticios del horario familiar, disimulando nuestros encuentros con recados y paseos. En los sótanos del café Goldberg, conspirábamos con un pequeño círculo de liberales, capaz de mezclar sin rubor las discusiones filosóficas con los planes, un tanto ilusorios, de insurrección.

Era imposible separar el deseo del miedo. Judith usaba el peligro como un perfume; era brillante en el arte de la transgresión. Recuerdo una tarde en que se deslizó en la sala de billar del club de oficiales con un vestido prestado y una cofia de doncella, sólo para escuchar los planes de los conservadores. Cruzamos miradas a través de la humareda azul y supe, pese al bullicio, que compartíamos el vértigo de la clandestinidad. Esa noche, en mi habitación, supe también que la noche podía ser una patria; que los cuerpos, al amarse, podían librarse por un instante del yugo de la historia.

La pasión que nos consumía era irrevocable, pero tenía la caducidad de un ramo de flores. Judith no se conformaba con el secreto; la devoraba una sed de justicia, y en susurros me confesaba sus planes: enviar cartas anónimas, esconder panfletos entre las partituras de la señorita Kretzschmar, organizar reuniones en las buhardillas del barrio judío. La observaba tejiendo estrategias con una lucidez que me aterraba y me embriagaba a la vez. Su deseo era tan grande como el mío, pero su rebeldía era insaciable.

Una tarde de mayo llegó la noticia de que el Parlamento de Frankfurt había sido sitiado. Era el estallido largamente anunciado del fracaso revolucionario. Judith estaba pálida, pero desafiante: “No hay derrota para quien no renuncia a luchar”, me dijo, recordando quizás los versos de otro poeta crucificado por la historia. Decidimos acudir a una asamblea secreta en casa del doctor Meinicke, uno de aquellos héroes discretos que sobreviven en los márgenes de la memoria colectiva.

Allí, entre velas vacilantes, conversaciones en voz baja y el crepitar ocasional de un fusil a lo lejos, sentimos la proximidad del abismo. Cuando la noche se cerró sobre Dresde y la ciudad gritaba en sueños, Judith me tomó del brazo y, sin mediar palabra, nos marchamos juntos. Caminamos largo rato hasta llegar a las afueras de la ciudad, al pie de una vieja iglesia románica. Fue allí, entre tumbas y narcisos, donde su deseo se desató en toda su furia, arrancando de mí toda certidumbre y anclaje en el mundo real.

Nos entregamos el uno al otro con el salvajismo innegociable de quienes saben que el alba puede traer la muerte o el destierro. El frío de la piedra bajo nuestras espaldas fue el único testigo. La promesa del cuerpo de Judith, abierto como una plegaria y huidizo como un secreto, era la única verdad posible en ese universo de traiciones. Cuando el primer gallo cantó y los disparos en la distancia anunciaron otra ronda de represión, ella se incorporó, cubriéndose los hombros con mi abrigo.

—¿Te has preguntado, Heinrich, si el amor es siempre una revolución? —preguntó, apenas audible.

—Tal vez —respondí—, pero la revolución, querida Judith, nunca sabe si terminará en canción o en exilio.

No hubo música ese amanecer; sólo el rumor de los soldados patrullando las calles, el crujido de la madera y el goteo de la mañana sobre los cadáveres de los jacintos. Nos despedimos sin certeza alguna de un siguiente encuentro, el sol taladrando nuestros corazones como la hoja de una espada.

Durante días temí por su vida. Enterré mi miedo en el silencio, asistiendo a asambleas bajo nombres falsos, envolviendo versos en papel de estraza, esperando señales. Fue Luise, su hermana, quien vino a buscarme una tarde, temblorosa y con los ojos enrojecidos. Judith había sido denunciada; se la habían llevado al cuartel de Mittelstrasse, y su padre no daba explicaciones.

La angustia me devoró. Tracé planes insensatos: sobornar a un comisario, escribir a las embajadas extranjeras. En una noche de desesperación, convencí al viejo sastre Heller, amigo de la infancia de Judith y libertario como yo, para intentar una visita clandestina. Nos colamos bajo un pretexto absurdo —el encargo de unos uniformes de gala— y vi a Judith, maltrecha, pero entera, sentada a la sombra de una celda. Sonrió al verme, y en esa sonrisa estaba la promesa intacta del porvenir.

—No llores por mí —me dijo—. La cárcel, después de todo, es sólo otra forma del exilio.

Le deslicé un libro de poemas, apretando su mano entre las rejas. No hubo tiempo para palabras, sólo el eco insistente del destino que nos separaba. Al día siguiente, supe que sería deportada a Leipzig. No podía seguirla: yo mismo era objeto de vigilancia continua, y el menor paso en falso significaba la muerte o Siberia. Fue en la última carta que recibí de su puño y letra donde encontré la síntesis de todo lo vivido:

“Amado mío: si alguna vez alguien nos pregunta, diles que fuimos fieles a lo indecible. Que el miedo no pudo con nosotros, que amamos aun sabiendo que el precio era la memoria y el olvido. Volveré a buscarte, si vivo; si no, recuérdame donde el Elba se fatiga, bajo el puente viejo, donde nuestros sueños se apretaron por vez primera en la raíz tenaz de la revolución.”

Pasaron los años. La ciudad se reconstruyó después del vendaval; la galería del Wettin abrió de nuevo sus puertas, indiferente al recuerdo de las asambleas y de los besos. Mis versos siguieron naciendo, pero en cada línea revoloteaba la sombra de Judith, la certeza de que hubo un tiempo en que la pasión y la insurrección se fundieron en un solo cuerpo. La historia, como decía mi abuela, no recuerda a los amantes, pero la poesía les guarda un lugar secreto, invulnerable.

Quizá Judith haya muerto, quizá aún camine entre las filas de los exiliados, cambiando de nombre y refugio. Lo cierto es que, desde aquella primavera, ningún amor me ha parecido verdadero si no traía en el pecho la marca de la rebeldía y el rocío tembloroso de la madrugada sobre el Elba. Porque amar, en tiempos de cólera, no es estéril ni egoísta. Es, acaso, la más ardua y dulce de las revoluciones.

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