Portada del relato La promesa bajo la hiedra
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Fragmento:


—¿Esto también lo aprendiste en Italia? —preguntó Isobel, rozando con los dedos un jazmín que trepaba la tapia.

Duración: 08:35

La promesa bajo la hiedra
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Texto de ajuste de pausa.

El viento de mayo ondeaba, jugando con los estandartes azul cobalto de la familia D’Aubigny, alzados sobre las almenas del gran Château de Montfleur. Isobel Deveraux sintió, desde la galería de los tapices, que el castillo mismo respiraba – una criatura viva tallada de piedra, rehecha década tras década, guardando secretos en cada patio y en el eco de los pies apresurados sobre los suelos de mármol.

Eran tiempos inciertos en Borgoña. París era un rumor de cambios, los caminos estaban vigilados, y los señores tomaban témpanos de resentimiento y miedo. Isobel - segunda hija de un conde venido a menos - había viajado desde Aquitania hacía tres inviernos para cuidar de su tía, la baronesa de Montfleur, a cambio de refugio y promesas vagas de futuras alianzas.

Pero en aquel nuevo verano, tras un invierno largo y un otoño sin cartas, la noticia llegó con el galope polvoriento de un mensajero: Edouard Leclair, hijo ilegitimo de Hugo de Montfleur, volvía de los estudios en Italia a tomar su sitio legítimo – o eso sus ojos cansados y su arrogancia murmuraban en el salón.

Isobel observó su llegada con la distancia de quien atesora sus horas solitarias en la biblioteca. Los rumores le pintaban arrogante, pero la comidilla nocturna parloteaba acerca de libros traídos desde Venecia, poesías casi sediciosas y una risa demasiado baja para la corte. No era el prometido escogido para ella; su destino, si era algún hombre, sería para Theo de Vaucelles, el heredero del feudo vecino, un joven cortés pero tan gris como el alba en tiempos de lluvia.

La primera vez que cruzó palabras con Edouard fue cuando lo halló en la galería Norte, frente a un retrato polvoriento que Isobel había desempolvado sólo semanas antes. Era de una mujer de cabello oscuro, sus ojos tan claros que resultaban extraños en el marco dorado, aun bajo la tela agrietada.

—Fue mi madre —dijo él—. Nadie recuerda su voz aquí. Tampoco yo, supongo, pero extraño aquello que nunca tuve.

Isobel habría podido callar. Pero en cambio, inclinó la cabeza.

—Lo que se recuerda, a veces, es lo único que nos pertenece.

Él volvió su mirada intensa y triste hacia ella, como si buscase en Isobel un fragmento de aquel pasado olvidado, y durante un momento el rumor del castillo, las obligaciones, el peso de lo que debía ser, se esfumaron.

La convivencia en el Château no tardó en tornarse un juego de apariencias. Edouard era un invitado, un hijo que incomodaba a su padre legal y que fascinaba a las criadas con palabras de ciudades lejanas y dibujos hechos a lápiz sobre mármoles olvidados. Isobel, por su parte, se escabullía de las vigilantes manos de su tía, leyendo cartas filosóficas junto al ventanal o visitando el pequeño jardín cerrado que, se decía, había sido plantado por la mujer del retrato.

Un atardecer se encontraron allí. Edouard trazaba esquemas en un cuaderno, garabateando diseños de arcos y jardines.

—¿Esto también lo aprendiste en Italia? —preguntó Isobel, rozando con los dedos un jazmín que trepaba la tapia.

—Allí todo es idea y futuro —respondió él—. Aquí hay belleza, sí, pero demasiada sombra.

Ella percibió, no por primera vez, que el silencio entre ellos no era apenas incomodidad sino una afinidad naciente, y el jardín, con su sombra de medianoche y su perfume denso, era testigo mudo.

Tomaron la costumbre de verse allí: intercambiando fragmentos de poesía, hablando sobre ciencia y astronomía – temas atrevidos para la estricta sociedad que los rodeaba. Edouard le prestó un cuaderno: “Para anotar lo que descubres, lo que no cuenta nadie”. Isobel escribió páginas de secretos, primero tímidamente y luego con el ímpetu de quien ha hallado un cofre cerrado durante toda su vida.

La víspera de la consagración de Theo como heredero – y por tanto, la murmuración de un compromiso inminente entre él e Isobel – Edouard la llamó en voz baja al margen del jardín, tras una fuente desgastada. Tenía la expresión decidida y desesperada de un hombre que ha contemplado el abismo de perder no solo su hogar, sino también la única compañía verdadera hallada en años.

—Mañana todo cambiará. Pero esta noche, permíteme robarte aún —dijo, rozando la mano de Isobel, que tembló al tacto inesperado.

Isobel sintió una oleada de vértigo. No era el miedo a la ruina propia lo que la detenía, sino la consciencia de que, atreviéndose a quererlo, perdería el refugio seguro, el nombre sin escándalo, la paz. Pero el deseo era tan urgente como necesario. Se inclinó hacia él, permitiendo que su aliento acariciara la comisura de sus labios.

—No eres ladrón si la llave es mía —respondió, apenas un susurro.

La noche veló su primer beso: tenue, vacilante, y luego profundo como el río que baja al valle al romper la primavera. Isobel se sintió descubierta y a la vez comenzada de nuevo, como si aquella versión de sí misma —la que reía, la que deseaba, la que se atrevía a soñar— despertara por fin desde debajo de las capas de deber y deberías. Se abandonó en el refugio de sus brazos, y juntos, tras los muros cubiertos de hiedra, exploraron la ternura y la fiebre de cuerpos y almas encontrándose en secreto. La luna, alta y blanca, fue la única testigo fiel.

Después, mientras la brisa despeinaba su cabello, Edouard le habló de un taller en Florencia, de proyectos de libertad, de una vida donde ambos pudieran decidir el sendero bajo sus pies.

—¿Cómo sé que no es sólo una ilusión? —preguntó Isobel, su pecho aún encendido.

—Descubrirlo es vivir, Isobel. El amor es la mayor apuesta contra lo seguro —dijo él, con voz grave.

Al amanecer, la magia dolía de lo real. La jornada de consagración vestía al castillo de gala. Isobel, vestida de celeste y sedas ricas, tragó la angustia mientras la baronesa y los criados la acomodaban a la diestra de Theo; cada frase, cada sonrisa, le resultaba ajena. Reconoció en la mirada de Edouard —desde el fondo del salón, entre los criados y parientes lejanos— un dolor compartido, una pregunta no pronunciada.

La ceremonia fue larga y llena de promesas huecas. Después, Theo la apartó discretamente al umbral del pasillo oeste, donde la luz era dorada y las sombras, misericordiosas.

—¿Estás conforme, Isobel? —preguntó él, con una dulzura auténtica que la conmovió.

Ella apartó la mirada, sintiendo la honradez de aquél hombre, y, por primera vez, la atrocidad de elegir la mentira.

—No puedo prometer lo que no soy —musitó. Theo asintió, como si esperara el rechazo desde hacía tiempo.

Aquella noche, Isobel buscó a Edouard. Lo halló en la galería de los tapices, empacando un atadijo simple.

—Debo marcharme antes del amanecer. No habrá sitio para nosotros, no aquí.

—Yo tampoco me quedaré —declaró ella, sorprendiendo a ambos con su definitiva valentía.

Edouard titubeó, luego sonrió con ternura y alivio.

—Descubramos el mundo juntos, entonces.

Salieron antes del alba, cruzando a hurtadillas el patio, sus rostros bañados en estrellas. El castillo, ajeno a su huida, los despidió con el suspiro de los sauces, y el mundo más allá de los muros resultó, al fin, promesa y desafío.

En su travesía rumbo a Florencia – primero a caballo, luego en barcazas lentas por los ríos, después en una carreta por caminos plagados de aldeas y sueños –, Isobel se descubrió a sí misma en cada conversación, en cada noche compartida bajo mantas y promesas y, sobre todo, en el tacto de Edouard, que rescataba el deseo valiente y prohibido. La historia no terminó con un "felices para siempre" inmediato, porque el amor, como ellos mismos, se fue desplegando a través de incertidumbres, desafíos y el lento aprendizaje de perdonarse por haber querido algo más.

Montfleur quedó atrás, los pesares diluidos por la certeza de haber elegido, al menos una vez, la vida antes que el miedo. En la luz dorada del taller frente al Arno, entre colores y libros, Isobel halló un hogar de verdad. Sabía que los días podían ser inciertos, que la felicidad era tan frágil como una enredadera bajo lluvia.

Pero bastaba con ver a Edouard inclinarse sobre un plano de mármol, sonreírle mientras el sol de la Toscana teñía de cobre sus cabellos, para recordarse que en el gran mapa del destino, los senderos a veces sólo aparecen al animarse a andar.

Así fue que la historia de Isobel y Edouard no fue la de su huida, ni la de su amor transgresor, sino la de haberse descubierto a sí mismos en el acto de elegir, juntos, la promesa de un porvenir construido día a día. Eso, supo Isobel mucho después, fue su mayor descubrimiento.

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