Portada del relato El juramento de Lady Ashworth
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Fragmento:


Él la miró con un fuego inusitado y, por primera vez, dejó caer las barreras de su voz.

Duración: 11:14

El juramento de Lady Ashworth
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Texto de ajuste de pausa.

El aire de la campiña de Hampshire, ese día de junio, se cernía cargado de aromas a césped recién humedecido y rosas en plena floración. El carruaje de Lady Marianne Ashworth cruzaba con galante lentitud la calzada bordeada de olmos, sus ruedas cediendo en los baches y provocando un suave vaivén que hacía tintinear las cadenas del reloj en el corsé de la dama. Marianne apartó un cabello escapado del moño y miró hacia la ventana, donde el cielo amenazaba lluvia pero aún se resistía a la tormenta. Pronto llegarían a Ravenscroft Hall, su nuevo hogar desde aquel escandaloso invierno en Londres que tanto la había hecho sufrir.

La joven incline la cabeza, como si las sombras de la memoria fueran capaces de internarse entre las sedas de su vestido azul. Había llegado a Hampshire para escapar de la murmuración—y de Lord Fenwick, cuyas alabanzas primero la habían embriagado y luego avergonzado, cuando los rumores de su deshonra comenzaron a circular entre la Regencia. Marianne aún pedía a Dios no cruzar jamás de nuevo con él ni con sus crueles recuerdos; y sin embargo, no podía evitar preguntarse si alguna vez conocería, en esta soledad, aquello que las novelas y la poesía decían amor.

Fingiéndose más serena de lo que se sentía, bajó del carruaje, ayudada por el distante mayordomo de los Ashworth, Mr. Drury. Así comenzó su estancia en la vieja mansión de Ravenscroft, donde el rumor de pasos en el corredor casi podía confundirse con el parloteo de las gentes del pasado. Una pertinaz melancolía la asaltó los primeros días, hasta que, en una de esas idas vespertinas por los jardines para desenredar sus pensamientos, halló compañía inesperada.

Iba absorta por un sendero de lavandas cuando, al doblar una esquina, un hombre de elevada estatura y aire marcadamente poco convencional emergió de entre los rosales, empuñando un libro de Milton y con el rostro surcado por una reciente cicatriz. El caballero lanzó una disculpa por el sobresalto, y—salvo por la súbita contención de su acento—poco habría sugerido que compartía la sangre con los nobles de la casa. Se presentó: Julian, el primo del joven heredero de Ravenscroft, recién llegado de Egipto por asuntos que prefería no mencionar. Sus ojos, de un verde poco corriente para un caballero inglés, la miraron con una mezcla de evaluación, cautela y algo más sutil.

"No creí encontrar compañía", se excusó él, sonriendo con un tinte irónico. "Aunque, ciertamente, los jardines son ahora mucho más agradables."

Marianne, acostumbrada a los modales marciales y bruscos de los militares de Londres, no supo si tomar el elogio por sincero. Sin embargo, la voz—grave, con un misterioso timbre—le pareció inquietantemente seductora. Algo en Julian sugería peligro y bondad a un tiempo; en su porte, un orgullo inquebrantable y cierta fatiga de alma. Cuando le ofreció el brazo para guiarla por el sendero mientras caía un leve chaparrón, ella aceptó, más intrigada que asustada.

En el transcurso de esa primera conversación, y en las muchas que siguieron, Marianne y Julian descubrieron un parentesco inesperado de espíritu. Hablaban de literatura, de tierras lejanas, de los secretos de la pintura flamenca y hasta de política continental, siempre con ese extraño destello de inteligencia y humor mordaz. Para Marianne, que llevaba meses viviendo en la penumbra de las etiquetas y los convencionalismos, la presencia de Julian era como un relámpago en noche oscura. Él poseía, sospechaba, cicatrices más hondas que la visible en la sien, y de alguna forma, se sintió menos sola.

Sin embargo, la paz platónica de sus encuentros duró menos de una quincena. Llegó, como una ráfaga gélida desde el norte, la tía Clarissa, acompañada de su infatigable lengua y su séquito de criados. Pocos días bastaron para resucitar el eco de los chismes londinenses; Clarissa, en su obsesión por casar a Marianne ventajosamente, la instó a presentarse ante Lord Hatherleigh, un caballero de fortuna y—decían—deseoso de esposa. Sin apenas tiempo para reponerse, Marianne se vio arrastrada a cenas donde las miradas inquisitivas y las palabras susurradas trataban de convertirla en una peonza en el gran tablero del matrimonio aristocrático.

Julian se mantuvo a distancia, sus visitas tornándose más breves, su tono más medido. Una tarde, mientras la lluvia crepitaba contra los cristales del invernadero, Marianne lo enfrentó con un atisbo de la franqueza que él tanto había alabado en ella.

"¿Es mi compañía tan poco grata, luego de todo? ¿O teme sumarse al escándalo si se le ve conmigo?"

Él la miró con un fuego inusitado y, por primera vez, dejó caer las barreras de su voz.

"Lo que temo, Lady Ashworth, es algo más peligroso que el escarnio de la sociedad. Temo desear más de lo que la decencia me permite. Temo convertirme en su escudo cuando quizás no lo desee, o, peor aún, ser el motivo de su ruina."

Marianne sintió la sangre llenarle las mejillas, no de vergüenza, sino de una emoción más profunda y angustiosa. Durante meses se había empeñado en olvidar el deseo; ahora, con el hombre menos apropiado, sentía que el abismo entre lo correcto y lo anhelado nunca había sido mayor.

"¿Y qué haría si no fuera tan impropio?", musitó, casi sin atreverse a mirarle a los ojos.

Julian desvió la mirada; los nudillos blancos apretaban el libro de Milton. Parecía debatirse, y por un instante, ella creyó ver destellos de dolor y esperanza luchando ferozmente.

"Entonces creo que no tendría escapatoria, Lady Ashworth. Y usted tampoco."

***

Esa confesión, lejos de distanciarlos, convirtió sus siguientes encuentros en una cruel danza de contención y anhelo. Marianne luchaba contra los principios inculcados por su abuela, y Julian parecía cada vez más asediado por su propio pasado. Fue sólo tras el baile de medianoche, celebrado en honor del cumpleaños de Hatherleigh, que la frágil tregua estalló.

La música llenaba los salones, los olores a tul y champán flotaban densos; Marianne, encerrada en el balcón, sentía que el aire asfixiante del salón era más opresivo que las lluvias de Hampshire. De pronto, la puerta se abrió con brusquedad. Era Julian, sin corbata, las mejillas encendidas.

"No puedo más, Marianne", murmuró en voz apenas audible. "¿Qué nos impide ser sinceros, tomar aquello que queremos antes de que el mundo lo destroce?"

Las palabras, más que una pregunta, fueron un arma. Marianne se volvió, y en sus ojos—tan grises e intensos—él debió leer algún permiso, porque cruzó la distancia entre ambos y la besó con una desesperación largamente contenida. La boca de Julian era firme y suave a la vez, de una ternura inesperada tras tanta contención. Cuando se apartaron, Marianne no se molestó en disimular el temblor de sus labios.

"No puedo ofrecerle fortuna ni título—", comenzó él, pero ella lo interrumpió, apoyando la cabeza en su hombro.

"Ni yo puedo prometerle obediencia ciega o resignación", replicó, con una sonrisa que era toda decisión. "Pero puedo prometerle lo que soy. Si lo quiere."

Permanecieron así un instante, hasta que la risa de Clarissa, proveniente del interior, los devolvió al mundo real. Se separaron, sabiendo que lo que había comenzado no podía detenerse allí.

***

La relación, a partir de esa noche, reclamó un terreno propio, apartado del murmullo de la sociedad pero también de la condena. Se veían al alba, al anochecer, cruzando cartas con versos robados y aseveraciones grabadas con fuego. Marianne aprendía a amar a Julian con todos los matices de su carácter: la melancolía que lo embargaba en los días nublados, la pasión por la historia, la furia contra las injusticias que aún lo mantenían alejado del Parlamento, y el secreto dolor que lo asedió desde Egipto. Él, por su parte, descubría en ella una fortaleza insólita, un rechazo absoluto a la autoconmiseración, y una sensualidad que sólo las sombras del crepúsculo parecían permitirle mostrar. A menudo, el peso de lo prohibido volvía sus encuentros más intensos: la mano de Julian en los lazos del vestido de Marianne; los besos prohibidos en la penumbra de la biblioteca.

Mas, como toda pasión en suelo británico, estaba condenada al escrutinio. Un anochecer, Lord Fenwick—el mismo enemigo de sus días en Londres—llegó como invitado inesperado a Ravenscroft. En un instante, lo supo todo; no por palabras explícitas, sino por la certeza que da el instinto de los oportunistas. Se lo insinuó a Marianne mientras bailaban un vals, una amenaza velada entre elogios calculados.

"A veces, Lady Ashworth, el surco de una reputación puede excavarse mucho más hondo en el campo que en la ciudad. Tenga cuidado: los secretos tienen raíces profundas en la humedad del suelo inglés."

Marianne sintió el vértigo de la derrota muy cerca. Por primera vez comprendió que debía tomar una elección: abandonar el amor y someterse al matrimonio conveniente, o declararse al mundo y arriesgarlo todo por aquello que sólo Julian le ofrecía: libertad compartida, deseo y respeto mutuo.

***

El desenlace se precipitó una noche, cuando la tormenta largamente retenida estalló sobre la casa. Fenwick había insinuado que divulgaría todo a menos que Marianne aceptara su propuesta de matrimonio, y Clarissa, fiel a su pragmatismo, ya la instaba a ceder ante el chantaje. Pero Marianne, empapada por la furia del cielo y del corazón, escapó a las caballerizas, donde una solitaria lámpara indicaba la presencia de Julian.

"¿Hasta cuándo debo callar?", exclamó, empujando la puerta bajo el martilleo de la lluvia. "¿Es este el precio del amor? ¿La condena de vivir a medias, esquivando vergüenzas ajenas?"

Julian, que dormía sobre una manta, se despertó y la miró largo rato. Sus palabras, cuando acudieron, fueron más suaves de lo que Marianne habría imaginado.

"No sé si puedo enfrentarme solo a Londres, Marianne. Pero contigo, la batalla se me antoja gloriosa. Ya no quiero esconderte."

Dicho esto, se arrodilló a sus pies sobre la paja húmeda, tomando sus manos entre las suyas.

"Lady Ashworth, ¿acepta usted compartir mi escándalo, y hacer de nuestro amor una rebelión hermosa y visible?"

Entonces, y por primera vez desde que su vida cambiara tan abruptamente, Marianne rió. La risa brotó de lo más hondo, pura, liberadora. Se arrodilló junto a él y, pese a los barrotes, las sombras y la desaprobación que caería como tempestad, lo besó y lo abrazó sin miedo. En ese instante, la vieja moral cedió ante el peso invencible del deseo y la esperanza.

***

Pasaron los meses. Fenwick partió, derrotado en las armas del chantaje por una carta hábilmente filtrada por Julian; Clarissa se resignó, finalmente, ante la virulencia del escándalo, prefiriendo aferrarse a sus cuentas antes que perder a su sobrina. Julian y Marianne, marido y mujer ante un cura semi escandalizado, abandonaron Ravenscroft no para esconderse, sino para recorrer Europa y saborear una libertad ganada a fuerza de renuncias. Allí, en las noches de Sicilia y los días de la Provenza, descubrieron que el amor, lejos de ser una huida, era una batalla diaria y jubilosa, donde estar juntos era no sólo posible, sino inevitable.

Y así, donde el orgullo y el deseo se entrelazaban como las hiedras en las viejas piedras de Hampshire, creció un amor tan inmortal como el escándalo que lo anunciara. Y Lady Marianne Ashworth, para asombro de todas las tías de Inglaterra, fue finalmente amada, deseada, y—sobre todo—libre.

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