Portada del relato A la sombra del rosal
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Fragmento:


El aroma de los rosales era casi irreal al caer la tarde en Highbury Court. Penumbra etérea, destellos de última luz tamizando los ventanales altos mientras el día se recogía en la escena de la sala de música y la historia, ahumada de recuerdos, parecía respirar junto al musgo de los cimientos. Sobre el tapiz de terciopelo carmesí, Lady Adrienne se apartó de la ventana y cerró los ojos, dejando que la brisa, todavía templada, la envolviera de aquel modo con el que uno sueña ser envuelto: con promesas, con lo imposible.

Duración: 07:44

A la sombra del rosal
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Texto de ajuste de pausa.

El aroma de los rosales era casi irreal al caer la tarde en Highbury Court. Penumbra etérea, destellos de última luz tamizando los ventanales altos mientras el día se recogía en la escena de la sala de música y la historia, ahumada de recuerdos, parecía respirar junto al musgo de los cimientos. Sobre el tapiz de terciopelo carmesí, Lady Adrienne se apartó de la ventana y cerró los ojos, dejando que la brisa, todavía templada, la envolviera de aquel modo con el que uno sueña ser envuelto: con promesas, con lo imposible.

En la sala vacía resonaba todavía, tenue, el eco del laúd. Las cuerdas vibraban aún. Dejó caer sus manos sobre la falda, encaje marfil entrelazando los dedos, pensamientos y nervios en igual confusión. Había tocado para él. Por supuesto que había sido para él, aunque nada se dijera. El joven conde Leclair, invitado por su tía desde Francia e inquilino temporal en aquel pequeño paraíso de la campiña inglesa, se había demorado demasiado en la puerta mientras ella tocaba, como si esperara una carta, como si algo debiera serle revelado.

Los pasos de Leclair eran tan silenciosos como inquietantes; Adrienne los reconocía ya a través de la madera crujiente de las tablas que separaban el corredor principal de la estancia donde ella se refugiaba cada noche. Medía los segundos del tic-tac con el pulso de su propia voz interior, mientras algo fuera de sí misma—un anhelo de otro mundo, quizá—le murmuraba: “Hoy sí”. Y luego el sonido de la cerradura cediendo, el giro del pestillo oxidado, y la sombra del francés arrojando su silueta, alta y delgada, sobre la madera renegrida.

Se hizo el silencio. Afuera, los pájaros, en algún lugar dorado, cesaron también.

—Lady Adrienne —la voz de Leclair, ronca de timidez o del prolongado silencio, tensó la atmósfera.

Ella alzó la mirada, resistiendo el deseo de perderse en esos ojos grises. Había en él una gravedad y una dulzura, un velo de tristeza que parecía haberse forjado entre jardines olvidados y noches sin promesas. Adrienne pensó en el laúd sobre su regazo, torpe ensimismamiento, y sintió que el mundo se alejaba: unos segundos convertidos en bruma, solo para revelarle a él, a su mirada de soñador.

—¿Os ha complacido la pieza esta vez, monsieur? —preguntó, esforzándose por sonar casual, casi altiva, aunque todo en ella temblaba un poco. El francés comprendió la pregunta sin más, y sus labios apenas sonrieron; era una sonrisa que no se hacía en la boca sino en el aire.

—He escuchado lo que no habéis tocado —dijo—. Es el don del artista: ese espacio entre las notas que se parece al deseo.

El rubor subió, intenso, a las mejillas de Adrienne. No sabría decir si fue el timbre de voz, el acento de Leclair, o esa manera de decir lo indecible. Quiso replicar, pero el laúd cayó suavemente sobre el sofá; el instrumento, un testigo casi celoso, se apartó de sus manos como un ciervo asustadizo.

Leclair se acercó un poco más. En el silencio, la casa entera parecía aguardarlos.

—¿Creéis en los sueños, Lady Adrienne? —preguntó, de repente, y sus ojos grises buscaron el secreto en los de ella.

Adrienne contuvo un suspiro; le parecía que contestar como lo haría una dama sería traicionar algo urgente que nacía en su interior.

—A veces —musitó—, solo en los sueños me atrevo a vivir… de verdad.

Él inclinó la cabeza. La luz del crepúsculo perfiló su mandíbula; parecía más real, y al mismo tiempo, hecho de la misma materia vaporosa de sus anhelos.

—Decidme entonces, ¿en qué habéis soñado esta tarde?

Si Adrienne hubiera abierto su corazón, habría hablado de las manos de él, los labios de él, el lento sonido del laúd y la persiana, la tela del vestido que anhelaba deslizarse entre dedos desconocidos. Pero solo dijo:

—He soñado con la música. Y con la libertad.

Leclair se sentó a su lado. Sus rodillas se rozaron, apenas, pero el mundo giró un poco más deprisa.

—La música —dijo él— es un eco. De lo que tuvo que ser. De lo que puede ser. ¿Os gustaría, Lady Adrienne, soñar despierta… alguna vez?

La pregunta fue un guante lanzado al aire. Adrienne respondió de la única manera que sabía: con silencio y una entrega de su mirada.

Cayó la tarde sobre ellos. La brisa trajo el perfume de los rosales hasta el umbral, y la sala empezó a desvanecerse en penumbra azul. Se acercaron, sus palabras convertidas en diminutas ráfagas apenas audibles. Atrás quedaron los nombres y los títulos, los deberes impostergables y las costumbres. Leclair le tomó la mano; Adrienne sintió el calor de los dedos de él y supo que el mundo, por una vez, podía inclinarse a sus deseos.

En el exacto instante en el que sus labios se rozaron, un estallido de música invisible llenó la sala. Adrienne, al borde de la vigilia, sintió cómo se diluían las fronteras entre el sueño y la realidad. Sus labios, al principio tímidos, aprendieron el idioma de la urgencia con el roce. Los dedos de Leclair se enredaron en el encaje de su falda, trepando con una delicadeza nacida del fervor contenido, y ambos se fundieron en la cálida penumbra.

La besó, primero en los labios, después a lo largo de la mandíbula y el cuello, donde ella sentía el pulso martillar. Adrienne cerró los ojos. No había reloj, ni servidumbre, ni siquiera memoria: solo el presente hecho de caricias. Con manos temblorosas, ella misma buscó la piel de él, llevó una palma a la nuca, atrayéndolo con fuerza. El laúd cayó a un lado, ignorado, y el perfume de los rosales envolvió la estancia.

El encaje cedió. La piel se encontró. Se descubrieron despojados de la costumbre, descendieron juntos por olas de deseo apenas murmuradas, ahogados de sensaciones. Entre susurros, él le habló en francés —palabras que eran promesa y conjuro— y Adrienne creyó entender, en el eco de aquellos vocablos, que despertaba a una vida nunca antes permitida.

Sólo mucho después, cuando la luz de la luna llenó los rincones, recuperaron el aliento. Ella apoyó la cabeza en el pecho desnudo de Leclair, y él le trazó dibujos en la espalda, como si pudiera inscribir en la piel el sortilegio de la noche. No hablaban; las palabras sobraban.

El sueño no terminó ahí. Entre los postigos, apenas una línea de claridad los reclamaba al mundo exterior, pero ningún deber podía arrebatarles la invención de aquel instante. Se levantaron, por fin, incapaces de dejar de mirarse. Leclair le acercó la bata de muselina, cubriéndola con ternura, y juntos se asomaron a la ventana. El jardín estaba bañado de luna, todo era plata y azul. Adrienne sintió que el cansancio era una niebla dulce. Imaginó, por un instante, que podían ser eternos: dos almas errantes cuyos destinos, acaso, debían haberse encontrado siglos atrás o siglos después, bajo el mismo manto de estrellas.

—¿Y si este fuera solo un sueño? —susurró Adrienne.

Leclair sonrió, apretándola un poco más contra su costado.

—Entonces nunca deseo despertar —respondió él, y ella supo que tampoco lo deseaba.

La noche se prolongó en un murmullo inacabado. Bajo el rumor de los rosales y el temblor de la música olvidada, Adrienne y Leclair se sumieron en la promesa perpetua de un amor fuera del tiempo, ese en el que la vigilia y el ensueño se confunden y solo quedan dos corazones, tanto más ciertos cuanto menos posibles. Así, noche tras noche, Highbury Court fervía en secreto, guardando la pasión y la ensoñación de dos amantes que, al encontrarse, conjuraron la realidad y la convirtieron en leyenda.

Pues hay amores tan intensos que el mundo se desvanece a su paso, y, aun si son solo un sueño, laten en la memoria del tiempo como la más poderosa de las verdades.

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