Fragmento:
Eleanor Fitzroy tenía veintisiete años, el rostro virginal y meditabundo, y una tristeza que la maquillaba antes que cualquier polvo de arroz. Para sus padres era una preocupación, para su tía Agatha, un motivo de excomunión social. Para los hombres, simplemente un misterio. A ella le bastaba con los libros, la correspondencia y las románticas imágenes de la campiña que recortaba a escondidas de los almanaques.
Duración: 08:29
Era el final del siglo XIX y el mundo comenzaba a temblar ante maravillas insospechadas. La electricidad se colaba timidamente en las casas bien nacidas de Londres, el tren surcaba distancias antaño imposibles en media jornada, y una pequeña caja negra, con su disco reluciente y su manivela, comenzaba a aparecer en los vestíbulos de las mansiones más atrevidas.
Eleanor Fitzroy tenía veintisiete años, el rostro virginal y meditabundo, y una tristeza que la maquillaba antes que cualquier polvo de arroz. Para sus padres era una preocupación, para su tía Agatha, un motivo de excomunión social. Para los hombres, simplemente un misterio. A ella le bastaba con los libros, la correspondencia y las románticas imágenes de la campiña que recortaba a escondidas de los almanaques.
Pero en mayo de 1888, el teléfono llegó a la mansión Fitzroy. Su padre, hombre instruido y vanidoso, colocó el aparato principal en la biblioteca y un auricular secundario en el dormitorio de Eleanor, “para que tu madre pueda llamarte sin tener que enviarte sirvientes”, dijo. Nadie sospechó lo que eso despertaría.
La primera noche, Eleanor se despertó tras un sueño angustioso. La habitación flotaba entre los penumbras azuladas de la luna, y el teléfono, esa presencia negra y anticuada a medio camino entre lo moderno y lo espectral, susurró un zumbido claro y grotesco. Ella lo miró con recelo, temerosa de las bromas de la electricidad y de los inventores.
Descolgó el auricular.
El primer susurro de la voz:
—Perdón, ¿está alguien ahí?
No era la voz ruda del mayordomo ni la madura de su madre. Era un varón joven, con un deje nervioso y exacerbado en cada sílaba.
—¿Quién llama? —preguntó con frialdad, dispuesta a cortar.
Silencio. Luego, el suspiro de alguien que ha estado esperando demasiado tiempo en soledad.
—¿Eleanor? ¿Eres tú?
Le faltó el aliento. Nadie había pronunciado su nombre así; esas tres sílabas recorrieron su cuerpo, subiendo por sus sentidos, como música vedada a los mortales.
—¿Quién es usted? —repitió, con la voz quebrada.
—¿No quieres saberlo? —la pregunta llegó amortiguada, como si llegara desde el fondo de un lago.
Colgó. Esa noche no volvió a dormir.
Las noches siguientes firmaron un pacto secreto, Eleanor y la voz. Al principio temía. Cuando escuchaba el repiqueteo, intentaba ignorarlo, pero una compulsión —algo parecido al hambre y el miedo entremezclados— la guiaba hasta el auricular. Siempre la misma pregunta, siempre el mismo silencio latente:
—Eleanor...
En ese balbuceo nocturno, la voz comenzó a llenarla. Sabía escuchar; sabía callar. Tenía la promesa de una juventud terrible. Quería saber de sus sueños, de los rincones azules de la casa, de la forma en que la niebla besaba los rosales a las seis de la mañana. Eleanor hablaba como nunca lo hizo con nadie.
Una tarde, cuando la comunicación parecía en pleno éxtasis, ella interrumpió:
—Quiero verte.
La voz titubeó.
—No puedo.
—¿Por qué?
Al otro lado, una respiración cortada, casi doliente:
—No deberías anhelar lo imposible.
Las semanas se desangraron entre susurros, laberintos y súplicas. El teléfono se había convertido en una droga prohibida. Eleanor languidecía de día y revivía de noche. Su madre le tomó la temperatura y la forzó a paseos interminables; su padre la observaba con el ceño fruncido y el médico le recetó aire puro y vigilia para evitar “fiebres nerviosas”.
Eleanor anhelaba la hora en que pudiera tocar el auricular. La voz, cada vez más intensa, más recelosa, le confesó sus imposibilidades, sus deseos impronunciables, su hambre por su risa y su soledad. Los primeros atisbos de locura se colaron bajo las puertas del dormitorio.
Una noche, no esperaba el llamado. Soñaba con un bosque de relojes cuando la vibración la despertó. Contestó sin palabras, y la voz estaba ahí, temblorosa, más fracturada que nunca.
—Te he visto —dijo.
Eleanor se estremeció—. ¿Dónde?
—En la ventana, cuando lees. Y también cuando duermes; sé cómo recoges el cabello antes de apagar la lámpara. A veces, cierro los ojos y huelo la lavanda en tus sábanas.
Un velo de temor se apoderó de Eleanor, pero era ya un miedo apetitoso, como el que se extiende antes del primer beso.
—¿Quién eres? —preguntó, vencida.
—¿Importa?
Esa noche, sueño y vigilia se confundieron. Por la mañana, Eleanor miró a todos los hombres jóvenes de la casa: el chófer, el hijo del jardinero, el segundo primo pelota de su madre. Ninguna encajaba con la voz. Ella, sin embargo, sentía los ojos de su interlocutor en cada sombra.
Cuando el verano se apretó como un nudo, Eleanor no soportó más.
—Tengo que verte. Conoces todo de mí, y yo... nada.
El teléfono fue un altar frío entre sus manos. Hubo un pacto en la oscuridad. El extraño aceptó, con la condición de que fuese en secreto, en el invernadero, cuando todos ya durmieran; “y por ningún motivo prendas la lámpara, Eleanor”.
La noche marcada, Eleanor caminó con el corazón retumbando, sintiendo la sangre palpitante y salvaje en sus muñecas. El invernadero parecía la ruina de un templo: hiedra y cristales empañados, luna filtrándose como hada anciana.
Allí, aguardaba la presencia, que no era una sombra ni un hombre completo, sino algo suspendido entre ambos, casi insustancial. Eleanor sintió esa misma voz, ahora delgada en el mundo real:
—No puedo mostrarte mi rostro. No debes buscarme con los ojos, sino con la memoria.
Tembló, porque aquel juego era más turbio y sensual de lo que esperaba. Él, porque su voz era varonil, le narró una vida de encierros, de familias arruinadas, de padres que se marchan y de un único amigo: su obsesión con ella, nacida de años de cartas no entregadas, pequeños robos de servilletas bordadas, una infancia de cruzarse en el parque sin atreverse a mirarla. Era el hijo de un amigo de su padre, destinado a marchar antes de instalarse.
—Nunca fui nadie —susurró, con la voz quebrada como la noche—. Solo la sombra que supo tu risa antes que nadie.
Eleanor, aterrada y fascinada, sintió la ternura de la locura en su pecho. No había marcha atrás. La noche la devoró. Se permitieron el primer roce: su mano entre las sombras, el tacto de unos dedos larguísimos y pálidos, la electricidad de la piel, la rotunda certeza de estar extraviándose para siempre.
A partir de esa noche, Eleanor ya no fue la misma. Bostezaba en misa, se distraía en comidas, reía sin causa aparente. Su madre temía la desgracia. Los criados murmuraban.
La pasión floreció salvaje, entre la penumbra y el sigilo, en ausencias fingidas y breves encuentros. A veces, en mitad de una tertulia, la voz la llamaba a través del teléfono: “Ven”. Y ella acudía, asfixiada de deseo, de irritación, de una obsesión que la quemaba como enfermedad.
El verano agonizó la mañana en que Eleanor despertó con la certeza de que lo perdería. Su madre iba a clausurar el teléfono: “esa novedad debe dañarte; ninguna dama digna necesita llamar a nadie que no sea su propio esposo”.
Desesperada, Eleanor bajó al invernadero y encontró, donde antes había sombra, la ausencia. Solo la voz esperándola desde el auricular de la biblioteca.
—Debo irme lejos —susurró él—, han descubierto mi presencia.
El hilo de voz se rompía, histérico y sublime.
—El amor es persecución —dijo—. Y yo solo sé amarte a distancia…
Eleanor gritó, lloró, suplicó a la bocina en un estertor de demencia. Lo buscó en la mañana, en cartas que nunca llegaron, en pasillos dormidos y espejos vacíos.
Pasaron meses. El teléfono quedó mudo. La fiebre la postró. Cuando llegó el otoño, Eleanor apenas era la sombra de sí misma. Una noche, la lámpara parpadeó y el auricular vibró, lento pero seguro.
No hubo palabras. Solo un suspiro compartido, larguísimo, que llenó el aparato, la casa y la vida de Eleanor. Cerró los ojos.
Desde entonces, sus noches pertenecieron al teléfono y al insomne anhelo de la voz perdida. Y aunque los médicos diagnosticaron “tristeza crónica de la juventud moderna”, nadie supo que vivía enamorada de un fantasma: la promesa olvidada, la presencia que la vigilaba desde cualquier rincón donde existiera el eco de su nombre, donde una llamada pudiera aún devolverle la vida.
Porque para Eleanor, la eternidad comenzaba siempre al descolgar el auricular, con un simple:
—¿Eleanor?
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