Fragmento:
Decidida a mantener la compostura, y temiendo que su corazón traicionara el recato propio de una dama, Arabella caminó hasta el carruaje que la esperaba. Sin embargo, antes de que lograra subir, apareció ante ella una talla imponente: el hombre de los cabellos negros, vestido con un abrigo de corte perfecto y con los preciosos ojos dorados chispeando bajo el ala de un sombrero.
Duración: 10:19
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Londres, primavera de 1817
La llovizna danzaba, dulce e incesante, sobre los adoquines de Mayfair mientras Lady Arabella Fairfax avanzaba, cubierta con una capa de terciopelo azul que parecía absorber la plata de la niebla. El aire, perfumado con flores y carbón, marcaba el paso de las mujeres que iban y venían de la sastrería de Madame Toulouse, y Arabella no pudo evitar detenerse ante los escaparates, allí donde el reflejo de su rostro se mezclaba con la opulencia de los guantes de seda y los encajes franceses.
Supo, por el reflejo de unos ojos que se cruzaban con los suyos, que aquel día cambiaría el curso de su vida. No era la primera vez que el misterioso caballero de cabello oscuro y porte militar merodeaba por tales calles a la misma hora. No lo conocía, pero sentía su mirada, inexplicablemente familiar, recorrerle la nuca como una caricia robada.
Decidida a mantener la compostura, y temiendo que su corazón traicionara el recato propio de una dama, Arabella caminó hasta el carruaje que la esperaba. Sin embargo, antes de que lograra subir, apareció ante ella una talla imponente: el hombre de los cabellos negros, vestido con un abrigo de corte perfecto y con los preciosos ojos dorados chispeando bajo el ala de un sombrero.
—Señorita Fairfax —dijo con voz profunda, cargada de un acento que infundía respeto—, ¿podría brindarme una palabra de su tiempo?
Arabella retrocedió instintivamente, apoyándose en la portezuela de su carruaje. El cochero, un hombre mayor de confianza de los Fairfax, la observaba con atención desde su estribo.
—¿Debo saber quién es usted, señor? —respondió ella, con una dignidad fría que tan bien había aprendido de su madre, duquesa de Wessex.
—Pido disculpas por mi secreto —dijo, inclinándose en un gesto cortés—. Permítame presentarme. Soy Marcus Halverston, vizconde de Windemere.
El nombre hizo eco en la bruma. Marcus Halverston. Hijo de un hombre poderoso en la Corte. Un sinónimo de escándalo según los susurros de la alta sociedad. Arabella sintió un inesperado estremecimiento subiéndole por los brazos.
—Mi lord Halverston, os escucho.
—Os aseguro, mi señora, que mi atrevimiento es causado por la urgencia de un asunto delicado. —Marcus dejó entrever una emoción oscura en la voz—. Tengo en mi poder una carta dirigida a vos. El remitente es vuestro hermano, el capitán James Fairfax.
El aire se contrajo entre ambos. Hacía dos años que James había marchado al continente a pelear en las guerras napoleónicas; hacía un año que había desaparecido en Waterloo y todos, salvo Arabella, daban por muerto al capitán Fairfax.
—¿Dónde está la carta? —susurró ella, con una mezcla de esperanza y temor que sólo podía emanar del amor fraternal más profundo.
Marcus rebuscó en el bolsillo interior de su abrigo, y tras unos instantes, extendió un sobre arrugado. Arabella, sintiendo temblar los dedos dentro de sus guantes, tomó el pliego y lo guardó con presteza en su bolso.
—Como comprenderá, mi lord, esto cambia todo —dijo ella, erguida—. Si esto es un engaño…
Marcus la sostuvo con una mirada que no dejaba lugar a dudas: allí había dolor, memorias, respeto. Y algo más, algo ardiente y apenas contenido.
—No juego con los recuerdos de los caídos, Lady Arabella —afirmó él—. Ni con el destino de una dama honorable. Si mi ayuda puede aliviar vuestra ansiedad en estas horas, será suficiente ajuar para el resto de mis días.
La galantería de Marcus, lejos de ser recargada, era real. Arabella, que había pasado tantas noches entre cartas rotas y plegarias silenciadas, se sintió conmover.
—Entonces, lord Halverston, acepto su confidencia —dijo ella, y luego, bajando la vista—: puede acompañarme al interior del carruaje.
***
En el coche, bajo la penumbra suavizada por el retumbar de la lluvia en el techo, Marcus relató lo acontecido. La carta le había sido confiada en Bruselas, por un oficial moribundo que portaba el anillo de los Fairfax y que había conseguido sobrevivir a Waterloo sólo para ser encontrado por patrullas inglesas en retirada. El moribundo no era James; era uno de sus camaradas; pero, con la voz entrecortada, le encargó a Marcus que entregase la carta personalmente a la única hermana del capitán.
—No quise enviarle la misiva sin presentarme primero —afirmó—. He conocido el dolor de las noticias malentregadas. Mi deseo era verle a los ojos, lady Fairfax, y ser yo mismo quien respondiese a vuestras preguntas.
A través de la ventana, los álamos pasaban como fantasmas. Arabella apretó el sobre, temerosa de su contenido. No obstante, cuando sintió la calidez de la mirada de Marcus sobre ella, halló en el desconocido una extraña paz.
—Su nobleza le ha costado reputación, lord Halverston —dijo, con una media sonrisa cansada—. En ciertos bailes, vuestra sombra es temida, la lengua de las damas os da por desalmado y libertino.
Marcus no se sorprendió, ni intentó defenderse. Por un momento, desvió los ojos dorados hacia la lluvia.
—No busco el perdón de la sociedad, lady Fairfax. Basta con la estima de una dama justa, cuyo juicio no se ofusque por rumores.
Arabella, por un momento, se olvidó de la carta, de las pesadillas, de todo menos de la cercanía de aquel hombre, cuya sinceridad la tocaba en lo más profundo. Sintió en su interior una llama peligrosa encenderse, una promesa de algo que había visto en los libros prohibidos del gabinete de su padre, algo que jamás creyó sentir.
—Debe saber que no temo a los juicios injustos —dijo ella—. Mientras la verdad esté entre nosotros, nada podrá dañarnos.
En silencio, los miró, como si una hoja nueva se escribiese entre ellos.
Cuando llegaron a la mansión de los Fairfax, Arabella invitó a Marcus a cruzar el vestíbulo de mármol, donde un mayordomo recio los condujo a la biblioteca. Allí, con la privacidad que otorgan las paredes revestidas de caoba y las pesadas cortinas, ella rompió el sello de la carta.
Querida Bella,
Si estas líneas llegan a tus manos, significará que he tenido menos suerte de la que esperaba al marchar hacia el frente. No temas, no estoy solo. Un amigo ha prometido llevarte mis palabras.
La misiva era corta, llena de cariño e instrucciones misteriosas: una referencia a un diario oculto en el ala norte de la mansión, una petición de protegerlo de ojos ajenos.
Cuando hubo leído, miró a Marcus.
—¿Conocía usted el contenido de la carta?
Él negó, con gravedad.
—No violaría la confianza de un soldado —respondió—. Mi único deseo era cumplir con mi promesa.
La gratitud de Arabella era genuina; sin embargo, algo en su pecho la impulsó a decir:
—Lord Halverston, me ha mostrado más honor en una tarde que muchos caballeros en toda una temporada.
La emoción creció entre ellos, furtiva pero imparable. Marcus se puso de pie y caminó hacia la ventana, como luchando contra un demonio interior.
—Lady Fairfax —dijo en voz baja—, juro que en otra vida no buscaría más que cortejar su estima bajo el sol de los inviernos de Sussex. Pero mi nombre carga más que viejos rumores. Hay sendas en mi pasado que pocos perdonarían.
Ella se acercó, sintiendo cómo el pulso se le aceleraba. Se encontró tan cerca de él que pudo ver la leve tensión de su mandíbula, la respiración contenida.
—¿Se trata de una deuda que no podéis saldar? —susurró, acariciando la tela de su manga, como si con ello pudiera aliviarle el dolor.
Marcus la miró, como un naufrago aferrado a la orilla.
—Hace años, una mujer murió en mis brazos —dijo, con una voz rota—. Ella amaba a otro, pero fue mi nombre el que arrastraron por el barro. He soportado desde entonces el desprecio de la sociedad, y me exilié en Waterloo buscando redención.
Los ojos de Arabella se llenaron de comprensión; ella también vivía en exilio, aunque el suyo fuese interno, la condena de la espera, el celibato forzado entre corsés y convenciones.
—Quizá entonces, mi lord, hemos estado solos demasiado tiempo. Quizá la compasión pueda curar las heridas de ambos.
La atracción entre ellos era palpable, un hilo invisible que tensaba el aire. Arabella, embriagada de su perfume a tabaco y cuero, dejó caer la última máscara que la protegía.
—He buscado consuelo —confesó—, noches en que todo es oscuro y sólo sobrevivo recordándole a él… y ahora… ahora le veo a usted, y no sólo deseo olvidar el pasado, sino imaginar un futuro.
Marcus cerró los ojos, como vencido por aquel susurro. Sus manos buscaron el rostro de Arabella, tímidas al principio, después firmes, temblorosas solo por la certeza de tocar carne y no un recuerdo.
Cuando sus labios se encontraron, el mundo se deshizo en luz y penumbra. El beso fue urgente, desbordado de todas las privaciones, largo y dulce como una confesión demorada. Arabella se prendió del cuello de Marcus, y él la sostuvo como si el mundo dependiese de ese único abrazo.
No hubo más palabras, sólo caricias calladas, descubrimientos lentos entre la seda y el lino, el crujido apenas audible del vestido deslizándose por hombros pálidos, la promesa de noches cómplices.
Allí, junto al fuego de la biblioteca, entre el perfume de maderas nobles y la fragancia de gardenias frescas, ambos se despojaron de las capas de pasado y compartieron la única verdad que importaba: la necesidad de ser vistos, de ser tocados y amados pese al escándalo, a los miedos, a todo lo que la sociedad podía arrebatarles.
Por la ventana, la llovizna había cesado. Un tímido rayo de sol iluminaba el escudo de los Fairfax, como bendiciendo el comienzo de una historia escrita, al fin, entre iguales.
***
Semanas después, cuando la ciudad susurraba sobre la insólita unión de la dama intachable y el vizconde deshonrado, Arabella y Marcus, paseando por el invernadero de la mansión Emerald, se dieron cuenta de que el escándalo no era más que la envidia de quienes jamás se atrevieron a amar de verdad.
Y mientras el amor florecía en medio del rumor inclemente y las gardenias seguían abriendo sus blancos capullos bajo el amparo secreto de aquel refugio, Arabella supo, sin duda alguna, que algunos secretos estaban destinados —sólo para quienes tuvieran el valor de buscarlos— a terminar en los brazos que supieron esperar, y que supieron encontrar.
FIN
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